La Chorrera, afectada por el coronavirus, necesita que se cuente su historia

El fotógrafo Federico Ríos hace un retrato de esta población a la que visitó hace siete años y donde se sospecha que el 70% de la población contrajo el virus. Fue un viaje fracasado que ahora cobra importancia. Una vaki por ellos.

Texto: Federico Ríos / Ilustración: Angie Pik

Los primeros tres días del viaje solo llovió. No era posible ni siquiera levantar la cámara. Había agua todo el tiempo, sin parar, navegábamos un río feroz en un pequeño bote de metal, sin capota y con el motor fallando, bajo un aguacero que parecía ser un diluvio épico, mientras tanto mis compañeros y yo abrazábamos nuestras cámaras debajo del poncho impermeable de cada uno, para intentar que no se mojaran los equipos. Allí empecé a pensar que todo el viaje sería un desastre, que había que abortar la misión y regresar con las manos vacías.

Para llegar a La Chorrera se toma un avión en Bogotá, el vuelo hace una escala en San Vicente del Caguán, Caquetá, allí, mientras el avión recarga el combustible, los viajeros suelen compran queso, dicen que es el mejor de la región. Entonces, al abordar de nuevo, los dos o tres bloques de queso que cada persona lleva deja el pequeño avión perfumado de un hedor lácteo reforzado por el clima caliente y el húmedo de la selva.

De  ahí se vuela hasta Araracuara, donde la pista de aterrizaje es una losa gigante de piedra natural en la orilla del río Caquetá, esa es la segunda escala. Allí se quedan algunos pasajeros y abordan otros, tendría que describirlo como una chiva voladora con muchas paradas en el camino. Despega de nuevo y aterriza en el corazón del Amazonas colombiano: La Chorrera.

La Chorrera es el mismo lugar en el que se encuentra la Casa Arana, desde donde se orquestó la terrible masacre de las Caucherías, esa en la que asesinaron a por lo menos  40.000 indígenas en medio de una brutal operación de explotación y extractivismo de caucho entre los años 1879 y 1912.

Con Carlos Augusto Jaramillo, editor de la Universidad de Caldas, amigo y socio, habíamos estado planeando el proyecto durante meses: viajar para hacer un libro sobre La Chorrera y el Amazonas. Ya habíamos conformado un equipo y contábamos con el patrocinio de Canon, que nos había puesto todas las cámaras y lentes soñados a nuestra disposición, y el amigo Jorge Villegas nos había dotado de morrales impermeables Dakine y accesorios Oakley.

Habíamos invertido un dinero en la producción del viaje y trabajábamos además con  dos indígenas locales que iban a acompañarnos y a guiarnos durante el viaje. ¿Qué podía salir mal? Casi todo.

Escampó y pudimos sacar nuestras cámaras, apuntar nuestros lentes a diestra y siniestra y ver, conocer, entender y probar a qué es que sabe el Amazonas salvaje. Sobre la selva, decía Werner Herzog en su diario Conquista de lo inútil, “los gritos de los pájaros —porque en este paisaje inacabado y abandonado por Dios en un arrebato de ira, los pájaros no cantan, sino que gritan de dolor— y árboles enmarañados se pelean entre sí con sus garras de gigantes, de horizonte a horizonte, entre las brumas de una creación que no llegó a completarse. Jadeantes de niebla y agotados, los árboles se yerguen en este mundo irreal, en una miseria irreal”.

Recuerdo todavía con dolor que al llegar a Puerto Arica, después de casi 15 días de navegación, mis piernas parecían piñas de las picaduras de zancudos, pero sobretodo porque se me habían pegado o trepado los aradores, unos ácaros diminutos que se entierran en la piel y que empiezan a trepar buscando zonas del cuerpo mas calientes. Les gusta atacar donde termina la media, e incluso prefieren detrás de las rodillas y, más aún, pareciera que les encantara estar pierna arriba, donde es más tibio y húmedo. No los juzgo, pero son insoportables. La piquiña es inmanejable y se van haciendo unas ronchas terribles de las que brota un líquido transparente pero que cuando se rascan se abren boquetes purulentos que se infectan. Solo una dosis de Ivermectina me salvó de los monstruos que me habitaban como huéspedes.

Marco Tobón, el antropólogo que viajaba con nosotros para escribir, ya llevaba para ese entonces varios años viviendo en el Amazonas y me dijo que no podíamos aparecernos en la maloca sin saber mambear, que por supuesto nos iban a ofrecer y que era inaceptable despreciarlo, pasaríamos una vergüenza y eso sería una ofensa que nos cerraría las puertas.

Así que me entregó su tarro de mambe, metí la cuchara y saqué la dosis que los había visto ingerir. Marco se apresuró a detenerme. Eso es demasiado para la primera vez, la puntica no más. Le hice caso. El mambe es un polvillo fino compuesto por cenizas de hojas de coca maceradas y mezcladas con cenizas de hojas secas de yarumo que los indígenas se ponen en la boca, bien sea en un cachete o bajo la lengua y lo dejan ahí.

Cada indígena carga su mambe y su ambil, una pasta amarga a base de hojas de tabaco, y cuando se encuentran dos indígenas en el río o en el camino, intercambian una cucharada de mambe y un poco de ambil. Pues me zampé yo mi pequeña cucharada de mambe y fue como si se me hubiera atravesado una rosquilla de harina en la garganta. No podía respirar, empecé a toser como loco, me faltaba el aire, intentaba tomar agua pero el polvo fino estaba en mis vías respiratorias y mis compañeros solo me miraban y se reían.

Esa sensación duró un rato, después aprendí a mambear y esa noche fuimos a la maloca a hablar con los mayores, entre ellos estaba el abuelo Manuel Zafiama, que nos ofreció su mambe, yo lo recibí con miedo, pero disimulé y estuve mambeando como un experto.

Días después, ya en el río durante el viaje, nos invitaron a una fiesta de pisada de maloka. Es una fiesta muy especial porque se reúne toda la comunidad para celebrar la construcción de una maloca nueva. La fiesta debe ser programada con mucha anticipación porque el anfitrión tiene el deber de ofrecer la bebida para todos los invitados durante la duración de la fiesta, que normalmente se extiende por dos o tres noches.  Entonces, hacer la fiesta significa cultivar, cosechar y procesar la caguana.

Al llegar a la fiesta cada invitado debe presentar como ofrenda una pieza de cacería: un mico, un ave, o algo digno de la celebración. Fue un momento memorable. Dentro de la maloca todos bailaban y cantaban canciones que han sido repetidas por cientos de años; todos, ancianos y niños, jóvenes. El atuendo no importa, puede ser la camiseta chiviada de la selección Colombia o un poncho de publicidad de las elecciones de turno. Nos integramos, nos enseñaron algunos bailes y algunas canciones, fotografiamos por tres días con sus noches sin dormir y al tercer día, terminada la fiesta, caímos exhaustos en nuestras hamacas.

Al siguiente día nos levantamos dispuestos a continuar nuestra travesía, empacamos las hamacas, alistamos el equipo. Revisé una y otra vez, no lo podía creer, empecé a sudar frío, con ese susto del que sabe la tragedia inevitable, busqué una y otra y otra vez más. Había perdido mis tarjetas de memoria, en donde se alojaban las fotos de todo el viaje. Más de 15 días de imágenes. Buscamos por todos lados, desempacamos todas las maletas y nada, ni rastro. Era un estuche pequeño, azul, como del tamaño de una billetera deportiva. Seguimos buscando, desandamos el camino de selva de la noche anterior, como un kilómetro de distancia desde donde habíamos dormido hasta el lugar de la fiesta. Nada. Cuando llegamos, los indígenas nos vieron la cara de angustia, les contamos, preguntamos a grandes y a niños, nada, nadie había visto nada. Pero de la angustia pasé al trance del duelo y la aceptación, pues nada, perdidas las fotos, a seguir, y ya cuando nos íbamos, una niña me extendió su mano, tenía mis tarjetas. “Señor: ¿esto es suyo?”, me dijo mirándome a los ojos. Y me entregó el estuche de las tarjetas.

Seguimos el viaje y el bote en el que íbamos -aunque pequeño- también tenía cupo para algunas personas de la comunidad que querían moverse. Remontar el río no es fácil y si se va lejos y no se tiene un motor potente puede ser cuestión de varios días. Allí conocimos a Irma Teteye, una mujer indígena muy tenaz. Irma había estudiado en la universidad y ahora era profesora, pero quería más, tenía esa voracidad que empuja a la gente y se esforzaba duro.

Nos pidió un aventón para ir a una comunidad cercana y accedimos a llevarla. En el camino conversamos y nos hicimos amigos, le interesaban la fotografía y el video como herramientas de campo y como ayudas didácticas para sus clases. Estuvo grabando un rato durante el viaje por el río con una pequeña videocámara roja de mano, la sacaba de su morral, la encendía y grababa la orilla, o el detalle del agua salpicando del bote, o el río enorme que parecía manso frente a nosotros, cuando de repente un golpe de viento se llevó su sombrero, Irma reaccionó rápido para capturarlo en el aire, pero en su reacción lanzó también su cámara, que voló por los aires y cayó en el agua, el río se la tragó como un león hambriento tragando un bocado pequeño de carne. No hubo más cámara y los ojos de Irma se llenaron de lágrimas. Ahora Irma vive lejos, en el Vaupés, en donde enseña biología a niños en colegios indígenas selva adentro.

Un mes de viaje. Partimos de La Chorrera, primero hacia el sur, bajamos durante dos semanas hasta Puerto Arica, y luego retornamos hacia el norte, pasando La Chorrera de nuevo hasta Santa Rosa. La Chorrera es el centro, el lugar de la familia Arana, caucheros y masacradores de indígenas que no habían podido pasar el chorro, es una garganta estrecha de roca que emboca el río por unos rápidos que serían infranqueables para cualquier embarcación, incluso pequeña. Ahí estaba nuestro reto. ¿Para qué fácil si difícil se puede? Y arrimamos el bote a la orilla, desembarcamos el equipaje, desmontamos el motor y empezamos a mover la embarcación desde la parte de abajo del chorro hasta la parte de arriba. Luis Bernardo Cano, Diego Sánchez, Marco Tobón, Jinel Teteye, Pedro Junior Firizateke y yo le metimos el hombro a los casi 500 kilos que pesaba esa lanchita metálica y empezamos a abrirnos trocha por entre la selva para rodear el chorro y superar los rápidos. Éramos como pequeños ‘fitzcarraldos’, pero nos veíamos mucho peor. Pasamos el bote, estábamos exhaustos, teníamos los hombros y las piernas destruidos y aun faltaba hacer el mismo recorrido varias veces más para pasar el equipaje, las cámaras y por último, el motor.

Un motor 40 que malfuncionaba de forma caprichosa, pero que teníamos que echarnos al hombro. Por la forma del motor no era fácil de cargar entre varios, entonces Pedro Junior, uno de los indígenas locales que nos acompañaba, sacó su fuerza titánica y se lo echó al hombro, él solo, quedamos atónitos; de repente Pedro echó a andar el camino, con el motor al hombro, cada paso sus piernas temblaban, pero seguía firme, entonces corrimos y empezamos a turnarnos el peso del motor en el hombro, nosotros dábamos si acaso 5 o 7 pasos con él, y luego lo pasábamos a otro, y a otro más, y luego llegaba de nuevo el turno de Pedro, que le metía por lo menos 50 metros y volvíamos a empezar. Cruzamos el bote y el equipo, dormimos esa noche en La Chorrera y al siguiente día continuamos nuestro viaje, todos con los hombros morados y las piernas molidas.

En el punto más al norte del viaje están Santa Rosa y San Francisco, unas comunidades alejadas de todo, en el corazón de la selva. Oímos que sonaba el maguaré, un instrumento tradicional de los Uitoto: dos troncos grandes, huecos que retumban grave y fuerte. El abuelo Julián Jocama tocaba el maguaré, por su aspecto calculo que tendría unos 80 años en ese momento, pero tenía una vitalidad impresionante. Golpeaba los troncos a un ritmo bestial. Al abuelo Julián lo encontraron en 2018 varios días después de que murió, solo y abandonado en su maloca.

Si entrar a la selva es difícil, salir de ella mucho más, uno se enamora, o se embruja dicen otros. Pero había que regresar. Tomamos la chiva voladora de regreso, aterrizamos en El Dorado y cada uno a su casa a descargar y editar fotos. Empezaron a pasar los días viendo el material y ahí vino la más dura de las lecciones: habíamos viajado durante un mes, teníamos todo el equipo fotográfico, la energía, el bote, la comida. Habíamos pasado un mes en el corazón de la selva, pero no teníamos historia, nos habíamos distraído tanto con la tecnología, con las cámaras, con las fotos lindas de los lugares más estremecedores que no habíamos construido una historia. No éramos más que turistas buscando fotos lindas de lugares hermosos. Pero no teníamos un reportaje, ni un proyecto y mucho menos un libro.

Tuvimos una seria conversación entre todo el equipo de trabajo: Luis Bernardo Cano, Diego Sánchez, Marco Tobón, Pedro Junior Firizateke, Ariel Mokema, Carlo Augusto Jaramillo y yo. Y decidimos que no había material para hilar una historia. Era un fracaso.

Así fue como el Amazonas me dio la lección de fotografía más importante de mi carrera. Ahora para mí tener una historia es más importante que el equipo fotográfico o el destino a visitar. Es la historia lo importante siempre, el hilo, el espinazo y el cuerpo; de otra forma se es un turista con cámara. Nunca volví a cargar tanto equipo, ahora entiendo qué lentes necesito para contar las historias que busco y que me interesan.

No tenía una historia que contar, hasta hoy, siete años después y muchas fotos han pasado por mis ojos y me doy cuenta que ahora La Chorrera y su gente necesita que se cuente lo que está sucediendo allí.

En La Chorrera se sospecha que el 70% de la población tiene coronavirus. Ya han muerto varios abuelos, los pueblos Uitotos, Ocainas, Muinanes y Boras están en grave peligro. El coronavirus llegó, a pesar de que solo se puede llegar allí en el avión que aterriza una vez a la semana o navegando 25 días desde Leticia, pero no ha llegado la energía eléctrica y el precario puesto de salud sobrevive casi de forma milagrosa.

Entonces, convocado por Laura Campos, una periodista y compañera de viajes, doné mis fotos de esa travesía, me metí la primera cucharada de mambe a la boca y escribí esto desde el corazón, esperando que encontremos solidaridad con un pueblo indígena que el gobierno ha abandonado sistemáticamente, como a los afro y a todo lo que en el país sea periferia. Ahora nos toca a nosotros ponernos la mano en el corazón y en el bolsillo para proteger a nuestros hermanos. La forma de apoyar es aportar en esta pequeña Vaki creada por la Asociación Zonal de Cabildos y Autoridades Tradicionales de La Chorrera (Azicatch), por lo menos, para comprar paneles solares que garanticen el funcionamiento de las instalaciones de salud.

Link de la Vaki: https://vaki.co/vaki/lachorrera

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