La academia, en la tarea de encontrar antídotos contra la desinformación

Tres maestros colombianos reflexionan sobre su papel en la formación de futuros profesionales en periodismo en cuanto a sus habilidades para cumplir el principio mínimo del oficio: entregar información verificada y confiable a sus audiencias, aún en escenarios de inmediatez y donde los medios de comunicación tienen conflictos de interés.

5 de septiembre de 2022

Por Maritza Palma Lozano
La Cola de Rata

En 2019 RCN radio, RED+ y la Agencia Anadolu, entre otros medios, publicaron que el arquitecto venezolano Leonardo Nepa había ganado un concurso para reconstruir la catedral de Notre Dame. El portal de chequeo Colombiacheck verificó la información y encontró que esto era falso ya que el arquitecto “lo que ganó fue un concurso en una plataforma de freelancers", algo muy distinto.

En 2020 El Tiempo y la revista Semana difundieron publirreportajes en los que afirmaban que un suplemento dietario de lactoferrina, llamado Lactyferrin, podía ayudar en la cura y prevención del Covid-19, lo que también era falso, según Colombiacheck, porque la evidencia del laboratorio no demostraba tal efectividad en su producto. 

En abril de 2022, durante la campaña presidencial, Caracol TV aseguró en su noticiero en vivo que el exgeneral venezolano Hugo ‘el Pollo’ Carvajal, detenido en España, había declarado en contra de Gustavo Petro, pero la audiencia a Carvajal no fue ese día. Por eso, en la misma transmisión tuvieron que rectificar.

Recordando esas publicaciones, entre muchas otras que han desinformado, es necesario también volver la mirada sobre la academia. Por eso, RedCheq habló con tres maestros de distintas facultades de comunicación social y periodismo del país.

Carlos Rodríguez, docente e investigador de la facultad de comunicación en la Universidad de La Sabana, afirma en su artículo Una reflexión sobre la epistemología del fact-checking journalism que la desinformación“genera un impacto conductivo y cognitivo en el nivel micro (ciudadano anónimo) y en el nivel macro (opinión pública) permeando y polarizando en cuestiones clave y sensibles tales como los derechos humanos, el sistema democrático, la confianza en los poderes del Estado y la Administración pública”. Lo anterior implica que una equivocación o la falta de rigurosidad al momento de informar menoscaba el principio fundamental del periodismo: narrar las verdades, y en consecuencia afecta a sus audiencias.

Richard Millán, comunicador social, periodista y director del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales, admite que hay responsabilidad por parte de la academia porque “la fundamentación del profesional en comunicación y periodismo se hace en la universidad”. Explica cómo la academia en ocasiones se limita a proveer conocimientos, generando una sobreposición teórica y ausencia del ejercicio práctico que deja vacíos en las capacidades de los profesionales para resolver situaciones propias del ejercicio profesional. Situaciones como publicar información conveniente para algún actor a cambio de beneficios económicos, aceptar “la pauta estatal que tal vez lo lleve a callar o autocensurarse”, o aceptar lujos o comodidades a cambio de coberturas, indica Millán. Esto requiere que el periodista resuelva ese dilema “y lo resuelve si hay una buena formación desde la fundamentación disciplinaria”, detalla.

Millán explica que la rigurosidad con la que se ejerce el periodismo está ligada a la ética profesional, la autoexigencia, las exigencias de la empresa de medios y la consciencia que se tenga sobre la responsabilidad social del oficio. “La universidad no te va a resolver el problema ético, ni el problema de cómo asumes moralmente tu papel en la sociedad, no te va a resolver el problema de conocimiento absoluto desde la disciplina, la universidad es una provocadora precisamente del conocimiento”.

Desde la Universidad Javeriana de Cali, Violeta Molina Natera, doctora en educación, profesora de esa institución y directora del Centro de Escritura Javeriano, explica que existen varias razones que llevan a la difusión de información imprecisa o falsa, una de ellas la inmediatez, la cual “casi que obliga a publicar información sin verificar”. Otras razones que señala son la falencia en la formación algunas veces relacionada con “la falta de exigencia de algunos profesores”; la relación con el medio en el que se trabaja, ya que cuando la verificación de información no es una metodología de carácter obligatorio la “persona puede saberlo hacer, pero no lo ve como un requisito esencial en la entrega” de contenidos; y finalmente la saturación de información.

Molina Natera también menciona dos elementos contextuales que incumben a la academia: los cambios en el uso de fuentes y los impactos de la pandemia en las formas de aprendizaje. Detalla que hoy en día “se requiere aprender a enseñar cómo utilizar la(s) fuente(s) de información”, considerando los cambios entre el uso de fuentes de hace 10 años respecto a la actualidad. Y comenta que la pandemia “impactó las formas en las que se enseña y se aprende”, tanto durante el encierro del 2020 como al regreso presencial, lo que obliga a detenerse, mirar las transformaciones en la educación superior e identificar las particularidades de esos impactos.

En la Universidad de Cartagena, Germán Ruiz Páez, politólogo y docente universitario, cuenta que desde el programa de comunicación han tenido interés por comprender cómo hacer periodismo con los ciudadanos, ya que considera que esto de alguna manera está “librándolos de la mala información, la desinformación y la manipulación de la información” porque cuando son los ciudadanos los que tienen el control de la información y no los medios de comunicación, como sucedió durante la protesta social del 2021 en Colombia, la misma ciudadanía revela información necesaria que en otras manos es más fácilmente oculta o tergiversada. En este sentido, cuenta que “se hacen muchos ejercicios al respecto, trabajos, monografías de grado, inclusive hemos trabajado con periodistas locales para grupos de foco en entrevistas para entender qué piensan y por qué sería difícil involucrar a los ciudadanos en el proceso, que es lo que están haciendo en otras partes del mundo”.

Ruiz también aclara que en su universidad se esfuerzan “para insistirle a los estudiantes en que sean muy rigurosos en la verificación de la información y en el contraste de las fuentes”, pero cuando empiezan a trabajar en un medio de comunicación se atraviesan otras presiones como querer “conservar su puesto, conservar sus ingresos, su salario”, lo cual les obliga, a veces, a encauzar los contenidos, bajo determinados intereses propios de la gerencia del medio, donde no necesariamente se prioriza la veracidad de la información.

Para Ruiz, los retos del periodismo contemporáneo son otra preocupación que les está obligando como docentes a imaginar cómo incorporarlos en la formación. Aclara que estos retos no son únicamente de innovación tecnológica, también se trata de que en estos tiempos se vive “una manera distinta de comunicarnos, una manera distinta de relacionarnos que está rompiendo con patrones de poderes establecidos” y transformando las interacciones al interior de los medios, con las fuentes y las audiencias.

Concluye Ruiz que “como todo está cambiando, como la cosa es tan dinámica, nuestros estudiantes también vienen con unos pensamientos distintos” a la academia le corresponde adaptarse.

En ninguna de las tres universidades donde trabajan estos profesores hay una asignatura o electiva específica de verificación de datos o fact-checking, más bien es una metodología que involucran en otras asignaturas, semilleros o proyectos. En el caso de Cali, Molina indica que, aunque en la Universidad Javeriana “no se gradúan como periodistas sino como comunicadores, el trabajo de formación lo hacen a través de una asignatura” intensiva que involucra el rigor de la verificación de la información. En Manizales, Millán manifiesta que cuentan con tres semilleros en donde se aplica la metodología de fact-checking: uno en análisis de audiencias y contenidos, en el que han trabajado con Colombiacheck; otro con la MOE (Misión de Observación Electoral) y uno más sobre transparencia relacionado con hechos de corrupción. No obstante, “cuando llegan al campo de desempeño profesional hay otros asuntos exógenos que pueden llevar a que eso tensione tal vez la falta de rigurosidad”, advierte Millán.

Para que la academia promueva un periodismo más riguroso que no dé cabida a la difusión de información imprecisa o falsa, Millán considera importante disminuir la brecha que distancia a la academia del ejercicio profesional. “No hay suficientes puentes de conexión entre los que ya están haciendo medios, los que ya están haciendo periodismo y entre quienes están formando a los futuros periodistas”, señala. Además, le resulta fundamental que las universidades se preocupen por actualizar a quienes están por fuera ejerciendo la profesión.

“Si nosotros como academia nos preocupamos por formar al periodista en la toma de decisiones, para tener criterio suficiente y asumir la realidad de lo que es este oficio −que es un oficio de responsabilidad social permanente− uno diría que ha hecho la tarea”, concluye.

La desinformación es un problema de múltiples aristas al que hay que buscarle soluciones también desde diferentes frentes y la academia no es, como lo hemos visto, la excepción. También allí intentan adaptarse al cambio que ha supuesto el uso de las redes sociales en el proceso informativo.

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