A vuelo de pájaro: la esperanza del turismo comunitario en Colombia

Avistar aves en la que era la capital mundial de la coca y pescar piangua en el Pacífico es posible gracias a los más de 520 proyectos de turismo comunitario que se desarrollan hoy en el país. Todos involucran, de manera directa, a los nativos. 

2 de diciembre de 2021

Por Diana María Pachón
Ilustraciones: Angie Pik

Hay que pisar suave, no hablar, no reír. Caminar lento y respirar lo necesario para no ahuyentar a las aves. Marchan seis personas, la profesora Ruth González, tres curiosos de la zona y dos turistas bogotanos. Son escasos los turistas que llegan. Esta zona que fue territorio de balas y capital mundial de la coca hasta principios de este siglo, todavía se mira con recelo al pensar en un secuestro o la muerte.   

La profesora, de 53 años, advirtió antes de la caminata: “hay que preparar la vista, aunque pensemos que no están, ellas si nos ven escondidas entre las ramas”. Siempre capacita a los visitantes antes de los recorridos. A medida que se avanza se escuchan graznidos y silbidos agudos y graves de algunas aves que vuelan rápidas. No se alcanzan a identificar, apenas se ven colorines acelerados de distintos tamaños.

Luego de casi una hora de susurros y pasos leves, en un caño veredal del municipio de Miraflores, en el sur del Guaviare, aparece una garza silbadora, garza chiflona, o syrigma sibilatrix. Ave y humanos se sorprenden. Nadie toma fotos, hay que ser pacientes, avistar aves es principalmente un ejercicio de paciencia para generar confianza. Hay una frase que dice: es mejor pájaro en mano que cien volando.  

La garza no se marcha, y pega unos brinquitos con esas patas que son como ramas de bejuco de un marrón casi negro. Se aleja unos metros, pero no huye del todo. Mira de soslayo con miedo y quizá curiosidad, eso lo deduce la profesora. Los humanos permanecen estáticos, la garza también. Miles de años de cambios genéticos le bordearon los ojos de un azul turquesa, le pintaron el pico de rosado con terminaciones negras, le dieron a las alas un degradado de amarillo a café. Viendo que no será molestada ni cazada, abre la envergadura de las alas y muestra el penacho de la cabeza; “nos está desfilando”, suena casi inaudible la voz de una joven. Comienza la sesión fotográfica con esa modelo salvaje.

“Nosotros sentimos que a las aves les agrada lo que hacemos. De verdad hemos descubierto que, con cautela y sin molestar el medio, nos posan y hasta se divierten”, afirma Ruth.

Ella es la directora del Grupo de Observadores de Aves de Miraflores (Goami), creado en 2019 para impulsar proyectos pedagógicos y el turismo comunitario en el Guaviare.

Todo comenzó en el colegio Francisco de Paula Santander, del corregimiento Buenos Aires, a 20 minutos de Miraflores. Durante una salida de campo con los alumnos, la profesora les habló de unas garzas tan recientes que los indígenas de la región no habían visto jamás, y por eso no les habían dado nombres.

-¿Por qué pasa eso? –interrogó a los niños que cursaban cuarto y quinto de primaria. Ninguno respondió.

Mediante un ejercicio de mayéutica, continuó preguntando:

 –¿Qué ven alrededor?

  –Pasto, vacas  –respondieron.

“Entre todos concluimos que las garzas no son de selva sino de caños y potreros”. Antes de la ganadería no existía esta especie en la región. 

Ese día una alumna propuso estudiar las aves. Todos estuvieron de acuerdo. Cada quince días programaron avistamientos en los lugares cercanos a la escuela. Ruth parecía el flautista de Hamelin, pero en vez de hipnotizar con el sonido de una flauta, convencía a los niños con su discurso, y luego ellos seguían arrastrados por el cantar de los pájaros.

Ante la procesión de niños felices, los habitantes del corregimiento se empezaron a preguntar: “¿esta mujer a dónde se los lleva?”.

El chisme de ver aves se regó, y algunos jóvenes y adultos la paraban en la calle: “¿podemos ir con usted?”.

La mujer, entendiendo que el fantasma de la guerra sigue presente, y que los jóvenes son vulnerables ante el reclutamiento por parte de los grupos armados ilegales de la región, aceptó.

El proyecto salió de las aulas, llegó al casco urbano de Miraflores y se expandió a las veredas. Cuando ya eran unos cuarenta los seguidores constantes, fundaron Goami.

Gracias a una convocatoria nacional lograron obtener los primeros equipos para retratar a las aves: un computador, una cámara de fotos semiprofesional y una cámara de video. Más adelante, apoyados por la Alcaldía de Miraflores, recibieron otra cámara y los uniformes del grupo. También se unieron ingenieros ambientales y ornitólogos para apoyar el trabajo de la categorización de especies, y como guías para los pocos turistas que reconocen la transformación de la región y llegan hasta allá.  

En los avistamientos, Goami ha logrado categorizar más de cien aves con foto, lugar, nombre científico, nombre común y también con el nombre dado por el pueblo indígena tucano. Aunque hay otras etnias, y desean hacer la misma labor con ellas, se empezó por esta lengua al tener en el equipo de Goami a un hombre tucano. Con toda esa información, el grupo busca hacer la enciclopedia de aves de Miraflores, para dar un mensaje a los turistas: “Aquí pueden venir con confianza”. En las fotos aparece la garceta azul, el avetigre colorado, la chachalaca moteada, el ermitaño, la tángara azuleja, el tirano melancólico, el chochín criollo, el cacique lomoamarillo. Con base en  esa categorización, Goami organiza los recorridos, y si algún turista quiere ver una especie específica lo llevan al lugar en el que se encuentra. “Por ejemplo, yo sé que el halcón murcielaguero, una de los animales más impresionantes que hemos visto, habita la finca Los Alcaravanes”, afirma el ingeniero ambiental Ivan David Rodríguez Castro.  

Este año, Colombia ocupó el primer lugar en avistamientos y escucha de aves según los resultados publicados en la página eBird. En total se registraron 1.343 en 24 horas, superando a países como Perú, Ecuador y Brasil.

Esta cifra, según el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, representa alrededor del 80 por ciento de las más de 1.900 especies que tiene el país, observadas o escuchadas por miles de personas en los 32 departamentos colombianos.       

Más allá de las aves

Mientras en Miraflores se avistan aves, al otro lado del país, en Bahía Málaga, en las costas del Pacífico, en el Valle del Cauca, hay otra especie que se retrata poco pero que sí se come: la piangua. Es una almeja que nace y crece en los manglares. Allí los turistas, guiados por los nativos, navegan por el mar y luego se internan por laberintos de ramas entreveradas donde el sol entra débil, cubriendo de sombra las canoas. Bajo esas aguas quietas y algo más dulces que el mar abierto reposan, pegadas en las raíces, las pianguas. Los nativos afrocolombianos saltan de la barca, y con las manos tantean el ramaje submarino hasta reconocer la rugosidad de las conchas. Una a una las desprenden y luego las dejan caer en canastos de fibra natural. Ya con el ingrediente especial para el almuerzo un guía habla sobre la existencia de 60 especies de ranas, 25 de lagartos y más de 50 de serpientes. Advierte a los visitantes que estén tranquilos porque los lagartos no acechan por ahí, y los tiburones están en mar abierto, en aguas profundas.

Los niños de Bahía Málaga también se están preparando para aprender el discurso y para conocer en la práctica esa cantidad de fauna y flora con la que conviven.

Luego de la aventura en la canoa, y ya en tierra, en los restaurantes atendidos y administrados por los mismos habitantes son preparadas las pianguas con limón, cebolla picada y salsas, o en paella. Aunque pareciera que capturan pianguas a manos llenas para alimentar visitantes, los pescadores cuidan ese recurso y están pendientes para que no escasee, se busca un manejo sostenible del molusco por parte de las mismas personas que realizan la actividad, y que viven de ella. 

Después de siglos de ser anónimos para el turismo, los pescadores y conocedores de otros oficios, al ver que vivían sobre un carbón bueno para convertir en diamante, crearon la Asociación Comunitaria de Bahía Málaga, Ecomanglar.

En esa zona no solo se consiguen y comen pianguas y una docena de clases de pescado fresco, también se puede avistar ballenas y reptiles, bogar en las piscinas naturales y ver y disfrutar bailes folclóricos.

Goami y Ecomanglar hacen parte de una tendencia en crecimiento en todo el mundo: el turismo comunitario. Este busca que las poblaciones nativas generen alternativas para recibir visitantes a partir de sus conocimientos del territorio, de la gastronomía y la cultura locales. Es la oportunidad para que los habitantes puedan mostrar sus tradiciones y vivir de ellas, sin intervenir su medio ni su estructura social.

El Ministerio de Comercio, Industria y Turismo lo resume así: “El turismo no puede estar desligado de la sostenibilidad, queremos que sea respetuoso con la naturaleza y la cultura, que fortalezca económica y socialmente a las comunidades donde se desarrolla, garantizando la integridad de sus recursos para el futuro”.

Según la Organización Mundial de Turismo (OMT), este tipo de estrategias mueven alrededor de 16.000 millones de dólares en el mundo, anualmente. Dinero que se queda en las comunidades aportando a su bienestar. En Colombia se están desarrollando actualmente 527 proyectos de turismo comunitario, de acuerdo con el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

Arrebatándoles jóvenes a las balas

Cuando Miraflores, en el Guaviare, era catalogada como la capital mundial de la coca, Ruth González vivía en el Quindío, más exactamente en Circasia. En ese entonces no era docente y apenas conocía los pájaros que revoloteaban alrededor de una curtiembre donde trabajaba. Recuerda que a una casa vecina llegaban de visita mujeres forradas en joyas de oro verdadero y bastante dinero en sus bolsos, comprados en boutiques de la ciudad. Por curiosidad, Ruth les preguntó cuál era ese trabajo tan rentable que les permitía llevar esa vida de lujos. Le dijeron que trabajaban como vendedoras de ropa en un almacén, en un pueblo remoto del Guaviare. Teniendo apenas 20 años, se convenció de ir con ellas a Miraflores, ese edén del dinero que pagaba salarios astronómicos por trabajos tan comunes.

Estando en medio de la selva, y ya sin dinero porque lo había invertido todo en el viaje, le hablaron de explotar su belleza a cambio de una buena plata. ¿Y la tienda de ropa? Las mujeres iban a comprar, no a vender, en realidad trabajaban como prostitutas. Ruth, reconociendo que ese oficio no le interesaba, se despidió de las amigas y consiguió trabajo en una finca cocalera como cocinera. Pensaba ahorrar durante dos o tres meses para su regreso. En el año 1998, ganaba 60 mil pesos mensuales; y el tiquete de regreso, contando el avión y los buses, costaba unos 140 mil.

Pero se enamoró, y los meses fueron pasando y la partida se fue corriendo hasta que nunca quiso regresar al Quindío. Mientras trabajaba, les enseñaba a los trabajadores a leer y a escribir. Luego las madres, al notar las buenas intenciones de la mujer, le enviaban a sus hijos.

Con la experiencia empírica de enseñar fue contratada en la Institución Educativa  Francisco de Paula Santander (en la que continúa) y, con el dinero ahorrado empezó a estudiar docencia, a larga distancia, en San José del Guaviare.

En esa época la zona era controlada por las Farc, y los jóvenes veían casi como un sueño entrar a las filas de ese movimiento guerrillero. Cuando Ruth percibía que algún alumno estaba tentado, le hablaba de las precariedades en la selva, las enfermedades y la muerte. Ella dice con orgullo que ningún alumno suyo entró a las filas del grupo armado.

Ahora, en 2021, Miraflores ya no es la capital mundial de la coca y los guerrilleros ya no se pasean por las calles del pueblo ni en los corregimientos cercanos. Los que quedan, porque nunca entregaron las armas tras la firma del acuerdo de paz con el Gobierno colombiano, en 2016, están replegados en la selva. A pesar del cambio, todavía hay jóvenes que buscan portar un fusil al ver que no hay alternativas de trabajo ni de estudio en la región.

Al terminar el bachillerato, Luis Herney Caicedo, de 18 años, no quería sumarse a la guerra, deseaba marcharse a un lugar menos cerrado de selva. Se sentía lejos, en un punto verde en un mapa olvidado, ajeno al progreso. Confiesa que siempre ha querido a su pueblo, y al mismo tiempo se preguntaba qué iba a ser de él si se quedaba. Cuando estaba viendo estrategias para partir, conoció al grupo Goami, pensó que sería una afición mientras lograba marcharse, pero con el tiempo, entre caminatas y aves, entendió el privilegio de vivir allí. ¿Ahora quién está lejos? Ya no es él, es el mundo el que está distante de esa selva donde hay vida en los suelos y en el cielo. Y ahora él quiere formarse como biólogo y guía para darles la bienvenida a todos los que quieran conocer lo que él llama “su paraíso”. 

* * *

Esta historia es posible por el apoyo de Grupo SURA, que considera necesario #PensarConOtros para construir entre todos más oportunidades como sociedad.

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Acerca del autor

Diana María Pachón
Diana es colaboradora externa de Vorágine. Se ha desempeñado como periodista, coordinadora editorial y directora de contenido tras cursar estudios de filosofía y humanidades. Ha escrito crónicas sociales, culturales y de conflicto armado en revistas y periódicos colombianos y del exterior. Ha recibido reconocimientos por su labor periodística a nivel nacional e internacional, como el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de crónica y el de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en la misma categoría; también ha sido finalista del concurso internacional Nuevas Plumas 2017, y ganadora del Programa de Residencias Artísticas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México (FONCA), en alianza con el Ministerio de Cultura de Colombia 2017. Fue asesora de prensa de la fundación Temas de Estado y jefa de prensa de la productora Malta Cine. Es autora del libro 'Las batallas perdidas de Santrich', publicado en 2018 por Intermedio Editores, y es coautora de los libros 'Dios es Colombiano', de Editorial Planeta; 'Cronistas bogotanos', de la colección Los Conjurados, y de la antología 'Los días de la pandemia', escrito por grandes plumas del país, y del que ella también fue productora y editora.
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