Raúl Bonilla es patrullero de la Policía Nacional en Tunja. Es sobreviviente del abuso sexual que vivió en su infancia por cuenta del sacerdote Yesid Dolores González Durán, de la Arquidiócesis de Villavicencio. Hoy decidió contar su historia.
9 de julio de 2022
Por: Vorágine

La sacristía es el lugar donde se guarda, organiza y prepara todo lo relacionado con las ceremonias religiosas. Es un espacio preparatorio, de transición, donde ocurre la tras escena de una obra que se repite una y otra vez para los feligreses. Es el lugar que conecta el templo, el escenario, con la casa cural, que es donde vive el cura. A la sacristía no tiene acceso todo el público. Como en cualquier obra, allí se prepara lo que se ha de mostrar en el presbiterio. El sacerdote, que no es protagonista sino narrador, entra a la sacristía con sus monaguillos, usualmente niños, y de allí salen juntos, enfilados y vestidos de blanco al altar. 

Lo que ocurre dentro de ese lugar de transición y lo que hay detrás, la casa cural, es un misterio que esconde, incluso, los abusos de los que son víctimas muchos niños y niñas. Al ser un espacio administrado por el sacerdote de cada parroquia, además de ser la tras escena de las eucaristías, ha sido aprovechado como escenario principal para el abuso sexual de menores. Allí quedan expuestos al control de quien ven como una figura de poder y en quien depositan su confianza.

Hasta la llegada del cura Yesid Dolores González Durán, la casa cural de la parroquia Santa Teresita de los Andes no era más que eso para Raúl Bonilla. Después de haber sido abusado sexualmente por González, ese espacio se convirtió en el escenario de transición entre la inocencia y la sobrevivencia. Las luces de la parroquia se apagaban cuando apenas empezaba una obra de horror que se repite en todo Colombia y en el mundo. Aquella en la que la dignidad y los derechos humanos de los niños y niñas no alcanzan ningún rol.

La corta vida religiosa de Raúl

Raúl Bonilla nació en Venadillo, Tolima, pero creció en los Llanos Orientales. Junto a sus padres campesinos y su hermana se fue a vivir a una casa en San Carlos de Guaroa, al norte del Meta, cuando tenía 10 años. Por tradición de su familia católica hizo la primera comunión en la parroquia Santa Teresita de los Andes de ese municipio y ese fue el primer paso de un corto camino en la vida religiosa. 

Ser acólito era una posición admirable. Los niños pequeños y los grandes se disputaban ascensos en la distribución de tareas cada vez más importantes. Para Raúl fue, además, la posibilidad de salir del pueblo y ver qué había más allá de la planicie. Junto a sus amigos acólitos iba a retiros espirituales y disfrutaba de los beneficios de ser uno de los colaboradores del cura.

Después llegaron los cambios. El párroco fue trasladado y en 2003 llegó Yesid Dolores González Durán a tomar las riendas de Santa Teresita de los Andes. Hubo modificaciones en la liturgia y en la rutina religiosa de la comunidad. González, a su llegada, se mostró cercano a los niños y jóvenes, aunque no como un amigo, sino como una autoridad. Hablaba con sus acólitos en privado y cuando veía que debía alargar la conversación con alguno de ellos, lo hacía en la casa cural. 

Raúl Bonilla tenía 13 años y su cuerpo sufría los cambios propios de esa edad. De ese argumento se valió González para tener una conversación en privado con el adolescente. Una noche, después de terminada una eucaristía, le pidió que se quedara un rato más para que hablaran y así sucedió. Hablaron de la higiene y los cambios en el cuerpo que iba a empezar a notar Raúl. La explicación terminó en lo que, quizás, había planeado el cura: un abuso sexual.

“Él comenzó otra vez a decirme que yo ya estaba muy grande y estaba creciendo, por lo que me tomó una foto con un celular que él tenía y me la mostró. Después me dijo que le posara sin camisa, me tomó otra foto y volvió a mostrármela. Luego me dijo que me quitara el pantalón y quedé en ropa interior y me tomó otras fotos”.

Las fotos fueron apenas la antesala del abuso sexual. Y ese fue el punto de quiebre de la relación entre Raúl y la religión. El padre González le pidió que no le contara a nadie, que era un secreto entre los dos. Raúl optó por la distancia, además del silencio.

Después de ese evento se fue alejando de a poco de sus actividades como acólito y en general de la Iglesia. El alba ya le generaba repudio y vergüenza. En un pueblo con pocas opciones, Raúl se refugió en el tabaco, el alcohol y las posibilidades que ofrece la calle. Su comportamiento se tornó agresivo. El abuso sexual del que fue víctima fue la génesis de su nueva forma de enfrentarse al mundo.

La historia se repite

Lejos de la iglesia, Raúl no volvió a saber del sacerdote González, pero tampoco de lo que era una vida tranquila y apacible. Su papá se fue de la casa, su mamá cayó en una depresión profunda y al terminar el colegio, cuando el futuro ya es el presente y es momento de que los planes de vida se ejecuten, Raúl no tenía destino más allá de los videojuegos y la inestabilidad diaria.

El cura Yesid González volvió a aparecer en 2007, esta vez de visita por el pueblo, pues ya no ejercía sus funciones allí, sino en San Cristóbal, Venezuela. Ante él acudió la madre de Raúl en busca de ayuda para su hijo. El clérigo ofreció llevarlo a vivir con él, bajo la promesa de que nada le faltaría y tendría oportunidades de estudio. Los padres, sin conocer lo que había ocurrido, aceptaron.

Raúl tenía 17 años y sus padres tuvieron que firmar un documento para autorizar su salida del país junto al sacerdote. Las palabras no estuvieron del lado de Raúl para oponerse a viajar a un país ajeno junto a su abusador. Antes de viajar a Venezuela, él y González fueron a Villavicencio y después a Bogotá. En la capital realizaron varias diligencias y al final del día se hospedaron en una casa familiar, allí les fue asignada una habitación para los dos.

Antes de dormir, ya no en la casa cural sino en una habitación en Bogotá, el sacerdote volvió a abusar de Raúl. El guión fue el mismo, el reparto también y la escena se repitió en un escenario diferente. “Se paró, fue al baño y me dijo que no dijera nada. Lo único que hice fue cerrar los ojos y dormir”. 

Hubo un cambio, sin embargo, en lo que siguió al nuevo episodio de abuso, porque esta vez Raúl encontró las palabras para oponerse al viaje. Al día siguiente, cuando en el itinerario estaba planeado viajar a Cúcuta, le dijo a Yesid González que él ya no iba, que se devolvía para su pueblo. El sacerdote no se opuso a la decisión.

El difícil acceso a la justicia

Hoy Raúl tiene 32 años y es patrullero de la Policía Nacional en Tunja. Sus problemas de comportamiento se extendieron en el tiempo y llegaron a su trabajo. Fue necesario tratarlos en terapia con un psicólogo, con quien abordó los abusos sexuales de los que fue víctima. Gracias a ese proceso contó lo que vivió en su infancia y juventud. Primero a su pareja, luego a sus padres y hermana.

También denunció a Yesid González ante la curia. En octubre de 2014, la Arquidiócesis de Villavicencio certificó en un documento que Raúl “ha presentado una acusación contra un sacerdote de esta jurisdicción”, así como la asignación del “presbítero Hernando Tovar Olaya como juez instructor de y quien ha iniciado el proceso jurídico contra el acusado” (sic). 

En septiembre de 2016, en respuesta a un derecho de petición interpuesto por Raúl, el arzobispo de Villavicencio Óscar Urbina afirmó que la Arquidiócesis “no tiene facultades para determinar civilmente responsables a sus colaboradores por conductas como la denunciada”. Es decir, ante el abuso sexual a un menor de edad, por parte de un sacerdote, la Iglesia decidió no hacer nada. Además, aclaró que para ese entonces, en  2016, Yesid González se encontraba suspendido. 

Monseñor finalizó la respuesta librando a la Iglesia católica de cualquier tipo de responsabilidad: “Queremos enfatizar que a esta arquidiócesis no le asiste responsabilidad alguna por los hechos presuntamente ocurridos. De surgir alguna responsabilidad de orden civil, económico o penal, su determinación sólo depende de las autoridades que conocen de estos presuntos hechos y solo compete al denunciado sacerdote, ya que los hechos denunciados por usted, son actos propios del mismo”. En pocas palabras, Raúl se debe defender solo y la Iglesia como institución no tiene ninguna responsabilidad.

El hoy policía también denunció ante la justicia ordinaria. La primera vez que lo intentó fue en  2014, en San Martín, Meta. Entregó su denuncia por escrito en la Fiscalía y la respuesta que recibió fue que  podían recibirla, pero que ya había prescrito el delito.

Volvió a insistir. En abril de 2022 presentó nuevamente la denuncia en Villavicencio y fue llamado a ampliación en mayo, un proceso que Raúl define como “humillante y denigrante”. Según él, la funcionaria de la Fiscalía que lo recibió la segunda vez fue insensible, poco empática e hiriente.

Raúl, el sobreviviente

Han pasado 19 años desde el primer episodio de abuso que vivió Raúl Bonilla. Hoy habla con serenidad, no se considera a sí mismo una víctima, esa es una palabra ajena a su vocabulario. Se reconoce como sobreviviente. Con la tranquilidad que le han traído el tiempo, las palabras y la ayuda, busca convertirse en un abanderado de los sobrevivientes de abuso sexual por parte de sacerdotes. No está solo: hace algunas semanas fue contactado por otro sobreviviente de un sacerdote de Villavicencio, quien hoy es abogado. Ambos quieren crear una fundación para otras personas que han pasado por lo mismo; un espacio donde, lejos de la estigmatización, los sobrevivientes puedan tener apoyo psicológico y jurídico en sus procesos.

La gran mayoría de veces que se hacen públicas las denuncias por violencias de este tipo, se hace de manera protegida. Los relatos tienen modificaciones en nombres, fechas, lugares y detalles que puedan llevar a la identificación de quien denuncia. En muchos casos es por miedo a retaliaciones de los victimarios, en otros, por evitar el señalamiento y la revictimización. 

Raúl Bonilla quiere que su nombre acompañe la denuncia. Dice que se lo debe a su proceso de duelo. No quiere que alguien más sea abusado por el sacerdote Yesid González ni por ningún otro. Sabe que encontrará detractores, sabe que la Iglesia católica lo revictimizará, pero ya no tiene miedo, está dispuesto a pararse frente a la luz, en la mitad del escenario, y ser él mismo quien cuente su historia.

Villavicencio

Sobre el sacerdote Yesid Dolores González, el vicario general de la Arquidiócesis de Villavicencio respondió un derecho de petición, en septiembre de 2020: la Arquidiócesis recibió denuncia por abuso de menores contra este cura y ya había sido expulsado del sacerdocio.

Junto a la Arquidiócesis de Medellín, la de Villavicencio es en la que más curas pederastas se han descubierto en los últimos cuatro años, según dos investigaciones periodísticas. Setenta de 143 sacerdotes, al menos, han sido denunciados por pederastia y abuso sexual en la capital del Meta. Todos fueron protegidos y encubiertos por los últimos tres arzobispos de esa jurisdicción eclesiástica: Alfonso Cabezas, Octavio Ruiz Arenas y Óscar Urbina Ortega. 

Este último fue presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia desde 2017 hasta 2021. El papa Francisco le aceptó la renuncia en abril, luego de que Urbina cumpliera 75 años. El arzobispo salió en medio del escándalo sexual más grande que se haya investigado en Colombia y que fue plasmado en el libro Este es el cordero de Dios, que registra la primera denuncia por abuso sexual contra un obispo: monseñor Urbina.

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