VORÁGINE constató en Quibdó la magnitud de la devastación que dejó el terremoto. Los estragos de la naturaleza solo vinieron a profundizar el abandono crónico, las vías intransitables y los incumplimientos históricos del Estado con Chocó.
16 de agosto de 2026
Por: Jaime Flórez, Quibdó, Chocó. Foto principal: Murcy.
VORÁGINE constató en Quibdó la magnitud de la devastación que dejó el terremoto. Los estragos de la naturaleza solo vinieron a profundizar el abandono crónico, las vías intransitables y los incumplimientos históricos del Estado con el Chocó.

Cuando Jessica Arenas volvió a la calle donde vivía en el barrio Medrano, en Quibdó, sus vecinos, parados en las aceras, la miraban como si fuera un fantasma, una aparición. Todos creían que estaba muerta. Era mediodía del miércoles pasado. La mujer caminó hasta la mitad de la cuadra y entonces vio lo que quedaba de su edificio: un arrume de escombros de cuatro metros de altura revolcados por una retroexcavadora, y en el que hurgaban decenas de soldados, policías y socorristas de la Cruz Roja. Jessica se coló entre un río de gentes angustiadas que asistían a la escena y alcanzó a un rescatista. “Yo creo que ustedes me buscan a mí”, le dijo.

Una extrañeza del destino le salvó la vida. Salomé, su hija mayor, había viajado el domingo a Medellín para asistir al funeral de un tío. Jessica y sus dos hijos pequeños estaban en el cumpleaños de una amiga cuando recibieron la llamada de la muchacha para avisarles que, sin darse cuenta, se había llevado las únicas llaves que tenían del apartamento. Jessica pensó en ir al edificio y tratar de abrir la puerta por adentro, usando un palo de escoba, como sabía hacerlo. Pero Blair Mosquera, pariente suya, una anciana de intuiciones y corazonadas, le insistió en que lo mejor sería pasar la noche allí donde su amiga. Jessica le obedeció y esquivó la muerte.

El lunes, cuando el edificio de cuatro pisos en el que ocupaba un apartamento se derrumbó, los vecinos notaron la ausencia de Jessica y sus niños, creyeron que estaban atrapados entre los escombros y los buscaron durante horas. El martes en la mañana, los rescatistas de la Cruz Roja asumieron la búsqueda de la familia durante un día completo. Para el mediodía del miércoles, cuando Jessica volvió a su barrio, ella y sus dos hijos eran los últimos desaparecidos del terremoto en Quibdó.

Mientras los rescatistas empezaban a replegarse, Jessica miraba los escombros con cierta incredulidad. Pese a que acababa de constatar la pérdida de todas sus pertenencias, ella sonreía. En ese mismo edificio, cuatro vecinos suyos murieron y varios más resultaron heridos. La caída de esa estructura de concreto de cuatro pisos fue el siniestro más letal de todo el Chocó, el departamento donde se originó un terremoto que a hoy deja alrededor de 300 muertos en todo el país. Jessica sonreía porque era completamente consciente de su suerte.

Lizeth Mosquera vivía en el cuarto piso, el último del edificio, justo encima del apartamento de Jessica y sus hijos. A las 7:34 de la mañana del lunes, en la calma cotidiana que suele anteceder a la desgracia, planchaba una camisa de su novio, Yavier Palacios. Entonces las ventanas empezaron a crujir y Lizeth gritó. Yavier salió del baño a tratar de calmarla: le dijo que el temblor se detendría pronto, que estarían bien. Cuando el piso comenzó a moverse como una gelatina supieron que tenían que huir. Lizeth, desnuda, apenas atinó a agarrar una toalla y salieron del apartamento impulsados por el desespero. Estaban en el último rincón de una estructura vieja y enclenque que se tambaleaba con furia.

Corrieron por el estrecho pasillo del cuarto piso y llegaron a las primeras escaleras que se cruzarían en su ruta de escape. El suelo se sacudía tan fuerte que los empujaba de un muro contra otro. Ella perdió el equilibrio y estuvo a punto de rodar, pero Yavier la agarró y la reincorporó. Bajaron en un par de saltos y cuando llegaron al tercer nivel se dieron cuenta de que estaban encerrados. El edificio tenía una falla en apariencia menor que en ese momento se volvió fatal. En el segundo y tercer piso había rejas que permanecían con llave para que solo los habitantes de esos apartamentos pudieran entrar. Las dos cerraduras funcionaban mal.

Cuatro vecinos más ya estaban apiñados contra la reja del tercer piso. La pareja se sumó a esa masa desesperada. “Las llaves, las llaves”, gritó Yavier, consciente de que las suyas se habían quedado en el apartamento. Entonces un vecino les devolvió la esperanza: “Yo tengo, yo tengo”. El hombre se puso frente a la reja, metió la llave en la cerradura pero no podía abrirla. Todos los que estaban allí atrapados sabían que, en un día normal y con calma, abrir la reja podía tomarles un buen rato. Ahora, en medio del desespero, parecía una tarea imposible. El edificio empezó a colapsar.

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Hasta el miércoles, los rescatistas buscaron sobrevivientes en el barrio Medrano. Foto: Pablo David
Hasta el miércoles, los rescatistas buscaron sobrevivientes en el barrio Medrano. Foto: Pablo David

Al despegar desde Bogotá con rumbo a Chocó, del centro hacia el occidente del país, el avión sigue la trayectoria opuesta al terremoto: desde las ciudades más alejadas del epicentro, donde el temblor se sintió pero no dejó daños, hasta las cercanías del punto donde la destrucción fue grave. Así, a medida que el avión avanza, cada pueblo que va apareciendo abajo —todos tan apartados y frágiles— puede haber sufrido consecuencias peores que el anterior. Pero desde el aire las poblaciones son indistinguibles y no se ve con claridad, así como desde el centro es difícil saber lo que se sufre en la periferia.

 Al desplazarse desde Chocó hacia el centro de Colombia, las ondas sísmicas recorrieron un país cuyo desarrollo, durante décadas, ha avanzado en sentido contrario: del centro hacia las periferias. En el terremoto, en la desgracia, Chocó al fin fue primero. Este departamento tiene los peores índices de calidad de vida. Allí, según el DANE, el 67,4% de sus pobladores vive en pobreza monetaria, es decir, el dinero que ganan cada mes no alcanza para acceder a una canasta básica de alimentos. En Bogotá es el 17,8%. Mientras que en la capital del país el 95% de la población tiene acceso a alcantarillado, en Quibdó solo el 16%. El contraste en la mayoría de los indicadores de desarrollo es del mismo calibre.

Hacia la mitad del vuelo aparece ante la vista la cordillera Central, que aloja varias de las ciudades más afectadas por el terremoto, como Pereira o Manizales. Algunas montañas son tan altas que sus picos atraviesan las nubes. Los ríos, en el fondo, como serpientes que se mueven cansinas entre valles profundos. Con la perspectiva que ofrece la altura, resulta fácil ponerse a divagar sobre la vastedad de la naturaleza y esas fuerzas inconmensurables que se tensan bajo la tierra y a las que estamos totalmente a merced.

 A lo largo de 7.000 kilómetros, desde el sur de Chile hasta las proximidades de Panamá, la placa tectónica de Nazca, que ocupa buena parte del océano Pacífico, empuja contra el bloque tectónico de la Sudamericana y se hunde bajo ella. Cada año, ambas se desplazan unos cinco centímetros. Parece una magnitud menor, pero esa interacción geológica es tan poderosa que, en gran medida, formó la cordillera de los Andes y alimenta la intensa actividad de los volcanes en la región. Los pocos centímetros de movimiento acumulados durante años pueden terminar liberando, en cuestión de segundos, una cantidad extraordinaria de energía que provoca terremotos, como ocurrió esta semana.

Después de la cordillera, la vista se encuentra con la selva espesa, y uno supone que ya sobrevuela el sur del Chocó, probablemente sobre el extenso territorio de San José del Palmar, el epicentro del terremoto. Lo que se puede observar es poco porque pronto el cielo de alrededor se vuelve gris y el pequeño avión queda envuelto en una secuencia de nubes densas que no dan tregua, y que cubren la mayor parte del tiempo este departamento, uno de los lugares más lluviosos del planeta.

El avión desciende y desciende durante minutos sin que las nubes se interrumpan. Entonces se percibe que la tierra está próxima, pero todavía no puede verse. Un corrientazo de susto recorre el cuerpo. La expectativa de observar Quibdó desde lo alto para tantear la magnitud de la destrucción se desvanece porque las nubes solo ceden cuando la pista de aterrizaje ya está a pocos metros. La destrucción, sin embargo, aparece pronto. 

Apenas hace falta salir del aeropuerto para escuchar el alboroto de un grupo de vecinos que acaban de bloquear la calle del frente para evitar otra desgracia. Armaron un trancón que bloqueó media ciudad porque un edificio de cuatro pisos está a punto de colapsar, sostenido desde afuera con unas cuantas cañas de guadua que tratan de reforzar sus columnas maltrechas. A partir de ese punto, casi todas las conversaciones y las observaciones posibles en Quibdó estarán atravesadas de alguna manera por el terremoto y sus consecuencias.

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En la mañana del pasado 14 de mayo un temblor de magnitud 5,6, originado en el Litoral de San Juan, en Chocó, balanceó a Quibdó. Su epicentro fue cercano al del terremoto reciente, y se derivó de la tensión de las mismas placas tectónicas. Lizeth Mosquera lo sintió muy fuerte en su apartamento del cuarto piso en el barrio Medrano, y le dijo a su novio Yavier que debían mudarse a otro lugar. Pero esa resolución se quedó colgando en el aire, una idea liviana de tantas que nunca se concretan. También, antes, los vecinos habían comentado entre ellos sobre la necesidad de arreglar las cerraduras de las rejas, por si un día ocurría una emergencia.

El lunes pasado, Lizeth, Yavier y sus cuatro vecinos se apretaban contra la reja del tercer piso mientras las ventanas y los muros empezaban a desprenderse de la estructura. Entonces Álex Borja, quien conocía la maña de la cerradura, desplazó a su vecino frustrado y asumió la tarea más urgente de su vida. Lizeth le gritaba: “No le va abrir, no le va abrir”. El hombre, tratando de ignorar el mundo que se caía a su alrededor, movió la llave durante un par de segundos más hasta que finalmente la reja se abrió. Pero les quedaba poco tiempo.

Los seis vecinos bajaron en estampida. Varios de ellos iban desnudos y se agarraban de los cuerpos ajenos como si todos fueran uno solo. Cuando pasaron por la reja del segundo piso, Lizeth escuchó gritos de niños que pedían ayuda, pero apenas alcanzó a ver unas figuras borrosas con el rabillo del ojo. Cuando llegaron al corredor del primer piso, la parte trasera del edificio ya se había derrumbado.

Lizeth sentía el golpe de pedazos de concreto que le caían encima y alcanzó a ver que detrás de ellos, a poco menos de dos metros, corría un hombre procedente de otro piso. El grupo de los seis salió compacto, convertidos en un nudo de brazos y piernas, justo en el instante en el que el edificio se derrumbó por completo. El hombre que venía detrás nunca salió. La muerte lo abrazó en la puerta.

Una nube de polvo se alzó por toda la cuadra y los cegó a todos momentáneamente. En ese momento era imposible saberlo, pero ocho personas permanecían atrapadas en el edificio. Los vecinos se congregaron en la calle. La reacción primaria de muchos fue irse corriendo, o en sus motos, para los colegios, a buscar a sus hijos que apenas empezaban la jornada escolar.

Lizeth, que había huido desnuda, se envolvió en una toalla y, con el recuerdo inmediato de las voces de auxilio que había escuchado al bajar por el segundo piso, empezó a gritar: “Hay niños, hay niños”. Entonces, un adolescente saltó entre los escombros que todavía no terminaban de asentarse. Al escuchar la voz de un pequeño, gritó también: “Hay vida, hay vida”.

Mateo Valencia tenía seis años y era el hijo de Jairson Valencia, alcalde de Bahía Solano, y Yirley Valencia, una gestora social que vivía con el niño en el segundo piso. Su madre había salido temprano a trabajar y le había pedido a Rocío Salas, su mejor amiga, que alistara a Mateo y lo llevara al colegio. En Quibdó, los alumnos de preescolar empiezan su jornada de estudio a las 8 de la mañana. Rocío y Mateo estaban a punto de salir del edificio cuando empezó a temblar. 

Poco después del derrumbe, los vecinos que entraron en los escombros los encontraron atrapados en las escaleras. Los rescataron vivos, pero los dos murieron en el hospital. Es probable que los gritos de Mateo fueran los que escuchó Lizeth cuando pasó por la reja del segundo piso, los mismos que, dice ella, se van a quedar guardados en su mente como un trauma.

Gabriel Rondón, miembro de la Defensa Civil, dijo que a todos los sobrevivientes del edificio de Medrano los rescataron sus vecinos en las primeras cinco horas tras el terremoto. Al final, bajo esa estructura colapsada murieron cuatro personas, y cuatro más estuvieron atrapadas. Entre los heridos estaba un hombre al que una pieza de concreto le partió las piernas y una mujer a la que una varilla le atravesó el cuerpo.

Lizeth, envuelta en una toalla, contempló la escena de los primeros rescates y allí, en medio de la conmoción de la cuadra, habló por primera vez con muchos vecinos que antes ni distinguía. También aprendió algunos de sus nombres, como el de Álex Borja, quien abrió la reja del tercer piso y que, pese a su mala memoria, dice ella, nunca se le va a olvidar.

Lizeth Mosquera y Yavier Palacios, sobrevivientes del colapso del edificio en el barrio Medrano.
Lizeth Mosquera y Yavier Palacios, sobrevivientes del colapso del edificio en el barrio Medrano.

Un hospital colapsado

Sobre las 9 de la mañana del lunes, cuando el hospital San Francisco de Asís de Quibdó estaba inmerso en el caos, en medio de la evacuación de los enfermos y la llegada de lesionados del terremoto, aparecieron dos heridos ajenos a la catástrofe natural, dos hombres que se desangraban por disparos. Agentes de la policía los habían llevado hasta allí. Al parecer eran caídos de la guerra de bandas delincuenciales -unas asociadas al ELN y otras al Clan del Golfo- que se disputan Quibdó, y que no dio tregua ni ante una catástrofe de la naturaleza.

Uno de los jóvenes necesitaba una cirugía urgente, pero el hospital no tenía los insumos básicos para hacerla, contó un testigo. Los médicos buscaron a sus familiares para que los consiguieran, pero nadie respondió. Finalmente, uno de los heridos murió. No es la primera vez que algo así sucede en este hospital de segundo nivel, el más importante de Chocó. Muchas veces, los mismos médicos tienen que comprar de su propio bolsillo las gasas y suturas que necesitan para intervenir a sus pacientes, contó un trabajador del hospital. El desabastecimiento es continuo, agregó, y el terremoto solo lo dejó en evidencia. 

El mismo lunes, mientras recibían decenas de heridos, las directivas del hospital tuvieron que emitir un comunicado pidiendo la donación de más de cien productos médicos y farmacéuticos, desde los más básicos, como acetaminofén o compresas, hasta elementos para practicar cirugías de emergencia. Ante la falta de capacidad para atender el desastre, decenas de heridos tuvieron que ser evacuados en helicópteros y aviones hacia Medellín. La primera respuesta al desabastecimiento, sin embargo, no llegó de ninguna institución pública. Un avión enviado por el futbolista John Arias y cargado de medicamentos y otras ayudas aterrizó el mismo lunes en la tarde y contribuyó a amortiguar la emergencia.

Pero las remisiones constantes y el desabastecimiento no son exclusivas de la contingencia, sino que son la cotidianidad del sistema de salud en Chocó. El hospital San Francisco no presta atención en especialidades que, al ser un centro de segundo nivel, debería atender, como neurología, cardiología o gastroenterología. Cualquier enfermo de todo el departamento que necesite atención de un especialista de este tipo debe ir a buscarlo en otra parte de Colombia. 

El hospital tiene muchas otras fallas. El alcantarillado colapsa cuando llueve fuerte –  en Quibdó puede caer un aguacero diario- , los inodoros se bloquean y devuelven las aguas fétidas y los desechos de los caños. La planta eléctrica no alcanza a cubrir todas las instalaciones, y hay habitaciones de pacientes que permanecen a oscuras. El personal pasa meses sin recibir sus salarios. En este momento, a los contratistas les deben dos mesadas, pero en otras ocasiones han llegado a pasar casi un año sin sueldo.

El terremoto sólo desnudó la crisis de salud del departamento. Dilon Martínez, representante del Comité Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó, explica que la construcción de un hospital de tercer nivel para el Chocó, con capacidad de dar respuesta a las necesidades del departamento, es una promesa incumplida por los últimos tres gobiernos. En 2016, el Estado se comprometió a construirlo luego de que miles de personas se manifestaron durante una semana en el paro cívico.  

Han pasado diez años y de esa promesa apenas hay un predio asignado a las afueras de Quibdó, donde se espera que algún día empiece la construcción. A finales del año pasado, el gobierno de Gustavo Petro firmó un documento Conpes del que se desprenderían casi 200.000 millones de pesos para la obra. Pero por ahora no se ha puesto el primer ladrillo. 

Otra de las deudas con el departamento que el terremoto dejó en evidencia fue la construcción de las vías. Los municipios quedaron incomunicados con Quibdó. A las mismas autoridades locales les tomó incluso días enterarse de lo que había pasado en algunas poblaciones. Heridos de otros municipios seguían llegando a Quibdó a recibir las primeras atenciones médicas hasta cuatro días después del terremoto. “Las vías terciarias han sido objeto de la corrupción nacional y local”, dice Dilon Martínez, quien fue uno de los líderes del paro cívico que hace 10 años llevó al gobierno a suscribir casi 200 acuerdos para transformar el Chocó. 

El rosario de compromisos incluía todas las áreas posibles: servicios públicos, empleo, educación, vivienda y tantas más, para cerrar la brecha de desarrollo del departamento. A hoy,  el cumplimiento de esas viejas promesas, según las propias mediciones institucionales, apenas ronda el 40%. Por eso Martínez, experto como pocos en materia de incumplimientos, se mantiene escéptico frente a lo que se viene para Chocó tras el terremoto. “Ahora nos van a hacer todas las promesas. Pero vaya a ver qué es lo que finalmente llega a las comunidades afectadas”, dice. 

Él mismo es uno de los damnificados. Cuando el terremoto sacudió las tierras altas del barrio Flores de Buenaño, estaba en casa con su esposa. Sus hijos y nietos ya se habían ido a trabajar y a estudiar. Martínez no alcanzó a salir de la vivienda porque la reja exterior estaba trancada. Entonces se paró sobre el dintel de la puerta mientras veía cómo se caía la estructura de dos pisos. Angustiado, trataba de asegurarse de que su esposa, que había corrido hacia un patio trasero, alcanzara a salir del edificio.

Los cálculos parciales de las autoridades departamentales apuntan a que al menos 2.600 viviendas quedaron destruidas, 13.000 averiadas y alrededor de 41.000 personas resultaron afectadas en Chocó. “En este momento hay incertidumbre.Todavía no sabemos el impacto final del terremoto. Después de esto podríamos tener un mejor departamento, si se canalizan bien las ayudas y se enfoca la reconstrucción. Pero lo que puede pasar es que haya mucha atención en los primeros días, y luego eso se acabe”, dice Martínez.

El colapso de este edificio causó cuatro de las 13 muertes que el terremoto dejó en Chocó. Foto: Pablo David
El colapso de este edificio causó cuatro de las 13 muertes que el terremoto dejó en Chocó. Foto: Pablo David

¿Y qué será de nosotros?

En los primeros días tras el terremoto, cientos de personas durmieron en los andenes de Quibdó. Algunos porque sus casas habían quedado inservibles y no tenían a dónde ir, muchos por temor a otro temblor. La naturaleza respondió ajena e indolente a sus necesidades y miedos. En la noche del miércoles cayó un aguacero que sacudió todo lo que había quedado enclenque, y terminó de tumbar un edificio en el barrio Jardín. En la noche del jueves se desató una tormenta eléctrica que inundó el coliseo de boxeo, que en ese momento era el único albergue de la ciudad, donde más de cien personas dormían en colchonetas en el piso. Los damnificados volvieron a quedar damnificados, y tuvieron que evacuar un edificio por segunda vez en la semana. 

Los relámpagos, los fuertes vientos y las lluvias nocturnas mantuvieron a los pobladores con los nervios alterados y en vela. Pero lo más tortuoso fueron las constantes réplicas. No tanto porque alcanzaran a percibirse, sino por las aplicaciones de los celulares que varias veces al día reportaban los más de 200 temblores que hubo en el departamento en los cinco días posteriores al terremoto. Cundía una paranoia comprensible. Parada frente a los escombros de su casa, Cristina Rentería le preguntaba asustada a su hermano Ervin si estaba temblando otra vez, solo porque el hombre había movido una mesa que habían podido rescatar del desastre. 

El jueves en la mañana, una de las réplicas más fuertes, de magnitud 4.3, activó las alarmas del personal del hospital San Francisco. Entonces vino la evacuación: los enfermos en camillas conducidos al caluroso parqueadero de ambulancias y los cojos empujándose con muletas y bastones hasta la entrada. Cuando comprobó la alerta del celular, una enfermera notó que el movimiento había ocurrido varios minutos antes, pero por la intermitencia de la señal -que no es por el terremoto, sino que es de siempre- se había demorado en generar la alerta.

En los primeros días, los pobladores le contaban con animosidad a cada interlocutor que se cruzaban dónde estaban cuando tembló y cómo fue que sobrevivieron. Con el avance de la semana, ese extraño entusiasmo de saberse salvados fue transformándose en una incertidumbre profunda. Como si el recuerdo del temblor – la impresión de lo nunca antes vivido- se asentara en el fondo de la memoria, y esa fuerza intempestiva que les sacudió la vida empezara a verse más como lo que será en adelante: una circunstancia extraordinaria e incontrolable que les dejó la vida más jodida que antes. Entonces, las conversaciones sobre el momento del terremoto se volvieron más escuetas. Aparecieron las preguntas sobre las ayudas humanitarias, el estado de sus casas y cien más que, al final, encierran una sola: ¿qué será de nosotros? 

Entre tanto, Jorge Almansa trata de vender a sus viejos clientes las pocas mercancías que recuperó de su bodega, ubicada en un primer piso de un edificio destruido donde murió Luis Rivas, de 39 años, quien estaba allí cuidando el perro de un amigo. “Yo espero y no espero, porque acá en Chocó todo se embolata o lo cogen los de arriba. Si no llega la ayuda, será empezar de cero por mi cuenta”, dice. Dilon Martínez, por su parte, montó un cambuche en el patio de su casa destruida para guarecerse junto a su familia de las tormentas nocturnas. En el día se reúne con sus compañeros del Comité Cívico para trazar el plan con el que van a canalizar las ayudas humanitarias desde la sociedad civil, porque no confían en las instituciones locales. 

Lizeth Mosquera, quien se salvó con su novio Yavier Palacios en el edificio del barrio Medrano, espera a que la rutina de la ciudad recupere un poco de normalidad para que le salga un contrato como psicóloga que estaba a punto de firmar antes del terremoto. En la pendiente de la carrera 9, al frente del arrume de escombros donde murieron cuatro personas, entre ellos el pequeño Mateo, un niño toma impulso en su bicicleta, tira el manubrio hacia atrás y ésta queda sostenida solo en su rueda trasera. Mientras maniobra para mantener el equilibrio sigue avanzando calle abajo hasta perderse de vista.

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