La vocación frustrada y el abuso incesante

Luisa era estudiante del colegio San Marcos y monaguilla de la parroquia que lleva el mismo nombre en Envigado cuando conoció a John Mario Cardona Pulgarín. Luisa fue abusada durante cuatro años por el sacerdote.

12 de septiembre de 2022

Por: Equipo Vorágine #BajoReserva

«Una muerte», así define Luisa el abuso que padeció, siendo todavía una niña, por cuenta del sacerdote John Mario Cardona Pulgarín, ya fallecido. Una muerte en vida, una agonía insufrible que, como la atormentada Hécuba en el infierno de Dante, la mantiene deambulando por un purgatorio, batallando contra fantasmas y traumas, y sin asomo de redención.

Aquel episodio le arrebató su inocencia, su infancia, y la transformó.

«Yo aquí sigo tratando de volver, de resucitar, de rescatar lo poco que queda de las ruinas». Un esfuerzo en el que camina sola, burlada por quienes protegen a su abusador.

En los archivos secretos de cada diócesis reposan las denuncias por abuso sexual infantil contra los sacerdotes. La mayoría de los sobrevivientes de ese crimen son monaguillos muy pobres y huérfanos, pero también niñas, como en el caso de Luisa.

Cuando ocurre la violación y la familia de la víctima decide denunciar, se acude, en primera instancia, a la Arquidiócesis. Normalmente van sin abogado, situación que le da a la Iglesia un margen de maniobra a su favor para acallar la denuncia y enterrar el delito bajo pilas de billetes que impiden que la reclamación avance hasta los juzgados penales.

Son pocos los que denuncian un abuso sexual. Es una carga pesada y vergonzosa que los menores y sus familiares prefieren llevar en solitario y en silencio. La mayoría de quienes lo sufren guardan el secreto hasta la muerte y, algunos, lo cuentan muchos años después, asfixiados por los dolorosos recuerdos. Los pocos que denuncian van a la curia, donde son atendidos por el vicario general, un personaje de las entrañas del obispo y segundo en la jerarquía de poder de la arquidiócesis.

Cuando Luisa se decidió a denunciar el abuso del que fue víctima cuando era una niña en la parroquia San Marcos de Envigado, tuvo que sentarse frente al vicario general Óscar Augusto Álvarez Zea para contar su historia. Las piernas le temblaban, igual que la voz, pero de algún modo sacó fuerzas para relatar lo que le había ocurrido en la casa de Dios, ante la mirada impávida de decenas de santos petrificados en cuadros de madera o en figuras de arcilla y mármol, y a los pies de la Virgen María.

Desde muy pequeña, Luisa sintió el llamado divino. Cuando tenía tres años solía disfrazarse de la Virgen y correteaba por la casa repartiendo bendiciones. Su vocación religiosa era inconmensurable. A diario participaba de los rezos del rosario y asistía a las misas cada domingo junto a su familia. A los once años, cuando era estudiante de la Unidad Educativa San Marcos, ya leía e interpretaba varios pasajes de la Biblia.

Su colegio, una institución arquidiocesana, compartía nombre y espacio con la parroquia. Los balones que los niños reventaban a patadas en los recreos casi siempre iban a parar al tejado de la parroquia, al igual que los globos que se elevaban por los cielos en las navidades.

En 2007 Luisa aceptó el «llamado» y tomó una decisión trascendental: ser monja de clausura y vivir bajo los votos de pobreza, obediencia y castidad. Ese era su plan para servir a la Iglesia y a María. Se vinculó a las actividades pastorales de la capilla del colegio y de la parroquia, se inició como catequista y se sumó al grupo de acólitos, el conjunto de niños y niñas que asisten a los sacerdotes en la celebración de la eucaristía.

La Iglesia fue un refugio para Luisa, una niña sin amigos, víctima de matoneo y con un hogar que se caía a pedazos. Era, a todas luces, vulnerable. Se comprometió con la parroquia para combatir la soledad; sus días transcurrían entre el colegio y el templo, pero, poco a poco, ese refugio se transformó en una prisión, en una fría e inexpugnable celda, con un único y repudiable carcelero, el cura Cardona Pulgarín.

John Mario Cardona Pulgarín fue ordenado como sacerdote el 22 de noviembre del 2008. Llegó al Colegio San Marcos en el 2009 como capellán. Entre sus labores en el colegio, y como vicario de la parroquia, conoció a Luisa, a quien convirtió rápidamente en su mano derecha.

Luisa lo asistía en casi todo y él la buscaba a todas horas del día, de lunes a domingo. Le entregó las responsabilidades más importantes de la capellanía del colegio e incluso le pedía favores particulares, personales, que nada tenían que ver con la iglesia. Las llamadas eran incesantes, y no siempre eran para asignarle tareas o para agradecerle sus servicios. No, el párroco también la llamaba para insultarla, para regañarla, para minimizarla. Los malos tratos se hicieron recurrentes, y la niña, que apenas contaba catorce años, empezó a doblegarse cual si fuera una esclava.

John Mario se convirtió en una autoridad implacable que envolvía como una niebla espesa toda la vida de Luisa. Ya no solo ejercía su poder en la capilla, sino también en el colegio y en los demás entornos de la joven estudiante. Le prohibía absurdos como ir a misas que dieran otros sacerdotes, la regañaba o la ignoraba cuando estaba enojado y la celaba con sus compañeros de estudio. Aquel fue el inicio de una relación abusiva, camuflada en una supuesta amistad.

Era a él a quien ella le confiaba sus problemas de adolescencia, era a él a quien ella le comentaba sus angustias o sus sueños. Pero él, como todo depredador, se aprovechó de esa cercanía para manipularla y someterla a sus indelicadas inclinaciones. Ella, quien hoy tiene veinticinco años, reconoce que le entregó toda su vida a ese sacerdote, a quien consideraba un amigo entrañable, casi un familiar.

«Yo era como una niña que nunca ha recibido un regalo, y que cuando alguien le da uno, esa persona se convierte en su héroe», cuenta en un gesto de desgastada melancolía.

La primera vez que John Mario Cardona Pulgarín abusó sexualmente de Luisa fue en diciembre del 2009. El sacerdote la llevó a su habitación en la casa cural de la iglesia San Marcos y allí le pidió que ingresara a unos enlaces web que llevaban a páginas porno. 

Mientras la interrogaba sobre sus impresiones, le tocaba la pierna, pero esos tocamientos sobre la ropa pronto escalaron a algo más. A finales de ese mismo mes, mientras se encontraban en la capilla del Colegio San Marcos, el sacerdote le metió la mano dentro de su ropa interior para tocar sus genitales.

Las palabras todavía salen en raudo desorden de su boca cuando trata de recordar qué pasó ese día, y los siguientes, porque aquel episodio se repitió una y otra vez como si hubiese quedado atrapada en una interminable y tormentosa espiral. La capilla del colegio se transformó en un templo del abuso donde el capellán administraba la violencia en dosis cada vez más fuertes. Y todo ello ocurría dos o tres veces por semana, después del horario de clases.

Los abusos continuaron bajo la misma dinámica en 2010. Ocurrían los martes, después de la misa de cuatro, y los jueves en la noche, cuando terminaba la misa de las 6:30, la hora santa, y ya solo quedaban Luisa y el sacerdote en la oscuridad de un colegio sin estudiantes. También los sábados de catequesis y muchos domingos cuando John Mario le pedía a Luisa que lo acompañara a la casa de su familia, y entonces la violaba dentro del carro. En diciembre de 2011 el sacerdote fue trasladado de parroquia y, en su nueva casa cural, en San Antonio de Prado, corregimiento de Medellín, continuaron los abusos.

Luisa vivió y sufrió esos episodios en silencio. Se guardó la historia porque no tenía a quién contarle, pero, también, porque sentía culpa. «Él nunca me dijo que yo era la culpable, pero en mi cabeza sí estaba eso muy claro. A uno le enseñan que los sacerdotes son como otro Cristo, entonces yo había hecho caer a un sacerdote. Era la más pecadora del planeta Tierra, ¿cómo le iba a contar a alguien que yo había causado eso?». Ese fue el quiebre de su proyecto de vida religiosa, el cual ni siquiera pudo iniciar.

El ciclo de violencia y abuso se detuvo en el 2013. Para ese entonces, Luisa se había graduado del colegio y había logrado romper el entramado que John Mario Cardona había organizado para abusar de ella durante cuatro años. Una de las últimas interacciones que tuvieron terminó con un empujón y un «te odio» que Luisa lanzó a su verdugo como resumen de los sentimientos que acumuló por años.

Aunque no interpuso ninguna denuncia penal contra él, sí presentó su caso en la Arquidiócesis de Medellín. Cuando tuvo que describir y narrar los abusos de John Mario, con juramento sobre la Biblia incluido, Luisa explicó que esa fue su muerte. La única ayuda que recibió fue la de una psicóloga que la persuadió para no instaurar la denuncia ante la Fiscalía, y quien redactó un informe sobre el caso que Luisa define como «un chiste».

Luisa ha presentado diversos problemas de salud derivados de las violaciones. En el 2016 le diagnosticaron fibromialgia, un trastorno de dolor generalizado en los músculos que puede desencadenarse por un evento traumático. Ha pasado por varios procesos psicológicos, pero ninguno le ha ayudado a sanar su trauma.

La denuncia contra Cardona Pulgarín, según la última respuesta que entregó la Arquidiócesis de Medellín, fue puesta en conocimiento de la Congregación para la Doctrina de la Fe y el sacerdote fue expulsado del sacerdocio. En el documento también se informa que el caso fue envíado a la Fiscalía el 23 de junio de 2020. El sacerdote falleció en marzo de 2021.

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