Julián Darío Gómez Mejía, párroco de El Sagrado Corazón, aparece en la lista de curas denunciados por pederastia que entregó el arzobispo Ricardo Tobón. Vorágine conoció el testimonio de una mujer que dice haber sido abusada por el sacerdote cuando ella tenía entre siete y once años.
28 de octubre de 2022
Por: Vorágine, #BajoReserva

Claudia* creció en una familia amorosa y cuidadora. Sus padres y sus tres hermanas mayores siempre estuvieron pendientes de que no le faltara nada y viviera tranquila, feliz. Pasó toda su infancia en el barrio Las Brisas, en Castilla, Comuna 5 de Medellín, y desde los cinco años su mamá la llevaba a misa a la parroquia San Gregorio Magno, del mismo barrio.

El párroco, a principios de los años noventa, era Julián Darío Gómez Mejía, que fue ordenado sacerdote en 1993. Él mismo fue quien le propuso a la mamá de Claudia que dejara a su hija hacer parte del grupo de los acólitos, cuando ella apenas tenía siete años. La niña, que no alcanzaba a entender lo que significaba la figura de Dios, empezó a ir los fines de semana, junto a un par de amigas, a los cursos de preparación y luego participó de las eucaristías como monaguilla.

Al comienzo Claudia era acompañada por su mamá, pero a medida que pasaron los meses el sacerdote se ganó la confianza de la familia hasta tal punto que la dejaban quedarse sola en la parroquia. En varias ocasiones el sacerdote incluso mandaba a alguien por Claudia para que la recogiera en su casa y la llevara hasta el templo. Julián Darío Gómez participaba de las actividades familiares de Claudia y también hacía que ella formara parte de las actividades de su propia familia;  así generó un escenario de confianza entre quienes los conocían a ambos.

Después de un tiempo, la participación de Claudia en la parroquia y en la vida del sacerdote Gómez se volvió rutina. Acompañaba las eucaristías de los domingos a las siete de la mañana, y al finalizar se quedaba haciendo montañas de monedas que después el padre contaba porque ella, con siete años, aún no sabía hacerlo.

“Él me decía que descansáramos y me llevaba a la habitación, me pedía que me sentara o me acostara a su lado, ponía cualquier cosa en el televisor y se empezaba a tocar. Hoy sé qué significa eso, pero en ese momento yo no lo entendía. Yo veía que él hacía ruidos y gestos que me incomodaban, pero no me atrevía a decir ni a hacer nada, yo solo le decía que me quería ir para mi casa. Así pasaba al menos una vez a la semana”, explica Claudia al contar la forma en que comenzaron los abusos del cura Julián Darío Gomez.

Los abusos continuaron. Claudia estuvo sometida durante un año a esa misma dinámica de violencia sexual que en lugar de terminar, empeoró. La niña buscaba excusas para no compartir espacios con el sacerdote; decía que estaba enferma o que tenía que estudiar, nunca enteró a sus padres sobre las verdaderas razones por las que no quería estar con Gómez porque él mismo le decía que ese era un asunto entre los dos, al tiempo que le recordaba que él era el padre y ella no tenía que hablar del tema con nadie. Ella, inocente, hacía caso y guardaba el secreto.

“Llega un momento en el que él empieza a quitarme la ropa y a decirme que es la puntica no más. Esa expresión me genera vomito, me genera toda la angustia de la vida. Y él comienza a abusar, pero era muy cuidadoso, me tocaba con muchísimo cuidado para que a mí no me quedara ningún moretón, ninguna marca. Y me besaba mucho, yo me sentía ahogada. Era una sensación de tener tu capacidad disminuida, o sea, eres muy chiquita y tienes una persona muy grande encima de ti”. 

El peso que sentía Claudia no era solamente por el cuerpo del sacerdote encima de ella, sino además por el respaldo que tenía Julián Darío Gómez en su familia y en el barrio. Quitarse al sacerdote de encima implicaba para ella, además de un esfuerzo físico que una niña no puede realizar, un esfuerzo contra quienes lo veían como un hombre perfecto.

Las hermanas de Claudia también estaban involucradas en las actividades de la parroquia San Gregorio Magno: una de ellas hacía parte del grupo juvenil y otra acompañaba al sacerdote, junto con otros voluntarios, a repartir comida a habitantes de la calle. Las dos hablaban maravillas del padre en casa y eso impedía que Claudia intentara contar lo que le hacía el admirado cura.

De repente, en 1996, cuando Claudia tenía diez años y llevaba cuatro soportando los abusos de Gómez, este fue trasladado sin explicaciones. Un día ya no estaba y la comunidad del barrio incluso protestó en el atrio para que devolvieran al párroco a San Gregorio Magno.

La fecha de ese traslado coincide con la información que entregó la Arquidiócesis de Medellín obligada por la sentencia SU-191 de 2022 de la Corte Constitucional. En el documento aparece Julián Darío Gómez entre los sacerdotes denunciados por abuso sexual por hechos que ocurrieron entre 1995 y 1996, pero no fue Claudia quien denunció, lo que quiere decir que al menos otra menor de edad fue víctima del cura.

El traslado del sacerdote fue un alivio para Claudia, pero no duró mucho tiempo. Un año después Julián Darío Gómez apareció nuevamente en su casa, donde fue recibido con los brazos abiertos. La visita tenía una intención clara: invitar a Claudia a comer para abusar nuevamente de ella. Así lo hizo en su carro, cuando ella ya tenía once años.

Como ocurre en muchos otros casos, Claudia se decidió a contar su caso después de pasar por un proceso de terapia psicológica. “Yo sentía asco, miedo, terror, ganas de correr, pero no sabía qué hacer. Hoy lo cuento y me duele, pero yo estoy bien, hoy estoy bien. He tenido miles de posibilidades, pero no todos las tenemos. Yo puedo reconocer que mi vida no está destruida, tengo una vida bonita, una familia bonita”.

Aunque Claudia reconoce que ha tenido a su disposición muchas herramientas para continuar su vida después del abuso del que fue víctima, es cierto que para muchas personas ese es un trauma que toma años superar, en muchos casos la vida no es suficiente para lograrlo. Nunca interpuso una denuncia ante la Arquidiócesis de Medellín ni ante la Fiscalía. Su proceso, para sanar, ha sido personal.

“Yo no creo que todos en la Arquidiócesis sean siniestros, él y varios personajes son siniestros, pero Dios no. Yo no quiero victimizarlo a él, no quiero que él quede como la víctima y salgan a decir que estamos atacando a la Iglesia. Yo no estoy atacando a la Iglesia, estoy atacando a un ser humano que me lastimó a mí y que pudo haber lastimado a muchos más. Estoy contando una historia que yo viví y que pudo haber sido de un docente, de un padre, de un vecino”.

Aunque el arzobispo Ricardo Tobón confirmó haber recibido una denuncia por hechos ocurridos entre 1995 y 1996, solo hasta octubre de 2019 envió el caso a la Fiscalía General, cuando ya había prescrito el delito. Desde su ordenación, el sacerdote Gómez ha hecho su carrera sacerdotal con absoluta normalidad, incluso ha desempeñado cargos de alta importancia dentro del clero, como la dirección de la Pastoral Social. 

La Arquidiócesis en su respuesta informó, además, que en este momento cursa un proceso canónico contra Julián Darío Gómez, quien actualmente es el párroco de El Sagrado Corazón de Jesús, en el centro de Medellín. Gómez ha sido protegido por el más célebre encubridor de pederastas de Colombia, el arzobispo Ricardo Tobón Restrepo.

El arzobispo Tobón goza de total impunidad tanto en el Vaticano, donde es protegido por el papa Francisco —quien, aunque conoce de primera mano todas las denuncias contra el alto jerarca, lo mantiene en la capital antioqueña—, como en la Fiscalía, donde la fiscal María Victoria Salazar Congote, coordinadora del Centro de Atención Integral a Víctimas de Abuso Sexual, asegura que no investiga el encubrimiento de Tobón a decenas de curas pederastas porque no existe, hasta el momento, una denuncia contra él por violencia sexual contra menores de edad.

Vorágine buscó a Julián Darío Gómez para que entregara su versión, pero no obtuvimos respuesta.

*Nombre cambiado por seguridad de la sobreviviente.

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