El Cerrejón, ¿puede el cielo ser el infierno?

Tras la huelga más larga de su historia, los empleados de la mina volvieron al trabajo. Sin embargo, la realidad más allá de la nueva convención colectiva que beneficia a sus obreros sindicalizados, sigue siendo un tizón encendido. Con el apoyo de la Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia (Fescol).

13 de diciembre de 2020

Por: José A. Castaño Hoyos / Ilustraciones: Camila Santafe

Noventaiún días. Eso duró la huelga. Ninguna había durado tanto, el mismo tiempo que debe transcurrir para que un embrión humano pierda la cola, desarrolle cordón umbilical y se convierta en feto. Según las directivas de El Cerrejón, este ha sido el parto más difícil de una convención colectiva, en medio de la pandemia planetaria por el covid-19, con los precios del carbón enfriados y en plena caída de su demanda mundial. Sintracarbón, el sindicato de trabajadores, celebró el acuerdo que tendrá vigencia hasta el 31 de diciembre de 2023 y que logró, entre otras garantías, que las primas de navidad y de vacaciones mantuvieran su carácter de salario, que se conservaran los bonos de alimentación de los trabajadores, los auxilios escolares y funerarios, las becas de postgrados y los viáticos de tratamientos médicos, además de los bonos de retiro anticipado. No fue todo.

Con la nueva Convención Colectiva se anunció la contratación a término indefinido de cien trabajadores que estaban a término fijo, y la reincorporación de doscientos más a quienes se les había terminado el contrato. También fueron anunciados setecientos préstamos de vivienda. No hay duda: los de El Cerrejón son algunos de los obreros mejor pagados del país, con salarios que superan los de médicos, ingenieros y abogados recién graduados. Si ganan tan bien, ¿de qué se quejan?, ¿por qué hacen huelga? La madre de un alto directivo de la multinacional se pregunta indignada qué más quieren ésos. Así dice: ésos, y los acusa de querer acabar la empresa. Otros más ofuscados los tratan de guerrilleros, y de vagos con suerte. Los llaman burros malagradecidos. El problema con la ignorancia de quienes despotrican así de feroces, además de su naturaleza emotiva, es su carácter de certeza, de infalibilidad. De lejos, bajo el sol, una piedra y un trozo de carbón parecen cosa idéntica.

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La península de La Guajira es un territorio de veinte mil kilómetros cuadrados, el tamaño de El Salvador. Pero incluso ese país diminuto, uno de los más pobres del continente y según el Banco Mundial el más expuesto de Centroamérica a terremotos, erupciones volcánicas, avalanchas, inundaciones, sequías prolongadas y huracanes, tiene menos indigencia en sus calles. Solo tres de cada diez salvadoreños son pobres. En La Guajira en cambio son casi seis de cada diez habitantes. Es inexplicable. Ningún otro país de la región tiene una mina a cielo abierto semejante a El Cerrejón. En treintaitrés años le han extraído setecientos millones de toneladas de mineral. La montaña de dinero que ha producido es apenas comparable con la dimensión de sus cráteres, de cientos de metros de profundidad, en un área de setenta mil hectáreas. Incluso ahora, con el precio del carbón enfriado, la mina produce siete mil millones de pesos cada día, más de dos millones de dólares, setecientos ochenta al final de este año, uno de los peores en décadas. Sin embargo en La Guajira los niños mueren de hambre.

Las cifras oficiales reconocen cinco mil niños muertos en los últimos cinco años. Cinco mil. Algunos, cientos de ellos, muertos de sed, desahuciados por temperaturas que llegan a los cuarenta grados centígrados. Y eso ha ocurrido en poblados al borde de los rieles que reverberan bajo el sol y por los que chirrean los trenes mineros, de hasta ciento cincuenta vagones, cada uno cargado con cien toneladas de carbón, quince mil toneladas en total. ¿Quién tiene la culpa de una miseria tan aplastante? En ninguno de los catorce municipios de La Guajira, ni siquiera en Riohacha, su capital, hay un hospital de primer nivel y miles de personas sacian la sed en pozos que comparten con chivos, burros, cerdos y perros. Sólo las vacas mueren más que los niños. Según la Defensoría del Pueblo, en los meses del verano más intenso han muerto de hambre y de sed siete mil cabezas de ganado. El desierto hierve y hiede. Los gallinazos y las moscas se atragantan.

Una escena frecuente en los parajes vecinos a El Cerrejón es la de niños y mujeres cargando recipientes con agua, yendo en fila india por entre los cactus enormes y las ramas enjutas de los trupillos, un árbol espinoso capaz de reverdecer en la aridez extrema y ser hogar milagroso de mariposas y polillas. Sin hospitales, acueductos, alcantarillados, puentes ni carreteras, tampoco escuelas: ¿adónde se ha ido la fortuna del carbón? No hay que ser un líder sindical para saberlo. En apenas ocho años, La Guajira ha tenido doce gobernadores, la mayoría de ellos acusados de corrupción y robo de dinero. Los políticos guajiros más poderosos son dueños de mansiones climatizadas y piscinas con cascadas y césped natural en el paisaje más árido de Colombia.

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Igor Díaz es el presidente de Sintracarbón, que agremia a cuatro mil empleados directos de El Cerrejón. En casi veinte años como miembro del sindicato ha sido su presidente en dos ocasiones, y en ambas lideró huelgas que terminaron con la firma de mejoras salariales. Para muchos de sus compañeros es el dirigente obrero más importante del país y su fama de buen conversador y de estratega imbatible se reconoce incluso en La Industri-ALL Global Union, una confederación internacional de sindicatos fundada en Copenhague y que agremia a cincuenta millones de trabajadores mineros, energético e industriales de ciento cuarenta países. En los noventaiún días que duró la huelga, además de liderar el proceso de negociación con la empresa y asegurar con sus compañeros la manutención de las familias, Igor Díaz atendió numerosas entrevistas en las que le preguntaron una y otra vez qué más querían ellos, los obreros mejor pagados del país. El director de un noticiero radial le preguntó si el sindicato no temía sepultar la empresa con su terquedad insaciable, justo en los peores días de la industria del carbón. Igor dijo que no y que sí: que no temían estar actuando con exceso sino con derecho, y que sí eran conscientes del contexto económico de los días que corren, con las sociedades industrializadas presionando a sus gobiernos para que ya no compren combustibles fósiles. El carbón, lo mismo que el petróleo, es un rabioso contaminador de la atmósfera, un veneno.

Al parecer, por primera vez, esa categoría moral no está en discusión y su comercio comienza a acusar el peso de una mayor consciencia planetaria. En Sintracarbón lo admiten con lucidez. Y, por ejemplo, se oponen al desvío del río Ranchería para extraer los quinientos millones de toneladas de mineral que, se calcula, yacen bajo su manto. Esa es una antigua pretensión de las multinacionales, que leen el mapa de Colombia como si fuera un plano de extracción. ¿Se desquiciaron los obreros que más se han lucrado de la industria del carbón en el país? Igor dice que no y expone un argumento que no parece al alcance de quienes, viéndolo por la televisión, oyéndolo por la radio, lo llaman guerrillero, terrorista, malnacido.

El presidente de Sintracarbón reconoce que los pueblos raizales de La Guajira: indígenas, negros y mestizos, ya estaban allí antes de que llegaran las empresas mineras y dice que el desvío del río Ranchería provocaría su desaparición. Él, al contrario de lo que suponen banqueros e inversionistas, cree que no hay riqueza suficiente que compre un abuso así de grande, un daño semejante. Esa coherencia, de una pugnacidad que no se limita a reclamar mejoras salariales para ellos sino, también, protección para las comunidades y reconocimiento de sus derechos, ha logrado que Sintracarbón sea el sindicato, ya no sólo de los empleados de El Cerrejón sino, además y de un modo simbólico, de los pueblos olvidados en las tolvaneras del desierto.

Hace un par de meses, quien le advirtió a las directivas de la mina que debían ponerle un bozal a su extracción sin control fue David Boyd, relator especial de la ONU sobre derechos humanos y medioambiente. En una comunicación oficial le pidió a la minera que suspendiera las actividades porque dañaba gravemente el medioambiente y la salud de los pueblos vecinos a sus socavones gigantes. Llamo a Colombia, dijo Boyd, a implementar las directrices de su Corte Constitucional y a hacer más para proteger a las comunidades indígenas. El relator de Naciones Unidas insistió en explicar algo obvio: respirar aire contaminado y carecer de agua potable incrementa el riesgo de enfermedades. Pero al parecer ninguna autoridad nacional manda por encima de una multinacional, y menos si es minera. Porque a pesar de que una resolución judicial le ordenaba a las autoridades colombianas y a El Cerrejón mejorar la calidad del aire y a disminuir el impacto de sus actividades, no se hizo nada para proteger a los miembros de la comunidad Wayúu en el resguardo de Provincial. Aquella resolución judicial citada por David Boyd había concluido que la empresa perjudicaba la salud de los residentes de la reserva indígena al contaminar el aire, el agua y la vegetación, y que afectaba la estabilidad de sus casas con las constantes detonaciones del suelo.

Los dueños de El Cerrejón insisten que todo ese relato es exagerado e inverosímil, como si describiera la realidad de un lugar lejano a sus montañas de riqueza. Y van más lejos, o más cerca: se niegan a admitir que sus empleados padezcan dolencias causadas por las polvaredas de la mina, el fragor de las máquinas, el cansancio acumulado, los latigazos del sol. En Sintracarbón hacen cuentas y, exámenes en mano, calculan que más de dos mil obreros sufren enfermedades causadas por su trabajo, pero los dueños de la mina no les creen. Temen que, abusivos, los obreros quieran sacarles más dinero del que ya les pagan. Es la desconfianza de los muy ricos: que los tomen por tontos.

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A Jelix Torres le abrieron un orificio por debajo de la axila y le extrajeron un trozo del tejido de los pulmones. El diagnóstico de la biopsia fue silicoantracosis nodular simple, una enfermedad ocupacional que disminuye la esperanza de vida. Es un padecimiento habitual entre empleados mineros, pero los dueños multimillonarios de los socavones se hacen los sorprendidos, fingen desconcierto. Los abogados de El Cerrejón le dijeron a Jelix que, a lo mejor, ese trozo de su órgano enfermo era el único que tenía dañado. ¿Quién les aseguraba a ellos que el resto de sus vísceras estuvieran igual de enfermas? Jelix, que ahora espera por un trasplante de médula ósea, se pregunta qué diablos querían los abogados de la multinacional: ¿que pusiera sus dos pulmones sobre una mesa de disecciones para convencerlos de los rastros de mineral en sus tejidos?

Bajo un microscopio, iluminadas a contraluz, las muestras de tejido con silicoantracosis parecen un cielo refulgente, con resquicios de estrellas y cometas. Son las lesiones del polvo acumulado. No hay inspiración en esa imagen que parece poética. El drama de los mineros enfermos es justo ese: que no logran inspirar, inhalar aire suficiente. Decenas de ellos, todos diagnosticados con padecimientos severos en los pulmones, suplican que El Cerrejón admita que la actividad minera ha sido el origen de su enfermedad. Escuchándolos, los abogados de la multinacional ni siquiera pestañean. Dicen que las partículas del hollín que carcome sus vísceras es culpa del polvo de los caminos de esos pueblos sin Dios y sin Estado de La Guajira, saqueados una y otra vez por la trapacería insaciable de sus alcaldes, gobernadores, congresistas, concejales, diputados y contratistas.

Juan Carlos Solano, secretario de salud de Sintracarbón, recuerda a una eminencia de la Fundación Neumológica de Colombia, un cirujano contratado por las directivas de la mina que quisieron, así lo recuerda él, tomarles el pelo, convencerlos de que le reclamaran a la naturaleza, no a El Cerrejón. Fue hace años. El cirujano les dijo en tono docto que la enfermedad de sus pulmones era culpa de muchas causas, y además del polvo de los caminos mencionó las plumas de las gallinas, el humo de los fogones de leña y la pelusa del níspero, el Manilkara zapota, un árbol con un fruto parecido a las manzanas con el que, sobre todo en la costa Caribe, se hace jugo y se prepara un dulce para untar en el pan y comer con galletas de soda. La ironía siempre es reveladora: de la corteza del Manilkara zapota se extrae látex para fabricar chicle. Esa vez, Juan Carlos y sus compañeros se sintieron masticados y escupidos, burlados. ¿Sus pulmones enfermos por múltiples causas, excepto por el hollín del carbón que respiran en sus turnos de trabajo de doce horas?

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Tras la huelga de noventaiún días, la presidenta de El Cerrejón recordó los muchos beneficios que la multinacional ha hecho al desarrollo de La Guajira y de Colombia. Después habló de desafíos y oportunidades y mencionó las palabras local, regional y nacional en la misma frase. En la edición colombiana de la revista Forbes, Claudia Bejarano aparece en el listado de las cincuenta mujeres más poderosas del país. En su reseña de cinco líneas se lee que lleva treinta años de carrera en El Cerrejón, adonde llegó recién graduada de la universidad. Allí ha sido analista, directora de planificación y auditora, gerente de finanzas, vicepresidente de finanzas y presidente encargada. Tiene su mérito, dice la revista, pues es la primera mujer en dirigir una empresa minera en Colombia. No lo hace en La Guajira. Su oficina está en la calle 100 con 19, en el norte de Bogotá, a casi mil kilómetros de distancia de las polvaredas de El Cerrejón, a veinte grados centígrados menos de los cuarenta que escupe el sol allá, tan lejos. En la fotografía de Forbes que acompaña la reseña lleva un suéter blanco de punto y un collar largo de perlas, y además aretes de piedras que parecen diamantes. Sonríe. Atrás de ella se puede leer en letras transparentes: Cerrejón, minería responsable.

Luz Ángela Uriana, líder Wayúu en el resguardo de Provincial, no cree que tanta blancura sea cierta. Ella lleva años intentando que las retroexcavadoras de la mina dejen de convertir en precipicio los terrenos aledaños a su comunidad, donde los niños tosen enfermos, ahogados por el hollín del carbón. Nadie parece escucharla. La acusan de oponerse al progreso, de estorbar. Luz Ángela Uriana se reconoce pequeña y sin embargo capaz. Los dueños de El Cerrejón son tres multinacionales cuya estrategia es el silencio, la mudez mediática. La orden perentoria para sus directivos es evitar que los nombres de esas tres empresas aparezcan asociadas a disputas jurídicas, cuestionamientos ambientales o reclamaciones sindicales. En una mina se excusan los aludes que sepultan a personas, de ningún modo los que sepultan la imagen de sus dueños. Es cuestión de estrategia.

Cada año, El Cerrejón premia los mejores trabajos periodísticos de La Guajira. Ningún periodista que ha cuestionado las prácticas ambientales de la mina, o las relaciones de abuso y poder en contra de las comunidades raizales, o el desvío de los afluentes de agua y la consiguiente sed y hambruna de los pueblos Wayúu, o la cuestión del poder económico de la multinacional y la miseria que reina a su alrededor, o las enfermedades laborales de sus obreros, ningún trabajo así ha merecido alguna vez ese premio, que además de un obsequio sorpresa para cada ganador incluye una estatuilla con forma de pluma estilográfica.

La primera de las multinacionales dueñas de El Cerrejón es Anglo American, con sede en Londres. Es productora de diamantes, cobre, níquel, hierro, carbón y platino. Tiene socavones gigantes en África, Asia, Australia, Europa y Norteamérica. La segunda es BHP Billiton. Su casa matriz está en Melbourne, y tiene sedes en La Haya, Londres, Perth, Johannesburgo, Santiago, Singapur, Shanghái y Houston. Es dueña de minas de hierro, diamantes, manganeso, carbón, cobre, níquel, petróleo y bauxita. La tercera es Glencore, con sede en Suiza. Es dueña de porcentajes enormes, entre el treinta y el cincuenta por ciento del mercado mundial de cobre, zinc, alúmina, carbón y plomo. Comparada con el tamaño y el poder económico de esas empresas, Luz Ángela Uriana es una partícula de polvo, menos que eso. Lo mismo Igor Díaz y sus compañeros del sindicato.

Un día después del final de la huelga, los periodistas insistieron. Querían saber si en Sintracarbón estaban satisfechos con el acuerdo laboral que los dueños de la mina accedieron firmar, finalmente, después de tres meses de paro. Igor Díaz respondió que sí, que por supuesto, pero advirtió que todavía quedaba un asunto pendiente, la implementación de un nuevo turno de trabajo al que los obreros se oponen y que el sindicato ha llamado El turno de la muerte porque les supone, en resumen, menos horas de descanso. La empresa presiona. Dice que ese nuevo turno, que implica la supresión de varios cientos de puestos de trabajo, es crucial para su viabilidad. Igor es tajante, no se retrae. Y lo explica: incluso con los precios actuales del carbón, y con las garantías salariales de la nueva convención colectiva que mantiene intactos los ingresos de los trabajadores y los derechos extensivos a sus familias, El Cerrejón sigue siendo una mina de oro, la mayoría del cual no se queda en Colombia.

Los obreros no tienen duda y nadie los convencerá de lo contrario: la lucha sindical es el último dique social que permite ganar con justicia parte de la montaña de dinero que las tres empresas multinacionales facturan con cada barco trasatlántico que zarpa cargado de carbón rumbo a Estados Unidos, Europa y Asia. La frase es aún más elocuente: el dinero de El Cerrejón que los malditos políticos, alcaldes, gobernadores, congresistas, concejales, ediles y contratistas se roban sin sudar, sin exponerse, con absoluta indolencia y cinismo, ellos lo ganan tragando polvo a bocanadas, sudando a mares, muriendo un poco. El futuro parece del color del carbón, porque después de medio siglo de explotación, en 2038, finalizará el contrato de explotación de la mina. ¿Algo cambiará de aquí hasta entonces?

No parece posible. Hasta ahora, La Guajira sigue siendo uno de los departamentos más pobres, abandonados y miserables del país, con un índice de muerte infantil similar al de Ruanda, ese país del África donde el gobierno hegemónico de la etnia Hutu asesinó al setenta por ciento de la etnia Tutsi, un millón de personas, miles a machetazos y en menos de cuatro meses, entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994. Según el Banco Mundial, en esa nación sembrada de miseria, la mortalidad infantil es de cincuentaicinco niños por cada mil nacimientos. En La Guajira, donde El Cerrejón factura siete mil millones de pesos cada día, es de cuarentaicinco. ¿Alguien se siente triste por esa realidad, ofendido, interrogado, zaherido?

Cada año, veinte mil turistas visitan El Cerrejón y se maravillan de sus dimensiones gigantes. Cientos de ellos, colombianos y extranjeros, vestidos con cascos y sonrientes, se toman fotografías delante de sus camiones monstruosos, del tamaño de casas de dos pisos. En el libro de visitas, los turistas suelen escribir mensajes de orgullo y gratitud por hacer de ese desierto un oasis, un ejemplo para el mundo. Los obreros del sindicato saben que sólo la ignorancia sobre La Guajira y su miseria es más grande que la mina.

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