En el pueblo donde el calor desmaya, las niñas y niños enseñan a cuidar el planeta
28 de junio de 2026
Daniel tiene quince años y ya no camina descalzo por Arjona, el pueblo donde nació. Dejó de hacerlo porque el suelo quema. Dice que el aire cada vez hierve más. Entre marzo y abril, cuando los termómetros de este municipio de setenta y cuatro mil habitantes arañan los 34 °C, la luz aplasta. En su aula —la de noveno uno— ha visto a sus compañeros y compañeras desplomarse cuando las aspas del ventilador ya no alcanzan para empujar el bochorno. Es esa misma pesadez la que lo persigue como un perro fiel cada mañana en el trayecto hacia el colegio.
Vive con su mamá, su padrastro y su hermana de tres años en una casa de dos pisos. En su cuarto hay un ventilador, el segundo de toda la vivienda. A las 6:30 de la mañana sale para tomar el bus escolar que lo deja en Peñalita, un sector de Arjona. Desde allí camina cinco minutos por calles destapadas y polvorientas, por donde pasan motos, motocarros blancos y uno que otro automóvil. Son los árboles, más que las señales o las avenidas, los que parecen marcar el rumbo de las calles.
Es imposible llegar al colegio sin sudar. La institución aparece al final de una vía rodeada de escombros. Pero apenas se cruza la entrada, el paisaje cambia. Un sendero sombreado por troncos gigantes conduce hasta los salones. Hay mamoncillos, mangos y otras especies que los estudiantes han aprendido a identificar gracias al proyecto Juventud por un Futuro Verde de la Fundación PLAN; que busca fortalecer en jóvenes y mujeres las habilidades y conocimientos sobre medioambiente con enfoque de género. Cuando el calor se vuelve asfixiante dentro de las aulas, esos mismos árboles se convierten en refugio. Los niños y niñas sacan los pupitres y toman allí algunas clases que no requieren tablero, como filosofía o español.
A diferencia de muchas calles de Arjona, el colegio suele mantenerse limpio, o al menos libre de basura en el suelo. Daniel cree que fuera de sus muros todavía hace falta mucha conciencia ambiental. “Hay casas con la basura regada al frente y son los recicladores los que pasan recogiendo cosas para ayudarse”, dice.
Existen otras preocupaciones en el departamento, como la desigualdad, que aumentó a 17 %, o la informalidad que supera el 40 %, según el Dane. Y aunque Arjona está a apenas dos horas de Cartagena, la tercera ciudad de Colombia con mayores ingresos por turismo, muchas familias siguen enfrentando dificultades para acceder a servicios básicos como el agua o la electricidad.
Las contradicciones son visibles incluso para los niños. En un departamento rodeado por el mar Caribe, algunos de los compañeros de Daniel nunca han visto el mar. Kevin, otro integrante del proyecto Juventud por un Futuro Verde, es uno de ellos. Aunque la costa está a solo dos horas de distancia, todavía no la conoce.
Cuando no está ayudando a su padrastro a pintar carros y motos, un oficio que aprende desde hace cuatro años, o jugando fútbol, Daniel pasa el tiempo en casa jugando Free Fire desde su celular. Antes debe colaborar con los oficios domésticos. Ayuda a limpiar y también cocina. Aprendió porque no le gustaba el almuerzo que recibía en el colegio a través del Programa de Alimentación Escolar y porque quería apoyar a su mamá, quien tuvo que renunciar a su trabajo lavando ropa en casas debido a una enfermedad. Pero no solo llevó tareas a casa. También llegó cargado de ideas.
Las conversaciones, en el marco del proyecto, sobre reciclaje, cuidado del agua y protección del medioambiente empezaron a transformar hábitos dentro de su familia. Lo mismo ocurrió con Nair, que también participa de Juventud por un Futuro Verde: “Mi mamá estaba lavando los platos y yo vi que tenía la llave del grifo muy abierta. Se estaba desperdiciando mucha agua, lo cual no era necesario. Le expliqué y ella empezó a ser consciente”.
El colegio donde estudian Nair, Daniel y otros 500 jóvenes parece un oasis en medio de calles donde las preocupaciones ambientales rara vez ocupan un lugar prioritario. Para Daniel, el interés por proteger la tierra y el agua comenzó hace dos años, cuando sembró junto a sus compañeros un pequeño jardín. Desde entonces empezó a mirar su entorno de otra manera: “Así como nosotros necesitamos a los animales o las plantas, si se daña el medio ambiente nos puede afectar como humanidad. Por eso es importante ayudar al planeta”.
Las charlas sobre reciclaje, cambio climático, contaminación y el papel de las mujeres les han abierto nuevas preguntas y responsabilidades. Kevin reconoce que antes nunca prestaba atención a esos temas: “Me di cuenta que lo estaba haciendo estaba muy mal. Este proyecto me ha ayudado a entender cómo podemos cuidar la capa de ozono que nos protege, reciclar, prevenir la contaminación”.
Ahora, les parece evidente, y necesario para salvar el mundo, decir en sus casas que la quema de basura no es conveniente. Una práctica usual en Arjona. El efecto, dice Kevin, es para la comunidad y el futuro.
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Taliana, integrante del proyecto Juventud por un Futuro Verde, sale del colegio acompañada por una amiga que vive cerca de su casa. Caminan juntas por las calles de Arjona, bajo el mismo sol que en abril obligó a suspender clases antes de tiempo porque los estudiantes comenzaban a sentirse mal. Ella sabe lo que es que llamen a sus papás para que la recojan del colegio. Es asmática y su mamá aprendió que cuando la llaman, es porque debe ir por ella a falta de una enfermería en la institución.
A sus 15 años, Taliana vive con su mamá, su abuelo y sus dos hermanas en una casa de cuatro habitaciones. Y con lo que parece un privilegio en Arjona: aire acondicionado. Son paisas del corregimiento de San Cristóbal, en Medellín, y durante años han trabajado en floristería. Ella heredó ese gusto y emprendió haciendo arreglos florales y anchetas que vende por redes sociales.
Ese ‘perrenque’ lo tiene también en el colegio. Junto a otras compañeras se encargaron de recoger tapas de envases. Al principio querían donarlas a una fundación de animales, pero terminaron en una organización que protege a niños con cáncer. Fueron más de 1.000 tapas que juntaron entre todos los salones. Octavo dos, por ejemplo, recolectó más de 200. Un detalle no menor en un departamento en el que los microplásticos afectan a tortugas, peces y corales en los mares. Esos residuos que salvarguardan en un pequeño colegio en Arjona, son los mismos que en el mar Caribe dejan más de 1,4 millones de plástico al año, según Greenpeace.
Es representante de su salón y se toma ese papel en serio. Conoce las historias de muchos de sus compañeros. Algunos han perdido a sus padres. Otros atraviesan momentos difíciles. Ella intenta que nadie se quede aislado: “Siempre intento que todos se sientan bien en mi salón”, dice.
Cuando llega a casa después de clases, suele encargarse del aseo. También cocina. Aprendió observando a su mamá, que es cocinera para el PAE. La veía a diario en el colegio, pero la trasladaron y solo se encuentra con ella en las noches después de que llega de estudiar.
Esa preocupación por los demás también aparece cuando habla de los problemas de Arjona. En los últimos meses, por ejemplo, el acceso al agua se convirtió en una preocupación para su familia. Durante años tomaron agua directamente de la llave. Hasta que Taliana se enfermó. Comenzó con cólicos, vómitos y desmayos. Después de varios exámenes, los médicos le recomendaron prestar atención al agua que estaba consumiendo. Desde entonces, en su casa solo beben agua embotellada.
Las interrupciones del servicio tampoco son extrañas. A veces anuncian con anticipación que suspenderán el suministro para realizar arreglos y las familias almacenan agua para pasar el día. Cuando eso ocurre en el colegio, deben suspender la preparación de alimentos. Quizá por eso, cuando habla del cuidado del agua y del medioambiente, no lo hace como algo lejano. Menos en Bolívar que para 2023 el 40 % de su población no tenía acceso al servicio de acueducto ni alcantarillado, de acuerdo con el Ministerio de Hacienda.
Además de estudiar en la modalidad técnica de carpintería, donde aprende desde el manejo de herramientas hasta la elaboración de presupuestos, Taliana practica baile tres veces por semana. Pasa las tardes al ritmo de la cumbia, el porro y otros ritmos que impiden que mueran las tradiciones de su tierra. Los fines de semana suele salir con su familia a la playa.
Para Taliana, los recursos naturales tienen que ver con la vida cotidiana: con el agua que sale del grifo, con el calor que obliga a buscar sombra bajo los árboles del colegio, con la salud de las personas y con el bienestar de una comunidad entera. Mientras que para Daniel es determinante el avance del cambio climático y cómo ha cambiado, no solo su vida, sino la de los habitantes de Arjona.
En una región donde las altas temperaturas son cada vez más intensas y donde muchas veces las necesidades más urgentes dejan poco espacio para pensar en el planeta, ella y sus compañeros han empezado a hacerlo. Desde las conversaciones en el aula, los proyectos ambientales y las acciones que llevan a sus casas, descubrieron que cuidar el entorno también es una forma de cuidar a quienes los rodean.
*Esta crónica contó con el apoyo de la Fundación Plan.