Ariolfo: el campesino al que mató el Ejército y por el que nadie responde

El 20 de mayo de 2020 soldados y policías asesinaron a un labriego desarmado que estaba con una niña de cuatro años. Lo querían hacer pasar como cabecilla de las disidencias, dicen en la comunidad.

Por: José Guarnizo / Ilustraciones: Angie Pik

Tan solo unos segundos antes de ser asesinado, Ariolfo Sánchez se acurrucó, le sonrió a Luciana y le agarró los cachetes. Era la niña de cuatro años a la que consentía como si fuera de su propia sangre, la hija de Yanceli Zapata, una mujer esmerada que trabajaba allí cocinando para los jornaleros de la finca. 

Ariolfo estaba en pantaloneta y botas de caucho. Ni siquiera llevaba un machete en la mano. Se disponía a salir de esa casa que había levantado años atrás con tablas y tejas de zinc. Iba a revisar un trabajo que le había contratado a un muchacho el día anterior.

—Vamos a ver si se ganó la plata ese güevón—, dijo. La muerte no habría de venir de frente segundos después, sino agazapada desde el monte.

Eran las 9:30 de la mañana del 20 de mayo de 2020 en las montañas del municipio de Anorí, en el nordeste de Antioquia. Desde la vereda Tacamocho, donde tenía la finca Ariolfo, se divisan enormes cañones tapizados con cultivos de coca, laureles, perillos y chaquiros dulces.

La pequeña Luciana se fue detrás de Ariolfo, quien alcanzó a dar unos quince pasos desde la puerta de la casa hacia un sendero en descenso. 

Hubo un momento en que Luciana se devolvió, jugando distraída. Justo ahí las balas comenzaron a tronar, dicen que se veían como llamitas que alumbraban desde el bosque. No era la guerrilla, no eran los paramilitares, era el Ejército de Colombia y la Policía Nacional los que estaban disparando.

Luciana se salvó. Ariolfo, en cambio, cayó muerto al instante. Tres balas de fusil le perforaron el pecho. A los pocos minutos llegó un grupo de uniformados a llevarse el cuerpo de Ariolfo, como si se tratara del trofeo que venía después del operativo ejecutado por tropas del Comando General del Ejército y un grupo especial de la Policía.

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La avanzada había sido planeada desde Bogotá y tenía como objetivo, según alcanzó a trascender, a un hombre de alto nivel, un capo conocido con el alias de Cabuyo, por quien la policía ha ofrecido hasta 280 millones de pesos de recompensa. Al tipo le atribuyen ser el líder de las disidencias del frente 36 de las Farc. Había estado en el ETCR de Anorí pero después desertó y se fue a armar su propio ejército ilegal.

¿Qué tenía que ver Ariolfo con Cabuyo? El primero no pertenecía a ningún grupo ilegal ni estaba armado ni vestido de camuflado ni tenía órdenes de captura en su contra. En los hechos que rodearon su asesinato no hubo cambate. No hay mayores coincidencias entre uno y otro hombre como para pensar en una confusión de identidad. El nombre de pila de Cabuyo es Ricardo Abel Ayala, y todo parece indicar que no supera los 30 años, según ha difundido la inteligencia del Ejército a los medios de comunicación. Ariolfo tenía 43.

¿Por qué el Ejército y la Policía dispararon a un hombre desarmado? Tres días después del hecho, la Séptima División entregó una respuesta lacónica que en realidad no aclaró ninguna circunstancia. “Sobre el hecho presentado en desarrollo de una operación militar y policial desplegada por unidades conjuntas, para ubicar y desarticular un grupo armado organizado (Gao), este comando se permite informar que en desarrollo de operaciones militares y policiales pierde la vida una persona en hechos que son materia de investigación”. Luego añaden que, en aras de la transparencia, han brindado “absoluto apoyo a las autoridades judiciales y entidades de control para el desarrollo de las investigaciones”.

Vorágine contactó a la Séptima División, destacamento que emitió el comunicado. Pero dijeron que la respuesta la debía dar el Comando del Ejército, pues ellos fueron los encargados del operativo. Desde la oficina de prensa de esta unidad solo dijeron que el caso estaba en manos de la Fiscalía 65 de Medellín y que se habían ordenado unas investigaciones disciplinarias. Y nada más.                                         

Una vez Ariolfo cayó, soldados se acercaron a la escena y envolvieron el cuerpo en un plástico blanco y lo trasladaron unos 200 metros hasta un descampado. Según diría después la Séptima División, el levantamiento del cadáver estuvo a cargo del Grupo Operativo de Investigación Criminal (Groic) de la Policía. Un helicóptero venía en camino para llevarse al hombre “dado de baja”, término que se usa cuando hay un muerto en medio de un enfrentamiento. Pero las pruebas demuestran que no hubo combate alguno. La operación estaba a punto de llegar a su fin. Sin embargo, varios campesinos que conocían a Ariolfo comenzaron a bajar desde otras fincas para ver con sus propios ojos si era verdad que habían matado al Indio, como conocían a su vecino de toda la vida.

Muchachos que trabajaban con Ariolfo increparon a los soldados y policías, les dijeron que habían cometido un error, que habían matado a un campesino inocente. Incluso si Ariolfo hubiese sido un delincuente -que no lo era- el deber de la fuerza pública era capturarlo y, además, bajo el amparo de una orden de un fiscal. 

No son pocas las normas internacionales a las que se ha acogido Colombia en cuanto a reglas de enfrentamiento o combate en un conflicto. Entre ellas están nada menos que cuatro convenios de Ginebra. Un operativo debe estar enmarcado, no sobra decirlo tampoco, dentro de las reglas del Derecho Internacional Humanitario.  En uno de los apartes de la Disposición del Ejército No.02 del 10 de enero de 2019 dice: “utilizar la fuerza en contra de una amenaza de manera moderada y proporcional a la misma, pero evitando en lo posible disparar armas de fuego”. Y más importante aún: “usar las armas de fuego en contra de personas está prohibido, salvo en defensa propia o de terceros, o en caso de peligro inminente o de muerte o de lesiones graves, y sólo en caso de que resulten insuficientes las medidas menos extremas para lograr dichos objetivos y siempre que la defensa sea proporcional a la agresión”. El Ejército tiene prohibido actuar en un operativo a mansalva y rociando bala. Eso no es como en una película de acción.

Con el cadáver como testigo, los uniformados evitaron identificarse delante de los trabajadores de la finca, a quienes les retuvieron sus celulares. Los interrogaron en la misma casa de Ariolfo, no los dejaron salir ni hablar con nadie. Los mantuvieron retenidos sin orden alguna durante al menos cuatro horas. El helicóptero se acercaba. Los vecinos, entre los que había mujeres, niños y personas de la tercera edad, también venían de prisa, montados en caballos y mulas. “No dejemos que se lleven el cuerpo, después lo pasan como un ‘falso positivo’”, se escucha en uno de los videos que los campesinos comenzaron a grabar. 

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El Indio de los pies descalzos

Toña es muda. Deambulando por las calles de Anorí, por donde suele pasearse para pedir ayudas para sobrevivir con su mamá, se percató de algo inusual: varias personas que iban para un entierro llevaban impresas fotos de Ariolfo, un hombre  por quien guardaba un afecto especial. 

Él solía ayudarla con los asuntos más básicos del mundo: le regalaba comida, útiles de aseo, lo que necesitara cuando ella se veía a gatas. Pero sobre todo, le prodigó siempre cariño. Aunque Ariolfo no sabía lengua de señas, se las arreglaba para decirle a Toña que la quería. Ella, extrañada por las fotos y los letreros que vio en el funeral, preguntó y le contaron: ‘es que al Indio lo mataron allá arriba en la finca’.

Era ya 23 de mayo y Toña se fue para la casa de Claudia Sánchez, hermana de Ariolfo, hecha un nudo de lágrimas, inconsolable. Intentó de todas las formas posibles darle a entender a Claudia que se estaba muriendo de la tristeza por el asesinato del señor caritativo que nunca le había dado la espalda. Ariolfo tenía en su muro de Facebook una foto con Toña.

A Claudia la conmovió ese desesperado e imposible deseo de Toña de hablar, de poder decir con su propia voz lo mucho que sentía la muerte inesperada de Ariolfo. Entonces se abrazaron en la mitad de la calle y ahí ya no hubo necesidad de palabras.

 Claudia era la más cercana de las hermanas. Cada ocho días que Ariolfo bajaba de la finca la buscaba para que salieran. ‘Vea negra, vámonos a bailar’, le decía. 

—Le gustaba escuchar a los Tigres del Norte. Y al final no salía con nada. Porque a él no le gustaba tanto bailar, él se sentaba a tirar risa, a contarle historias a uno, contar todo lo que le pasaba en la finca. Y a molestarlo a uno, a cogerlo a uno de parche—recuerda. Llora.

Un viernes ella fue a la casa de Ariolfo para que salieran a un bar. Cuando lo vio le dijo: “Ay, indio, vos sí estás muy feíto, ¡como estás de canoso!”. Y él, cuenta ella, le tenía mucho miedo a la vejez. “Al otro día fui y este verraco ya dizque con el pelo tinturao. Y me dijo: ‘Ahora qué. Cómo le parezco, ¿ya me ves más jovencito?’”.

Luz Marina, otra hermana de Ariolfo, recuerda la difícil situación por la que pasaba su familia cuando llegaron a Anorí, por allá en los años 80. Ella y el Indio tenían cuatro y cinco años, respectivamente, y eran, dice, como animalitos caminando descalzos por las calles del pueblo: “La infancia de nosotros fue un poco traumática por la situación económica. Antes de llegar a Anorí vivíamos en una vereda que se llama Trinidad, a tres horas de la parte urbana. Mi mamá era analfabeta, mi papá era analfabeto, ellos no se preocuparon por darnos un estudio ni nada de eso”.

 Con el tiempo los padres de Ariolfo se separaron y él, de nueve años, comenzó a trabajar. Se fue a recorrer las veredas de Anorí a rebuscarse el pan en minas y en cultivos. Por aquellos lares la sobrevivencia se tasaba en días de jornal. La vida rural era dura para cualquier cristiano que no estuviese metido en el conflicto. El Eln, que nació en aquellas montañas, se replegó tras la famosa Operación Anorí de agosto de 1973 en el gobierno de Misael Pastrana Borrero. Y desde entonces los campesinos quedaron en medio de las tensiones entre el Ejército y la guerrilla. Nada que hubiese cambiado con el paso de la historia. Ariolfo había estudiado hasta tercero o cuarto de primaria, según las cuentas de sus hermanas.

Así se la pasó unos treinta años.  Se organizó con una mujer llamada Diana Posada Barrientos, la mamá de sus dos primeras niñas. Luego tuvo otras dos hijas en una segunda relación. Hoy Michel tiene 16 años; Mariangel, 11; Nicole, 4 y Salomé, dos añitos. Se quedaron sin padre.

 

Ariolfo consiguió esa finca en Tacamocho, donde empezó a cultivar coca, como casi todos sus vecinos alrededor. José David Hernández, un líder de la zona, dice que muchos se arriesgaron a vivir de aquella economía ilegal ante el descalabro que significó ver perder las cosechas que nadie compraba, aún si lograban sacarla al pueblo. Tras la firma de los acuerdos entre las Farc y el Gobierno, estos campesinos de Anorí ingresaron al Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito –PNIS–. La idea era cambiar de vida, dejar de cargar con el estigma colgado a la espalda. Ariolfo también entró en esa lista.

“Anorí entró en una sustitución y realmente los campesinos le cumplieron al gobierno, aquí arrancamos 14.000 hectáreas por nuestra propia mano. Eso equivale a un 98% de la meta. A cambio, el gobierno vino a quitarnos la vida, a reprimirnos”, son las cuentas que hace Hernández. Ni los proyectos productivos ni las vías de acceso al territorio se vieron, tal como estaba contemplado en los puntos uno y cuatro de los acuerdos.

En Anorí, como en muchos otros municipios del país, el programa de sustitución de cultivos no funcionó. Las familias arrancaron las matas y se quedaron aguardando por los proyectos productivos. El PNIS en general quedó desfinanciado, cuenta Juan Carlos Garzón, experto en el tema de cultivos de uso ilícito de la Fundación Ideas para la Paz –FIP-. Hay una frustración natural de parte de los campesinos que se acogieron al programa y que más o menos entraron en un limbo.

Como contexto el gobierno nacional puso sobre las Fuerzas Armadas una enorme presión por bajar el número de hectáreas cultivadas y de ahí las avanzadas de erradicación forzosa. Entonces surgieron los líos. La FIP lleva las cuentas de por lo menos 35 incidentes en medio de operativos este año en el país, que van desde enfrentamientos de comunidades con la fuerza pública, hasta bloqueos, heridos y muertos, tanto cultivadores como soldados.

Hay testimonios que indican que el asesinato de Ariolfo tuvo como preludio un operativo de erradicación. Winston Gallego, del equipo de garantías de la Corporación Jurídica Libertad, recuerda que a comienzos de mayo tuvo lugar una reunión entre el Gobierno y los cultivadores. En esa ocasión, las autoridades escucharon de forma virtual a voceros de la Asociación Campesina del Norte de Antioquia, a los de la Asociación de Campesinos en Vía de Extinción, y a cultivadores de coca de Anorí. Entre las quejas de la comunidad se escuchó que el programa estaba estancado, que no avanzaba, que entonces cómo hacían para destrabarlo.

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Y el Estado se apareció días después. Pero no como se lo esperaban los campesinos.  

—El 20 de mayo nos dicen que antinarcóticos había ametrallado—, recuerda Gallego.

Pero fue el 18, dos días antes de que mataran a Ariolfo, cuando en se vieron los primeros movimientos raros. Gabriel Sánchez es miembro de la Asociación Campesina del Norte de Antioquia. Según cuenta, los labriegos se alertaron aquella mañana cuando vieron que un encapuchado entró a la zona acompañado por tropas de la Séptima División.

—Resulta que los militares llegaron y no se dejaron ver más de la gente, se escondieron en el monte. Una fuente de ahí cerca de la región donde vivía Ariolfo nos dijo que los soldados habían estado alrededor de la finca de él, mirando, viendo todo, incluso donde lo mataron, que fue aproximadamente a unos 60 o 70 metros de la casa—, relata Sánchez.

De acuerdo con testimonios recogidos por este mismo campesino, a Ariolfo no le dispararon desde la montaña sino desde un punto más despoblado, o lo que en el campo llaman un rastrojero. 

—Y lo que nosotros decimos es que ellos lo mataron porque quisieron matarlo, no sé, ellos supuestamente estaban haciendo un operativo en contra de las disidencias de las Farc, pero la verdad nosotros incluso le preguntamos a la gente y nos dijeron que la guerrilla no estuvo por la zona. Otros comentan que al Ejército les dieron una información de que un guerrillero se encontraba en una casa en la vereda Los Trozos, entonces no sé sabe bien si ellos (los soldados) no conocían bien la geografía, o si fue que les dio rabia y lo mataron (a Ariolfo) y lo iban a pasar por ‘falso positivo’—contó. 

El operativo que llegó hasta la casa de Ariolfo no fue de poca monta:

—Eso los soldados armaron un show impresionante, una película. Antes de dispararle a Ariolfo ametrallaron, como para justificar el combate.

Otra de las fuentes consultadas lo relató así:

—Eso fue mejor dicho como si hubieran matado a quién sabe cuántos, porque ellos no solo le dispararon al señor, tiraron granadas al monte, según dice la comunidad el helicóptero también disparó y se fue, e inmediatamente bajaron, cogieron el cuerpo, lo envolvieron en una bolsa y estaban a punto de llevárselo.

 Pero los vecinos llegaron a impedirlo.

Durante unas tres horas hubo una fuerte discusión entre la comunidad y los soldados que estaban custodiando el cadáver. Los vecinos no estaban dispuestos a dejar que se llevaran el cuerpo de Ariolfo. Ellos mismos llamaron al personero, a la Fiscalía y a representantes de organizaciones de derechos humanos. Todo quedó grabado en videos que inmediatamente subieron a las redes sociales. Lo que se escucha allí es bastante diciente.

—¿Por qué mataron a una persona inocente?—se escucha que dice un campesino.

—Vea, si hay algún error…—alcanza a decir un soldado que lleva puesto casco y fusil terciado al pecho.

—¡Sí lo hay, sí lo hay!—grita una mujer de la vereda. 

—Si hay un error o no—continúa el uniformado— la Fiscalía lo va a determinar, ustedes nos tienen que dejar llevar el cuerpo.

 —No, no señor, ni por el verraco—le contestan.

—Estábamos en operativos militares para garantizar la seguridad, somos la fuerza pública—insiste otro militar.

—¿Entonces los aplaudimos? Bravo, bravo... qué tristeza que ustedes supuestamente para proteger al campesino, lo tienen que matar, que tristeza—dice la mujer indignada. 

Otro campesino interviene:

—Dónde está pues la inteligencia de ustedes, ustedes tienen de todo para detectar a la persona que es y vea.

Desde el fondo se escucha que la mujer añade:

—El Ejército está supuestamente para protegernos, ¿y nos sale matando? A mí me daría pena usar ese uniforme, ¿matar a un campesino? 

Los soldados callan.

—¿Estaba armado, estaba camuflado como para que le dispararan?

—Tenía un machete—dice un soldado desde atrás.

—Ah, ¡pero es que machete lo carga hasta un bobo! ¡Hasta yo puedo cargar un machete!—estalla la mujer.

En ese momento el cadáver estaba a unos 100 metros de donde tenía lugar la discusión. Estaba puesto para que el helicóptero que venía en camino se lo llevara. Los militares estaban desplegados a lo largo y ancho de la montaña, comunicándose a través de radios.

Los soldados querían continuar pero parecían impotentes ante la llegada de más y más campesinos.

—Llamen a alguien, les estamos dando una solución, llamen a Derechos Humanos, a los bomberos si quieren, pero de aquí no se lo llevan.

—Pero por qué vamos a llamar a los bomberos si nosotros somos la fuerza pública, nosotros somos el Estado.

—¡El Estado! Wow, qué honor parce, el Estado, el Estado matando—grita la mujer.

—¿No les da pesar?—insiste otro campesino mirando de frente a los uniformados.

—Les estoy diciendo que si hubo o no un error o cualquier cosa…

—¿Cualquier cosa? Por eso es que hay tanto ‘falso positivo’ de campesinos…¿estaban buscando a Cabuyo? Vayan y búsquenlo cañón abajo. ¿Pero por acá? 

—¿Dónde está Cabuyo?—pregunta un militar.

—¡Vaya búsquelo! Después de que matan a los campesinos los vamos a llevar también hasta allá. ¡Descarado!

Otro campesino agrega con ironía:

—A cinco horas a pie, por allá se mantiene, vayan y gánense una platica ahí…o quieren vacaciones con los campesinos, en plena pandemia, ¡hasta yo!

—Ustedes están en una actitud de risa—replica el soldado.

 —No, nosotros les guardaríamos respeto a ustedes donde ese señor fuera un guerrillero (refiriéndose a Ariolfo). Les ayudamos hasta cargarlo, ¡pero un campesino! ¡No, respeten!

Y se escucharon las hélices de la aeronave. Sobre el descampado los militares lanzaron bengalas amarillas para que pudiera tocar tierra. Y la comunidad, como si fueran hormigas, corrió a rodear el cadáver de Ariolfo. Los soldados, por muchos que fueran, se vieron incapaces de controlar la situación tal como lo tenían planeado.

—Primero nos matan a nosotros antes de que se lo lleven—se escucha en medio de la confusión.

Querían garantías, que una institución independiente hiciera el levantamiento del cadáver y no quienes lo habían matado.

—Quedémonos aquí que aquí no pueden aterrizar. No lo vamos a permitir. Aquí está grabado todo.

—No hay necesidad de grabar, nosotros somos tropas del Ejército Nacional. 

—¿Qué no hay que grabar? No señor, aquí estamos grabando todo.

La mujer que más se había opuesto a los soldados dejó salir, como del pecho, toda la indignación:

 —Dejar a una mujer sola, dejar a los niños, qué tristeza.

Al final el Ejército no se pudo llevar el cadáver. A la montaña llegaron el personero de Anorí, la Fiscalía y miembros de la Defensoría. Tres días después en el pueblo hubo marcha, con carteles y arengas de todas esas personas que conocían a Ariolfo pidiendo justicia. Allí estuvo Toña poniendo su cuota de llanto. La comunidad entró en paro durante tres días, en protesta y también en son de duelo. Muchos de los campesinos que impidieron que el Ejército sacara el cuerpo de Ariolfo aquel día terminaron desplazados en Anorí. “Tienen miedo de volver a las fincas, son labriegos, asalariados”, dijo uno de los entrevistados.

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Acerca del autor

José Guarnizo
JOSÉ GUARNIZO: Es comunicador social y periodista de la Universidad de Antioquia y máster en Creación literaria de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Fue editor de Nación de la revista Semana, editor general de Semana.com, editor de investigaciones de El Colombiano. Ganador del premio Internacional de Periodismo Rey de España (2011), del Premio Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa -SIP- (2020), del Premio Simón Bolívar (en 2018 y 2019), del premio Nacional de Periodismo Digital (en 2019) y finalista del Premio Gabo (en 2019, en un trabajo colectivo), entre otros reconocimientos. Es autor de libros de no ficción, entre los que está La viuda negra, texto que fue llevado a la televisión por RTI y Televisa.
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