El otro virus que aqueja a las trabajadoras domésticas en Colombia

Además de la precariedad derivada de la pandemia, Silvia Mina y Juana Franzual deben enfrentarse a dos tipos de violencia estructural: el racismo y la discriminación. Nueva historia de Vorágine en alianza con la Friedrich-Ebert-Stiftung (Fescol) en Colombia.

4 de noviembre de 2020

Por: Camilo Acosta Villada
Ilustraciones: Camila Santafé 

El sonido del cauce del río, el trino de las aves y la sensación de respirar aire puro recibieron a Silvia Mina Cuenú tras once años de no pisar suelo caucano, de donde salió en 2008 hacia Bogotá. Ese año, Silvia, la única mujer y la menor de un grupo de seis hijos, decidió abandonar el municipio de Guapi, a 142 kilómetros de Popayán. Tenía 21 años y apremiaba el afán de huir de la violencia causada por los grupos armados ilegales.

“Uno su tierrita no la quiere dejar, pero me tocó con lágrimas en los ojos y pensando en la vida de uno, porque créame que allá si uno no se mete al combo, posiblemente puede terminar bajo tierra antes de lo previsto”, cuenta Silvia aclarando que cuando dice “combo” se refiere a la guerrilla.

En Bogotá la esperaba una prima, cuya casa fue el único ‘llegadero’ del que pudo echar mano para irse del pueblo en donde solo quedaron sus padres, quienes hoy en día son adultos mayores, y uno de sus hermanos. Fue un contraste de emociones: por un lado, unos padres quedaban tranquilos por saber que la mayoría de sus hijos emigraron de un lugar en el que mandaban los violentos y, por otro, unos hijos nerviosos llegaron a probar suerte en una ciudad desconocida y fría, la ciudad de la furia.

Es diciembre de 2019. En Guapi y toda Colombia la gente está pensando en celebrar las fiestas de fin de año; ignoran, como prácticamente el resto del mundo, que en los hospitales de una ciudad llamada Wuhan (China) están comenzando a enfrentarse a una enfermedad que va a alterarlo todo. 

A diferencia de las anteriores, esta temporada navideña la señora Cuenú y el señor Mina, pareja de esposos que se dedican a la agricultura, vuelven a tener en casa a su única hija y, de paso, a sus dos nietas. Sin embargo, para Silvia, ahora de 33 años, es un regreso agridulce, porque ve a su pueblo muy cambiado, solitario, lleno de maleza y como si hubiera envejecido, literalmente.

“Ya los que quedan allá son puros viejitos, personas mayores”, recuerda como quien cuenta una anécdota graciosa. Y llega a una conclusión tras ver que la soledad y el monte están tan presentes en las calles en las que creció y se crió: “Debido a ese nivel de guerra y violencia, todos tratan es de salir y de los que salen, son pocos los que regresan”.

Si te interesa este tema también puedes escuchar la historia de María Elena, la santandereana a la que no le da miedo reclamar sus derechos

Bogotá y Soacha

Silvia Mina regresó al Cauca, pero de visita no más. A pesar de la nostalgia de volver a irse de su tierra, debía retomar su empleo como trabajadora doméstica en Bogotá, oficio al que se ha dedicado desde que salió de su Guapi natal.

Ese año bisiesto de 2008, siendo una joven veinteañera, encontró en una casa de familia un trabajo fijo en el que su empleadora le pagaba un sueldo de 300 mil pesos (676 mil pesos de hoy). Sabía que era un salario bajo, pero fue suficiente para que en esa época, sin esposo y sin hijos, pudiera sobrellevar los gastos de alimentación, transporte y arriendo. Tiempo después se mudaría a Soacha, municipio al sur de Bogotá, en donde el pago de servicios públicos, la renta y el costo de vida son más baratos.

Aunque no ganaba lo que que dicta ley -deben recibir al menos un salario mínimo- Silvia dice que en esa casa encontró una buena jefa y recuerda con cariño lo valorada que se sintió. “Era una señora muy amplia y muy humana, todavía me llama en fechas especiales y está pendiente de mis niñas”, recuerda.

Silvia es solo una de las 18 millones de personas que se dedican al trabajo doméstico remunerado en América Latina y el Caribe, de las cuales el 93% son mujeres, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). El peso de las mujeres es tan grande en este oficio que, dice el informe, el trabajo doméstico supone entre el 10,5% y el 14,3% del empleo de todas las mujeres en la región.

La situación en números: Las trabajadoras domésticas no existen para el Gobierno

Silvia, quien está afiliada a la Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico (Utrasd), además de vivir los estragos económicos que la pandemia por el Covid-19 ha significado para sus 688 mil colegas, también ha experimentados los síntomas de otro mal que se propaga con tanta velocidad como el coronavirus: el de la discriminación.

Silvia Mina tuvo que estar en el típico cuarto de “la señora que colabora con el aseo” -que está al lado o detrás de la cocina, es pequeño como una caja de fósforos y no tiene ni una ventana- y escuchar órdenes que salían de la boca de sus empleadores con un tufo que huele a racismo: “usted debe comer acá apartada de todos”, “lo que usted puede comer es esto”, “la ropa suya y el uniforme suyo los lava usted a mano, no en la lavadora”.

—¿Como una discriminación por los laditos?

—Disimulada, pero está ahí.

—Pero de frente…

—Exactamente, dicen que porque uno no huele lo mismo que ellos, que siempre el humor de uno es más fuerte, todas esas cositas que se las dicen a uno maquillado—, dice Silvia mientras sonríe. 

—¿Cómo es “maquillado”?

Silvia lo explica: “su ropa aparte”, “este es el jabón de sus manos”, “en el comedor no se puede sentar” y “esta es la silla en la que se puede hacer”. Comportamientos que se han ido normalizando en el trato hacia las trabajadoras domésticas, cuyo trabajo, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), es fundamental para el sostenimiento del 5,6% de los hogares colombianos.

Te recomendamos leer: Trabajadoras domésticas internas, los abusos de los que no se habla

La lucha por dignificar el trabajo

Situaciones como las que vivió Silvia en la capital de la República se repiten a lo largo de Colombia. Incluso, en zonas como el departamento de Bolívar, en la costa norte, en donde el 27,57% de la población es negra o afrodescendiente. Así lo relata la lideresa Juana Franzual, una mujer que a sus 63 años da la batalla por dignificar la labor de las trabajadoras domésticas en ese departamento y por hacer pedagogía sobre los derechos del gremio a través del Consejo Comunitario de Negritudes de Bayunca (corregimiento de Cartagena) y de la Utrasd sede Bolívar.

Con la inquietud de cualquier niño y con la disciplina de un adulto, desde pequeña Juana se interesó por ayudar a los coterráneos de su natal Rocha (corregimiento de Arjona), sin esperar nada a cambio. “Me gustaba estar pendiente de las problemáticas que teníamos en las comunidades, tanto en lo personal como en lo social y ambiental”, relata con voz fuerte y pausada.

En sus años de trabajo en ciudades como Cartagena, Barranquilla y Maicao, vivió tratos como los que Silvia Mina recibió en Bogotá. Juana llegaba puntualmente a la casa de familia en la que trabajaba, saludaba a sus jefes, se cambiaba la ropa y se ponía manos a la obra. Pero en la cocina había algo diferente: tenía un espacio aparte en la alacena para los cubiertos y platos con los que ella comía. Y en otros casos el cuarto que tenía como trabajadora doméstica interna era el de atrás, el último de la casa, al que todos llaman el “cuarto de ropas”.

“Para nosotras eso es una discriminación pero solo lo estamos entendiendo ahora que estamos en este proceso. Anteriormente uno no lo veía, pero la discriminación siempre ha existido en este trabajo”, asegura.

Con el bagaje que dan los años, la lideresa Franzual no titubea en rechazar o dejar un trabajo en el que no se sienta valorada y respetada, puesto que a ella eso de “vea toda la gente que está detrás de usted buscando trabajo” ya no la inmuta, no la angustia y no le quita el sueño. Simplemente llegó un día en el que se cansó de esos chantajes, así como de nunca abrir la boca -por aquel consejo machista de que “calladita se ve más bonita”- para reclamar por lo que está mal, porque supuestamente lo mejor es aceptar todo sin chistar. 

Pero hubo un día en el que, gracias al trabajo sindical, se decidió a desaprender, llenarse de conocimiento y compartirlo con otras mujeres que se dedican también al trabajo doméstico. Desde ese liderazgo, Juana se ha encargado de sensibilizar a otras mujeres que tienen experiencias con empleadores abusivos, acoso laboral y sobrecarga de trabajo, para que conozcan sus derechos.

Esto lo explica con un ejemplo cotidiano en ese oficio: “Contratan a alguien para que haga la comida y esté en la cocina, pero resulta que al día siguiente le dicen: ‘ven acá y hazme el favor de trapear’, ‘sácame el perro a la calle’, ‘ve a la tienda’ y otras cosas, que en ese momento eran normales para nosotras y que uno no las veía como una violación de derechos”.

Te invitamos a leer la historia de Claribed Palacios, la presidenta del sindicato de trabajadoras domésticas más grande de Colombia

Lo que ha evidenciado la pandemia

De acuerdo con cifras de la Gran Encuesta Integrada de Hogares realizada por el Dane en agosto de este año, tras cinco meses de cuarentena por el Covid-19, el trabajo doméstico fue la ocupación que más cayó a nivel nacional, así como en las principales áreas metropolitanas y en las cabeceras municipales.

A nivel nacional, el porcentaje de personas que se dedicaban al trabajo doméstico fue el que más cayó con una variación de 39,1%; en las áreas metropolitanas se redujo un 48,5% y en las cabeceras disminuyó un 44%. A nivel regional, según apreciaciones de la Organización Internacional del Trabajo, el 70,4% de las trabajadoras del hogar están afectadas por las medidas de cuarentena que se han tomado para contrarrestar el virus.

Estas cifras dejan de ser simples matemáticas cuando se llevan a la realidad. Como la de Silvia Mina, quien dos meses después de volver de visitar a sus padres en su natal Guapi, vio cómo el mundo cambió en un par de semanas cuando el brote de SARS-CoV-2 empezó a expandirse, hasta dejar decenas de millones de personas contagiadas, cientos de miles de muertos y ciudades, pueblos y municipios desolados por las medidas de confinamiento estricto.

Tanto la ha afectado la pandemia que hoy, un par de meses antes de terminar el 2020, sigue sin encontrar trabajo, ni siquiera ocasional. Han sido ocho meses en los que día tras día las preocupaciones no la dejan tranquila pues se la pasa pensando, junto a su esposo, qué les dará de comer a sus hijas y cómo pagar las deudas que aún tiene encima. Para ella y su compañero, decirles a las niñas “es que no hay” no es una opción, y aunque ha habido “uno que otro ángel que Dios envía” y se las arreglan con lo poco que su esposo gana en una barbería y haciendo domicilios, dice que por más que estiren lo que les llega, comen bien un día y aguantan hambre el resto.

Pero a pesar de que para ella el futuro es incierto, no pierde la alegría que brota en sus palabras y en las risas que suelta genuinamente durante la entrevista. “Mirar a ver qué pasa porque las ganas están”, puntualiza.

Esta situación ha sido abordada por Juana Franzual en Bolívar, durante su trabajo de pedagogía y sensibilización sobre los derechos y deberes de estas mujeres. A pesar de que los estragos de la pandemia no le han sido ajenos, pues no la volvieron a llamar de la casa familiar en la que trabajaba una vez al mes, no olvida a sus colegas que la han pasado peor que ella: “Hay empleadores que utilizaron la pandemia para coger a las trabajadoras domésticas y quedarse con ellas en la casa. No las dejan ir a ver a la familia, sino que las tienen casi que secuestradas”.

No obstante, estas dificultades han servido para que mujeres como Juana y Silvia, que coincidieron en la Utrasd, sigan adelante con la labor de enaltecer el trabajo doméstico. En esa tarea han puesto especial dedicación a la discusión sobre la implementación en Colombia de la renta básica universal, que es un ingreso que el Estado brindaría a todos los ciudadanos y que se supone debe ser universal, individual, incondicional y suficiente.

Ese subsidio, considerado como un derecho, ha generado debates sobre la necesidad de ponerlo en marcha durante los confinamientos para que las personas cuenten con una entrada de dinero fija y permanente. De hecho, en julio pasado en el Congreso de la República se presentaron cuatro proyectos de ley para hacerla efectiva.

La lideresa Franzual explica en términos muy claros y prácticos porqué es importante contar con la renta básica universal: “El Gobierno dice en los medios que ‘lávense las manos’, ‘usen tapabocas’, ‘no salgan de casa’ y vienen con un mercado de $50.000, dos bolsas de arroz, una bolsa de pan y otras cosas, y con eso quieren que la gente dure tres o cuatro meses guardada sin salir. Los trabajadores informales son los que más han llevado del bulto con esta cuestión del coronavirus”.

Ahora bien, la informalidad en el sector no es un problema de la pandemia. Viene de mucho antes. Según la Organización Internacional del Trabajo, en el mundo ocho de cada diez trabajadoras domésticas no tienen contrato formal, una cifra muy parecida a la de Colombia. Ese olvido estatal al que se han visto sometidas ha sido abordado por organizaciones civiles, sindicales y defensoras de los derechos humanos y laborales, que han llegado a la conclusión de que se requieren programas económicos y sociales de bienestar como el de la renta básica.

En Colombia es amplia la jurisprudencia que en los últimos años busca proteger a los trabajadores domésticos, que en su mayoría (95,9%) son mujeres, y que los hace sujetos de especial protección del Estado, según siete sentencias que la Corte Constitucional ha emitido desde 2002, incluida una sentencia de 2014 que les garantiza y reconoce el pago de la prima de servicios. Pero las realidades de Silvia y de Juana demuestran que en el papel todo se ve bonito y que del dicho al hecho hay mucho trecho.

Entre tanto, las dos aprietan las manos y los dientes para resistir los meses, y tal vez años, que resten de pandemia sin trabajo ni ingresos seguros y con la incertidumbre de quien ve borroso su futuro, pero con la determinación de que seguirán luchando por dignificar un trabajo en el que exigir derechos muchas veces es visto como un acto subversivo.

Una de las mejores maneras de ayudar a Vorágine es recomendando nuestro trabajo.
Dale compartir en la red que quieras, ¡gracias!

¿Quieres
apoyarnos?

CLIC AQUÍ

Acerca del autor

Avatar
Leer más

Queremos escucharte

¡Escríbenos!

CONTACTO

Suscríbete

Recibe periódicamente en tu correo electrónico las últimas historias de Vorágine – Periodismo Contracorriente.

Comentarios

0 0 voto
Article Rating
Suscribirse
Notificar de
guest
0 Comments
Retroalimentación En Línea
Ver todos los comentarios

Artículos recientes

VER MÁS