El veneno invisible

Hasta el agua de lluvia cae contaminada. Un reciente informe que lo prueba pone de presente la crisis que atraviesa América Latina en cuanto al suministro de agua realmente potable. ¿Qué hacen los gobiernos al respecto?

31 de agosto de 2022

Por Carlos Gutiérrez
Miembro de la mesa editorial de CONNECTAS

Miguel Ángel tenía ocho años de edad cuando cayó accidentalmente al río Santiago, en México. Falleció luego de 19 días de agonía por envenenamiento debido a “una excesiva concentración” de arsénico, según un estudio toxicológico. El caso sucedió en 2008 pero desde entonces ha sido emblemático, porque las autoridades de Jalisco trataron de desmentir los partes médicos al informar que el menor se había intoxicado con heces fecales. Querían ocultar el origen industrial de la contaminación. Hasta la fecha, los padres de Miguel Ángel no han logrado del Estado una reparación integral por esta tragedia.

El río Santiago es el segundo más largo de México y transporta agua envenenada desde hace varias décadas. Ahí se han registrado altos niveles de plomo, zinc, mercurio y arsénico, así como coliformes de origen fecal. “En algunos puntos, la concentración rebasa 10.000 veces lo permitido para la vida acuática y hace que el agua del río no sea apta para el regadío”, explica un artículo publicado en el Journal of Negative & No Positive Results, por un grupo de investigadores de varias universidades mexicanas, liderado por Perla Montes Rubio, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Además, describe que alrededor de 400 empresas se encuentran en el cauce, entre las que se encuentran las trasnacionales IBM, Ericsson y Hitachi.

El nivel de contaminación salta a la vista. “Hace unos años nos dimos cuenta de que conforme la gente vivía más cerca del río sufría más de cáncer”, cuenta Rodrigo Flores Elizondo, investigador en resiliencia hídrica urbana del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Explica que el cáncer de pulmón tiene la mayor incidencia porque el río desprende contaminantes volátiles que permanecen en el aire. Cuando visitaron a una comunidad cercana al Santiago, “se sentía que había algo mal en el ambiente. Había un puente de metal que atravesaba el río y se desbarataba la estructura metálica. Uno decía: si eso está pasando en el puente, qué no está pasando en mis huesos y en mis pulmones”.

Este río mexicano es ejemplo de una realidad presente en todo el planeta: hay una enorme contaminación de las aguas destinadas al consumo humano. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), al menos 2.000 millones de personas consumen agua contaminada con heces. Además, reporta también un alto riesgo de enfermedad por presencia de químicos como el arsénico, el fluoruro o el nitrato, productos farmacéuticos, pesticidas, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), así como microplásticos.

El problema es tan grave que, recientemente, un estudio publicado en Environmental Science & Technology señala que ya rebasamos el límite de contaminación química planetaria y que suelos, aguas superficiales e, incluso, el agua de lluvia están contaminadas por PFAS. Ninguna región se salva, ya que los investigadores encontraron PFAS en zonas tan remotas y escasamente pobladas como la Antártida y la meseta tibetana. La investigación fue realizada por un equipo de investigadores encabezados por Ian T. Cousins, de la Universidad de Estocolmo.

Para la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales de México (Semarnat), la contaminación acuífera tiene su principal origen en las aguas residuales domésticas, industriales, agrícolas y pecuarias que llegan a ríos, arroyos y lagos. Estos, como consecuencia contienen elementos y sustancias químicas disueltas, además de sólidos suspendidos en concentración variable.  Como dice en su sitio web, “si son vertidas sin tratamiento causan la contaminación de los cuerpos de agua superficiales”.

La Semarnat estima que a nivel mundial entre 85 y 95 por ciento del agua residual llega directamente a los ríos, lagos y océanos sin recibir tratamiento previo. Datos del World Water Council indican que, en América Latina, las plantas de saneamiento apenas tratan el 14 por ciento de estas aguas.

“La gestión inadecuada de las aguas residuales urbanas, industriales y agrícolas conlleva que el agua que beben cientos de millones de personas se vea peligrosamente contaminada biológica o químicamente. Para la salud también puede ser determinante la presencia natural de productos químicos, como el arsénico y el fluoruro, particularmente en aguas subterráneas. Además, en el agua para consumo humano pueden aparecer otros productos químicos, como el plomo, en cantidades elevadas como resultado de la lixiviación de componentes relacionados con el suministro de agua”, explica la OMS en un texto titulado Agua para consumo humano.

Pero, ¿de dónde salen esas sustancias que contaminan las aguas que consumimos?  El hondureño Pedro Landa, experto en Derecho Ambiental y en Derechos Humanos, maestro en Geología y Ambiente por la Universidad Complutense de Madrid, considera que principalmente la industria minera limita las posibilidades de cumplir el objetivo de desarrollo sostenible 6.3.2 de la ONU, de la Agenda 2030, que busca garantizar a la población el acceso a un agua libre de contaminantes.

Y, lamentablemente, los controles escasean. “Tenemos una clase política que llega al poder únicamente para hacer negocios y las empresas mineras son un enorme negocio, porque en vez de invertir para evitar el daño a los acuíferos, lo que hacen es pagar sobornos o chantajes”, dijo Landa a CONNECTAS. También explica que, al menos en Honduras, hay alrededor de 80 proyectos mineros que afectan 25 áreas protegidas productoras de agua. Identifica los cultivos de agroexportación como otra de las industrias más contaminantes del agua por el uso intensivo de químicos y agrotóxicos para control de plagas.

El mayor problema es el daño a los ecosistemas y a la salud de las personas. Un artículo publicado en la revista Universidad y Sociedad, por los investigadores Julio Morillo, Vladimir Vega y Belkis Sánchez, de la Universidad Regional Autónoma de Los Andes, en Ecuador, informa que el agua contaminada mata, cada año, a nivel mundial, a 1,8 millones de personas. “La poca inversión de los Estados en garantizar el agua potable para toda la población, la falta de control de brotes y la falta de intervención de los sistemas de salud pública favorecen la propagación, incidencia, morbilidad y mortalidad asociada a enfermedades relacionadas con el agua de consumo, principalmente en países en vía de desarrollo”, explican.

De acuerdo con el análisis de los académicos ecuatorianos, las principales enfermedades asociadas al líquido vital en América Latina son la acariasis, la hepatitis A, el cólera y la fiebre paratifoidea y tifoidea. A nivel global, mejorar “el agua, el saneamiento y la higiene“ permitiría evitar 842 mil muertes anuales. La UNICEF, sin embargo, muestra cifras aún más escalofriantes: apunta que cada día, en el planeta, mueren mil niños por enfermedades diarreicas asociadas con agua potable contaminada, saneamiento deficiente o malas prácticas de higiene.

En un informe titulado Calidad desconocida. La crisis invisible del agua, el Banco Mundial considera indispensable reconocer “el alcance del problema, identificar la magnitud de los impactos y formular los medios” para hacerles frente y mejorar la salud pública, preservar los ecosistemas y mantener el crecimiento económico.

La institución también reconoce que el problema compete tanto a países ricos como a pobres, ya que todos presentan altos niveles de contaminación del agua. De hecho, analiza, “la contaminación no solo no disminuye con el crecimiento económico, sino que la gama de contaminantes tiende a aumentar con la prosperidad”. Para ejemplificarlo indica que en Estados Unidos, cada año, se liberan alrededor de mil nuevos productos químicos al medio ambiente; es decir, tres cada día.

¿Se puede determinar el costo económico que supone la mala calidad del agua? Para el Banco Mundial esa pregunta no tiene respuesta, debido a la multitud de contaminantes, a la dificultad para medirlos y a la incertidumbre sobre su impacto para la salud humana y medioambiental. No obstante, estima que “la liberación inicial de contaminantes actúa como un factor adverso que disminuye el crecimiento económico ulterior, lo que reduce en hasta un tercio el crecimiento del PIB (Producto Interno Bruto) en determinadas regiones”.

El académico Flores Elizondo considera que la vulnerabilidad de las comunidades que viven cerca de fuentes de agua contaminadas debería alarmarnos a todos, debido a que “ellos son como un sensor; si los más vulnerables empiezan a tener problemas, después los tendremos todos”. Porque, además de los evidentes problemas en su salud, la economía de estas comunidades vulnerables también se ve mermada. “Paradójicamente, la baja calidad de los servicios de agua implica que las personas de sectores pobres terminan pagando más por acceder al agua, lo que exacerba las desigualdades subyacentes”, señala el texto Agua y corrupción en América Latina, publicado por Transparencia Internacional. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) también reporta que, en esta zona, los quintiles más bajos de la población gastan el doble por servicios de agua potable que los quintiles más ricos.

¿Es posible revertir esta situación? El Banco Mundial señala que no existe una “solución milagrosa”. Sin embargo, mejorar la medición de la calidad del agua es un primer paso, porque la mayoría de los países no controlan adecuadamente su calidad. “La medición solo es efectiva si se combina con regulaciones bien diseñadas que proporcionen incentivos para que empresas e individuos se adhieran a las pautas de calidad del agua”.

Para Flores Elizondo habría que poner en marcha el modelo de unidades certificadas ciudadanas, como las que existen en Estados Unidos, en las cuales el monitoreo ciudadano asume un papel importante. En este esquema, ciudadanos certificados “le dicen a la autoridad que ese río está mal y tiene validez; clausuran secciones de ríos, clausuran fábricas que están haciendo vertidos”.

Por su parte, Pedro Landa recoge el razonamiento de muchos al considerar que bajo los actuales parámetros económicos es imposible dar el viraje que salve el agua, un elemento sin el cual la vida es imposible. Esa tendencia creciente considera necesario cambiar los sistemas políticos y económicos de los países, porque es lo “que permite que proliferen como un cáncer las empresas contaminantes”. También insiste en que “mientras no cambie el sistema capitalista orientado al consumo, donde se hace más pobres a los pobres y más millonarios a los grandes, el problema persistirá”.

Resolver la contaminación del agua dulce en el planeta es, quizá, el problema más grande que enfrenta la humanidad. En efecto, ese veneno invisible pone en crisis la salud de las personas y el equilibrio de los ecosistemas, pero solo la acción de los gobiernos y el compromiso de la sociedad podrá eliminarlo. Porque, al final, todos seremos responsables de que la historia de Miguel Ángel no se repita nunca más.

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