El descarnado relato de los crímenes de un militar

Esta fue la confesión en detalle del suboficial retirado Néstor Guillermo Gutiérrez sobre sus crímenes ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en un acto realizado en Ocaña, Norte de Santander.

26 de abril de 2022

Por Vorágine
Ilustración: Angie Pik

“Señores magistrados, familias de las víctimas, organizaciones internacionales y demás presentes. Mi nombre es Néstor Guillermo Gutiérrez Salazar, suboficial retirado del ejército, para la fecha de los hechos en el grado de cabo primero. Hoy, para iniciar ante los señores magistrados, yo reconozco y acepto mi responsabilidad a título de coautor por los crímenes de guerra y de lesa humanidad y homicidio en persona protegida. Homicidios y crímenes que cometí. 

No es fácil estar acá frente a las víctimas. No voy a justificar lo que hice porque cometí delitos, crímenes. Asesinamos personas inocentes, campesinos, y uno de mis compromisos cuando yo me reuní con las víctimas fue aclararlo acá ante el mundo, ante el país. Lo que asesinamos fue a campesinos. Se llevó un fenómeno criminal a esta región del Catatumbo para el año 2007-2008. Yo ingresé al ejército en el año 1995 a prestar servicio militar. Ahí continué, seguí con la carrera de suboficial. En el transcurso de todos estos años de mi vida militar de soldado suboficial, se vieron muchas cosas. 

No únicamente fue en esta época, eso ya era como una política que se llevaba dentro de las filas. No todos los militares y no toda la institución, porque hay gente buena también, como hubimos gente mala (sic). Yo llego a la región del Catatumbo trasladado en febrero de 2007, yo venía de Bogotá de hacer curso para ascenso. Venía de Urabá trasladado, una región muy golpeada. Venía con secuelas de la guerra, había sido herido, había estado en combates. Cuando yo me presento en la Brigada Móvil 15 se escuchaba que el Catatumbo, pero había una presión, había una presión de altos mandos. Nos exigían dar resultados. 

Entro al área de operaciones, a la región con una unidad que se llamaba Esparta, más que todo el municipio de El Carmen, Norte de Santander. Para esos días había sucedido un secuestro y me envían a mí a hacer inteligencia militar dentro del municipio. Me dirijo a un burdel, bar, prostíbulo cuando por información ya sé que hay una persona que consume, vende drogas, la empiezo a presionar, elaboro una lista con nombres que esta persona me da de supuestos colaboradores, pero pues eso no eran colaboradores y la presión de que había que dar resultados, me dan órdenes de que había que dar resultados. 

El jefe de operaciones de la Brigada Móvil 15 ya habíamos hablado y había que buscar los resultados como fueran (sic). Teníamos contactos con grupos paramilitares de la región, más que todo de Aguachica, para conseguir armas. Los grupos ilegales, de guerrilla, no los encontrábamos, pero había que dar resultados. La lista que elaboré en El Carmen fue una lista de 14 a 15 personas con María Eugenia Ballena y una lista porque a ella le pagaban por cada persona que entregaba, le daban un dinero. De una u otra forma ella conocía mucha gente porque era la que administraba el bar. 

Empezamos a ejecutar a los inocentes, a los campesinos de la región. Yo en ese momento no pensaba en el daño que estaba causando a la víctima, a ese ser humano, ni la familia que tenía detrás. En ese momento no medía las consecuencias, tenía mi corazón cegado. No sabía, o sí sabía, pero no quería darme cuenta del daño que estaba haciendo. Señora Sandra, se lo digo hoy acá en esta audiencia de reconocimiento, se lo dije hace 20 días: Javier Peñuela, el hermano de la señora Sandra, un campesino que se levantaba de 5 de la mañana a trabajar a 5 de la tarde. El pecado de este campesino fue ir con un dolor de muela a buscar que le sacaran la muela. 

Ya María Eugenia Ballena lo había incluido en la lista que yo había hecho, y ella me llama y me dice ‘Gutiérrez, Javier Peñuela bajó al pueblo en una bicicleta’. Yo no estaba en el pueblo, hago la coordinación por teléfono con otra unidad que estaba cerca del pueblo. Ella dice que estaba en una tienda y fue el ejército y lo sacó de la tienda. Se lo llevaron. Había ya un fusil que había recibido días anteriores, había planeación porque esto se planeaba. Las armas se conseguían, como lo dije ahora, por medio de paramilitares. 

En varias ocasiones yo tuve contacto con un paramilitar alias ‘Chalo’, de la ciudad de Aguachica, que era comandante y él nos vendía armas. Estas armas las hacían llegar a los grupos, a los pelotones y nosotros las teníamos ahí. Para la muerte de Javier Peñuela, un campesino, y hoy lo digo acá en público, era un campesino como todos sus familiares, sus hijos, sus esposos, gente de bien… maquinamos, hicimos un teatro para mostrar un supuesto combate por la presión que había de los altos mandos. 

Yo ejecuté, yo asesiné familiares de los que están acá… llevándolos con mentiras, con engaños, disparándoles, asesinándoles cruelmente, cobardemente y poniéndoles un arma y diciendo: “un combate, un guerrillero”, y manchar el nombre de esa familia, destruir esa familia, dejar a los hijos sin padre, dejar a una madre sin hijos. 

Pido perdón a Dios, pido perdón a Dios y hoy me paro acá para reconocer los crímenes de guerra que cometí, delitos de lesa humanidad. Yo sé que ustedes no lo van a perdonar, pero que esto lleve a lo que dicen las víctimas: no más. Que no se repita más, que esto se acabe definitivamente. Que el ejército llegue a cuidar al campesino, pero imagínense, llegaba la guerrilla y los golpeaba, llegaban los paramilitares y los golpeaban, y llegamos el ejército de esa época y ellos confiados en nosotros y los engañamos, les mentimos y les asesinamos sus familias. Dios me perdone. Defraudamos un pueblo, una región, defraudamos una institución, yo defraudé una familia también. 

Fui cómplice de otras muertes en el año 2008 de unos jóvenes de Aguachica. También fueron engañados, el señor Álex Carretero me los entregó, 2, 3. Los traía con mentiras: ‘Vamos para Ocaña que allá hay trabajo’. Llegaban acá a la ciudad de Ocaña y esos muchachos eran de bien, no eran delincuentes. Me acuerdo tanto de Luis Debia Gómez. Le dije ‘venga, vamos a trabajar a una finca para que usted la cuide. ¿Sabe manejar un arma?’. Cuando le fui a pasar la pistola estaba asustado. Yo ya sabía que lo iban a asesinar. Yo llamé una patrulla que estaba en el aeropuerto de Ocaña, les dije ya voy para allá con él y llegué y lo entregué y me fui para el batallón. 

El mismo modus operandi que yo usé en El Carmen lo estaban haciendo las otras patrullas. Se lo llevaban con mentiras, que quedaba retenido, que vamos a investigar quién es usted, luego lo asesinaron, le ponían un arma en las manos y reportaron un combate. Al otro día, la noticia: “un guerrillero, un paramilitar, un bandido dado de baja”. ¿Qué estábamos haciendo Dios mío? El daño que le causamos, la noticia, el mundo, Colombia, un guerrillero, un guerrillero. Hoy, yo acá reconozco estos delitos y que quede limpio el nombre de estas personas. Se lo repito, doña Sandra, Javier Peñuela era un campesino. Me comprometí con usted el día de la reunión y acá lo estoy diciendo. 

Defraudamos al pueblo colombiano, al Catatumbo, manchamos la región del Catatumbo, manchamos el trabajo de los campesinos por mostrar unos resultados, por una presión. En el año 2008 yo salgo trasladado de la región del Catatumbo, conocí una mujer, me casé, formé un hogar. En mi corazón comencé a tener un poco de sentimiento y dije “Dios mío, ¿qué pasó? ¿qué hice?”. No estoy justificando los crímenes que cometí, pero esa parte humana dentro de mí, esa conciencia. La Fiscalía de Derechos Humanos de Cúcuta empezó la investigación por todas las muertes. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) no se había mencionado en el 2009, de eso ni se tenía idea. 

Decidí contar la verdad a la Fiscalía, fui el primer militar que aceptó cargos. Se me vino todo el mundo encima, el ejército, enemigos, amenazas. Mi mejor amigo me dio el mejor consejo, mi padre me dijo: “afronte la situación”. Mis abogados me decían 40 o 60 años de cárcel, y mi mejor amigo me decía: “Lo hizo, tenga responsabilidad pase lo que pase”. Llegué a la Fiscalía de Derechos Humanos de Cúcuta. En mi primer día de indagatoria le dije a la Fiscalía que iba a decir la verdad. Con mis declaraciones muchos familiares de muchas víctimas pudieron esclarecer, pudieron empezar a buscar. Se me vinieron amenazas, mi vida fue un desastre, comencé a acabar también con mi familia. Era una desgracia para mí. 

Le estaba causando daño a mi familia, pero ahí estaba diciendo la verdad. Gracias a Dios con el tiempo se dio la JEP… Y vuelvo y les digo, no estoy acá para justificar lo que hice, para que me perdonen, sino para reconocer mis crímenes y limpiar el buen nombre de todas esas personas, de todas esas familias. Ensuciamos la región, a Colombia, a las familias. Le pido a la JEP, al gobierno sí es posible, hay muchas víctimas que en este momento necesitan ayuda. De una u otra forma yo hacía parte de una institución, de un ejército, del gobierno. 

Hay un caso, particular mío, Heber Peña Maldonado, un muchacho de 22 años de El Carmen, Norte de Santander, que lo engañé también, estaba en la lista que yo hice para que lo asesinaran. La mujer de él para esa época tenía 4 meses de embarazo. Hoy en día el hijo puede tener 14 años, entonces yo le quité la oportunidad a ese niño de tener un padre y de tener un futuro y así como muchos de los otros militares que cometimos ‘falsos positivos’ les arrebatamos sueños a hijos, a madres, a familias. Yo tengo madre, tengo padre, tengo hermanos, hoy en día tengo hijos y… ese dolor de ustedes las víctimas que están acá solo lo sienten ustedes, y por una presión de un gobierno no es justo haberles causado tanto daño a ustedes, campesinos, gente inocente. 

Ereseider Peñaranda Ascaño, trabajador, campesino de la región de El Carmen, engañado, asesinado por nosotros, miembros de la Fuerza Pública. Diosemiro Chinchilla Contreras, Álvaro Gareta, Gerardo Quintero Jaimes, Eduardo Villegas Botello, Samuel Rincón, Wilfredo Durán, Heber Peña Maldonado, Wilfrido Quintero, Álvaro Guerrero, Jesús Quintana Balaguera. Del municipio de El Carmen, y las personas que están acá de El Carmen saben quiénes eran ellos. Y hoy el mundo quiero que sepan que eran campesinos, que yo como miembro de la Fuerza Pública asesiné cobardemente. Le arrebaté la ilusión a sus hijos, le desgarré el corazón a sus madres, por una presión, por unos resultados, por unos falsos resultados por tener contento a un gobierno. No es justo, no es justo. 

Todos los días oro, todos los días le pido perdón a Dios. El daño que les causamos a ustedes, a esta región. Los casos de Soacha, aunque no estuve en esos casos, era el mismo modus operandi por el afán de dar resultados. Ir a traer a esos muchachos inocentes, jóvenes, arrebatarles esos sueños, porque todos cuando somos jóvenes tenemos sueños, no hay que tener plata para tener sueños. Todos cuando somos jóvenes decimos “quiero estudiar, quiero trabajar, quiero ayudar a mi mamá”, y nosotros los miembros del ejército para esa época llegamos a engañarlos, llevarlos y asesinarlos. 

Señores magistrados ya en mis declaraciones para que las víctimas, las familias de las víctimas de estos inocentes, es duro lo que voy a narrar. El modus operandi era casi igual en todas las personas y todas las escenas de criminalidad que se presentó. Cogíamos a la persona, a la víctima, muchas veces nos acompañaban y otras veces lo golpeábamos y los capturábamos… 

No, capturábamos no, porque los que se capturan son los delincuentes, más bien los secuestrábamos, nos los llevábamos, los asesinamos madre, esa es la verdad. Hay algo, un delincuente cuando ve un policía y un militar huye, una persona inocente no huye, confía. Cuando nos veían venían tranquilos porque no debían nada y nos los llevábamos. Ya habíamos hecho una planeación. En el caso de El Carmen, en los casos que yo estuve ya había coordinado yo por teléfono con mi coronel Rincón o con el teniente Forero, comandante del pelotón o un sargento. 

Él me decía “Bueno, vamos a dar un resultado mañana”, ya habían conseguido un fusil con los paramilitares o una pistola acá en Ocaña, ya me lo habían hecho llegar con los víveres, ya teníamos todo listo para dar el resultado. Nosotros ya sabíamos lo que estábamos haciendo y lo que íbamos a hacer, pero esta persona inocente no. Nos la llevábamos con mentiras. 

Wilfrido Quintero, un caso específico, lo retuvimos en un bar, donde María Eugenia. Estaba en la lista que yo hice con María Eugenia y ella me llama y me dice “aquí está Wilfrido Quintero”, yo voy, lo retenemos, lo encerramos en una habitación, a la medianoche lo sacamos con mentiras, él me decía “¿para dónde me llevan?” y yo le decía “a la estación de policía, tranquilo, póngase este poncho camuflado”. Él se lo colocó. Salimos caminando a las 11 de la noche de El Carmen, me dicen por radio el sargento Ávila “ya sabe qué hacer” y yo “sí”, me voy adelante, llegando a Guamalito paramos e inocentemente él me dice: “¿qué pasó?” y yo “no, tranquilo”. Volteo y le disparo, lo asesiné. Los soldados disparaban hacia el monte, hacia el aire. 

Reportamos un supuesto combate. Cogí la mano de él y le coloqué la pistola que yo llevaba que me habían mandado por parte de los paramilitares. Le empuño el arma. Cuando yo le pongo el arma en la mano era una mano llena de callos, de trabajador, de campesino y simulamos un combate. Reportamos por radio el combate y dijimos que un resultado. Los mandos de ahí para arriba estábamos cegados, no pensábamos en el daño que estábamos haciendo, por esa presión que había. Los altos mandos todos los días pedían resultados, todos los días. Reportamos el combate. Creo que el hermano de él está hoy acá. Su hermano fue cruelmente asesinado, lo asesiné. 

Señores víctimas, no les vamos a devolver a sus seres queridos, pero yo sí les digo que ellos no fueron delincuentes, ni guerrilleros o colaboradores, eran estudiantes, campesinos. Fue un fenómeno criminal lo que hicimos en esta región y en todo el país, nosotros acá y en otras regiones de Colombia, y otros grupos bajo las mismas políticas y la misma presión. 

Organizaciones internacionales, que quede claro, Colombia, que quede claro, manchamos la región del Catatumbo, dañamos su buen nombre, que manchamos el nombre de estas familias que hoy están acá como víctimas. Cometimos unos crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra, y yo acepto mi responsabilidad y pido perdón a Dios, perdón a mi familia, a mis hijos, pido perdón a todos. Dios los bendiga”. 

***

El anterior es el relato de Néstor Guillermo Gutiérrez Salazar, imputado como máximo responsable en el auto 125 de 2021 por asesinatos y desapariciones forzadas presentadas como bajas en combate por miembros de la fuerza pública en Norte de Santander. Cabo primero durante la época de los hechos, fue comandante de escuadra en compañías adscritas al batallón contraguerrilla número 98 de la brigada móvil 15, entre el 7 de febrero de 2007 y el 19 de diciembre de 2008. En este tiempo participó en el patrón de macrocriminalidad como ejecutor/director de varios homicidios, preparó una lista de personas que posteriormente fueron asesinadas y contribuyó, en varios casos, proporcionando información sobre las víctimas, así como armas para simular los combates y facilitamos que algunas víctimas quedaran en poder de los miembros de las unidades militares que finalmente los asesinaron. 

Gutiérrez Salazar fue convocado por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) para comparecer en una audiencia pública en Ocaña, Norte de Santander, y reconocer su responsabilidad como coautor de crímenes de guerra de homicidio en persona protegida, así como por desaparición forzada. También fue convocado como cómplice de crímenes de guerra y conductas que constituyen crímenes de lesa humanidad y desaparición forzada de personas. 

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