Varios alimentos producidos por campesinos de 12 municipios de Norte de Santander y uno del Cesar surten hoy a grandes superficies, como almacenes Éxito. Un esfuerzo titánico de los labriegos en medio del conflicto y las precarias vías para sacar los productos.
30 de mayo de 2023
Por: Equipo Vorágine / Ilustración: Camila Santafé

Tomate. Cebolla ocañera. Pimentón. Habichuela. Aguacate. Fríjol. Limón. Maíz. Pepino. El 21 de agosto de 2018, varios campesinos del Catatumbo se esforzaron por llenar un camión con 6 toneladas de lo mejor que por esos días les había dado la tierra. Viajarían a Bogotá para asistir por primera vez a Expo Agrofuturo. Querían descrestar a todo el mundo.

El problema es que su stand en Corferias, de tres por dos metros, lleno de comida, rebosante de olores, no se parecía a ninguno de los que estaban cerca.

“Yo me sentía en el lugar equivocado. Nosotros teníamos la mejor cebolla y el mejor tomate pero nadie más había llevado productos, los otros stands eran como oficinas normales, con modelos y whisky en cada mesa. Nosotros ni tarjetas de presentación teníamos”, recuerda Mauricio Yusti, gerente comercial de la Federación -Red- de Productores del Catatumbo y la provincia de Ocaña (Fedeprocap).

Hoy, Mauricio y sus compañeros en la federación sueltan una carcajada al reconstruir la anécdota. Aunque cuando ocurrió no fue gracioso. Habían conseguido un espacio en la feria más grande del sector agropecuario en Colombia, con 500 expositores, 200.000 visitantes y unas proyecciones totales de negocios por más de 4 millones de dólares con compradores nacionales y de Brasil, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela. Pero ellos eran muy inexpertos, hoy lo reconocen. Les hablaban en un idioma completamente desconocido. No sabían de los ciclos de producción. Tampoco de costos de logística o de fletes. No pensaban en toneladas y grandes volúmenes, sino en kilos.

“Así fue como aprendimos que cuando se habla de ruedas de negocios, a ese nivel, no se llevan muestras. Se llevan fichas técnicas. Pero nosotros no teníamos idea de qué era eso -explica Yusti cuatro años y medio después, en una cafetería de Ocaña, Norte de Santander-. Recuerdo que pasó el ministro de Agricultura de entonces, imagínese, y nosotros habíamos montado una plaza de mercado en Corferias. La gente nos miraba rarísimo”.

Al final de la Expo Agrofuturo de 2018 no cerraron ningún negocio. “Y gracias a Dios, porque la hubiéramos embarrado”, admite Mauricio.

Cinco años después, Fedeprocap es una de las organizaciones de segundo nivel más sólidas del sector agropecuario colombiano: reúne a 34 asociaciones de primer nivel que a su vez agremian a 2.300 productores de toda la región del Catatumbo, muchos de ellos víctimas del conflicto armado, y ha logrado que lo que cultivan sus campesinos llegue a los almacenes Éxito, Olímpica, Ara y Megatiendas en ciudades como Barranquilla, Cúcuta, Medellín y Cartagena.

El cultivo de la paciencia

Para que el aguacate que usted acaba de comerse en una ensalada o como acompañamiento de un ajiaco llegara a su mesa tuvieron que pasar por lo menos cuatro años de cuidado paciente a una planta.

Él árbol de aguacate nace en un vivero, donde pasa aproximadamente doce meses, y después de ser trasplantado se demora en dar sus primeros frutos al menos tres años. Luego ofrece una, máximo dos cosechas al año. Requiere de un mantenimiento constante, con riegos milimétricos que deben espaciarse entre seis y ocho días para no saturar el suelo y que la humedad no le produzca enfermedades a la planta, y con podas, también milimétricas, para que no crezca tanto (lo ideal es que no sobrepase los tres metros).

—¿Y qué hace usted los otros ocho o diez meses del año? —le pregunto a Wilmar Rangel, presidente de Fedeprocap.

—Tenemos que tener otros cultivos, yo lo roto con maíz y fríjol. Y a veces también con tomate y con uno que es de ciclo más corto como la cebolla, cuando los insumos y las semillas no están muy caros.

Wilmar es un campesino del corregimiento de Guamalito, municipio de El Carmen, en Norte de Santander. Es moreno, usa gafas y siempre viste botas para caminar montañas. En su finquita de 6 hectáreas, que es la misma donde todavía viven sus padres, tiene 2 hectáreas de la variedad Lorena de aguacate, un fruto de 800 o 900 gramos, grande, de piel muy lisa y muy delgada, verde brillante, que solo se da en terrenos que están entre 550 y 1.300 metros de altitud. A diferencia de los aguacates de cáscaras gruesas -como el Hass-, el Lorena o papelillo es de maduración rápida y por eso no sirve para exportación.

La finca de Wilmar y su familia se llama El Mirador, y la verdad es que no podría tener mejor nombre porque desde allá, en lo alto de una colina, lo que se observa parece un cuadro: al frente, el terreno escarpado está lleno de pequeñas montañas pintadas con distintas tonalidades de verde que parecen triángulos equiláteros, de ángulos perfectos, superpuestos uno tras otro.

Hace cuatro años él llevó hasta allá 400 plántulas de aguacate de la variedad Lorena que compró en un vivero certificado. Cada una le costó entre 7 mil y 8 mil pesos. El terreno donde las resembró no podía ser muy arenoso ni muy arcilloso, y debían estar separadas entre sí por 6 o 7 metros de distancia.

—Eso de la distancia es para instalar el sistema de riego y que funcione más eficientemente, porque en otras partes del país puede llover constantemente, pero aquí en la región del Catatumbo a veces tenemos veranos tan prolongados que nos tocan hasta seis meses sin lluvias —asegura.

En el proceso, los árboles se pueden estresar porque hay cultivadores que no esperan al final de la cosecha y fuerzan un nuevo florecimiento, sin darles el tiempo que requieren para crecer sin presiones. Wilmar ya sabe que los frutos se forman entre noviembre y enero, que entre mayo y agosto puede recogerlos y que luego deben descansar un mes, con cuidados especiales.

—Yo creo que poca gente es consciente de ese esfuerzo. Es una tarea muy larga, en la que es fácil equivocarse. Pero eso sí, créame que yo vivo enamorado del cultivo porque si uno está ahí, cuidándolo, ese árbol es muy agradecido. Uno les va cogiendo mucho amor a esas plantas.

Para cultivar aguacate hay que cultivar primero el arte de la paciencia, pero una vez los árboles empiezan a dar sus frutos, y si detrás hay cariño como el que este campesino siente por los suyos, pueden tener una vida útil de hasta 25 años.

Wilmar nació hace 41 años en El Carmen, un municipio de casi 12.000 habitantes que ya no tiene para dónde crecer en su casco urbano, está como metido en un hoyo, conserva algunas calles empedradas y tal vez se cuente entre los más viejos de Colombia. Terminó su bachillerato con esfuerzo todos los sábados, y luego estudió una tecnología en Gestión de Empresas Agropecuarias e hizo una especialización en extensión rural. “Todo en el Sena. Allá ya estoy vetado, no me dejan hacer más cursos”, dice entre risas.

Además de ser el presidente de Fedeprocap, es el fundador y representante legal de la asociación de productores de cebolla de El Carmen (Asprocema), que hoy tiene cerca de 100 miembros y fue la primera de su tipo en el municipio. Esa inspiró a otras y hoy en El Carmen hay 17 asociaciones de campesinos que se han unido para sacar adelante cultivos y proyectos productivos con la miel, el aguacate, el maíz y el fríjol.

Cómo si le sobrara el tiempo, Rangel también es el vicepresidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda donde vive y está certificado por el Ministerio del Interior como consejero de paz del municipio. Es un defensor de derechos humanos, un líder social nato. Tal vez por eso, varias veces le han hecho ofertas laborales en Medellín y Bogotá, que le significarían más tranquilidad y mejores ingresos (su trabajo en la federación es voluntario, no está remunerado). Pero él siempre ha preferido quedarse en su terruño, al lado de sus cultivos.

Cuando le picó el bichito de las ganas de asociarse, año 2004, la guerra estaba en su apogeo y el Catatumbo era uno de sus escenarios principales. Desde los años 70 esta región ha padecido de forma ininterrumpida -y simultánea en la mayoría de las ocasiones- al ELN, el EPL, las Farc, numerosas arremetidas paramilitares, ejecuciones extrajudiciales cometidas por miembros del Ejército, y ahora organizaciones criminales como el Clan del Golfo. Y siempre, siempre ha sufrido de algo aún más grave: el abandono del Estado. De acuerdo con el Registro Único de Víctimas (RUV), todos esos actores han dejado en la región por lo menos 130.600 víctimas.

“Sí, muchísima gente se tuvo que ir del pueblo, de las tantas cosas que hubo. Durante mucho tiempo, aunque usted viviera en el pueblo o en el campo, no podía movilizarse después de las seis de la tarde”, cuenta Wilmar parco, un poco seco, con un gesto de no querer entrar en mayores detalles. Lo único que agrega es que no se reconoce como víctima directa de la violencia. Y al acompañarlo durante un par de días algo queda claro: es tanto el reconocimiento, el respeto y la confianza que hoy genera su figura, que va y viene de un lugar a otro tranquilo, sin que nadie lo moleste.

Maratón de obstáculos

En todo caso, la violencia no encabeza la lista de obstáculos que Wilmar y Mauricio han debido sortear para sacar adelante el proyecto de unir a su región alrededor de distintos cultivos.

Para ellos hay otros problemas que ahora resultan mucho más decisivos.

Mauricio Yusti nació en el municipio de Cáchira hace 42 años y en otra vida, dice, intentó tener cultivos de maracuyá, tomate y habichuela, que abandonó “porque cuando no se tiene la cadena de comercialización asegurada eso no resulta rentable”.

Según él, los cultivos cada vez son menos productivos por el cambio climático, porque la mayoría de las vías secundarias y terciarias para sacar los productos de las veredas hasta los principales centros de acopio, como Ocaña, aún son trochas intransitables, y porque falta mucha inversión en tecnología e investigación y no hay asistencia técnica para los campesinos. “No podemos seguir sacando las semillas del mismo cultivo porque así este va perdiendo calidad y el futuro cultivo se hace menos competitivo”, explica.

Los suelos de Cáchira, por ejemplo, tienen un potencial enorme para producir cítricos, pero como estos son más delicados a la hora del transporte, y no aguantan el maltrato al que se ven expuestos por el estado de las vías, muchos campesinos no los cultivan. Con el aguacate pasa lo mismo. “Hay algunas zonas en las que están sembrando sin mucho conocimiento y luego echan el aguacate en un bulto y al bajarlo, pues llega hecho guacamole”.

Mientras Wilmar estudiaba en el Sena, Mauricio estudiaba en la universidad de la vida, trataba de sacar adelante una papelería (fue el “loco” que llevó Internet al pueblo, en 2008) y oía quejarse a sus vecinos y amigos porque a veces perdían cosechas enteras.

“Muchos de los transportadores que le reciben la carga al productor y la llevan a una central de abastos a venderla ya pudieron enviar a sus hijos a la universidad y han comprado hasta tres o cuatro camiones, pero la gente que cultiva sigue en las mismas, igual de pobre. Y los hijos jóvenes de esas familias, al ver que eso ocurre, deciden irse a probar suerte a la ciudad o terminan metidos en cultivos ilícitos”, afirma Mauricio.

“Siempre me ha parecido imposible que los campesinos sepan que el camionero vende a 20 mil y les paga solo 10 mil por su producto, y no puedan hacer nada”, dice. Esa realidad lo llevó, en 2016, a impulsar la primera asociación de productores de cítricos y frutas del Cáchira. “¿Con qué estudios? Ninguno. Pero sí con años de experiencia, la que por lo menos me ha dado perder el miedo a ofrecer un producto”.

Poco a poco, y con el viento optimista que trajo la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc, la región se empezó a llenar de asociaciones así, concebidas por campesinos curiosos y cansados de lo mismo, como Wilmar y como Mauricio. Entre esas organizaciones están las de productores de cebolla, café y cacao de San Calixto; las mujeres víctimas de la violencia de La Playa de Belén, Convención, Teorama y La Esperanza; los productores de cebolla, tomate y frijol de Ábrego; los piscicultores de El Tarra; los agricultores de Hacarí, El Carmen y Ocaña. Y los de Río de Oro, que aunque no está en Norte de Santander sino en el Cesar, se sienten del Catatumbo.

El empujón final para crear la organización de segundo nivel y convertirse en Fedeprocap se los dio la Asociación de Municipios del Catatumbo, la provincia de Ocaña y el sur del Cesar (Asomunicipios), que les ofreció ayudarlos a constituirse legalmente, lo que ocurrió el 28 de febrero de 2018.

Su primer despacho como federación que agrupa a varias asociaciones lo hicieron casi dos años después, el 5 de agosto de 2020. Fue a Frubana, una empresa tecnológica que actúa como intermediaria entre los agricultores y los restaurantes de varios países. La negociación había comenzado en mayo pero a Fedeprocap le costó codificarse -palabra básica y mágica en el glosario de los productores, que indica que entregan todos los documentos que los certifican como una empresa que puede hacer negocios-. Al final, enviaron tres toneladas de cebolla, pepino, pimentón, maracuyá y habichuela a Barranquilla.

Para los productores del Catatumbo, Medellín y Bogotá son las plazas más difíciles, por las distancias, por el estado de las vías y porque allá sus alimentos no son competitivos en precios. Cuando el viaje es para esas ciudades es mejor cargar mínimo siete toneladas que enviar unos pocos kilos, para no perder el costo del flete. El problema es que muchas empresas les piden solo 1 o 2 toneladas y para los campesinos del Catatumbo eso no es negocio, sino pérdida.

Además, se quejan de que algunos de los almacenes o proveedores que les compran tienen fichas técnicas muy exigentes, “y a veces, si por azar revisan una canastilla donde viene un solo pimentón rayado, una cebolla sin el diámetro exacto que piden, un tomate al que se le coló un gusanito por el calor, o la fresa que está unos centímetros más grandes de lo previsto, devuelven la carga completa”, asegura Mauricio.

“Claro, hay que hacer un esfuerzo por producir con la mejor calidad, pero a veces el mercado es muy exigente y yo no puedo decirle a un campesino que solo le voy a comprar cebollas de 90 o de 100 gramos porque son las únicas que me aceptan en el momento de venderlas”, agrega. “Con las anécdotas de las veces en que las grandes superficies nos han devuelto productos podríamos ya escribir un libro”.

También sufren por la competencia del contrabando de cebolla roja peruana. Wilmar ya perdió la cuenta de las veces que ha enviado cartas al Ministerio de Agricultura para que por favor tome medidas que frenen de forma efectiva la inundación del mercado nacional de cebolla roja peruana que “no cumple con los requisitos de calidad y llega a precios muy bajos”, lo que deja en total desventaja a casi 6.500 familias del Catatumbo. En 2018 el contrabando de cebolla peruana hizo que los cultivos en Norte de Santander disminuyeran a menos de mil hectáreas. En 2021, Wilmar incluso llegó a escribirle al Consejero Presidencial para la Estabilización y la Consolidación del gobierno de Iván Duque, Emilio Archila, para que les ayudara, dado que varios cultivos de cebolla roja ocañera sustituyeron cultivos de hoja de coca.

Y está el problema de la exigencia de la factura electrónica. Los campesinos que venden por su cuenta y muchas asociaciones no tienen cómo comprar y sostener un software cuya sola instalación puede valer entre 5 y 7 millones de pesos. Por eso también vale la pena trabajar en conjunto y hacer parte de organizaciones de segundo nivel como Fedeprocap, que compran y ofrecen el servicio por unas cuotas mínimas anuales.

—Hace un tiempo la Gobernación de Norte de Santander contactó a algunas asociaciones para vender 12 toneladas de cebolla, pero como no tenían ese software empresarial nos tocó hacer la negociación como federación. Pedirle eso a una asociación pequeña o a un campesino es imposible —afirma Wilmar Rangel.

—¿Y el Estado? ¿Ha aparecido para apoyarlos?

—Muy poco. Y pues los primeros estímulos llegaron de agencias de cooperación (Usaid de Estados Unidos, GIZ de Alemania y el Gobierno de Japón) —complementa Mauricio Yusti.

Salvar la tierra

El olor a cebolla impregna toda la bodega. Todos los rincones.

Es miércoles. Son las 9 de la mañana y están por salir dos camiones cargados de cebollas ocañeras, de un color entre vino tinto y morado, más pequeñas y redondas que la cebolla cabezona blanca. Están regadas por todo el piso y despiden un olor ácido, astringente. Para quitarles fácilmente las cáscaras más sucias y embellecerlas, tres campesinos prenden un ventilador a pocos centímetros, lo voltean y manualmente comienzan a revolverlas. El destino de este cargamento es la capital del Atlántico.

Hace cinco años, la Corporación Regional Autónoma de la Frontera Nororiental (Corponor) le cedió a Fedeprocap una bodega en su sede de Ocaña, en comodato, para que la utilizara como centro de acopio de lo que producen los campesinos del Catatumbo.

Para llegar a una oficina improvisada en el segundo piso de la bodega hay que atravesar ese olor a cebolla. Allí está por comenzar una importante reunión entre Wilmar como presidente de la federación, algunos miembros de asociaciones de primer nivel, un representante de la Secretaría de Agricultura departamental y dos enviadas de la Fundación Salva Terra.

Salva Terra -creada en 2011- fue la puerta de entrada de los campesinos del Catatumbo al Grupo Éxito en 2019, con un cargamento de 3 toneladas de aguacate. Ese primer envío a esa compañía no lo hicieron a nombre de la federación sino de una asociación concreta de productores, Asofrucol, pero sirvió para sembrar la semilla de un proceso que luego ha dado importantes cosechas.

“Nosotros funcionamos con una especie de circuito que se mueve entre tres ejes: la consolidación de comunidades rurales, el programa Campesynos (para cerrar la brecha entre el pequeño productor y el cliente final) y la investigación y transferencia de conocimientos”, explica David Villegas, cofundador y director ejecutivo de Salva Terra. Gracias a este último ya tienen una ciudadela agrotecnológica en Marinilla en la que, entre otras cosas, investigan con microorganismos eficaces, tienen una biofábrica y ofrecen un diplomado en Agricultura Orgánica 4.0, en asocio con la Universidad de Antioquia.

Como Salva Terra ya tenía experiencia en el tema, en 2018 los llamaron de la Consejería para la Consolidación y Estabilización de la Presidencia de la República, para que apoyaran una intervención humanitaria en el Catatumbo. Villegas y su equipo encontraron así a una asociación de productores de El Carmen que habían sustituido un cultivo de hoja de coca por uno de aguacate, y lograron que el Grupo Éxito les comprara el fruto en Medellín, en 2019.

Eso permitió, además, que los alimentos producidos en el Catatumbo entraran a hacer parte de PaisSana, una marca de productos y servicios de víctimas, firmantes de paz, miembros de programas de sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, municipios PDET y ZOMAC.

Cuatro años después, mientras afuera empacan los costales con cebollitas ocañeras para despacharlos a Barranquilla, Salva Terra le presenta a Fedeprocap un nuevo proyecto, esta vez financiado por Google. La idea es que durante un semestre, 200 productores rurales de la región envíen 60 toneladas de alimentos cada mes a Medellín, donde el aliado comercial de Salva Terra, el Grupo Éxito, las recibirá para comercializarlas en sus almacenes. La fundación se compromete a pagarles en un plazo de 48 horas -a veces a los campesinos les pagan 30, 60 o 90 días después de haber entregado los productos-, mientras la empresa les paga a ellos.

Según Jéssica Andrea Cruz Quintero, coordinadora del proyecto Campesynos de Salva Terra, el siguiente paso será ayudar a los productores del Catatumbo a establecer alianzas con las tiendas Macro, los supermercados Euro y empresas como Postobón, que en sus plantas de Antioquia podrían recibir el producto que no es de primera ni de segunda calidad y que por eso no alcanza a llegar a las góndolas de las grandes superficies, para ser transformado en procesos industriales. Así podrían salvar, por ejemplo, cosechas de la piña perolera que cultivan en Teorama, que en los últimos años ha venido siendo reemplazada por piña Golden.

“Wilmar tiene un caparazón impresionante. Siempre está calmado. En cambio yo no, yo algunas veces llego llorando, con una presión altísima porque los campesinos de las asociaciones nos han dado su confianza y a veces nosotros como federación hacemos todo el proceso pero algo falla y pues igual tenemos que responderles”, relata Mauricio.

Y sin embargo, no le temen al desafío. Hace poco, Fedeprocap se codificó con un proveedor del Plan de Alimentación Escolar (PAE) en Cúcuta y también cerró un negocio con un operador logístico que le provee alimentos a las Fuerzas Militares en Santander y Norte de Santander.

“A mí eso me pone muy contento porque hemos roto el mito de que los pequeños productores no le pueden vender al Estado a través de procesos de compras públicas. Lo que pasa es que por ley esos proveedores deben comprar al menos 30% de productos locales, y eso sí se está cumpliendo ahora. Estamos rompiendo esquemas”, dice Mauricio.

Los próximos objetivos se ven un poco más lejos, pero ya están trabajando para conseguirlos: el primero es tener su propio centro logístico, de comercialización y distribución. “Es que no tiene sentido que yo envíe aguacate o cebolla a un centro logístico de Olímpica o del Éxito en la costa Atlántica para que esos productos regresen luego a Ocaña. Eso encarece los precios, hace que el producto pierda vida útil, demora los procesos”, señala Wilmar.

El segundo es crear una marca Catatumbo para todo lo que produzca la tierra en la extensísima y muy fértil región unida por un río que nace en Ábrego, pasa por los municipios de La Playa, Ocaña, Teorama, Convención, y sigue su camino cerca de Hacarí, San Calixto, El Carmen, Sardinata, El Tarra, Tibú y La Gabarra, antes de ir a desembocar en en Lago Maracaibo, en Venezuela.

“¿Usted se imagina la emoción, el orgullo del campesino si va al supermercado y ve su aguacate o su mango con un loguito que indique que fue cultivado en el Catatumbo? ¿Y se imagina lo que produciría eso en el consumidor? Haría que valore y entienda mejor que nos ha tocado muy duro, que mucha gente ha muerto o se ha desplazado por la violencia, pero no nos hemos rendido”, concluye Mauricio Yusti, el gerente de Fedeprocap.

Y está su última locura: diseñar un programa piloto para promover lo que quiere llamar turismo agrícola en el Catatumbo. “La idea es que por ejemplo alguien de Bogotá pague una cuota o suscripción para tener un árbol de aguacate aquí en el municipio de El Carmen, y que pueda venir cada año a verlo y así se establezca un vínculo entre el campesino y el consumidor. Así le enseñaríamos los cuidados que hay que tener con el cultivo y así empezaría a pagar de forma más consciente por lo que consume”.

La unión de 2.300 campesinos del Catatumbo está dando frutos. Hoy, un poco en chiste pero también muy en serio, Wilmar y Mauricio saben que la mayoría de sus productos componen perfectamente una buena ensalada. Les gustaría llamarla ocañera, pero aún no están seguros.

* Esta historia se realizó con el apoyo del Grupo Éxito.

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