La vida del colombiano que decidió quedarse en Wuhan

La historia detrás del visionario caleño que no se montó en el viaje de repatriación de película que organizó el Gobierno desde la ciudad donde se propagó el covid-19

Por: Pacho Escobar / Ilustraciones: Morphart

El ministerio de Defensa preparó un avión Boeing 767. Seleccionaron a sus 11 mejores profesionales para volarlo. La Cruz Roja también montó a un cuerpo médico de siete personas. A la aeronave la dividieron en tres sectores: tripulación, médicos y pasajeros. Hasta en las llantas le rociaron peróxido de hidrógeno para descontaminar. El primer vuelo hasta Illinois duró 5 horas y 40 minutos. Antes de partir hacia su segunda parada en Alaska, el propio presidente Iván Duque les agradeció a los enviados por participar en el plan. Descansaron unas horas. Mandaron fotos con sus uniformes de combate. A las 6 menos 20 prendieron motores hasta Seúl. Los recibió Juan Carlos Caiza el mismísimo embajador de Colombia en Corea del Sur. Banderas, aplausos y ovaciones se vieron, se escucharon. 

Mandaron un mensaje de aviso a las personas que iban a rescatar para que estuvieran listas. Tres horas más tarde arribaron a su destino y subieron a los 14 colombianos que se decía estaban en alto riesgo. Emprendieron la ruta hacia la India. Recargaron combustible y volaron hasta España. A las 10:45 de la noche aterrizaron en Colombia. Una periodista logró comunicarse con el piloto. Él dio fe de que la operación había sido un éxito. Primicia, titularon en un noticiero. Exclusivo, se leía en otro. El ministro llamó directamente al presidente Duque para darle parte de tranquilidad.

No se trataba de rescatar a unos compatriotas de una guerra. Nada de eso. Era la operación “Regreso a casa”. Todo el aparataje se realizó para traer a 14 colombianos. Al parecer sus vidas corrían riesgo. Ellos residían en Wuhan (China). La ciudad donde se presentó el primer caso de covid-19. La misión se dio entre el 22 y 23 de febrero de 2020. 

Sin embargo, no eran 14 sino 15 los colombianos registrados en esa ciudad. Pero uno de ellos prefirió quedarse. Para él, la pandemia ya se había controlado en Wuhan. 

“No quiero contagiarme y considero que si el virus llega a Colombia sería un problema muchísimo más grave de lo que es ahora aquí en China. Acá me siento muchísimo más seguro. Acá, si llego a contagiarme, ellos cubrirían todos los gastos, la universidad me apoyaría en todo momento y los diagnósticos están muchísimo más avanzados, los tratamientos son mucho más efectivos”, dijo. Un visionario.

En Colombia lo tomaron como un adelantado. Como un muchacho inteligente. Como una persona llena de sensatez. Prudente. Y todo indica que es eso, un chico pragmático. Su nombre, Néstor Julián Vélez Grisales, 20 años. 

Un recuerdo se le quedó grabado a Julián para siempre en las calles del barrio Alfonso López, en Cali. Su abuelo, un maestro de obra, tomaba una carreta (de aquellas de mano, hechas en hierro y con una sola rueda), montaba a Julián y a su prima para llevarlos hasta la ferretería. Por el camino los dejaba manejar imaginariamente esa camioneta de ilusiones, compraba un encargo de bultos de cemento, subía a los niños de nuevo a ese trasto de hierro y se regresaban empujando y cantando como si hubieran ido a un parque de atracciones. Ya en casa esperaba a su mamá, que por esos días vendía chance a ver si la suerte les cambiaba. También a su papá, a quien hasta hoy considera su MacGyver, como el personaje de la serie gringa, porque arreglaba lo que se le atravesara, pero sin la navaja suiza, tan solo con los recursos de quien nació ingenioso. 

Julián solo jugaba con sus primos en el antejardín y con un amiguito que vivía al frente de su casa donde la salsa se escuchaba al fondo cual banda sonora sin importancia. Más tarde lo sería. La calle nunca fue lo suyo. Le gustaba quedarse mejor en su hogar, hacer tareas e imaginar su posible futuro. También lo soñaba cuando se levantaba a las 5 de la mañana para acompañar a trabajar a su papá. El hombre tenía un motocarro, que  por encargo debía llenar de fibras y resinas con el fin de dejarlas en diferentes almacenes de la región. En ese vehículo hechizo Julián hizo sus primeros largos y únicos viajes. Yumbo, Cerrito, Palmira, fueron sus destinos. Más tarde la vida se puso más dura, aunque no importaba porque Luis Alberto ‘MacGyver’ Vélez también era capaz de levantar una pared, estucar un cuarto, poner baldosas, instalar baños y cuanto trabajo de construcción le saliera. Su ídolo. 

Tal vez la disciplina en los estudios el pequeño Julián la heredaría de Mary, su mamá. Un día ella lo encontró muy tranquilo junto a un compañerito de la escuela dispuestos a jugar, a ser niños, a disfrutar del deber cumplido después de hacer tareas. Pero una hoja del cuaderno de artística estaba en rojo. La profesora le había puesto a Julián la nota más baja por haber hecho unos garabatos en lugar de dibujar líneas uniformes. Mary paró el juego, lo sentó y le pidió repetir la tarea una docena de veces, porque si su único compromiso era estudiar, lo debía cumplir. ‘Es lo único que te podemos dejar, el estudio, es tu herencia, Julián’, le dijeron sus papás. Frase bella que en la mayoría de los hogares se repite, porque pocos nacieron en cunas cubiertas de privilegios.

Julián no fue el mejor de su clase en el colegio, pero sí el más cumplido. Incluso, el más interesado en prácticas no tan menores. Entre sexto y décimo grado en el Instituto Nuestra Señora de la Asunción puso todo su empeño para aprender mandarín. El sol pareció más claro cuando llegó un profesor nuevo. El hombre les contó a sus alumnos que había estudiado cinco años en China con el alivio de una beca y que si querían también podrían aplicar. Ese mismo día Julián sentó a sus papás y resuelto les pidió que lo ayudaran con este proyecto de vida. Tenía 17 años.

A algunos colombianos, quizá muy pocos, les parecerá que ocho millones de pesos no son mucho, pero para la familia de Julián ahorrarlos no era tarea fácil. Eso costaban los pasajes. No eran días con el viento a favor, su papá la luchaba para ganarse el jornal, los gastos estaban a ras y el plato no estaba para palillos chinos. La suerte, o mejor aún, el persistir trae sus premios. En 2016 Luis Alberto logró que familiares le ayudaran a conseguir un empleo en Chile. Fue el primero en partir. Allá, cuentan, en una fábrica de manufacturas dobló sus jornadas para poder comprar los tiquetes de su hijo hacía Oriente.

 

El 11 de febrero de 2017 Julián viajó junto a su mamá hacia Bogotá para presentar el examen HSK en el Instituto Confucio. Pasó la prueba con una buena calificación y procedió a aplicar a la beca para estudiar negocios internacionales en Zhongnan University of Economics and Law, ubicada en la ciudad de Wuhan. Estaba solo en su casa el día en que el profesor que le recomendó estudiar en China le escribió y le dijo que su aplicación había sido exitosa. Julián lloró solo en su habitación, más tarde se pudo comunicar con sus padres. Lloraron juntos.

A Julián muy poco lo ha descrestado Wuhan. Llegó al complejo universitario donde le asignaron una habitación amplia con todos los servicios. También un rubro mensual de 2.500 yuanes, algo así como 1 millón 300 mil pesos. Era octubre de 2017. Le causó curiosidad la cantidad de bicicletas en la calle y el servicio público de alquiler de este medio de transporte. En menos de un mes era fácil ubicarse, pero muy poco salía de la universidad.

Aunque Julián aclara que Wuhan es una ciudad que en China se conoce como de segundo nivel, sí podría decirse que su desarrollo está por encima de las principales ciudades de Colombia. Es más grande que Bogotá, tiene 11 millones de habitantes; sus líneas de metro tienen trenes de alta velocidad; su aeropuerto es tres veces más grande que El Dorado y es uno de los más modernos del mundo; tiene las compañías de mayor capacidad para instalar vías férreas de última generación; paradójicamente, han tratado de que la mayor cantidad de gente se mueva en bicicletas, pero la ciudad tiene cinco ensambladoras de automóviles que pueden producir casi dos millones de vehículos al año; la construcción de microprocesadores es otro de sus fuertes junto a las empresas de bioseguridad.

El 23 de enero del 2020 las autoridades de esa ciudad pusieron en marcha un aislamiento preventivo obligatorio debido a la propagación del covid-19, por esos días se contabilizaban en todo China 7.711 casos confirmados, 4.586 en Wuhan. Aunque se podía salir a la calle para proveerse de lo esencial, la universidad donde estudia Julián dispuso un control estricto para que los estudiantes no tuvieran que desplazarse por fuera del campus. Por ejemplo, el joven colombiano reportó un leve malestar de gripa y los médicos lo monitorearon 24/7 un par de días. Así mismo el mercado para preparar sus alimentos se lo llevaban hasta la puerta de su habitación. Para distraerse y ejercitarse pusieron horarios de dos horas en la tarde y otras dos en la mañana en sitios específicos de la universidad.

Julián da fe que todos los medios de comunicación de Wuhan informaban de manera oportuna y clara frente a lo que estaba sucediendo. Lo mismo pasaba con el acceso a las redes sociales. Todo indica que nunca se dejaron llevar por el pánico. Tal vez por eso fue que el caleño prefirió quedarse cuando las autoridades colombianas le ofrecieron subir al avión del rescate.

Durante esos días el colombiano se dedicó a estudiar más el idioma. También a atender medios de todas partes por haber tomado la sensata decisión de no regresar. Incluso con ayuda de su novia china, Panda, aprendió a cocinar varios platos de la gastronomía de esa región del país, pero fusionándolos con los sabores colombianos. Su pequeña cocineta parece la de una familia caleña: café, leche, chocolate, arroz; en la nevera pollo, carne de cerdo, pimientos verdes, frutas.

Pasaron ocho semanas y Wuhan finalizó el aislamiento obligatorio. Incluso, relata el jovencito, el resto del país estaba abierto para viajar por trabajo o turismo. “Fueron los propios chinos los que en algunos momentos se aislaron, pero no era norma”, recuerda. De hecho hace poco viajó en tren por un par de ciudades que quería conocer y que según sus posibilidades se podía costear. A pesar de que no todo ha llegado a la normalidad, Julián da cuenta de que el uso del tapabocas ya no es obligatorio, pero muchos chinos lo utilizan de manera preventiva.

Algo que sorprende de este chico de 20 años, además de su pragmatismo, es su sentido crítico. Aunque después de cada una de sus intervenciones se disculpa y dice que no es un experto, habla desde la experiencia de estar donde todo empezó. Incluso, vive al tanto de los medios en Colombia y se atreve a decir que Duque y su gobierno no han manejado a la altura la pandemia. Recuerda el titubeo para cerrar fronteras y aeropuertos, además cree excesiva la exposición en medios del presidente cuando en China los que salían eran los expertos y jamás los mandatarios.

Y va más allá. Él, que vio a su papá, al que no abraza desde 2016, trabajar de 5 de la mañana a 10 de la noche para ganarse un poco más del salario mínimo, se aterra cuando le dicen que algunas EPS en Colombia cobran $70.000 por una prueba de covid-19. “Setenta mil pesos, imagínese, los ricos tienen para pagar eso, pero a muchos les es muy difícil conseguir esa plata”, dice con voz serena pero segura. Al tiempo, se va lanza en ristre contra este y todos los gobiernos anteriores por haber dejado que ese cáncer llamado corrupción hiciera metástasis en todas las instituciones del país.

Así mismo, trata de desmitificar el imaginario que en medios occidentales se ha buscado legitimar sobre un imperio comunista. Por ejemplo, las supuestas restricciones a medios y redes sociales. Julián quisiera que Colombia pudiera crear sus propias compañías de redes sociales y que sus creadores y el Estado fueran los que recibieran todas las ganancias que quedan en manos de las compañías de otros países como Google y Facebook. De tal suerte que explica: “Es que acá no hay acceso a Facebook porque para eso los chinos crearon una red que ofrece lo mismo, pero sus ganancias quedan en el país y se invierten acá. Yo utilizo las redes sociales occidentales y las de China y puedo decir que las de este país son mejores: el Facebook de acá se llama Weibo; el Google es Baidu; el WhatsApp es WeChat, y el YouTube es Youku. Tenemos todo. Ahora se inventaron Tik Tok y ya Estados Unidos lo quiere comprar”.

Respecto de acceder a medios y redes occidentales asegura que lo puede hacer sin ser cuestionado por las autoridades chinas, tan solo debe utilizar un VPN, que es una red privada virtual, las cuales no están restringidas en ese país y son de uso común. “¿O por dónde cree que estamos hablando?”, pregunta y se ríe. Y vuelve a repetir que ojalá muchos de los avances y determinaciones que se realizan en China se pudieran hacer en Colombia.

Néstor Julián Vélez Grisales quisiera quedarse un poco más en Oriente, le queda un año más de estudios en China. Dice que desea aprender más cosas y ponerlas en práctica en su país. Habla de quien nació humilde y sigue siendo humilde, pero también con la seguridad de quien estuvo donde nació la pandemia más terrorífica del último siglo y prefirió quedarse porque sabía que allá la iban a controlar mejor que en Colombia, como sucedió.

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Acerca del autor

Pacho Escobar
Pacho Escobar es comunicador social de la Universidad del Cauca. Realizó un posgrado en Periodismo en la Universidad de los Andes. Trabajó como estratega en la campaña a la presidencia de Antanas Mockus. Estuvo en los primeros dos años de la revista digital Kien&Ke. Trabajó durante los primeros tres años de la revista digital Las 2 Orillas. Trabajó en el proyecto periodístico Pirry Sin Censura, del Canal RCN, su contenido digital fue merecedor del Premio India Catalina. Trabajó tres años en La W (W Radio) como su editor web. Hoy es uno de los cofundadores de Vorágine. A Pacho Escobar lo levanta preguntar y lo desvela escribir.
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