María Fernanda Cabal Merkel, reseña de un disparate

Algunos zoólogos de la fauna política colombiana insisten en que la precandidata a la Presidencia por el Centro Democrático es comparable con la canciller alemana. Pero, además de desemejanzas: ¿qué tienen en común la una, que es jefa de Estado, con la otra, que apenas sueña serlo?  El siguiente —aunque inconcluso— es un sumario cabal. 

1 de agosto de 2021

Por José Alejandro Castaño / Opinión

Ilustración: Camila Santafé

Ocurrió en noviembre de 1999. Ángela Merkel cortó de un tijeretazo, como quien troza las cuerdas que sostienen un puente colgante sobre un precipicio, su relación con el todopoderoso Helmut Kohl, excanciller alemán. La de canciller es la denominación del jefe de Gobierno de ese país, cuyo nombramiento es de cuatro años de duración, reelegible de manera indefinida. Kohl era un político gigante, de 150 kilos de peso y 1.95 centímetros de estatura, que hacía rechinar las tarimas desde las que vociferaba sus discursos y a quien Merkel, se suponía, le debía su notoriedad pública, gracias a que la había nombrado ministra para la mujer y la juventud, y también ministra de medio ambiente y seguridad nuclear. 

Comparada con Helmut Kohl, Ángela Merkel era insignificante, una política de 61 kilos de peso y 1.65 centímetros de estatura, de la que todos esperaban obsecuencia y fidelidad con su mentor. Sin embargo no fue así.

A comienzos de ese noviembre de 1999 se conoció una denuncia contra el tesorero de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania, el partido del excanciller y de la exministra. El funcionario se llamaba Leisler Kiepel y lo acusaban de haber ocultado la donación millonaria de un comerciante de armas, interesado en obtener contratos oficiales mediante influencias de miembros de ese partido, creado en junio de 1945, después de la Segunda Guerra Mundial, con el supuesto ideológico de “ser de centro, demócrata cristiano, liberal y conservador”. Las pruebas contra Kiepel resultaron tan contundentes que el tesorero terminó admitiendo sus culpas y los medios de comunicación desataron una lluvia de revelaciones que ocasionó una tormenta, la mayor de la política contemporánea alemana. 

Los noticieros de televisión y los periódicos hablaban de maletines repletos de dinero, de bolsas con joyas y cajas con obras de arte, de cuentas bancarias en Suiza, de exportaciones sospechosas a Arabia Saudita… Helmut Kohl, que a comienzos de noviembre se había mostrado sorprendido e indignado con las revelaciones, que había insistido con el rostro imperturbable y la voz firme que no sabía de aquellos sobornos, debió admitir que había mentido y que sí conocía de ese tráfico de influencias. 

El gigante, dueño de un prestigio social incomparable, bautizado por los alemanes como el padre de la reunificación que se había producido nueve años antes, en 1990, se tambaleó como si caminara sobre un puente atirantado. Pero incluso con el abismo bajo sus pies, el excanciller creyó salvarse, e intentó huir del modo en que suelen hacerlo los políticos, aferrándose al fervor de sus electores. Fue cuando Ángela Merkel cortó de un tijeretazo las cuerdas que lo sostenían sobre el precipicio.

En un célebre artículo de prensa publicado en el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung, la entonces secretaria de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania dijo: “Tras una larga trayectoria política, que puede haber durado demasiado, Kohl debería dejar todos sus cargos, dar un paso atrás y dejar espacio a sus sucesores, los jóvenes”. A Ángela Merkel no le tembló la mano, su gesto fue definitivo, sin vacilaciones: “Un proceso como este no avanza sin heridas, sin daños (…) De ello dependen nuestras posibilidades en las próximas elecciones”, sentenció. El supremo excanciller debió empalidecer. Iracundo de ira, y mientras caía al abismo del descrédito, sin posibilidad ya de retorno ni de expiación, leyó el epitafio que su insignificante exministra había escrito sobre su tumba política: “El futuro sólo puede construirse con la verdad”.

Ese artículo de prensa fue el final de la relación de Merkel y Kohl como correligionarios en la Unión Demócrata Cristiana. Pero lo que fue el enterramiento político de él, fue la exhumación electoral de ella. Unos años después, el 22 de noviembre de 2005, Ángela Merkel se posesionó como la primera canciller en la historia de Alemania, investidura que ha ejercido el mismo tiempo que su mentor, quien fue jefe de gobierno durante dieciséis años, el máximo de vida de los lobos en cautiverio. 

La diferencia de Ángela Merkel con Helmut Kohl es que, si ella hubiera querido, con un caudal de favorabilidad ciudadana del ochenta por ciento, habría podido prolongar su mandato cuatro años más, hasta el confín histórico de veinte, el tiempo de vida de las jirafas. Pero la mujer más poderosa del mundo se negó a estirar el cuello hasta tan lejos. Su decisión irrevocable es abandonar para siempre el formidable palacio de la Cancillería, una de las sedes de gobierno más grandes del mundo, de doce mil metros cuadrados, construida en hormigón y cristal, y conocida por los berlineses como Elefantenklo, sanitario de elefantes. El deseo de Ángela Merkel es del tamaño de una hormiga: irse a su casa y hacer una siesta después de leer un libro.

Entre tanto, en las maniguas de Colombia, un país al sur del norte democrático, unos zoólogos de la fauna política nativa encontraron comparable a la canciller alemana con la precandidata a la Presidencia por el Centro Democrático, María Fernanda Cabal. Son semejantes, dijeron, porque ambas defienden ideas de gobierno similares, y porque sus maneras, sus modos de ser, son parecidos, de una voluntad insobornable, íntegra. En general, la reacción a semejante comparación fueron risas ruidosas y burlonas. Sin embargo, lejos de amedrentarse, convencida del parecido, la precandidata posó diligente y agradecida, y se apresuró a decir, con las manos en gesto de estadista, que su gobierno, como el de la canciller alemana, estaría basado en la profunda coherencia de sus convicciones. 

Encontrar semejanzas académicas, políticas y personales entre María Fernanda Cabal y Ángela Merkel es un equívoco, un disparate, pero a lo mejor tenga explicación científica. La Pareidolia es un fenómeno psicológico bien estudiado y consiste en ver figuras o formas reconocibles en un conjunto de estímulos vagos y aleatorios: en las nubes, el humo, las piedras, el agua, o incluso en las plantas y en los objetos domésticos. En Colombia, está demostrado, somos proclives al fenómeno. En pocos lugares son tan frecuentes, por ejemplo, las apariciones del rostro de la Virgen María, y en los sitios más inverosímiles: muros, baldosas, sartenes, frutas, charcos de sangre, panes a medio morder. Uno de cientos de casos es el de Ingrid Calderón Pérez, que creyó ver a la Virgen en uno de los calderos de aluminio de su cocina. 

Ocurrió frente al hospital Nuestra Señora del Carmen, en el barrio Montecarmelo, en el Carmen de Bolívar. Pero la Virgen aparecida no fue la del Carmen sino la de Guadalupe, la del melodrama mexicano que Ingrid y sus vecinas veían en la televisión en las tardes. La hija de la mujer fue una de las adolescentes afectadas por un raro síndrome de desmayo y debilidad después de recibir la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano, en agosto de 2016. Segura de que se trataba de una señal inequívoca del cielo, la madre convirtió el perol de aluminio en un altar, le puso una rosa blanca y le encendió una vela. Según Jeff Hawkins, el ingeniero informático que ha descrito la Pareidolia, el cerebro no inventa, interpreta. Es decir, nuestros prejuicios son un crisol, nuestras motivaciones, anhelos, deseos, miedos. Vemos lo que queremos ver, en resumen. 

¿Qué parecido hay entre una líder que fue capaz de desvanecer la sombra que le imponía su mentor político, cuestionado por deshonesto y mentiroso, y otra que, en cambio, a pesar de que su mentor acumula señalamientos por numerosos casos de corrupción, nexos con narcotraficantes y paramilitares y crímenes de lesa humanidad, insiste en pasearlo orgullosa, en exhibirlo como insignia de sus ideas?

Álvaro Uribe Vélez pesa 70 kilos y mide 1.66 centímetros. María Fernanda Cabal es ocho centímetros más alta, y al menos diez kilos más pesada. Pero quizá nadie se le parezca tanto. La arbitrariedad, ignorancia, manipulación y falsedad de la pupila es supina. Sus desatinos llenan páginas y son motivo de burlas e indignación. Una de sus frases, recitada en septiembre de 2016, de pronto reverdeció hace unos días, después de que se supo que un grupo de mercenarios colombianos, todos oficiales, suboficiales y soldados en retiro del Ejército Nacional, torturó y asesinó al presidente de Haití. La frase de la precandidata presidencial recién reverdecida fue: “El Ejército no está para ser damas rosadas, el Ejército es una fuerza letal de combate que entra a matar. No entra a preguntar: ¿perdón, levante las manos? ¡No señor!”.

En septiembre de 2017, una semana antes de las votaciones en que obtuvo su cuarta reelección consecutiva, Ángela Merkel participó en una rueda de prensa con niños. Uno de ellos le preguntó cuáles eran sus animales preferidos y ella le contestó que los erizos y las liebres. ¿Cuál es el animal preferido de María Fernanda Cabal?

**

La canciller de Alemania es física de la Universidad de Leipzig, la segunda más antigua de Alemania, con seiscientos once años de tradición académica ininterrumpida. Allí mismo se doctoró en física cuántica en 1986, con una tesis cuyo título se lee como un conjuro contra los avatares de lo imposible: “Influencia de la correlación espacial de la velocidad de reacción bimolecular de reacciones elementales en los medios densos”. La física cuántica es uno de los mayores logros de la inteligencia humana y su complejidad teórica nos acerca a la comprensión de los fenómenos naturales más ininteligibles: los enlaces químicos, la dispersión de la luz, la interacción molecular y la densidad y transformación de la materia. 

Aunque todo aquello ocurre en una dimensión microscópica, en escalas atómicas, sus consecuencias se pueden corroborar en dimensiones macroscópicas, en propiedades como la radiación, la electricidad y el magnetismo. Los trenes de levitación, por ejemplo, que pueden viajar a más de seiscientos kilómetros por hora suspendidos sobre los rieles que los sustentan, son logros de la física cuántica. Hasta los contrarios políticos de Ángela Merkel reconocen que sus maneras personales, sus modos de pensar y de actuar, transparentan el universo académico del que proviene. 

Harald Lesch, profesor de Física en la Universidad Ludwig Maximilian, sostiene que la canciller alemana, más que la diseñadora de una línea política, es una física del poder: “Algo muy típico de ella es descomponer los grandes problemas en problemas más pequeños, de mejor solución, e ir avanzando poco a poco, de forma pragmática y progresiva”.

Justo así se titula la biografía de Ángela Merkel en español, escrita por las periodistas colombianas radicadas en Alemania Patricia Salazar Figueroa y Christina Mendoza: La física del poder. Ambas periodistas reconocen que uno de los rasgos personales más destacables de la canciller alemana es su compostura emocional y la economía de los sentimientos, gracias a lo cual ni alardea ni maldice ni celebra, tampoco vocifera, sin importar cómo se sienta. La autoridad, en fin, es contraria a los aspavientos, a la pedantería. Al parecer, María Fernanda Cabal profesa otras ideas. “¡Estudien vagos!”, le gritó a un grupo de ciudadanos enfurecidos que increpaban a Álvaro Uribe Vélez llamándolo asesino, asesino, en las afueras del Congreso. Fue el 9 de abril de 2017, después de que el expresidente y entonces senador se negara a escuchar a las víctimas del conflicto armado presentes en el Capitolio. 

Según Ángela Merkel, los resultados, no los discursos, son los que definen a los políticos. De nuevo, María Fernanda Cabal parece profesar otros convencimientos. Porque a pesar de los veintitrés millones de pobres que deambulan en las calles de Colombia, uno de los países más corruptos e inequitativos del mundo, con los mayores índices de depredación de bosques y de selvas, de contaminación de ríos, lagunas y humedales, el logro legislativo más reciente de la precandidata a la Presidencia por el Centro Democrático es el proyecto de ley que exalta al sombrero aguadeño como bien cultural de la Nación. Su propuesta más insistente como senadora ha sido la modificación —el debilitamiento— de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, que les permite a los campesinos reclamar las parcelas robadas por los grupos paramilitares y guerrilleros, ahora en poder de congresistas, empresarios, narcotraficantes, terratenientes y ganaderos. 

A lo mejor, tanto desacertar tiene su mérito. María Fernanda Cabal es la única capaz de superar la estulticia del Presidente de la República, protagonista consuetudinario de escenas hilarantes en las que él hace de sí mismo, en el papel de mandatario subalterno. En 2019, en una cumbre con alcaldes y gobernadores, Iván Duque pronunció uno de sus disparates más célebres: “¡Porque esa Colombia con P mayúscula es la que necesitamos!”. Esa P inexistente del presidente, inepto deletreando y gobernando, le ha dado nombre a Polombia, el país ilusorio del que Cabal sueña ser su primera presidenta. Aunque, la verdad, eso parece tan improbable como hacer levitar un burro con energía cinética, frotándole las crines con un peine de plástico.

De todas las frases pronunciadas por Ángela Merkel en sus dieciséis años de gobierno, esta quizá sea la más breve y la más memorable. La dijo en 2015, justo después de que decidió abrir las fronteras de Alemania a cientos de miles de inmigrantes de Siria, Irak, Afganistán y el norte de África, todos padres y madres e hijos desterrados y hambrientos, sin más riqueza que el miedo, la hediondez y la desesperanza. “¡Lo lograremos!”, les dijo la canciller y les dio la bienvenida, a pesar de que cuatro de cada diez alemanes estaban en desacuerdo con acogerlos. Pero la decisión estaba tomada. Aquel fue un rasgo de humanidad que la mayoría del mundo reconoció y aplaudió de pie.

Al sur del norte democrático todo parece al revés. Mientras Ángela Merkel ha admitido y abominado los crímenes cometidos por el nazismo, racista, ultranacionalista y totalitario, en Polombia algunos miembros destacados del Centro Democrático participan en reuniones secretas travestidos como oficiales del Tercer Reich, los pelos engominados, las botas lustrosas. Las fotografías son bien conocidas: algunos de esos fervientes uribistas hacen el saludo fascista y la coincidencia rima. El último teólogo de su doctrina del miedo es Alexis López, el de la Revolución Molecular Disipada, un confeso defensor de las tesis de Hitler y de la ternura encarnada en Augusto Pinochet, a quien considera un demócrata, no un dictador. Todo aquello sería risible, apenas ridículo, si no trasluciera el modelo de gobierno que defiende Álvaro Uribe Vélez y que encarna María Fernanda Cabal, su precandidata presidencial.  

La tesis central de la extrema derecha colombiana es que el comunismo está vivo y al acecho, como la serpiente venenosa de la Biblia, culpable del destierro del hombre y de la mujer del paraíso y cuya cabeza, al fin, pisa la madre del Mesías, anunciado por los profetas desde el principio de los tiempos. Para los uribistas más acérrimos, esa imagen reproducida en yeso en tantas iglesias es una metáfora partidaria, un guiño celeste. La mayoría de ellos están genuinamente convencidos de que todo lo que se oponga a las tesis del libre mercado, la exaltación de la fuerza como método de disuasión, la defensa a ultranza de la propiedad privada y la tradición clasista que conserva los privilegios de unos pocos, es comunista, o comunistoide. Ellos, que se autoproclaman de centro, no conciben las medianías. En su concepción del mundo sólo existen dos extremos: el bueno y el malo. 

Ángela Merkel, metódica y mesurada, no ha temido reconocer sus errores. Hace unos días, a propósito de las inundaciones en el oeste de Alemania que han causado decenas de muertos, pidió perdón por no haber tomado medidas suficientes contra la crisis climática, acelerado por la economía a gran escala, por la impudicia del mercado como sumo señor. Y a pesar de que Alemania ha reducido sus emisiones de carbono un cuarenta por ciento entre 1990 y 2020, la canciller dijo sin tartamudear, sin excusarse: “pero pudimos hacer más”. 

En cambio, su supuesta parecida en Colombia se ha declarado enamorada del inefable presidente del Brasil, responsable directo de la mayor depredación en décadas de la Amazonía y de sus ríos, y un negacionista contumaz de la pandemia del Covid-19, que sólo en ese país ha cobrado más de medio millón de muertos, de los cuatro millones que se han registrado en el mundo. “¡Yo amo a Bolsonaro!”, escribió María Fernanda Cabal con ojos de enamorada. Poco más que decir.

Mientras la carrera académica y pública de la canciller alemana es profusa y digna de elogios, incluso de sus contradictorios políticos, la de la congresista y precandidata del Centro Democrático es más bien escasa y vergonzosa, digna de escarmiento, incluso de sus copartidarios, que respecto de ella prefieren la distancia y el silencio. Entre otros, es bien conocido el caso de su renuncia obligada cuando se desempeñaba como directora de la Oficina de Relaciones Internacionales de la Fiscalía. Ocurrió en marzo de 2007: desde esa oficina se habrían filtrado pedidos de extradición contra narcotraficantes que, alertados de las órdenes de captura en su contra, burlaron el cerco de las autoridades y huyeron bienaventurados. http://historico.elpais.com.co/paisonline/notas/Marzo032007/filtracion.html

Los zoólogos de la fauna política nacional quizá no lo sepan, no lo hayan notado: María Fernanda Cabal es nueve centímetros más alta que Ángela Merkel. Pero puestas la una al lado de la otra, con los zapatos de tacón que suele usar, la precandidata presidencial uribista sería casi trece centímetros más alta que la canciller alemana. Esa es la desemejanza más notoria entre ellas: la pequeñez de la una, la grandeza de la otra.

En Berlín hay una estatua pública de Helmut Kohl. Es la reproducción de su cabeza gigante, empotrada en un trozo de roca en la que se lee su nombre en letras mayúsculas. Se le reconoce así que haya sido el reunificador de las dos Alemanias, la del Este y la del Oeste, tras la caída del muro que las separaba. Ese honor no le será posible a Álvaro Uribe Vélez, cuyas únicas estatuas tras su muerte se alzarán mudas en mausoleos privados, en capillas de puertas cerradas, sin feligreses, jamás en colegios o en bibliotecas públicas, tampoco en avenidas, de ningún modo su rostro expuesto al viento de la admiración, al sol de la gratitud, a la lluvia del recuerdo. María Fernanda Cabal carga ese busto en sus hombros como quien carga una lápida.

@JACastanoHoyos

¿Quieres
apoyarnos?

CLIC AQUÍ

Acerca del autor

José Alejandro Castaño
José Alejandro Castaño hizo parte de las salas de redacción de El Colombiano, de Medellín; El País, de Cali; El Tiempo, de Bogotá; El Heraldo, de Barranquilla; y El Comercio, de Lima. Fue además periodista de la revista Semana y cronista habitual de Soho. Sus historias han aparecido en Lateral, de España; Alma Magazine, de Estados Unidos, Letras Libres de México y la célebre revista de crónicas Etiqueta Negra, de Perú. Ha sido finalista del premio internacional de periodismo Kurt Schork, de la Universidad de Columbia, ha sido ganador del Premio Rey de España y en tres ocasiones ganador del Premió Simón Bolívar de Periodismo. Ha sido galardonado con el Premio Casa de Las Américas de Literatura. Algunas de sus crónicas han sido traducidas al inglés, francés, alemán y japonés.
Leer más

Queremos escucharte

¡Escríbenos!

CONTACTO

Suscríbete

Recibe periódicamente en tu correo electrónico las últimas historias de Vorágine – Periodismo Contracorriente.

Comentarios

0 0 voto
Article Rating
Suscribirse
Notificar de
guest
0 Comments
Retroalimentación En Línea
Ver todos los comentarios

Artículos recientes

VER MÁS