No me llames Dolores: Buscar a un hijo desaparecido tras el Paro Nacional

Duván Felipe Barros Gómez desapareció del Portal de las Américas de Bogotá el 5 de junio de 2021. Su madre Dolores Barros no ha parado de buscarlo desde hace 23 días en estaciones de policía, hospitales, guarniciones militares, anfiteatros y hasta pagó un rescate. La angustia de un hijo desaparecido tiene nombre propio.

27 de junio de 2021

Una crónica de Pacho Escobar @PachoEscobar / Ilustración: Camila Santafé / Fotos: Nelson Cárdenas @cantarranasur

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Una desaparición

Angustia. Eso es lo que no ha dejado de sentir Dolores Barros. Angustia es el estado de inquietud intensa causada por la amenaza de una desgracia o un peligro. La angustia le hirió el pecho como un cuchillo helado. Aquella angustia apareció después en su vientre justo al finalizar la noche del sábado 5 de junio de 2021. El silencio en el cuarto de su hijo Duván Barros le trajo un mal presagio. Este se acrecentó al recordar las insistentes llamadas de la novia del adolescente a Dolores, entre las nueve y las diez de la noche, porque Duván no contestaba su celular. 

Pasaron la una, las dos y las tres de la madrugada y nadie abrió la puerta de la calle. La venció el sueño y el cansancio de aquella semana de trabajo y trasnocho en la fábrica de confecciones Permoda. Ya llegará, se dijo. “¿Tú le abriste anoche a Duván?”, le preguntó a su hija menor a primera hora de la mañana. Ella negó con la cabeza. Corrió al pequeñísimo cuarto del muchacho. Vacío, no había nadie. La cama intacta como la había dejado a las cinco de la tarde, cuando salió a dejar a la novia. Su otro par de zapatos se encontraban debajo de la cama. En el lugar también estaba su patineta y la destartalada organeta que recogió en una esquina para algún día ser músico o cantante. 

En la mañana y la tarde del domingo Duván no apareció. Jamás en sus 17 años de vida había estado tantas horas sin comunicarse con su mamá. El portal, pensó Dolores. Llamó a su cuñada, quien ha participado en las manifestaciones debido a la crisis social, política y económica por la que atraviesa el país. Ella le dijo que lo vio en el Portal Américas de Transmilenio, en Bogotá, a las 7:30 de la noche de aquel sábado 5 de junio. Le dijo que regresó con él, pero que a mitad de camino un joven en bicicleta lo llamó y Duván se devolvió. “No me demoro”, le aseguró el adolescente a la mujer.

El domingo en la noche Dolores ingresó desde su celular al chat de Facebook del perfil de Duván. Uno a uno les fue preguntando a los amigos de su hijo si lo habían visto. Varios le confirmaron que estuvieron con él en el portal. De tanto insistir, ella, con el cuchillo de la angustia metido ahora en el corazón, logró que alguien le dijera algo más. “Señora, la Policía y el ESMAD estaban en el portal. A Duván lo subieron a un camión”. Alterada, le hizo varias preguntas más, pero el muchacho no volvió a responder. Ella salió de inmediato para la estación a buscar a su hijo. Abordó a las personas que más pudo para mostrarles una foto de Duván, en la que se le ve sonriendo. Silencio. 

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Una búsqueda

La corazonada le dijo que debía ir a cualquier entidad pública que acogiera, detuviera o atendiera a personas. Primero lo buscó en el Centro de Atención Inmediata (CAI) de Britalia, en Kennedy. Lo mismo hizo en los CAI de los barrios Roma y El Socorro. Les mostraba a los policías una foto en su celular y les decía: “Mírelo, mírelo bien ¿Lo ha visto? Déjeme entrar porque pudo ponerse otro nombre por pura pena, a él nunca lo han detenido”. También preguntó en la estación de Policía de la localidad. Nada. Cansada, regresó al portal y volvió a preguntar a cada uno de los más de 20 grupos que seguían allí. Alguien le dijo que regresara a casa, que tal vez el “chino” andaba de parranda. Ella negó con la cabeza, pero guardó la esperanza. 

Aquella madrugada no durmió y nadie tocó la puerta de la casa. A primera hora del lunes se dirigió a Medicina Legal. Allá la atendieron, apuntaron los datos de Duván y los datos de ella, “por si llega un occiso con las características de su hijo”, así le dijeron con frialdad. También le recomendaron poner la denuncia en la Sijín. Al tiempo, sus familiares se fueron a preguntar a todos los CAI de la localidad de Bosa. Nada. Desaparecido. Luego se dividieron y lo buscaron en los hospitales más cercanos. Tampoco. Desaparecido. En la Sijín recibieron el reporte y le asignaron a un investigador. El funcionario no estaba. Entonces le dieron un número de teléfono para que le enviara todos los datos vía Whatsapp. Ella lo hizo de inmediato. Relato, fotos, datos personales. “Viste zapatos negros, jean azul, camisa amarilla de cuello abierto y una gorra negra”. El investigador vio los mensajes pero no respondió. 

Y fue a la Fiscalía. Allá le dijeron que por haber puesto la denuncia en la Sijín, no la podían atender. Le aseguraron que todo eso iba a una base de datos que compartían estas dos entidades. Le aseguraron mal. De allí la mandaron a la correccional de menores de la calle 12 con carrera 30. Un guardia revisó un cuaderno y el nombre de Duván no apareció. Dolores le lloró y suplicó para que la dejara entrar a ver al centenar de menores detenidos. “¡Imposible!”, le gritaron con impaciencia, sin conmiseración. Allá le recomendaron buscarlo en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Ella corrió a la sede de Puente Aranda y nada. Desaparecido. 

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Foto: Nelson Cárdenas / Tw: @cantarranasur

Foto: Nelson Cárdenas / Tw: @cantarranasur

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Un cuerpo, un caño

“¿Duván tiene un tatuaje en el antebrazo?”, le preguntaron a Dolores. “Sí, ¿dígame qué pasó?”, respondió ella llena de angustia. Estado de inquietud intensa causada por la amenaza de una desgracia o un peligro. “Al mediodía del lunes festivo sacaron un cuerpo del caño al ladito del portal, ya le mando el video para que vea si es Duván”. Tras escuchar esa noticia, el ritmo cardíaco de Dolores se aceleró al punto de que el aire no entraba en su cuerpo. Comenzó a llorar, aunque no quería llorar. Pero las lágrimas brotaban. Entonces llegó el video en el que se ve a unos agentes del CTI sacando un cuerpo de las oscuras aguas del caño. 

En efecto, el levantamiento se hizo en el canal de aguas de la Avenida Villavicencio, a pocos metros del Portal de las Américas. En la grabación se ve a los agentes cargando el cuerpo de una persona de sexo másculino, vestido con una pantaloneta y unos zapatos negros. El cuerpo está rígido, las extremidades superiores levantadas y justo en el antebrazo derecho se ve un tatuaje grande. En el video se escuchan las voces de los vecinos del sector. Uno de ellos dice que el muerto debe tener unos 30 años. Otro dice que el cuerpo estuvo allí desde las tres de la mañana del domingo. Otro advierte que esa noche hubo una trifulca entre civiles y los policías que cuidaban el portal. 

Mamá es mamá. Cuando Dolores vio las imágenes por primera vez, en un santiamén, supo que ese no era su hijo Duván. Sin embargo, un familiar le insistió para que revisara las imágenes de nuevo porque a él sí le quedaban dudas. Además del tatuaje en el antebrazo, le pareció reconocer la delgada contextura de Duván, que solía ponerse pantalonetas debajo de los jeans. Dolores vio las imágenes una docena de veces más. No era su hijo. Sin embargo, por la insistencia de quienes la rodeaban, salió corriendo a Medicina Legal, adonde el CTI había llevado aquel cadáver. Allá estuvo varias horas. Aquellas horas interminables en que los familiares de un desaparecido se aferran a todos los dioses. A todos sus santos. A la fe de los vivos. Finalmente, los funcionarios le dijeron que el cuerpo hallado en el caño no tenía nada que ver con Duván Felipe Barros Gómez, su hijo. 

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Un portal

El miércoles 9 de junio, Dolores Barros se preparó de nuevo para ir hasta el fin del mundo. Estuvo en la Fiscalía. Desaparecido. En la Sijín. Desaparecido. Visitó cada CAI cercano a Kennedy. Desaparecido. Averiguó en la Clínica de Accidentes. Desaparecido. Desandó los pasos que algún día su hijo dio en el inmenso Corabastos. Desaparecido. De modo que regresó al Portal de las Américas y en el camino deseó que al final todo se redujera a perdonarlo por haberse ido de fiesta sin decirle, sin pedirle permiso. Pero nada. Desaparecido. 

En el Portal de las Américas se encontró con la misma escena que acompaña por estos días a ese lugar. En la gigante plazoleta principal que da hacia la Avenida Ciudad de Cali se reúnen cientos de jóvenes desde hace dos meses. Grupos variopintos que van desde universitarios, estudiantes de bachillerato, raperos, skaters, metaleros, malabaristas, saltimbanquis, desempleados y, al final de la tarde, llegan los que hacen parte de la denominada Primera Línea, quienes dicen contener los desmanes de autoridades como el ESMAD. No es un secreto: durante el día se venden marihuana y cocaína; licores hechizos: guarapo, chirrinchi y viche. Hay oferta para todos los gustos y todos los presupuestos. Parece claro que ese mercado de licor y alucinógenos está opacando los principios e ideales por los que cientos de manifestantes comenzaron a reunirse justo allí, en esta arteria principal de la ciudad.

En promedio, el Portal de las Américas percibe la entrada y salida de 95 mil personas al día y es uno de los puntos estratégicos para la movilidad de Bogotá. Tal vez por ello se convirtió en el corazón de la manifestación en el costado suroccidental de la capital. Quienes protestan allí lo han bautizado Portal Resistencia. La fuerza del lugar ha tomado tal magnitud que brigadas de la Cruz Roja y colectivos de derechos humanos han instalado carpas y puntos de atención para tratar de mantener el orden o auxiliar a quien lo necesite en medio de las trifulcas que se desencadenan en cualquier momento. 

Dolores se encontró allí con un equipo de la Fundación Nydia Érika Bautista para los Derechos Humanos. Ella les relató los hechos de la desaparición de su hijo. Les mostró documentos de su denuncia, les imploró que la ayudaran. Ellos levantaron un documento, le asignaron a la abogada Andrea Torres e iniciaron una intensa actividad  de búsqueda por la zona. Imprimieron un millar de hojas donde están la foto de Duván, la fecha de su desaparición, la descripción de cómo iba vestido y dos teléfonos por si alguien tiene información de su paradero. Desde la fundación constantemente se están comunicando con Dolores y sus familiares, y todos los días, en punto de las cinco de la tarde, se reúnen para evaluar la situación y saber qué camino tomar. Llevan más de 20 días acompañando a Dolores. A los desaparecidos no solo los buscan sus familiares. 

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Portal de las Américas - Foto Pacho Escobar

Foto: Pacho Escobar / Tw: @PachoEscobar

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Un teléfono

El teléfono de Duván Barros apareció. Fue el 12 de junio. Tuvieron que pasar ocho días para que la madre de un amigo de Duván se conmoviera por la angustia de esa otra madre llamada Dolores. La mujer le dijo a la madre de Duván que su hijo Esteven* había llegado a la casa y que duró casi tres días como si estuviera inconsciente, dopado, “como drogado”. “A su hijo y al mío los drogaron”, le aseguró. También le dijo que Esteven le había contado que en el portal le recibieron un trago a desconocidos, que Esteven se tomó un sorbo y Duván otros más. “Duván se volvió como loco, empezó a tirar piedras y palos, entonces ellos lo que hicieron fue entregárselo al ESMAD”, le aseguró la mamá del otro joven. 

Dolores insistió en hablar de frente con el amigo de su hijo. La madre del adolescente le aseguró a Dolores que Esteven había recogido el teléfono de Duván, justo después de que se le cayera en el momento en que los policías se lo llevaban, y que por eso había aparecido con el aparato. Dolores buscó a Esteven en el portal y obtuvo una declaración parecida. Esteven mencionó la bebida que al parecer les dieron, la supuesta locura de Duvan y pero esta vez, ocho días después, no mencionó a los policías.

El martes siguiente, Dolores llevó el celular de su hijo a la Sijín, metido en una bolsa de plástico por si necesitaban revisarlo. Por si necesitaban verificar cuándo y dónde obtuvo señal por última vez, por si deseaban hacer el trabajo por el que les paga el Estado colombiano, el de investigar. Pero no lo recibieron. Así mismo, llevó a declarar a la novia de Duván para que contara el minuto a minuto de lo que hicieron mientras el adolescente llevó a la menor a su casa aquella tarde de sábado, hasta que se despidió. 

También les solicitó a las autoridades indagar con prontitud a Esteven porque era la última persona que había visto a su hijo, pero la prontitud parece que no es una obligación para la Sijín ni la Fiscalía. ¿Qué más tenía que hacer una madre desesperada tras llevar dos semanas sin saber de su hijo? ¿Seguir respirando aquel cuchillo frío llamado angustia? Pero ella sigue persistiendo, no ha pasado un día en que no regrese a alguna de las dependencias para tratar de saber a dónde van los desaparecidos. De regreso a casa, un consejo recurrente que le daba a su hijo le hace doler ese órgano invisible llamado Presentimiento de Madre: “Duván, no te vayas a estar metiendo en esas protestas del portal porque esos policías te dejan roto”.

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No me llames Dolores

Dolores es un nombre que carga mucho peso en su significado. Dolores Barros lo sabe como quien más. Todo iba bien en la costa Caribe colombiana. Ella nació en Riohacha. Un par de años más tarde su madre consiguió una tierra para vivir y cultivar en Bosconia (Cesar) y allá se trasladaron. Eran campesinos que vivían de sembrar palma africana y tenían algo de ganado bovino y porcino. Dolores conoció a un hombre que le juró cosquillas de amor perenne. Su palabrería la convenció de ingresar al desconocido rincón del sexo bajo aquella vieja promesa que reza: “Voy a estar contigo para siempre”. Sin embargo, el día que supo que estaban embarazados el cobarde huyó y el viento gélido del desamor por primera vez le hizo doler el corazón. 

Debido a la precariedad del hospital de Bosconia, Duván nació en una clínica de Valledupar en 2004. El parto no solo fue complicado, sino doloroso. Otro dolor. Ella supo que ser mamá y papá no iba a ser fácil, pero su orgullo ya tenía un corazón de 21 gramos que palpitaba más rápido cuando se cruzaban las miradas. Todo iba bien, pero llegó la guerra. Grupos paramilitares se apoderaron de la zona y a quien “no cooperaba” lo obligaban a huir o lo mataban. A Dolores Barros le hicieron las dos cosas. En 2008, los paramilitares asesinaron a su hermano Héctor Antonio Barros, quien apenas había cumplido 23 años. Un panfleto llegó a casa: “Se van o los desaparecemos”. ¿Qué duele más, el asesinato de un hermano o el destierro? La familia regresó a La Guajira con el cadáver y la humillación de verse impotentes.

Un hermano de ella decidió trasladarse a la helada Bogotá. Cuando estuvo seguro, mandó por la familia. Dolores fue la última en llegar a la capital, junto a Duván, que daba sus primeros pasos. Llegó al barrio El Amparo, de donde nunca se ha ido. Amparo significa protección y eso creyó tener. Le bastaron un par de días para poner a Duván en una guardería y ella empezar a  trabajar en casas como trabajadora doméstica. Allí conoció la indiferencia del privilegiado y la generosidad del obrero. Hace 13 años encontró a un hombre que le brindó estabilidad. Con él tuvo 2 hijos más, otro varón que tiene 12 años, pero que ya mide 1.80; y una niña que a pesar de sus 11 años tiene la entereza de alguien de 21, tal vez por ello se llama Caperuza, que significa ‘persona capaz’. 

Quienes más estiman a Dolores la llaman Lola. Y a ella le gusta que la llamen Lola. Así le decían a su abuela. Quienes la conocen, dan cuenta de que así no tenga nada en la nevera, siempre ofrece algo. Otros admiran su capacidad de trabajo. No le importa doblarse en turnos si esto les va a ofrecer una mejor calidad de vida a sus tres hijos. Lleva cinco años laborando en la fábrica de confecciones de una reconocida marca de ropa. Allá, dependiendo de la semana, le toca hacer un turno de 10 de la noche a 6 de la mañana, que fue el que hizo la semana en la que desapareció Duván.

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Una llamada

La llamada entró el viernes 11 de junio. El teléfono desde el que le marcaron era el 313 554 88 47. La voz al otro lado de la línea se escuchaba soez. Como una voz de mando que aprendió a hablar con órdenes, porque parece que órdenes es lo que ha recibido en toda su existencia. 

“Bueno señora, le habla el comandante Pedro Vera, no le hablan ni de la Policía ni del Ejército, le está hablando un comandante de una organización al margen de la ley, por medio de esta llamada nos atribuimos los hechos de tener en este momento retenido a su hijo. Pertenecemos a la columna central del Ejército de Liberación Nacional, ELN”. 

A Dolores de inmediato la inundaron lágrimas que no sabía si eran de miedo o de esperanza, lo único que podía responder era: “Sí, señor. Sí señor”, mientras escuchaba una caterva de argumentos inconcebibles sobre la desaparición de los jóvenes en estos meses de noches inefables. 

“Le vamos a liberar a su muchacho, le vamos a colaborar porque ya investigamos y él no pertenece a ningún grupo de vándalos, ya no es como antes que primero matábamos y después investigamos. Ahora primero se investiga y después se mata”.

Pasan siete minutos de doctrina y de pronto el teléfono de Dolores se apaga. Ella no sabe qué hacer. Corre por toda la casa. Busca un cargador. Lo tiene al frente pero no lo ve. El cuchillo ahora caliente de la angustia la tenía clavada en aquel punto que hace vacío en el estómago. “Cálmese, Dolores, Cálmese”, le dice su cuñada. Hasta que logran conectar de nuevo el aparato. 

“Se le va a exigir, se le va hacer una exigencia, usted sabe que movilizar a cualquier persona y la alimentación de los días que él ha estado aquí, se le va hacer una exigencia de un millón de pesos”.

La respuesta inmediata de Dolores es que no los tiene pero sus lágrimas y su voz entrecortada le advierten al hombre que ella haría cualquier cosa por su hijo. Su angustia aumenta al recordar un par de frases de aquel ser sin sentimientos al otro lado de la línea:

“Lo que sí la está salvando es que usted es una persona trabajadora. Dígame si tiene alguna duda o si lo quiere seguir buscando hasta viejita al muchacho y yo lo zampo de cabeza en una bolsa de polietileno tres metros bajo tierra en una fosa común, hasta que usted se canse de llorar lágrimas de sangre”. 

“Yo hago lo que usted diga”, repite Dolores constantemente durante las tres llamadas que hace el hombre. En uno de los cortes de las comunicaciones, quienes rodean a Dolores le advierten que todo esto puede ser una extorsión, una estafa, y que lo que desean es robarla. ¿Habrá algo más despreciable que quien extorsiona a la madre de un desaparecido? Dolores retiene los consejos, pero su corazón le exige incluso humillarse para conseguir el millón de pesos que le acaban de exigir por devolverle vivo a Duván. 

Hombre: “A ustedes nadie los mandó andar corriendo para el Estado. Sino larguense para la Sijín o para el CTI a ver qué les solucionan”.

Dolores: “No, señor. No, señor. Tranquilo. Entonces deme un, deme el, deme un número de cuenta”

Hombre: “Bancolombia, Bancolombia. Vamos a movernos, que yo no estoy jugando, o sino cuelgo y al niño se lo duermo”.

Dolores: “Sí, dígame el número”

Hombre: “Cuenta Nequi: 324 636 50 58”.

Aquel día Dolores corrió al segundo piso, donde la dueña del apartamento que arrienda en El Amparo. Llorando, se arrodilló y le pidió que le prestara el dinero. La señora le prestó $450.000, las compañeras del trabajo le mandaron los $250.000 que habían reunido y el resto de familiares completaron lo de la extorsión. Le volvieron a advertir que se podría tratar de una estafa, pero con una sola frase Dolores cerró el tema: “No voy a quedarme quieta. No quiero después pensar que a mi hijo lo mataron por no haber consignado un millón de pesos”. 

8

Cien bueyes

No transcurrió mucho tiempo para que Dolores Barros presentara los hechos en la Sijín. Allá le entregó todos los datos a una funcionaria. Número de teléfono del que la habían llamado. Grabaciones de las conversaciones con aquel extraño de voz firme y corazón de concreto. Número de teléfono asociado a una cuenta Nequi donde había hecho el depósito en dos consignaciones. Recibos de prueba y la solicitud expresa de que iniciaran una investigación para saber si de verdad el hombre y el supuesto grupo al que pertenecía, tenían a su hijo Duván. 

Cuando por fin apareció el investigador de la Sijín que le habían asignado, también le entregó la misma documentación. El funcionario la regañó y le dijo que eso le pasaba por dar el número de teléfono en las redes sociales. Dolores se defendió diciendo lo probable: ¿qué mamá que busca a un hijo desaparecido se niega a publicar su número de teléfono? Con valentía, le pidió celeridad al funcionario. Le dijo que le había dado los datos, que el hombre de la llamada siempre aparecía en línea desde Whatsapp, pero que nada habían hecho para ubicarlo. Y le sumó una descarga de impotencia: “Yo vengo aquí donde ustedes y ustedes no me tienen respuesta de nada. Ustedes, inclusive, me dicen: ‘Si va a venir me llama porque no sabemos si estamos’. He ido y no están. Ayer todo el día esperándolo y hoy por la mañana, y llamo y digo ‘¿qué pasó que no me ha llamado?’, y me dice: ‘Señora Dolores yo me encuentro ocupado. Yo ahorita más tarde le devuelvo la llamada’. Es el desespero que tengo como mamá”.

El pasado 22 de junio apareció de nuevo el investigador. Después de 17 días de la desaparición de Duván Barros, le dijo que el caso ya estaba en manos de la Fiscalía. Que lastimosamente había procedido mal respecto de la denuncia porque los hechos tuvo que haberlos expuesto ante un fiscal para que este abriera una investigación formal. “Pero si hacerlo con la Sijín me lo recomendaron ustedes, ¿por qué no me dijo antes?”, le respondió ella. El hombre le dijo que, sin embargo, el pasado 15 de junio, 10 días después de la desaparición de Duván, ellos como Sijín habían activado el mecanismo de búsqueda a nivel nacional; es decir que el nombre de Duván Barros y su número de identificación ya estaban en hospitales, centros de detención y dependencias de Medicina Legal. Diez días después. 

El investigador también le notificó que habían recogido el testimonio de Esteven, el amigo de Duván que lo vio por última vez y quien se quedó con su teléfono. El hombre de la Sijín aseguró que, por el comportamiento y las respuestas del adolescente, este no estaba mintiendo y que su relato no se alejaba del que ya conocían. Finalmente, le dijo que seguirían en la investigación y que estuviera pendiente porque el fiscal del caso la iba a llamar. 

Así sucedió. El fiscal recitó casi todo lo que había dicho el investigador. Incluso, ante la pregunta de Dolores sobre por qué no tenían aún las imágenes de ese día, provenientes de las seis cámaras que apuntan a la plazoleta del Portal de las Américas, el funcionario advirtió que ya había solicitado la orden para que se las entregaran. Dolores, que poco sabe de tecnología, le recordó que era probable que después de 17 días ya no existiera esa evidencia para seguir los pasos de su hijo, o los pasos que le hicieron dar a su hijo. El fiscal guardó silencio. 

Dolores se aferra a la esperanza. Se aferra a su Dios. Al Dios de los vivos. El cuchillo frío de la angustia entra y sale cada vez que tiene noticias sobre la hecatombe que sucumbe a Colombia desde el 28 de abril de 2021. Hecatombe significa el sacrificio de cien bueyes, aunque parece más bien que 100 gigantescos demonios hubieran pasado por encima de la dignidad de 45 millones de colombianos. Las cifras dan cuenta de lo que aquellos bueyes han hecho con quienes se han opuesto a sus mandatos. Según el reporte de la ONG Temblores, durante las jornadas del paro nacional se han denunciado 4.285 casos de violencia física por parte la Policía y se han presentado: 45 casos de violencia homicida, 70 víctimas de agresiones oculares, 215 víctimas de disparos por arma de fuego, 28 víctimas de violencia sexual, 8 víctimas de violencia basada en género, 1.832 detenciones arbitrarias, 734 intervenciones violentas, 30 casos de uso de arma Venom, 41 casos de afecciones respiratorias y existen 93 mecanismos de búsqueda activos sobre desaparecidos, entre ellos el de Duván Barros. 

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Un tigre

“Me ibas a dejar ahogar”, le decía riéndose Duván Barros a su madre. Ella recuerda la anécdota porque su hijo la molesta cada vez que la cuenta como si fuera la primera vez. Duván tenía quizá seis meses de nacido. Hacía tanto calor en Bosconia que Dolores, en cuanto podía, lo metía a una pequeñísima bañera color turquesa. Un día tenía tanta ropa por lavar que se olvidó de que Duván estaba solo dentro del agua. Lo encontró morado y arrugado como un maracuyá descuidado. Se echó a llorar del susto y se prometió, nunca más en la vida, dejarlo solo.

Duván pasó por varias guarderías y por varias escuelas. Su simpatía era tanta con los profesores que, cuando Dolores no llegaba a recogerlo, ellos se lo llevaban para sus casas hasta que por fin la madre hubiera superado las varias horas de trancones que separan a los barrios del norte de Bogotá con los del sur. Una vez llegó a la edad de la conciencia, Duván le dijo a su mamá que quería trabajar. La abuela recuerda que el pequeño llegó hasta su casa para que convenciera a Dolores de dejarlo trabajar con un par de amigos en una carretilla de reciclaje. La abuela también se opuso, pero adora tanto al nieto que intercedió. Varios meses duró Duván llevando entre cinco y diez mil pesos diarios a su hogar, después de vender cartón y vidrio en las casas recolectoras del barrio. 

En el 2018, Duván regresó donde su abuela y su tía para que convencieran a Dolores de dejarlo ir en las noches a trabajar como cotero a Corabastos, la central de abastos más grande del país. Duván les contó que subiendo y bajando bultos de acelga entre las 10 de la noche y las 2 de la madrugada, le pagarían 45 mil pesos. Dolores lo dejó ir con dolor y desconfianza, pero le propuso un trato: ella tenía que ir a recogerlo para que los ladrones de la zona no le hicieran nada. Por varios meses recorrieron juntos, bajo la luz de la luna, las nueve cuadras que separan a la puerta 19 de Corabastos de la casa de los Barros Gómez. 

Empezando el 2020 Duván le dijo a su mamá que quería terminar el bachillerato, pero validando los tres últimos años. Ella se esforzó y lo matriculó, aunque todo se frenó por la pandemia. En la casa no tenían un plan estable de internet. A pesar de que en aquel apartamento de 50 metros cuadrados, donde viven cinco personas, nunca hace falta una libra de arroz o medio panal de huevos, algunas veces no les queda tan fácil pagar los 500 mil pesos de arriendo. Dolores le prometió a Duván que pronto lo matricularía de nuevo y le encargó el cuidado de sus dos hermanos menores. 

Duvan se dejó contagiar por el hip hop, las patinetas y ese primer amor que aparece al despuntar la niñez. En su cuarto tiene gorras colgadas de muchos tamaños y colores. Sus cinco jeans y sus camisas de manga larga están colgadas en un armario. Frente a su cama hay un televisor de la época de Pequeños Gigantes, pero prende. También un computador tan destartalado que al tocarle la CPU, se viene abajo el drive de CD. Y ahí, al lado, hay un micrófono que parece de juguete y que Duván dejó conectado a la organeta de la que a veces sacaba sonidos. Como si fuera a llegar en cualquier momento, su mamá ha dejado tendidos en la cama unos calzoncillos, unas medias, un jean, una camiseta blanca y un buso negro. Las prendas ahí lo esperan limpias y coloridas, vivas.

Hubo un tiempo, cerca de un año, en que Duván se fue a vivir con una tía a La Guajira. Lo quisieron así para que la acompañara y alivianara las cargas económicas en Bogotá. Duván debía irse a la escuela montado en un burro y muchas veces ocurrió que el animal, por su vejez, olvidaba la ruta de regreso a casa, de tal suerte que Duván y el burro duraban perdidos varias horas en el monte guajiro. Un día, Duván le contó a Dolores que varios animales se habían perdido en la zona porque al parecer un tigre había llegado. Todo el mundo hablaba del tigre y el miedo circulaba como viento helado hasta Bogotá. Duván volvió a desaparecer unas horas junto al burro y la angustia se apoderó de Dolores. Por esa razón, el fin de semana siguiente Dolores, o Lola, como le gusta que la llamen, mandó por Duván para que el tigre que nadie nunca vio, no lo fuera a desaparecer. Desde el pasado 5 de junio, Dolores teme que ese tigre que nadie ha visto, del que muy pocos hablan y al que tanto miedo le tienen en Colombia, se haya encargado de devorar y desaparecer a su hijo, Duván Felipe Barros Gómez. 

 

***

Actualización 11 de julio de 2021:

Tras 37 días de búsqueda, funcionarios de Medicina Legal informaron que los cotejos dactilares del cuerpo hallado en el canal de aguas de la Avenida Villavicencio, a pocos metros del Portal de las Américas, correspondían a Duván Felipe Barros Gómez.

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Acerca del autor

Pacho Escobar
Pacho Escobar es comunicador social de la Universidad del Cauca. Realizó un posgrado en Periodismo en la Universidad de los Andes. Trabajó como estratega en la campaña a la presidencia de Antanas Mockus. Estuvo en los primeros dos años de la revista digital Kien&Ke. Trabajó durante los primeros tres años de la revista digital Las 2 Orillas. Trabajó en el proyecto periodístico Pirry Sin Censura, del Canal RCN, su contenido digital fue merecedor del Premio India Catalina. Trabajó tres años en La W (W Radio) como su editor web. Hoy es uno de los cofundadores de Vorágine. A Pacho Escobar lo levanta preguntar y lo desvela escribir.
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