El show que montaron la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez y Duque en Sincelejo con motivo de la primera vacuna solo demuestra que ellos no están en el poder por un servicio a la comunidad, sino para capitalizar políticamente lo que están obligados a hacer por mandato de la Constitución.
18 de febrero de 2021
Por: José Guarnizo, Opinión

Las vacunas contra el Covid-19 están en Cali desde el miércoles 17 de febrero a las 2:00 p.m. Aunque tarde, la primera dosis pudo haberse aplicado este jueves a las 7 de la mañana si no hubiera sido porque el gobierno de Iván Duque dispuso que el ministro de Justicia, el señor Wilson Ruiz Orejuela, tenía que estar allí para la foto. ¿Qué podía aportar este funcionario en el lugar de la vacunación, más que hacer bulto o, mejor digámoslo sin rodeos, estorbar?

La prioridad, como bien dijo Zulma Cucunubá, experta epidemióloga, es vacunar a la mayor cantidad de personas posible en el máximo número de horas posible. “Esto no debe dar espera de eventos ni funcionarios por fuera de los protocolos técnicos”, escribió.

Este gobierno no se ha enterado que lo que tiene en sus manos no es un botín electorero sino la posibilidad de salvar vidas. El show que montaron la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez y Duque en Sincelejo con motivo de la primera vacuna solo demuestra que ellos no están en el poder por un servicio a la comunidad, sino para capitalizar políticamente lo que están obligados a hacer por mandato de la Constitución.

En Chile aplicaron la primera vacuna el 24 de diciembre del año pasado, es decir, un mes y 25 días antes que en Colombia. Allá sí tenían algo qué celebrar y, sin embargo, el momento resultó más sobrio.

Qué buena noticia es que hayan aplicado por fin la primera dosis en Colombia. Pero llegó tarde y el retraso tiene que ver con la gestión que se hizo para conseguir la vacuna. Es hora de aceptarlo.

No hay que ser un experto para entender que la variable del tiempo resulta un factor de vida o muerte en la pandemia. Cómo pasar por alto que en Colombia han muerto 58.000 personas por Covid-19. Somos el tercer país con más fallecimientos en América Latina después de Brasil y México, que tienen poblaciones que nos superan ampliamente. Con menos muertos aparecen en la estadística Argentina, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia, entre otros, y todos comenzaron a vacunar antes que Colombia. Hoy me pregunto: ¿cuántos profesionales de la salud que están en la primera línea de batalla contra el virus necesitan de esas dosis de manera urgente para continuar con su labor? No, hay que esperar a que monten el pendón, enciendan las cámaras y los funcionarios del gobierno echen su discurso.  

El reporte que hizo la Deutsche Welle sobre la primera jornada de vacunación en Colombia no tiene pierde. La presentadora le preguntó al corresponsal cómo había explicado el presidente Duque los retrasos o si reconocía fallos en el proceso de las compras. El periodista le contestó: “No lo reconoce, al contrario el presidente Duque presenta esto como un gran logro nacional en la lucha contra la pandemia, todos los días el presidente tiene un programa y allí ensalza la gestión del Ejecutivo; es importante, no pretendemos restarle valor a la noticia de la primera vacuna, pero hay que ponerlo en contexto, llega muy tarde, casi un año después del primer contagio, meses después de que hubiese llegado, no digamos en Europa, acá mismo en América Latina”, dijo. Me parece que se le notaba algo de vergüenza ajena.

Hay una triste tradición en nuestro país de sobredimensionar los triunfos y de volver paisaje las tragedias. Pero hay casos de casos. El uso político que el gobierno le está dando al proceso de la vacunación contra el Covid-19 se extiende mucho más allá de lo folclórico. Es más bien peligroso. No se puede estar esperando en los hospitales a que lleguen los políticos para que los filmen repartiendo vacunas como entregando tamales en campaña. Y de ello no se escapan los mandatarios locales.

Al gobernador de Sucre, Héctor Olimpo, no le bastó con entrar a un hospital cargando una caja con vacunas Pfizer. Se devolvió a la puerta por sugerencia de un policía que consideró que debía hacer de nuevo la entrada triunfal pero con los aplausos que faltaron la primera vez. O dónde dejar la imagen del alcalde de Medellín, Daniel Quintero, tomando de la mano -como si eso además no fuera contraindicado por protocolos de bioseguridad- y sosteniendo por la espalda a la primera enfermera vacunada en esa ciudad como si estuviera dando a luz. Todo por mostrar su mejor pose en una foto.  

La gobernación de Santander puso su logo en las cajas de vacunas cuando llegaron al aeropuerto de Palonegro, como marcando territorio. No sea y les roben el crédito que no tienen. En vez de estar pensando  cómo afrontar la nueva masacre de cinco personas en el suroeste antioqueño, el ministro de Defensa, Diego Molano, madrugó para hacerse fotos en la primera vacunación del Hospital Militar. Marta Lucía Ramírez, no contenta con haber estado en Sincelejo, decidió aparecer al día siguiente en primera fila en el inicio de la vacunación en Bogotá haciendo con los dedos una ‘V’, como si estuviera en una correría electoral. La vicepresidenta está en campaña. ¿Y qué mejor plataforma política que un hospital con necesidades de vacunación?

Tiene razón María Jimena Duzán al decir que el gobierno incumplió con el anuncio de la vacunación masiva el 20 de febrero como lo había prometido y que las pocas dosis que llegaron están siendo repartidas con miras a las próximas elecciones. Tiene sentido que, por estar pensando en votos más que en la salud de los colombianos, se haya dejado por fuera de la vacunación en un primer momento al Amazonas. Eso que Duque consideró un “error involuntario” en realidad refleja la lógica electorera de un proceso que debería ser estrictamente técnico. Y del que dependen miles de vidas. 

El delirio politiquero con las vacunas ha llegado a puntos impensados. Una mujer que se presenta en Twitter como “politóloga de Los Andes, uribista y excandidata al concejo de Bogotá”, llamada Laura Medina, publicó irrespetuosamente la imagen de la primera enfermera vacunada, que tenía la mano en el pecho sosteniéndose la blusa, al lado del logo del Centro Democrático, ese de la mano firme y el corazón grande. Líneas más abajo escribió: “Buen momento para recordar que gracias al Centro Democrático la vacunación será gratuita en nuestro país”. El expresidente Álvaro Uribe publicó en su Twitter la misma foto. 

Yo les digo: no se dejen engañar con espejitos. El país no le debe nada al Centro Democrático en cuanto a la gratuidad de las vacunas. Ni tampoco al presidente Duque. Es su trabajo, es su obligación y es su mandato gestionar el acceso universal y gratuito a las dosis en medio de una pandemia mundial. Y hasta ahora lo que se ha visto es mucho circo y poca gestión. Quién iba a pensar que el diario Q’hubo sería el que terminaría poniendo las cosas en su justa medida, con la mejor portada que se publicó el día de la primera vacuna: “¡Llegaron el 0,08% de las vacunas! ¡Y falta el 99.92!”. Así de grande es el triunfo que el gobierno está celebrando.  

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