Reinalda, una antorcha que no se apaga en ninguna tormenta

Fue esclavizada siendo niña como trabajadora doméstica y luego secuestrada. Y nada de eso la amilanó. Con el apoyo de la Friedrich Ebert Stiftung en Colombia (Fescol).

13 de noviembre

Por: Mauricio López Rueda
Ilustraciones: Camila Santafé

Todavía recuerda el ruido que sus pasos producían al enterrarse en el lodo o al quebrar las ramas secas que abundaban en esa selva húmeda. Todavía recuerda la respiración fuerte y uniforme de sus captores, cuyas pisadas en ese monte eran más seguras y precisas, más acostumbradas. 

Reinalda Chaverra Mena perdió un zapato durante esa terrible noche, mientras era tirada hacia la profundidad de la selva, sin algún motivo que, al analizarlo con calma, tuviera el más mínimo sentido. Simplemente la arrastraban hacia la manigua, como cuando una hoja mojada se pega a un zapato y se ve forzada a viajar hasta que el caminante se percata y la despega. 

Reinalda, esa noche, era esa hoja mojada que el viento llevó hasta las pesadas manos de esos hombres que no tenían la más mínima intención de devolverla a la libertad. 

La llevaron hasta un rancho alejado de los caseríos, oculto en la selva, en el cual se encontraba un hombre mayor, también secuestrado, cuyo aspecto denotaba que había pasado largo tiempo en esa agreste prisión. También una mujer, con la cara pintada de negro, como una especie de máscara de guerra o de hechicería, y quien administraba el lugar y se encargaba de la comida. 

El grupo de malhechores era amplio y se mantenía en movimiento. A veces se quedaban junto al rancho, descansando o planeando nuevos siniestros, y otras veces se iban durante largo tiempo, dejando a Reinalda con la misteriosa mujer y el señor secuestrado. 

Una vez instalada, le dijeron los motivos de su cautiverio. La culpa era su apellido: Chaverra, pues tiempo atrás, su familia había tenido un altercado con unos vecinos, durante el cual, un tío de Reinalda, mató a un hombre que, al parecer, tenía nexos con grupos paramilitares. Desde entonces, en Tutunendo, corregimiento del Chocó, el apellido Chaverra fue sentenciado a muerte. 

Reinalda tiene muy presentes los recuerdos de ese oscuro episodio de su vida, sobre todo, porque esa noche perdería por primera vez a su hijo, Andrés Felipe Mena Caicedo. La segunda vez que lo perdió fue trece años después, cuando le contó la historia. 

Cuatro hijos tiene Reinalda Elina Chaverra Mena, cuatro razones para aferrarse a la vida y soportar los vejámenes con los dientes apretados. Andrés Felipe, Cristian Camilo Córdoba Chaverra, Carolina Córdoba Chaverra y Luis Eduardo Córdoba Chaverra. 

Aunque hijos del mismo padre, Andrés Felipe lleva los apellidos de la abuela, Mena Caicedo, porque cuando Reinalda fue secuestrada tenía tres meses de edad y Fermina, quien lo cuidaba, convencida de que se lo habían dejado, de que Reinalda lo había abandonado, lo bautizó como si fuera hijo suyo, y el niño creció creyendo que Reinalda era su hermana. 

Reinalda nació el 27 de febrero de 1973, en ese paraíso llamado Tutunendo, vocablo embera que significa “río de aromas”. La cabecera del corregimiento queda a 30 minutos de Quibdó, capital del Chocó, y toda su geografía está bañada por ríos y quebradas de aguas cristalinas que recorren como mansas serpientes la selva y las cordilleras, formando lagos y cascadas donde abundan mitos como la gallina de oro y Santa Bárbara. 

Su nombre fue obra de Fermina, quien, cuando se lo dictó al cura, estaba completamente borracha. En todo caso, ni aun estando sobria habría sabido la matrona que, etimológicamente, Reinalda significa “consejera del rey” y Elina “antorcha brillante y resplandeciente”.

De esos orígenes, germánico y griego, tampoco sabe nada Reinalda Elina, cuyos mejores recuerdos de la niñez tienen que ver con su abuelo Benancio Mena, único responsable de su crianza.  

“Los primeros años de mi infancia que yo recuerdo, vivía con mi abuelo, porque mi mamá no me crio. Vivía con mi abuelo en la finca y hasta ahí todo era maravilla”, recuerda.

Benancio Mena Caicedo se dedicaba a la agricultura y a la minería. Tenía varias hectáreas de tierra donde cultivaba maíz, arroz, plátano, achí, chontaduro, guayaba y borojó, entre otras bendiciones. También tenía minas artesanales en las que extraía oro y platino. 

Junto a él, Reinalda fue feliz. Ayudaba con las labores del hogar y, de vez en cuando, se permitía correr entre los matorrales, soñando con ser policía para capturar a cuanta persona mala se encontrara. Se encargaba de la leña, de recogerla, secarla y ponerla en el fogón. Lavaba los trastos, la ropa y tendía las camas. Barría y sacudía los muebles. 

Su vida transcurrió con infinita levedad hasta que cumplió 9 años y su madre, Fermina, reclamó su presencia. La arrancó del paraíso de su abuelo para llevarla a cuidar a sus cuatro hermanos: Ventura Augusto, Luis Ahirton, Selenia y Luz Nelly, tarea en la que se entretuvo hasta que cumplió los 12, y entonces comenzó su purgatorio. 

“Mi madre me envió para Medellín a trabajar en la casa de un cuñado de ella, cuidándole los hijos. El cuento que me echaron fue que en la ciudad yo iba a estudiar, que me iban a meter a la escuela. Entonces yo me fui para Medellín y ahí fue donde mi vida cambió totalmente, ahí fue cuando perdí esa libertad de niña”, narra Reinalda.

Le arrebataron su niñez, su vida, su campo, y la subieron a un bus Rápido Ochoa con destino a Medellín. Un bolso, con dos mudas de ropa, eran todas sus pertenencias materiales, pero en su mente, en cambio, llevaba una carga más abundante: los recuerdos del abuelo, del campo, la selva y de sus hermanos. 

Su madre la despidió secamente: “Te vas para Medellín con Libardo. Le vas a cuidar los hijos porque Libardo necesita una muchacha que le cuide los hijos, para que la mujer de él pueda trabajar”.

Y Reinalda tuvo que aceptar su destino, así nada más, sin chistar, sin protestar. Se sentó junto al cuñado de su madre y comenzó a llorar sin consuelo. De repente se dormía, volvía a despertar y otra vez lloraba. No sintió la dureza del camino hasta Medellín; no sintió los sobresaltos ni atendió los abismos que amenazaban con tragarse el bus y todos sus recuerdos. Tampoco comió y no pronunció palabra alguna hasta llegar a la gran ciudad, la de la “eterna primavera”. 

Pero qué iba a saber de primavera, una flor de 12 años que había crecido en medio de la lluvia, como las orquídeas o las azucenas. 

Y ella, que tan sólo era una niña, llegó a Medellín, al barrio Doce de Octubre, a cuidar otros niños, una de tres meses de nacida, uno de 5 y otra de 7 años; unos niños que no eran suyos, ni tampoco eran sus hermanos. Eran los hijos de Libardo, el cuñado de Fermina, un hombre al que tampoco conocía, a pesar de que era su tío paterno. 

Tenía que levantarse muy temprano para empezar los quehaceres de la casa. Luego llevaba al niño de 5 al jardín infantil y a la de 7 a la escuela. Volvía a la casa, esperando desayunar para poder encargarse de la bebé, a la cual debía bañar, vestir y alimentar. Le servían arepa con huevos revueltos, a ella, acostumbrada a platos más abundantes, a “comida de monte”, allá donde el abuelo. 

Lloraba, todo el tiempo. Lloraba barriendo, lloraba trapeando, lloraba lavando los platos y lloraba comiendo. La mareaban los recuerdos, la mareaba el hambre, el cansancio. A veces sentía que se desmayaba, pero no podía darse el lujo de respirar. Su patrona la regañaba todas las noches, cuando volvía y ella no había terminado las labores. Los regaños le despertaban las lágrimas y en medio del llanto, la niña trataba de encontrar las razones de su destierro. 

“No llore, cálmese. Eso es mientras usted se va adaptando, mire que acá la vida de la ciudad es mejor que la vida del campo; la vida del campo es muy dura; acá va a estar mejor porque vea que acá tiene acceso a estudiar”, le decían para tranquilizarla, para doparla y mantenerla amarrada a esa vida de esclavitud. 

Reinalda, para aprender alguna cosa, tomaba los cuadernos de los niños y practicaba todo lo que les ponían los profesores. De esa forma fue descubriendo las letras y los números, los códigos que el ser humano se inventó para comprender el mundo que lo rodea. Ninguno de esos símbolos, sin embargo, le sirvió a Reinalda para entender lo que le estaba pasando. 

Al año de estar esclavizada en aquella casa, se dio cuenta que en Teleantioquia se emitía un programa todos los días, a las 3 de la tarde, en el que enseñaban a leer y escribir. Reinalda jamás se lo perdía, y trataba siempre que, a esa hora, la bebé estuviera dormida. Entonces ponía atención y tomaba nota de vocales, consonantes, verbos; divisiones y multiplicaciones. El programa también le ayudó a sobrellevar su pena. 

Así se le fue yendo la vida, hasta que un día, llevada por la presión de su trabajo sin pago, Reinalda le pegó a uno de los niños, ganándose el desprecio, para siempre, de su patrona. 

“Te voy a pegar, porque acá no se les pega a los niños, y te voy a dar lo que te merecés, porque a mis hijos no los tocás”, gritaba enfurecida la señora. Reinalda no se amedrentó y, a fuerza de amargura, se enfrentó a la patrona. 

“Usted no tiene porqué pegarme. Deme el pasaje y yo me voy para mi casa, pero usted no es mi mamá para pegarme. Mi mamá se llama Fermina, no Flor”, explotó. 

Los rencores se le habían acumulado en un tumulto difícil de contener. Jamás le compraron ropa, jamás le permitieron estudiar y jamás le pagaron por todo el trabajo que hacía a diario. No tenía descanso. Trabajaba de lunes a lunes y no se le tenía permitido salir, a menos que fuera para ir de compras a la tienda, casi siempre con la señora, o a llevar a los niños hasta la escuela o el jardín. 

Su rebelión estaba justificada, pero no iba a tener un final feliz. La señora de la casa tomó represalias: le quitó la comida, compró cadenas para sellar la nevera y la miraba amenazante todo el tiempo. Reinalda tuvo que pedir ayuda en el segundo piso de la vivienda, donde vivía una prima hermana de su patrona. Le pidió que le diera de comer, que ya no aguantaba el hambre. 

En aquella señora, Reinalda encontró un atisbo de humanidad, de compasión. Le contó toda su historia y su aterradora realidad en esa casa del primer piso. La señora le dijo que tenía que hablar con sus familiares. Que tenía que encontrar la manera de regresar al Chocó, porque la estaban maltratando. 

Reinalda esperó con paciencia y un día, cuando le sonrió la fortuna, habló con un tío para que le ayudara. Al poco tiempo llegaron a un acuerdo con la patrona y esta le dio los pasajes para que regresara a Tutunendo, a su Chocó, a su familia. 

"Cuando me regresé a mi pueblo ya tenía 16 años. Yo con esa señora pasé de 3 a 4 años. Ella era la que cocinaba. Yo me encargaba de cuidar a los niños y de lavar la ropa, a mano, y de sacudir, trapear, barrer, todo eso; lavar baños, brillar las ollas. Ella me ponía todos los viernes a brillar las ollas, ese era el trabajo, pero lo de la cocina lo hacía ella”, cuenta Reinalda.

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Recordando todo aquello desde la distancia de los años, a Reinalda lo que más le duele es que fue esclavizada por personas que, como ella, tenían en sus raíces la marca de la esclavitud. Eran negros, eran chocoanos y, de alguna forma, también eran su familia. A pesar de todo, la trataron mal, la subyugaron, le enrostraron las cadenas del pasado. 

Liberada, Reinalda volvió a Chocó, pero no donde su abuelo. Retornó donde sus hermanos, donde su mamá. Tenía 16 años y la única forma de ganarse la vida que encontró fue viajando a Quibdó para trabajar en casas de familia. Estuvo en casas de médicos, de policías y de maestros, y en ninguna de ellas le respetaron el sueldo. Cuando le pagaban un mes, era porque ya le debían dos o tres, y nunca terminaban de saldarle las cuentas. Le abonaban, de vez en cuando, pero nunca terminaban de pagarle la deuda. Así duró dos años, hasta que decidió volver a Medellín.

“Me regresé para buscar nuevamente empleo en casas. Llegué a vivir a Manrique Los Balsos. A veces salía con amigas a tomarme algo, y fue así como conocí al papá de mi hijo mayor. Me enamoré y estuve con él mucho tiempo, conviviendo. Él se fue conmigo para Manrique, pero luego, por diferentes dificultades, tuve que invadir en Vallejuelos, luego le puse pelea al papá de mi hijo y logré acomodarme en el barrio Ocho de Marzo”, señala la madre. 

Cuando su hijo nació, Reinalda tuvo que renunciar a un trabajo porque no era capaz de lidiar con ambas responsabilidades. Decidió viajar a Tutunendo, para que su madre, Fermina, le ayudara con la crianza mientras ella se ganaba la vida en Quibdó. 

Se iba los domingos para Quibdó y volvía a Tutunendo los sábados, para estar con su bebé. Y un domingo, regresando a Quibdó, esperando el bus de las siete de la noche, la secuestraron. 

Recuerda que quitaron la energía y todo quedó en penumbras. En esas situaciones, los jóvenes acostumbran tirarles piedras a las casas, motivo por el cual la joven fue a refugiarse, no fuera que la descalabraran. Estando ahí, oculta y esperando que volviera la luz, sintió que alguien la tomaba por el hombro y la punzaba con una pistola en el cuello. 

“No te vas a soltar, quedate callada”, le dijo la sombra amenazante. Luego le taparon la boca y la arrastraron hacia la selva. 

Se la tragó la manigua. Ella iba como aturdida. No podía distinguir las formas y le faltaba el aliento. Tropezó, se golpeó con las ramas y siguió caminando, como un alma en pena deambulando sin rumbo por el purgatorio. 

En los escasos momentos en que su mente recobraba la lucidez, únicamente podía pensar en su hijo, en su bebé. Una y otra vez preguntaba, borracha por el cansancio y el miedo: “Por qué yo, por qué a mí”, y los esbirros le contestaban: “Dale gracias a Dios que servís para la cama, porque la orden es que todo Chaverra que se vea por ahí, hay que matarlo, y vos estás como buena, tenés cara y tenés cuerpo, eso te salva”.

Nunca supo dónde la mantuvieron en cautiverio, bajo la custodia de la extraña mujer con el rostro pintado. Varias veces intentó escapar, y otras tantas buscó convencer a la señora para que la dejara ir.

“Mire que yo soy madre, tengo un hijo pequeño que me espera”. 

“Usted tiene uno, yo tengo tres y el último hijo mío nació aquí, en la montaña, y cuando estaba con los dolores me tocó bajar una montaña revolcándome, dando vueltas. Dele gracias a Dios que hasta el momento no le han hecho nada, pero usted de acá no sale”.

Un día cualquiera, imposible de descifrar en la inconmensurable plenitud de esas noches tormentosas, a la cuidadora le agarró el mal de la selva y comenzó a retorcerse de dolor y a vomitar. Aquejada por intensos dolores y con una incontenible diarrea, la mujer se quedó dormida. En ese momento, el otro secuestrado se acercó a Reinalda y le dijo: “Usted es muy joven, haga la forma de escaparse de acá, porque si usted no se escapa de acá, no sale, esta gente es mala, es muy mala. Yo tengo mi familia en Cali, allá vivo. Me vine para el Chocó a trabajar la minería, y esta gente me secuestró. Yo ya de acá no salgo. Yo estoy aquí por obra de Dios y el espíritu santo, porque Dios es el que me tiene aquí. A veces pienso que morí y volví a nacer”.

A Reinalda la embrujaron esas palabras y, aunque pudo haberse escapado fácilmente, no lo hizo. En otra ocasión, agobiada por la soledad, se envalentonó y echó a correr, cuando nadie la vigilaba, pero minutos después se encontró rodeada por sus captores, quienes volvieron a someterla con advertencias de muerte. 

“Si no querés ser abono para la tierra, portate bien”, le escupieron mientras le cortaban el brazo izquierdo. “Todavía tengo la cicatriz”, cuenta. 

“Este es el principio, y si seguís rebelde y no hacés lo que se te dice, vas a terminar picadita y vas a ser abono para la tierra”, le dijeron. 

Su salvación llegó tiempo después. Un helicóptero del Ejército o la Policía apareció volando sobre aquel campamento y comenzó a disparar. Los cobardes secuestradores salieron corriendo y se olvidaron de Reinalda, quien también empezó a correr, impulsada por un destello de esperanza, o quizás aventada por el miedo. 

A salvo en la carretera, sin saber para dónde era el norte o el sur, Reinalda caminó, y luego caminó más, hasta que el tiempo se transformó en un largo embudo negro, en una marea impenetrable de oscuridad infinita. 

Volvió de su letargo mortuorio gracias al estridente sonido de un camión. Le puso la mano, se subió y se dejó llevar, a donde fuera. Se había salvado. 

Regresó a Medellín, todavía envuelta en el espeso bosque de sus recuerdos. A su memoria retornaban una y otra vez las visiones de esa mujer extraña, de esa mujer monte. También recordaba al secuestrado caleño, a ese hombre que le dio esperanza y que, quizás, ya estaba muerto. 

Todo se le hacía nebuloso, y no podía distinguir qué era real en toda esa historia, o en su historia anterior. Atrapada en ese espiral de recuerdos, iba y venía entre el pasado y el presente, a través de rostros borrosos y retazos de momentos equívocos. Su hijo ya era grande y tenía los apellidos de la abuela, mientras ella derrapaba por el abismo de su atribulada memoria, salpicada toda ella de alucinaciones. 

Tuvo más hijos, otros tres, y Daniel Felipe volvió a ella cuando cumplió 13 años. Sin pensarlo le contó toda la historia, de sus años de esclavitud, de sus malos jefes, de su secuestro. El niño, parado bajo esa cascada de información, sintió que se ahogaba, y tuvo que salir corriendo para poder respirar, para escaparse de ese océano de amargas remembranzas. 

Pero el océano volvía sobre él, se le echaba encima como borrasca. Eran demasiadas cosas por asimilar, demasiada agua. Su madre, su negligente padre, sus hermanos, y todos esos episodios trágicos alrededor de su existencia. 

Comenzó a irse de la casa y pasaba las noches en la calle. A veces uno o dos días, y a veces ocho o quince. Se drogaba, no comía, y Reinalda tenía que ir a rescatarlo de las alcantarillas, maltrecho, maloliente, como espantado de la vida. 

Un día simplemente no volvió, y ni ella pudo encontrarlo. Lo buscó en hospitales y en morgues, mostrando sus fotos para que lo reconocieran, pero le fue imposible encontrarlo. Además, tenía que cuidar de sus otros tres hijos, y trabajar, para el sustento diario. 

“Yo era trabajando y trabajando, y llegaba un momento en que sentía desmayarme, sentía que me caía. Le decía a la jefa que me hiciera el favor de regalarme un segundo para llamar, para preguntar si mi hijo ya había vuelto a la casa. Y yo llegaba al rancho y hacía la comida, y les servía a mis tres hijos y los veía comer, pero me decía: ‘falta uno, comen tres, pero falta uno’. Fue un momento muy duro”.

Sin embargo, no se rindió. Continuó su búsqueda, inagotable, hasta que, tras muchas oraciones, sintió que Dios le habló, en sueños, y le mostró dónde buscarlo. Le contó de sus sueños a una tía, y esta le dijo que seguramente el niño estaba en un hogar de acogida, que se arreglara y la esperara, que lo iban a encontrar.

Las dos mujeres salieron ese día y fueron hasta el barrio Robledo, a Medicina Legal, a la Unidad Intermedia de Buenos Aires. Se toparon con decenas de vigilantes y a cada uno les mostraron la foto de Felipe, pero ninguno reconocía al muchacho. Entonces llegaron al hogar de acogida de San Benito, por la plaza de mercado la Minorista, y el vigilante de allí, tras revisar con detenimiento las listas de nombres, dijo: “Ay madre, le digo que donde usted llegue más tempranito lo consigue aquí, hoy se lo llevaron para un internado”.

Reinalda sintió que le volvía el alma al cuerpo y se abrazó a su tía empapada de lágrimas. Saltaba y gritaba de alegría. Su hijo, aunque lejos, estaba sano y salvo. 

Fue hasta el internado y allí le confirmaron la buena noticia. El niño estaba bien, pero no podía verlo. Tenía que esperar, ir a audiencias y recibir la visita de una psicóloga. El pequeño había contado que era del Chocó y que su madre lo había abandonado. Reinalda tuvo que insistir en la verdad, en que él vivía con ella, en Medellín, pero se escapaba recurrentemente. No le creyeron. 

Una psicóloga la visitó en su hogar del Ocho de Marzo, y le preguntó si maltrataba mucho al niño. Le preguntó si le pegaba. 

Sí, le pego.

¿Y con qué le pega?

A él ya no le vale la correa, entonces le pego con un palo de escoba.

¿Y cuántos palazos le da?

Yo no cuento los palazos. 

Reinalda, pese al posible castigo de no volver a ver a su hijo, fue sincera, tan sincera como las aguas de su natal Tutunendo. No se guardó nada porque nada tenía para reprocharse. Amaba a su hijo, a todos sus hijos, y los protegía de la única manera que sabía, la manera como le habían enseñado a hacerlo. 

Después del reporte de la psicóloga tuvo que esperar 15 días para recibir alguna noticia. Luego soportó audiencia tras audiencia, hasta que finalmente fue a juicio. Le tocó una jueza, rígida, malencarada, quien le dijo que todo lo que el niño era o hacía, era culpa de ella, sólo de ella. Que si robaba o se drogaba, era culpa de ella. 

Reinalda, acalorada por la ira, respondió: “Que pena me da con usted, señora, pero yo a él no lo mando robar. A mí me ha tocado salir a pedir para darle a él, así sea un arroz con huevo y una aguapanela. Yo no soy de comprarle a él zapatos ni ropa de marca, pero desnudo tampoco sale a la calle. Eso es vicio, porque yo desde niña, desde los 12 años, prácticamente me crie sola, y yo debí haber dado en ladrona, o en cualquier otra cosa, y no di para eso. Así que no me culpe, que yo no tengo la culpa”.

Cuando el niño había cumplido un año y medio alejado de su madre, en el internado, llamaron a Reinalda y le organizaron una cita para visitarlo. Le dijeron que, si él lo decidía, podía volver con ella o esperar a ser adoptado. Reinalda llegó a esa cita colmada por los nervios. Le temblaban las rodillas y sudaba como si estuviera bajo el sol de mediodía. 

Pero Pipe la eligió a ella, eligió a su familia, y los dos se abrazaron con tanta fuerza, que todos esos años de sufrimiento se quebraron como las ramas secas de un eucalipto. 

Dos veces, la abnegada madre ha perdido a su primogénito, y dos veces logró regresar a él y rescatarlo. Ahora, aquel que fue niño hoy es un hombre, de 27 años, casado y con dos hijos, y trabajador como ninguno. 

Reinalda no sólo lo considera su hijo, sino también su hermano. Ahora se dedica a sus otros tres hijos, todavía muy jóvenes. Con ellos vive en Ocho de Marzo, un barrio que se le transformó en símbolo de sus incontables luchas. 

Sigue trabajando en casas de familia, o en restaurantes, pues lo suyo es la culinaria. Desde 2013, además, lidera las causas de las empleadas afrodescendientes del servicio doméstico. Junto a varias compañeras fundó el sindicato Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico Afrodescendientes, Utrasd, idea que surgió a partir de una magra experiencia con una empleadora. Actualmente es la fiscal de la junta nacional.

Se encontraba trabajando para una señora que vivía cerca al Éxito de Envigado. Se llevaban bien y el sueldo era digno. Sin embargo, un día la hija de Reinalda, Carolina, se quemó con una taza de aguapanela caliente y, fueron tan graves las quemaduras, que tuvo que llamar a la patrona para decirle que no podía ir, que estaba en una emergencia familiar. 

A la señora no le gustó, y no sólo contrató a otra persona sino que echó a Reinalda sin derecho a liquidación, argumentando que había dejado tirado el trabajo. 

En otro momento, Reinalda habría superado ese episodio sin quejarse, pero a esas alturas de su vida ya estaba cansada de las humillaciones, y decidió dar la pelea. Le dijo a su patrona que tenía derechos, que entablaría una demanda y esta le respondió que lo hiciera, que era la palabra suya contra la de ella y que si lo hacía se inventaba que como empleada Reinalda le había robado, y todo el mundo le iba a creer. 

Reinalda siguió adelante con la demanda y la ganó, recuperando parte del dinero que se merecía como liquidación. Ese episodio fue la mecha que encendió a Utrasd, sindicato que conformó junto a María Arroba Borja, primera presidenta; Claribed Palacios (actual presidenta), Flora Inés Perea, Nubia Díaz Palacio, Yolanda Mosquera y Gloria Cecilia Céspedes. 

Fundaron el sindicato en 2013, y hoy cuentan con cerca de 650 empleadas domésticas afiliadas en todo el país

“Eso me dio mucha fuerza. De ahí para acá no he vuelto a tener pleito con ningún empleador, y sigo ejerciendo la labor, no tan de lleno porque como hago parte del sindicato y todo eso, entonces no puedo estar de lleno metida en las casas. Esa historia me abrió mucho los ojos, porque yo decía: ‘si a mí me hizo esto esta señora, ya se lo habrá hecho a otras, o lo volverá a hacer. Y si me quedo quieta, con las manos cruzadas, lo seguirá haciendo. Esto tiene que parar aquí’”. 

“Trabajar como empleada del servicio doméstico es algo digno, que merece todo el respeto posible. No queremos dañar la profesión, queremos mejorarla, y visibilizar todos los problemas, todos los abusos a que se ven sometidas las mujeres que ejercen este trabajo”, añade Reinalda quien, desde ese 15 de mayo de 2013, y aun siendo analfabeta, ha viajado por toda Colombia, conociendo a grandes personajes y dando discursos en los más importantes escenarios públicos. 

Te invitamos a leer: Trabajadoras domésticas internas, los abusos de los que no se habla

Los viejos recuerdos ya no la atormentan. Ya no aparecen en sus sueños los muertos que le tocó ver en Vallejuelos, o los asesinos que abusaron de ella en esa selva del Chocó. Tampoco llora por las noches pensando en la suerte de Felipe, su hijo, ni le salen lágrimas cuando asoma a su memoria esa casa del Doce de Octubre, donde fue esclavizada durante cuatro años. 

“La frase mía es que uno cree saber mucho, y a la hora de la verdad no sabe nada, yo me pongo a pensar en que uno, como ser humano, nunca puede quedarse sumergido en el dolor; en que uno, como ser humano, tiene que caer y levantarse, y seguir adelante, por dura que sea la situación”, expresa Reinalda, cuyos momentos más felices ya no son los que vivió al lado de su abuelo, en el campo, sino los que está viviendo ahora, en su Ocho de Marzo, ese barrio que recuerda las valientes luchas de las mujeres, y en donde construye, junto a sus hijos, nuevos recuerdos, unos más plácidos, más sosegados, más felices.

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