En la historia de una mujer de Argelia (Antioquia) se juntan el reclutamiento forzado, el drama de la desaparición y el del desplazamiento. Veintiséis años después de salir de su casa y no poder volver, se reencontró con su familia.
19 de febrero de 2023
Por: Laila Abu Shihab Vergara / Ilustración: Camila Santafé

Belén no recuerda el día exacto, tampoco el mes, en que su vida se hizo pedazos. O para decirlo de forma más precisa: no quiere recordarlos. Le basta con dar el año: era 1996 cuando vio que un grupo de guerrilleros del Frente 47 de las Farc la estaban esperando a las afueras del único colegio de Argelia (Antioquia), para engrosar sus filas. 

“Ahí fue cuando me llevaron. Yo tenía solo 13 años”, relata hoy Belén, antes de guardar silencio. “Con ellos estuve un año larguito y nos movimos luego para el Magdalena Medio. Lo obligaban a uno a de todo, a tener relaciones, nos maltrataban, nos mantenían amarrados, nos encadenaban por ratos”. Termina la frase y pide cambiar de tema. “Es que hay muchas cosas que tengo borradas, como que no quisiera volver a recordar, yo sé que usted me entiende”.

A Belén —la llamaremos así porque es imposible dar su nombre verdadero, todavía hoy teme por su vida y la de su familia— no le gusta visitar el pasado. Su mente hace un esfuerzo constante por bloquear lo que pasó durante las últimas dos décadas. 

Cuando se trata de remover aguas estancadas por la violencia habla muy poco, casi con monosílabos. Le cuesta mucho recordar que cuando todavía era una niña fue reclutada por las Farc. También que una madrugada se le escapó a la guerrilla y que, para sobrevivir, deambuló por medio país y se vio obligada a prostituirse. Mucho menos quiere pensar en el dolor de su mamá y de su hermana buscándola, desesperadas, por hospitales, morgues, calles de distintos municipios. 

Veintiséis años después de salir de su casa y no poder volver, Belén se reencontró con su familia y se convirtió en una de las 11 personas desaparecidas por hechos relacionados con el conflicto armado que han sido encontradas con vida, desde que en 2017 se creó la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD). 

Solo 11 personas, de un universo que ya sobrepasa los 104.000 desaparecidos y que es tres veces mayor que el de las víctimas de desaparición forzada de las últimas tres dictaduras militares del Cono Sur, juntas: Chile, Brasil y Argentina.

*  *  * 

—A mi me gustaba hacer que las gallinas corrieran detrás de mi hermanita y que la picotearan. Y a las dos nos gustaba muchísimo volarnos al charco del Tanque. 

Si los habitantes de Argelia se ufanan de algo es de que el municipio está rodeado de agua. Por donde miren hay un río, una cascada, un lago o un charco como el del Tanque, ubicado a pocos kilómetros del casco urbano, de aguas ya no tan cristalinas, y al que se lanzan desde un trampolín natural que no es más que una piedra enorme. También tienen cerca más de diez cascadas, algunas con caídas hasta de 20 metros, como la Chorrohondo, o de 14 metros, como la cascada Narváez. 

Cuando Belén piensa en su infancia siempre regresa al agua. El problema es que recuerdos como ese, “bonitos”, de cuando se le escapaba a su mamá para bañarse en el charco o en el río con su hermana, son escasos. A Belén le tocó ser niña y comenzar a ser adolescente en uno de los municipios que más sufrieron el horror de la guerra en Colombia. 

Empotrado en la meseta de una montaña no tan alta en el oriente antioqueño, Argelia ostenta un título triste: más del 90% de sus 14.800 habitantes fueron víctimas directas de la violencia desatada por las Farc, el ELN y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, según el Registro Único de Víctimas. Fue tan hondo el impacto del conflicto en el municipio que todavía hoy, en pleno 2023, su población es casi la mitad de la que tenía en la primera década del 2000, cuando ocurrieron los mayores desplazamientos forzados.  

De la larga lista de tragedias que azotaron a Argelia —seis tomas guerrilleras, incluida una en diciembre de 2000, que dejó 23 personas muertas; masacres como la de febrero de 2004, en la que murieron seis miembros de una misma familia; el asesinato de un alcalde en agosto de 1995; ser uno de los municipios que más minas antipersona llegó a tener en Colombia— la del reclutamiento forzoso de niños, niñas y adolescentes fue una de las más duraderas. Así lo reconoció ‘Karina’, la temible comandante del Frente 47 de las Farc que hacía presencia en el oriente antioqueño. 

“Hoy les pido perdón a todas aquellas madres que perdieron a sus hijos porque yo, o la organización a la que pertenecí, se los llevó para la guerra […] ‘Karina’ en ese tiempo no entendía el dolor de madre”, dijo Elda Neyis Mosquera, su nombre de pila, ante casi un centenar de madres de niños y jóvenes de Argelia, reclutados a la fuerza y desaparecidos, en un encuentro propiciado por la Comisión de la Verdad a finales de 2021, en Medellín, que hoy hace parte de un documental llamado ¿Por qué nos arrebataron a nuestros hijos?

La madre de Belén fue una de las mujeres que escuchó ese día a la exguerrillera. 

La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) abrió en 2019 un macrocaso específico (el 07) solo para investigar el reclutamiento forzado de menores, en el cual ya ha documentado a 18.677 víctimas de este delito. 

Según ‘Karina’, Argelia era estratégico no solo por estar en una zona montañosa y selvática perfecta para esconderse, sino porque tenía corredores para moverse hacia el Magdalena Medio, Caldas y el Tolima. Eso atrajo, primero, al ELN, y años después a los frentes 9 y 47 de las Farc y al Frente Omar Isaza de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio.

Una madrugada, Belén calcula que eran las 4:30 de la mañana, no faltaba mucho para el amanecer pero el cielo todavía estaba cerrado, negro, ella y otra niña aprovecharon que a los dos guerrilleros que las vigilaban los había tumbado la borrachera, para salir corriendo. No tuvieron que atravesar ríos ni una vegetación espesa. Estaban a cuatro cuadras del parque principal, porque justo por esos días habían bajado al municipio.

“Fue en un descuido nomás. La otra niña y yo nos volamos. Nos tenían escondidas en una casa mientras los guerrilleros hacían una misión en el pueblo. Nosotras nos les volamos a los manes porque estaban muy tomados. Alcanzamos a correr unas tres cuadras, más o menos, cuando nos encontramos de frente con un señor y yo comencé a gritar ‘¡ayúdenos! ¡ayúdenos que nos van a matar!, ¡por favor ayúdenos!’”. 

Esos gritos hubieran podido alertar a alguien, delatarlas en medio de la madrugada callada de un pueblo que solo tiene siete cuadras de extremo a extremo, pero el terror de quedarse en la guerrilla fue mucho más fuerte.

Belén todavía no tiene claro si fue que Dios, desde arriba, les puso a ese “ángel de la guarda” en frente. El caso es que el hombre tenía planeado viajar, un par de horas más tarde, al corregimiento de Doradal, en Puerto Triunfo, y las escondió en una bodega y luego convenció al conductor del bus para sacarlas de Argelia.

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*  *  * 

De las 104.602 personas reportadas como desaparecidas por razón del conflicto armado en Colombia, se estima que 3.149 son del oriente antioqueño. Las cifras fueron entregadas en la rendición de cuentas de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas el pasado 2 de febrero.

Con el descomunal desafío de encontrar a todas esas personas, que tiene como primer enemigo al tiempo, la entidad ha dividido la geografía colombiana en 28 zonas, que corresponden a 28 planes de búsqueda. El del oriente antioqueño es uno de ellos y allí, Argelia es el cuarto municipio con más desaparecidos, después de San Carlos, San Luis y Sonsón. 

En 1996, cuando Belén fue reclutada por la guerrilla y su hermana y su madre la declararon desaparecida, el oriente antioqueño estaba viviendo el mayor pico de casos de desaparición de su historia. Según la UBPD, solo entre 1994 y 2005 hay 2.504 registros de desaparición forzada, el 79 % del total de casos reportados en la región.

Fue por esa dinámica del conflicto que la entidad incluyó, dentro de su plan de búsqueda, una línea de investigación llamada “reclutamiento y desaparición de personas por actores armados insurgentes en los territorios”, pues muchas veces la victimización era doble y hasta triple. Primero, alguien era reclutado a la fuerza (sobre todo por el Frente 47, si se trataba de Argelia). Luego, venía el drama de la desaparición para sus seres queridos. Y, casi en simultáneo, se veían obligados a desplazarse.

Belén, por ejemplo, tiene encima tres desplazamientos forzados, tres viajes que ella nunca buscó, tres abandonos de lo poco que tenía, tres encuentros con la experiencia de perder el piso -aunque incierto- que la sostenía.

Cuando llegó con su compañera a Doradal, Belén ya tenía 15 años, pero dijo que era mayor de edad, que recién había cumplido los 18. Para no morir de hambre aceptaron el único trabajo que les dieron: ser meseras en un bar maloliente, donde tenían que lidiar con los comentarios agresivos de los hombres del pueblo y donde pasó “lo peor”, como ella bautizó a lo que vino después de escapar a la cárcel de la guerrilla. “Allá nos tocó prostituirnos”, cuenta mientras baja la voz, como en un susurro. 

Unos meses más tarde, la compañera de fuga de Belén quiso regresar a Argelia. Pero ella no fue capaz. Estaba segura de que, si se atrevía a volver, le iba a pasar algo a su familia. 

—Yo le dije que si volvía, que por favor dijera que a mí me habían matado para que a la familia mía no le fuera a pasar nada. Yo no quería que me encontraran por seguridad de mi mamá y mi hermana. Al final nunca supe si ella volvió a Argelia, pero de todas maneras el rumor se regó de que me habían matado y me habían tirado al río Magdalena —cuenta.  

Belén se fue para Medellín, consiguió un documento de identidad falso, se volvió a emplear en un bar, otra vez se vio obligada a prostituirse y, poco después, se hizo amiga de una mujer que le pintó un paisaje lleno de oportunidades en una tierra lejana, de la que nunca había oído hablar: Saravena.

—En Arauca conocí al papá de mis dos hijos, me fui a vivir rápido con él pero a los 14 meses tuvo que salir desplazado porque lo iban a matar, y después me tocó salir a mí. A mí me tocó volarme también allá en Saravena. Por eso le digo que tengo tres desplazamientos forzados.

* * *

Para encontrar a las 104.602 personas reportadas como desaparecidas en el marco del conflicto, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas —creada tras la firma del acuerdo de paz, en 2017— creó un Registro Nacional de Fosas, Cementerios Ilegales y Sepulturas, y una Estrategia de Impulso al Proceso de Identificación de Cadáveres, para examinar y comparar miles de expedientes de Medicina Legal, que en su momento fueron archivados por “información insuficiente” o porque nunca se conocieron las identidades de los cuerpos. Además, ha tomado 9.200 muestras de ADN a familiares de los desaparecidos.

En estos procesos, la regla —desafortunada y desoladora, pero cierta— es que cuando se encuentra a un desaparecido solo están sus restos y, gracias a eso, sus seres queridos pueden darle por fin una despedida digna. (Desde 2017 la Unidad solo ha hecho 178 entregas de cuerpos o restos a sus familiares o seres queridos, apenas el 0,17 % del total de desaparecidos). Casi nunca un desaparecido aparece vivo.

Belén es una de esas extraordinarias excepciones a la regla. Desde 2017, solo 11 personas reportadas como desaparecidas han sido encontradas vivas (en Arauca, Medellín, Santa Marta, Popayán, Bogotá, Buenaventura, Villavicencio). Belén es la más reciente de ellas.

“Casi me muero del susto cuando me sonó el teléfono y era el funcionario de la Unidad de Búsqueda. Yo sí le dije de una: “¿cómo me encontraron?”, porque pues yo no quería que me encontraran por la seguridad de la familia, porque mi mamá todavía vive en Argelia. Yo prefería como seguir muerta para que no les pasara nada a ellas”, cuenta Belén por teléfono, muy lejos de su Argelia natal y de Saravena, donde tuvo a sus hijos. Esa llamada ocurrió el 16 de junio de 2021 (la mamá de Belén se había acercado a la UBPD tres meses atrás, el 17 de marzo de 2021).

“Ellos [la UBPD] fueron los que me encontraron a mí. Yo estaba en una terapia de una rodilla que me había lastimado, cuando me sonó el teléfono. Dieron conmigo porque cuando tuve mi primer hijo me tocó registrarlo con mi cédula verdadera, y pues así llegaron, a través del Sisbén y buscando al papá de mis hijos”.

Desde esa primera llamada, hasta que por fin pudo abrazar a su madre y a su hermana, pasaron casi quince meses. A los procedimientos normales, de cotejar las muestras de ADN de ella y sus familiares, y cruzar decenas de datos, se le sumó una ansiedad que Belén describe con una sola palabra: “Horrible”.

—Yo me la pasaba todas las semanas preguntando, les escribía dos o tres veces por semana para preguntar por el proceso, que cómo vamos, que si ya casi, que me cuenten qué pasó. Fue muy largo y complicado, porque además no podían darme los detalles —recuerda. A medida que pasaban los días, los ataques de nervios se hacían cada vez más frecuentes.

La cita del reencuentro fue el 4 de septiembre de 2022, a las 9 de la mañana. Pero llegaron las 9:20 y su madre y su hermana no aparecían, por la compleja operación logística que los funcionarios de la Unidad pusieron en marcha para que las tres no se cruzaran en los pasillos del hotel donde estaban, antes de tiempo.

Belén narra que después del primer abrazo, las tres se quedaron calladas durante cinco, tal vez siete minutos. Lloraban, y se miraban a los ojos, y volvían a abrazarse, pero eran incapaces de hablar. “Yo estaba muy nerviosa pero al final fue algo genial, una experiencia maravillosa. Ya luego nos sentamos a hablar, hasta hicimos una presentación, fue un encuentro muy hermoso”. 

—¿Te dio miedo no reconocer a tu madre o a tu hermana, después de 26 años de no verlas? ¿En algún momento sentiste que se te borraba de la memoria cómo eran ellas? —le pregunto a Belén por el teléfono.

—No, igual ellas no cambiaron nada, nada. La que cambié fui yo —dice riéndose—. Y vea que fue bonito porque en el abrazo que nos dimos sentí que me reconocieron. Era un abrazo que hacía mucha falta para tratar de empezar de nuevo.

—Recién la vi dije: ‘Esta sí es’. Ahí mismo se me mandó y la reconocí de una, a pesar de que han pasado tantos años. Yo pensé que no la iba a reconocer, pero sí —dijo la madre ese 4 de septiembre.

Desde entonces, Belén pasa las horas soñando con un reencuentro —no ha podido volver a verlas porque vive en otra ciudad y en otro departamento—, que espera se produzca el próximo 10 de mayo, cuando cumple 40 años. Mientras tanto, hablan por videollamada y, sobre todo, se escriben, porque la mamá de Belén (66 años) tiene una discapacidad auditiva y le cuesta escuchar la voz de su hija en el teléfono.

—Ahora nos hablamos echando chisme, como dicen. Pero es por teléfono y no es lo mismo a que sea de frente. Además, mientras las llamo pienso que se me van a acabar los minutos, o como no tengo datos le robo el internet al vecino —explica Belén, algo triste—. En esas llamadas mi mamá me invita a volver a Argelia, me cuenta que a veces nosotras nos demorábamos en llegar a la casa, mi hermana y yo, porque íbamos a bañarnos en el charco. Me dice que vuelva, pero la verdad a mí me da mucho miedo todavía.

Justamente allá, en el charco del Tanque, es donde Belén quisiera cerrar el capítulo que duró 26 años abierto. Pero no se siente lista para dar ese paso, al menos no en este momento. Por eso, mientras se pregunta si las tres tendrán “la oportunidad de sanar las heridas, recuperar el tiempo perdido y hablar todo lo pendiente”, trata de darles vida a dos viejos sueños. 

—A mí me gusta mucho la tecnología, entonces quisiera matricularme en el SENA y estudiar sistemas de forma presencial, porque virtual no me gusta. Y quiero tener mi negocio, una tienda donde venda arroz, aceite, carne, pollo… de todo pero a bajo costo, para ayudarle a la gente porque todo está muy caro ahora.

El 4 de septiembre de 2022, cuando funcionarios de la UBPD le dijeron que era la onceava persona reportada como desaparecida por el conflicto que aparecía viva, Belén dio gracias a Dios, suspiró hondo, y hasta tuvo tiempo de reírse de sus miedos: “Buscar a una persona desaparecida no es así tan sencillo y más cuando puede haber tanta posibilidad de encontrarla muerta, pero gracias a Dios en el caso mío creo que yo fui la excepción, y me encontraron viva después de tantos años de haber estado por allá guardadita, porque yo no quería que me encontraran”.

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