Masacre en Llano Verde: radiografía de un asesino

En Vorágine reconstruimos el minuto a minuto en el que fueron asesinados los cinco menores de edad, pero además revelamos detalles inéditos de quien apretó el gatillo.

9 de septiembre de 2020

Por Pacho Escobar / Ilustraciones: Ricardo Macía Lalinde

Los hicieron arrodillar. Alejandro, el asesino que les pegó los tiros, lo hizo por detrás, sin darles la cara. Frente a los chicos estaban dos hombres más: Juan y Yeferson. Ellos no detuvieron al criminal. Al contrario, todo indica que lo ayudaron. Al primero que mató fue a Álvaro. Le pegó un tiro en la región parietal de la cabeza, la bala traspasó su cara y se alojó en el pectoral izquierdo. Siguió con Luis, a quien la bala le entró por el costado izquierdo de la cabeza y le salió por el pómulo derecho. Continuó con Jair, quien debió tener la cabeza muy agachada porque el tiro justo le salió por la frente, por en medio de sus dos cejas. El siguiente fue Josmar, a quien le propinó dos tiros, uno en la cabeza y el otro en el hombro. Y finalmente lo hizo con Leider, la bala entró por la región occipital de la cabeza y salió por su pómulo derecho.

La masacre ocurrió a las 12:30 del medio día. Los dejaron ahí tirados por más de siete horas mientras el sol en pleno los quemaba y despellejaba, así como cientos de hormigas también los picaban. Más de 480 minutos estuvieron ahí tendidos, hasta que los trabajadores de la finca y los familiares, casi que a las ocho de la noche, encontraron sus cuerpos vestidos tan solo con sus sencillas pantalonetas y sus trajinadas chanclas.

¿Por qué los mataron?

Sus amigos han relatado que aquel martes 11 de agosto fueron a bañarse a un charco. El grupo al principio era de cuatro: Álvaro José Caicedo, de 15 años; Luis Fernando Montaño, de 15 años; Léider Cárdenas de 14 años, y Josmar Cruz, de 16. Allá se encontraron con otros adolescentes y departieron un rato. Planearon ir a comer caña en la única parte donde los tallos eran largos, justo en el costado suroccidental de la inmensa finca Las Flores, en Cali. A ese plan se les unió Jair Cortés, de 14 años. Todos iban con sus camisetas en la mano, incluso, sin celulares, para qué teléfonos si en la aventura no los necesitaban.

Según los testimonios de los capturados, cómplices de quien les disparó, a ese mismo sector habían llegado minutos antes Alejandro Bejarano y Yeferson Ángulo a fumar marihuana. Los dos no eran trabajadores de la finca de caña, sino de una empresa de construcción que maneja obras en el antiguo basurero de Navarro. Estos se percataron de que los muchachos estaban caminando por en medio de los cultivos, tal vez ya habían cortado algunas pocas cañas y se las venían comiendo. Los peritos incluso encontraron los restos del bagazo.

Yeferson asegura que Alejandro llamó por radioteléfono a Juan Loaiza, vigilante de la obra. Este llegó en moto por un costado por el que los muchachos no lo alcanzaron a ver. Los hombres se organizaron y los emboscaron en un sitio llano que daba hacia el camino por donde las máquinas sacan caña.

“Alejandro nos dice a mí y a Yeferson: ‘háganse ustedes por detrás’. Yo me fui por la derecha y Yeferson se fue por la izquierda. Él iba un poquito adelante y yo iba un poquito atrás de él. Alejandro se metió por la parte de atrás de la caña”, narró Juan Loaiza.

“Cuando los jóvenes se meten al cañal él (Alejandro) emprende la ida para allá, donde los jóvenes se metieron a coger caña. Yo voy por el lado de afuera con mi otro compañero (Juan), el vigilante que no porta nada, que sí está trabajando con la empresa de nosotros, me dice ‘vamos por el lado de afuera’”, aseguró Yeferson Ángulo.

Pero el relato de los asesinatos no concuerda entre los dos capturados. Incluso, uno de ellos se contradice en menos de cinco minutos de testimonio. Lo que indican los hechos es que sí los emboscaron. Cuando los chicos iban a salir al camino de las maquinarias de caña, aparecieron Juan Loaiza y Yeferson Ángulo, quienes les hicieron tirar un par de cuchillos viejos de cocina con los que estaban cortando los tallos. Pero justo en ese momento a espaldas de los muchachos apareció Alejandro Bejarano, quien les pidió que levantaran las manos, se arrodillaran y agacharan las miradas para que no lo vieran.

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Los adolescentes ya estaban sometidos, pero Alejandro Bejarano en un acto de barbarie, comenzó a matarlos uno por uno. A sangre fría. No salieron corriendo porque al frente tenían a esos dos cómplices que no hicieron nada. Incluso, los investigadores manejan la tesis de que uno de ellos, Juan, estaría portando en ese momento una pistola de fogueo que tenía como dotación y los estaba amenazando para que no reaccionaran, para que no corrieran, para que se dejaran matar. Las balas fueron certeras. Hoy se conoce que Alejandro era un pistolero consumado, sabía lo que estaba haciendo, de hecho en el mundo del crimen los sicarios prefieren matar con revólver porque las pistolas se pueden trabar. El cobarde de Alejandro siempre andaba con un revólver 38 de cañón largo.

Cuando los investigadores le preguntaron a Yeferson Ángulo en qué posición encontró a los niños, él mismo escenificó el hecho poniéndose de rodillas, el rostro hacia abajo y las manos levantadas. Y aseguró que Alejandro Bejarano les decía a los menores que no lo miraran porque los iba a matar. Pero a renglón seguido cuando se le preguntó qué hizo él mientras los niños estaban arrodillados, éste se contradijo asegurando lo siguiente: “No, ese man ya había matado a los muchachos, yo le dije: ‘usted mató a esos niños’, yo recogí esos cuchillos y yo boté eso porque me había amenazado”.

Sus contradicciones se hicieron más amplias en las preguntas posteriores.

Investigador: Usted dijo que recogió los cuchillos cuando los niños ya estaban muertos, ¿usted qué escuchó?
Yeferson: Cinco detonaciones, él se metió y al ratito salió como 10 minutos después.
Investigador: Usted escuchó cinco detonaciones como dijo, ¿y aún así se dirigió al sitio?
Yeferson: No, yo salí desesperado porque él se dio la vuelta y cuando yo recogí esos visajes, esos cuchillos yo los boté, y me fui al punto de encuentro en la obra muy asustado.

Lo que dice Yeferson Ángulo no concuerda con el testimonio de Juan Loaiza. Este hombre asegura que cuando tuvo a los jovencitos al frente les dijo que tuvieran cuidado porque en ese sector robaban mucho y que ellos le habían dicho que venían de bañarse de un lago.

“Yo le digo a los muchachos: ‘suelten los cuchillos’. Yeferson se los quita y los tira por el cañaduzal. Yo le digo a Alejandro, le modulé: ‘aquí tenemos a los pelados’”, dijo Juan Loaiza.

Posteriormente Loaiza aseguró: “En ese momentico salió Alejandro con la cara tapada como con una pañoleta y con una pava para taparse la cara, en se momento que yo le estaba preguntado al pelado la edad, en ese momento Alejandro sale y les dice: ‘todos al suelo’, que miraran al piso, que no lo fueran a mirar a la cara, en ese momento los pelados se agachan, yo me iba arrimar donde Alejandro, cuando él detonó la primera bala a uno de ellos en la cabeza”.

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Alejandro Bejarano, un asesino desalmado

Las investigaciones dan fe de que quien mató con tiros de gracia a los cinco adolescentes de Llano Verde era un hombre de temer. En el 2011, con apenas 24 años, fue sentenciado a 40 meses de cárcel por fabricación, tráfico y porte de armas y municiones de uso privativo de las Fuerzas Armadas. Un año después recibió una pena de siete años por los mismos delitos. Es probable, asegura un investigador, que perteneciera a un grupo delictivo de gran calado. De hecho, el barrio donde vivía en Cali queda muy cerca de la zona del río Cauca por donde se ha incautado armamento que entra y sale para grupos paramilitares, guerrilleros y disidencias.

En el 2016 Bejarano obtuvo el beneficio de prisión domiciliaria, pero los hechos indican que las autoridades fueron muy laxas con este criminal, incluso negligentes. La última visita a su lugar de residencia se la había hecho el Inpec el 9 de agosto de 2019 y los residentes del inmueble les indicaron que desde hacía trece meses el asesino no vivía ahí.

Pero hay otro hecho que llama mucho más la atención: hace 15 días, cuando la policía realizó el allanamiento de la casa donde dormía Alejandro Bejarano, el dueño de la vivienda, quien le había alquilado un cuarto, les entregó a los agentes un documento en el que la empresa BÚHO SERVICIOS S.A.S. certificaba que el sujeto en mención trabajaba con ellos bajo el cargo de escolta. La carta está firmada por Alexander Vera, el mismo hombre por el que llegaron a Juan Loaiza y a Yeferson Angulo. Esta misma empresa de seguridad apareció en el año 2019 reseñada por participar en un cartel de tráfico de armas por el Pacífico colombiano, según el diario El País de Cali. En las indagaciones a Vera, los peritos se quedaron cortos y no ahondaron en porqué contrató a Alejandro Bejarano teniendo en cuenta su pasado criminal. Vera, dice uno de los familiares de los pequeños, tiene mucho más por decir y por responder.

A Alejandro Bejarano lo querían matar. Lo constata Juan Carlos Loaiza quien en su testimonio relató que una de las bandas del barrio Pizanos 1 sacó huyendo a Bejarano y por eso le había tocado alquilar una pieza en el barrio República de Israel. Recordó que este hombre solo hablaba de fechorías, de los muchachos de ese sector que quería matar y de sus propias acciones en las que actuaba como si fuera un criminal sin límites. Se ufanaba, a propósito, de haber hecho un video en los cañaduzales de Llano Verde, donde meses antes también había reducido a un grupo de jovencitos, los había tirado al piso y los había escupido, mientras les gritaba que eran unos ladrones. “Este trabajo es duro”, le había dicho. La pregunta es si la empresa de seguridad BÚHO lo había contratado como una suerte de exterminador a sueldo.

Yeferson Angulo también recordó que Bejarano le contaba que le gustaba andar uniformado, que sabía manejar armas largas, pero además que había andado vestido de camuflado en una vereda buscando a unas personas. Lastimosamente quienes recibieron el testimonio no ahondaron en más preguntas respecto de estos detalles. Además, Angulo recalcó que el asesino de los niños hablaba en lenguaje militar y que aseguraba tener gente que lo ayudaba, tal vez en su accionar delincuencial.

A Alejandro Bejarano le tenían miedo. Sus cómplices se lo hicieron saber a las autoridades. Juan Loaiza contó que el día de la masacre Bejarano llegó a su casa en una camioneta azul oscura. El vehículo lo iba manejando otra persona a la que describió como un tipo alto y acuerpado. Dijo que lo hicieron subir en la parte de atrás y pensó que lo iban a matar. Aseguró que empezó a amenazarlo y que le mencionó a sus hijos y a su esposa, que le pedía que no dijera nada de lo que habían hecho horas antes.

Y en el relato hay un hecho que no puede pasar desapercibido para las autoridades, según Elmer Montaña, abogado de una de las víctimas: “Loaiza aseguró que en ese mismo vehículo había visto a Alejandro Bejarano, dos veces, una de ellas cargando ACPM donde trabajaban. No es de extrañar que la camioneta sea propiedad de la empresa de seguridad BÚHO, y que quien manejaba, un hombre “acuerpado, alto, como con voz gruesa, de acento caleño”, también sea empleado de ellos y conociendo el hecho, lo ocultó, pero además se prestó para amenazar a los cómplices de la masacre.

Bejarano, asegura Yeferson Angulo, también lo buscó en su casa: “Como a la 3 de la tarde llega a mi casa, diciéndome que qué había pensado y que qué iba a hacer con lo que había visto, que mucho cuidado con lo que iba a hacer, de su boca salieron esas palabras, ‘no lo tome como amenaza, no Io estoy diciendo’, eso me dijo”.

Los dos cómplices, después de advertir la magnitud de lo que habían hecho, en sus testimonios, tanto al principio como al final, solo pedían el auxilio de las autoridades para que cuidaran a sus familiares, porque decían tenerle mucho miedo a Alejandro Bejarano. Le temen y le temerán por siempre.

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Hipótesis sobre la masacre

El abogado Montaña también se hace las siguientes preguntas que terminan por ser grandes hipótesis: “¿Esto fue obra de tres psicópatas que torturaron y asesinaron a estos cinco menores? o, detrás de ellos hay alguna organización criminal que dio la orden de asesinarlos. Y esto lo digo porque la Fiscalía está indagando la versión de unos muchachos que afirman que 11 días antes habían sido retenidos por estos tipos, los habían fotografiado y le habían enviado esas fotos a un tercero. Pasados varios minutos los habían dejado ir, porque les habían avisado que no eran a las personas que buscaban. Si es una organización criminal, de qué tipo de organización estamos hablando, si es del narcotráfico, o si es una disidencia de la guerrilla, porque no hay que olvidar la relación de BÚHO con esa disidencia de las Farc. Qué relación hay entre esta masacre y la granada que al día siguiente tiraron contra la estación de Policía que cubre la zona de Llano Verde. Otra hipótesis que nos planteamos es si esto tiene que ver con los otros asesinatos que han ocurrido en esos cañaduzales, si es que ahí está operando un escuadrón de la muerte. Y esa es la exigencia de las víctimas, ir más allá de la captura de dos partícipes del hecho, pero que es muy probable, no actuaban solos”.

Una de las hipótesis que arroja el abogado coincide con otra que están manejando los investigadores. Uno de ellos advierte que este sector de Cali ha sido un corredor estratégico tanto de armas como de drogas para surtir el microtráfico de la ciudad. Y que es posible que quizá la organización que controla la zona necesitara tener limpio el camino, sin testigos, para seguir delinquiendo.

Carta a los que ya no están

Álvaro José, sé que tenías apenas 15 años, que te gustaban los números, que soñabas con tener tu propio negocio en el centro de Cali y que vivías a la moda a pesar de tu corta edad. Ese día tenías el pelo pintado de amarillo como en las mejores épocas de Robinho, ese jugador brasilero que también gustaba del rap. Medías 1,70 y seguías creciendo, te encantaba el fútbol y quizá por eso aquella mañana tenías esa pantaloneta del Borussia Dortmund, donde algún día anhelaste jugar. Tu papá y tu familia hoy viven un duelo inmenso, trata de enviarle consuelo y tranquilidad.

Luis, tenías también 15 años, pero estabas tan alentado que ni la presencia de covid-19 que encontraron los peritos en tu cuerpo te había mermado. Eras muy hábil, y es probable que hubieras podido escapar. Tumbar a los dos hombres que estaban al frente y no darle tiempo al apocado que llegó por detrás a quitarte la vida. El baile era lo tuyo, por eso era que muchas de tus amigas te buscaban para que les enseñaras un poco de salsa choke y un poco de sonreír. Tu tía Jacke está haciendo lo mejor para consolar a tu padre y sé que tu los iluminas desde donde estás.

Jair, a pesar de tus 14 añitos, eras el más alto del grupo, medías 1,72 y pesabas apenas 55 kilos. Cuentan tus amiguitos del barrio que por tu contextura ibas muy bien a los centros de tiros de esquina, que era muy difícil marcarte por tu habilidad y que si hubieras tenido más recursos para ir a entrenar todos los días a un equipo de reservas, el número 12 con el que moriste estampado en tu pantaloneta hubiera sido famoso en el mundo del fútbol. Sabes del temple de tu madre Ruby, por eso te será un poco más fácil seguir, porque sabes que ella no dejará las cosas así y clamará por justicia hasta el último día de su vida, por una razón, para honrar el amor que te tenía.

Leyder, ibas a cumplir 15 años y ya dejabas ver esa personalidad arrolladora. Eras particular al vestir, uno de tus mejores amigos te recuerda por tus pintas. Eran pocas pero las hacías brillar. También eras amante del fútbol y si Llano Verde tuviera un mayor patrocinio para una escuela de fútbol propia, serías el capitán. Parecías calmado, pero tu temperamento estallaba en las canchas. Según la reconstrucción de los hechos, fuiste el que quedaste más próximo al camino que cerraron los dos vigilantes mientras el otro desalmado mataba a tus compañeros, tuviste tiempo de correr, pero quizá no lo hiciste porque nunca dejaste a nadie botado. Tus padres siempre van a estar orgullosos de ti.

Josmar, te cuento que tu corazón era el más grande de todos. Pesaba 262 gramos. Aunque no lo sabías sí se lo hacías sentir a los demás, era un corazón gigante que podría dar amor a todo el mundo. Un corazón valiente a pesar de todas las adversidades que se te cruzaron por el camino en Buenaventura y en Cali. Nunca dejaste de pensar que algún día podrías parar de esa silla de ruedas a tu padre. Como muchos niños de Llano Verde, llegaste de esa región del Pacífico colombiano abandonada por el Estado, pero que tanto talento le ha aportado al país. Es probable que si no triunfabas en el fútbol lo hubieras hecho en una agrupación musical. Rogelio y Sandra te lloran en silencio, pero como todos los padres de tus amiguitos solo quiere que tengas paz.

Mientras les escribo esto, la garganta me aprieta y abro los ojos un poco más para no llorar. Curiosamente justo ahora también suena Coca por coco, una canción de Herencia de Timbiquí, un tanto dura, un tanto fuerte por su letra, pero que dice mucho de lo que viven niños como los de Llano Verde a los que la violencia los trajo a Cali y que aún así, los sigue persiguiendo:

No hay hombres pescadores
Solo hombres pescados
Que aparecen muertos por cualquier manglar
Con la lengua afuera y dedos cortados
Porque dijo algo que era de guardar
Irreconocible porque les echaron
Químicos que usan para procesar
Y como consecuencia de esos malos cambios
En nuestro paraíso se acabó la paz…

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Acerca del autor

Pacho Escobar
Pacho Escobar es comunicador social de la Universidad del Cauca. Realizó un posgrado en Periodismo en la Universidad de los Andes. Trabajó como estratega en la campaña a la presidencia de Antanas Mockus. Estuvo en los primeros dos años de la revista digital Kien&Ke. Trabajó durante los primeros tres años de la revista digital Las 2 Orillas. Trabajó en el proyecto periodístico Pirry Sin Censura, del Canal RCN, su contenido digital fue merecedor del Premio India Catalina. Trabajó tres años en La W (W Radio) como su editor web. Hoy es uno de los cofundadores de Vorágine. A Pacho Escobar lo levanta preguntar y lo desvela escribir.
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