Una de las periodistas de Vorágine se salvó de ser apuñalada en un intento de robo. Conozca esta y otras historias, además de encontrar cifras de hurtos, homicidios, y el ranking de las localidades más peligrosas de Bogotá. Entérese para que no se le agüen las fiestas.
22 de diciembre de 2021
Por: Diana María Pachón / Ilustración: Camila Santafé
inseguridad Bogotá

Caminaba sola por el sector de Chapinero Central, en el nororiente de la ciudad. Los pasos eran apresurados, los ojos alertas a las sombras que lograban verse por el rabillo, y los oídos agudos ante la proximidad de pasos o ruidos más cercanos de lo normal. ¿Por qué no tomé un carro si ya era casi la medianoche de un miércoles? Acababa de salir de un bar luego de beber tres cervezas, no estaba lejos de mi hogar y solo debía caminar unas cinco cuadras por una calle principal que conduce a los cerros orientales hasta la carrera séptima. En términos de fumadora, estaba a un cigarrillo de distancia.

Unos pocos taxis cruzaban por la avenida, y motos desbocadas con borrachos o temerarios. Las luces de los edificios estaban apagadas e incluso las porterías con celadores que aprovechaban esas horas muertas para descansar los ojos. Seguro algunos descansaron más que los ojos porque ante mis gritos, en el momento del atraco, ninguno se dejó ver ni por curiosidad.

El único ser despierto era el viento que parecía escapar de una guarida en los cerros para salir a un recreo nocturno, sin tanto esmog y ruido. Las ráfagas heladas jugueteaban con paquetes abandonados o haciendo remolinos de polvo. En esta ciudad de peligros, el viento parece ser casi lo único que no se puede robar. Mientras este vuela libre, los habitantes estamos condenados al miedo. Ser bogotano es estar acostumbrados a esa sensación. Más del noventa por ciento de los capitalinos se sienten inseguros, según el Centro Nacional de Consultoría.

Faltando apenas unos doscientos metros para llegar al edificio, sacudí las manos dentro del abrigo para sentir el tintineo de las llaves. No estaban. Saqué el celular y llamé a mi novio. “Estoy a cinco minutos de llegar”. En ese momento se estacionó a mi lado un carro amarillo, no estoy segura de si era un taxi o era una coincidencia de color. Una mujer salió rápido y me mostró un cuchillo, no una navaja, y con la mano libre me rapó el celular. Mientras ella guardaba el aparato otros dos hombres se bajaron del vehículo para custodiar a la ladrona. ¿Y qué hice?

“Si te van a robar en la calle, entrega todo y luego vemos cómo se recupera lo perdido”, siempre le he dicho a mi hija desde que empezó a caminar sin mi compañía. Cumpliendo esa sentencia hice lo mismo, pero a los pocos segundos me engañó el subconsciente: 

Cuando la mujer me dio la espalda y estaba por abrir la puerta del carro para marcharse junto a sus acompañantes, la sacudí por el hombro. 

—Hey, no me vas a robar. 

Ella sacó de nuevo el cuchillo, 

—¿Esta piroba quiere que la mate?

Forcejeamos ante la mirada de los hombres que parecían espectadores de un show. La mujer quiso enterrarme el cuchillo en el costillar, pero la hoja no logró penetrar las costuras del grueso abrigo que tenía puesto. La tomé de las muñecas sin dejar de gritar para que mi voz sirviera de alarma.

—¡Ayuuuuda!, ¡me están robando! 

Confié en que alguien saldría antes de perder la fuerza en las manos. Ella logró zafarse y me apuñaló tres veces en el pecho. Sentí la punta en los senos y el esternón, menos mal sin enterrarse gracias al paño y el forro de seda. Tenía miedo, un miedo irracional y colérico como el de algunos animales salvajes al sentirse amenazados.

Los acompañantes de la mujer se asustaron por la histeria mía, y le dijeron algo a su compañera. La mujer lanzó el celular al suelo.

“Recójalo”, me gritaron, y los tres se metieron rápido en el carro y arrancaron a toda velocidad. “Vieja loca”, fue lo último que alcancé a escuchar. Me salvé. 

Días después, para la investigación de esta crónica, un coordinador del colegio Gerardo Paredes, de la localidad de Suba, me escribió para contarme su tristeza. Está de luto por la muerte de uno de sus estudiantes. La última vez que lo vio fue un viernes, a finales de noviembre, y ya el lunes estaba enterrado. Los profesores queremos despedir a los estudiantes en las graduaciones, no en un féretro por culpa de la inseguridad y la violencia. 

El joven, según el docente, estaba defendiendo a un amigo de un robo. Los atracadores, para darle una lección por “sapo”, le clavaron un par de puñaladas. La vida se le terminó de escapar de camino al hospital. 

Este homicidio hace parte de los 1.029 registrados en Bogotá entre enero y noviembre de este año, según el Sistema de Información Estadístico, Delincuencial, Contravencional y Operativo de la Policía Nacional (Siedco). De acuerdo con esta  cifra son asesinadas, diariamente, de tres a cuatro personas en la ciudad. 

El 5 de diciembre, en la misma localidad, un joven salió en la madrugada para comprar licor y pasabocas, estaba de rumba en casa de unos amigos. En el camino unos hombres le vaciaron los bolsillos, y luego lo dejaron desangrándose en el pavimento. 

Cuando aún se lloraba ese difunto y la ciudad estaba indignada, el 7 de diciembre casi muere de la misma manera el locutor Gustavo Verbel cuando le robaron la bicicleta. Verbel no peleó, no gritó, entregó todo sin resistencia para salir sin nada pero bien librado de salud. La calma no sirvió, uno de los delincuentes se abalanzó sobre él y le hizo dos cortes largos en la garganta. Quizá por falta de filo o de fuerza, la hoja no alcanzó las venas mortales. Los ladrones se marcharon estrenando bicicleta, y el herido sintiendo cómo la tibieza de su sangre le empapaba la ropa. Una ambulancia cargada con un enfermo —según relató el locutor en una entrevista a W Radio— lo llevó a un hospital. Treinta puntos de sutura en el cuello. “Ahora parece que no es suficiente con robar, tienen que asesinar”, dijo en la misma entrevista. 

¿Qué harías si te van a atracar? Esa pregunta no es excepcional en esta ciudad en donde roban, en promedio, a 10 personas cada hora según la Secretaría de Seguridad. Algunas responden “grito y corro”, otras entregarían lo que tienen y hasta dan las cosas más ocultas por si hay una inspección extra. Y están las que se enfrentarían al ladrón. En la teoría pensé ser del segundo grupo, pero en la práctica, cuando me tocó el turno, fui del último.

No sabemos cómo vamos a reaccionar hasta que sucede. En una reunión, una mujer contó que hace medio año estaba esperando el bus, sobre la carrera séptima, para acudir al trabajo. Ese día se levantó tarde y su mayor angustia era la de ser despedida. Mientras veía los letreros de los buses e imaginaba los regaños de su jefe, un hombre se le acercó por la espalda y le ordenó entregarle todo. 

“Tengo afán”, respondió ella, y sin más palabras ni muestras de nerviosismo extendió la mano para hacerle la parada al bus que por fin pasaba. Luego de pagarle al chofer, su mente reaccionó y entró en pánico aunque no le quitaron nada. Se cubrió la cara y lloró con tal desespero que preocupó a los pasajeros cercanos. En el trayecto, dos pasajeros intentaron consolarla con el amargo remedio de contarle sus propias penas para suavizar las suyas. A una le raparon el celular, y al otro le vaciaron la cuenta bancaria.    

En lo que va de 2021, la cifra de denuncias por robo a personas en Bogotá supera las 95.000, según la Secretaría de Seguridad. El sector de Chicó-Lago, de la localidad de Chapinero, donde la mayoría de sus barrios son de estrato 5 y 6, es el de mayor número de denuncias, con más de 4.000, el doble de las recibidas en cualquier otra zona.

Esta cifra va en contravía con la última encuesta sobre percepción de seguridad liderada por el programa Bogotá Cómo Vamos. En esta medición el nororiente de la ciudad, donde se encuentra Chicó-Lago, tiene la percepción más favorable de la capital con un 7 por ciento, mientras en el resto de la ciudad es del 4 por ciento.

Al preguntarle a Felipe Mariño, director del programa, hay varias razones que influyen en que sea así, entre ellas, sectores donde no se denuncia por desconfianza hacia la policía, pereza al considerar que todo quedará impune, o temor de sufrir represalias por parte de los delincuentes. “Por supuesto, las denuncias son reales, al igual que la percepción y los índices de silencio de los habitantes, se tendría que analizar todo en conjunto. Para obtener una noción real más clara se puede recurrir a las tasas de homicidios, esas sí o sí quedan en los registros distritales y nacionales”, aclara el director. En ese caso, el ranking lo lidera la localidad de Ciudad Bolívar, seguida de Kennedy y Bosa.

Recogí el celular del suelo. Me sentí temblar por un frío distinto al del clima que continuaba enviando ráfagas heladas. Mi frío era de terror. ¿Y si el cuchillo se hubiera clavado o si a los dos tipos se les hubiera ocurrido meterme al carro y tirarme a un potrero? “Casi me gano una muerte pendeja”, pensé. Muchas veces culpamos a la víctima, no al victimario. 

Un amigo acudió a una estación de Chapinero por el robo de su celular, el caso es de hace dos años. “¿Acaso no sabe que no puede hablar en la calle?”, fue la respuesta del uniformado. “Yo sé hacia dónde se fue el atracador, ¡vamos!”, dijo con premura el amigo. “Paila, mijo, la moto está dañada”. Aunque hay varias estaciones en Chapinero, es la cuarta localidad con mayor número de denuncias por robo en Bogotá. En otras zonas la policía es más escasa y la gente se queja por la falta de presencia de esa autoridad. Las otras tres localidades son: Kennedy, Engativá y Suba. El quinto lugar es ocupado por Usaquén. 

Me senté a un costado de la avenida y se me aguaron los ojos. No quería cerrar los párpados para no encontrar un nuevo peligro cuando los abriera. Preferí no limpiarme y ver todo a través del cristal tembloroso de las lágrimas. Las ventanas continuaban apagadas y los celadores encerrados tras sus puertas de vidrio con llave. 

Hay sectores donde el chisme es una forma de blindaje. Ante el primer grito, algunos se asoman por las cortinas, y otros salen con palos de escoba y cuchillos de la cocina. Cuando por fin llega la policía, el ladrón está tan apaleado que debe ser escoltado por las autoridades para que no lo rematen. Aquí, lugar sin chismes y donde el vecino es un completo desconocido, cada quien cuida lo suyo.

Abandonada y más vulnerable por la debilidad del espíritu, pedí que me recogieran. 

Al llegar al apartamento me encerré en el baño y me quité la ropa. Sobre mi piel morena estaban tres heridas causadas por el cuchillo, cubiertas de sangre seca. Una en la parte superior del esternón, otra en la parte superior del seno, y una última sobre la piel que cubre el corazón. 

Tal vez conté con suerte de encontrarme con ladrones novatos que vieron en mí, una mujer sola, en plena noche y celular en la mano, la oportunidad para ensayar. El robo parecía una escena de teatro con más actores de los necesarios, sobraban los hombres y el carro. Demasiada parafernalia para robarse un aparato. Ahora queda el miedo y la sensación de estar en una ciudad donde me siento desprotegida. Solo nos queda no dar papaya, caminar con cautela, y alejar con fe, brujerías o rezos, a los ladrones.

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