Venezuela: la tragedia de desenterrar todo lo que amas
5 de julio de 2026
Me estaba quedando dormido en una silla plástica y sin espaldar cuando Jesús apareció por la puerta y nos despertó.
— ¿Ustedes de dónde vienen?, preguntó.
— De Medellín, respondí.
Ozney, que venía de México, no dijo nada.
—¿Y vos?
— De Argentina, respondió, con acento venezolano.
—¿Y a qué venís? Pregunté en argentino o en antioqueño, todavía somnoliento.
— A enterrar a mi papá, mi hermanito y mi madrastra.
Eran las cinco de la tarde del domingo 28 de junio y habían pasado cuatro días desde el terremoto de 7.5 grados que dejó huérfano a Jesús y a buena parte de los habitantes o nativos de La Guaira, un estado costero en el norte de Venezuela que, hasta hace dos semanas, tenía cerca de 500.000 habitantes.
Estábamos en la sala de una pequeña casa deshabitada que parecía haber acabado de sobrevivir a un huracán, en un caserío a las afueras de San Antonio de Táchira, el primer municipio venezolano en la frontera con Colombia, donde las tiendas de barrio todavía reciben transferencias de Nequi en pesos. Hacía un calor seco y los cartones que cubrían las ventanas no dejaban pasar el viento que soplaba a ratos. Afuera, en frente de la entrada, una montaña de basura se volvía cenizas debajo de una nube negra de humo.
Era la casa de Alberto, el conductor que había prometido llevarnos a los tres hasta Caracas en doce horas a bordo de un agónico carro blanco marca Daewoo a cambio de 50 dólares.
Jesús, me dijo al otro día, no se llama así. Su nombre es Alexander. Jesús se llamaban su papá y su hermano, pero les robó el nombre porque pensó que todos estábamos ahí secuestrados. A los muertos, parece, se les puede robar.
Jesús es alto, delgado, fuerte. Hace taekwondo y jiu-jitsu. Tiene el rostro perfilado, la nariz aguilada, los ojos hundidos, la barba canosa y el pelo a raz. Ese día, tenía las uñas de las manos recién cortadas y vestía un jean azul claro, una camiseta manga larga azúl oscura y unas botas negras de obrero recién compradas. En el cuello tenía colgado un silbato gris. Llevaba una chaqueta de esquimal que su prometida le había hecho empacar con el argumento de que en caso de emergencia le iba a servir como almohada, y dos morrales, uno con ropa, del que colgaba un casco de ciclista, pero de los lentos, y otro con una antena de Starlink, que durante todo el viaje tuvo que esconder de la Policía como si fuese cocaína.
Viajamos 16 horas hasta Caracas, pasamos 20 retenes policiales y en cada uno dejamos un billete de $5.000. Jesús tenía el pasaporte y la cédula venezolana vencida, y yo no tenía el permiso de trabajo que el gobierno ordenó para los periodistas que quisieran entrar hasta La Guaira siempre acompañados por funcionarios.
Cruzamos la frontera entre Caracas y La Guaira en el platón de una camioneta de la Policía mientras sosteníamos galones de agua y bolsas de hielo que se derretían debajo de un sol picante. Al atardecer fuimos a la parte alta de una colina para ver las cenizas de Residencias Capri, el edificio de cinco pisos con piscina y vista al mar Caribe donde Jesús pasó la adolescencia y donde murió su padre, su madrastra, su hermano y un amigo del hermano —un primo—. Los mototaxistas que nos transportaron aprovecharon para ir al baño y también de compras sobre las ruinas: salieron con zapatos, ollas para la cocina y dos paquetes de pañales. Antes de que la orinaran, Jesús recogió una gorra azul de la marina que fue de su padre, un médico militar, y una consola de Nintendo, cuadrada y gris, que fue de su hermano, que tenía 25 años y estudiaba Medicina.
Las siguientes dos noches dormimos sin almohada en la misma cama, en la casa de la madre del policía de la camioneta, que resultó ser un hermano de Jesús — los venezolanos les dicen hermanos a sus amigos de la infancia, tíos a los amigos de los padres y primos a los de los hermanos—, en Maiquetía, la zona central de La Guaira, la única a donde no llegó el olor a muerto.
La primera noche Jesús se despertó en la madrugada en lo que me pareció el final de una pesadilla. Se sentó sobre la cama, dijo dos cosas que no entendí y se volvió a dormir. Sentí que estaba temblando a esa hora, pero no dije nada: según el gobierno, después del terremoto que hasta ahora ha dejado por lo menos 2.645 muertos y 12.666 heridos, han ocurrido más de 800 réplicas de menor magnitud. Al otro día, dijo que no se acordaba.

***
Cada 24 de junio es festivo en Venezuela por dos razones: la oficial es el aniversario de la Batalla de Carabobo de 1821, cuando el ejército de Simón Bolívar expulsó a buena parte de las tropas españolas del territorio que hoy es Venezuela; y la no oficial, pero la más extendida popularmente, es la celebración del día de San Juan Bautista, una de las fiestas religiosas la más importantes del país, reconocida como patrimonio inmaterial por la Unesco. La fiesta de San Juan es una mezcla de catolicismo con tradiciones afro. Por todo el país, especialmente en una zona de La Guaira conocida como Naiguatá hay misas, ferias y fiestas al mismo tiempo, evangelios, comercios, tambores y danzas africanas. La tradición dice que cuando empieza el día de San Juan, a medianoche, empieza a llover. Ese miércoles, cuando cerca de 200 edificios en La Guaira se cayeron, era 24 de junio y había llovido toda la madrugada y todo el día.
Sofía Martínez, de 29 años, había salido después del mediodía de su casa, en el sector de Los Corales, al oriente de la Guaira, para ayudar a una amiga y a su esposo que iban a participar en la feria de Naiguatá, una ciudad también costera pero en el centro del estado, con un negocio de vestidos de baño. Su hermana se fue al cine con unos amigos en Caracas, porque en La Guaira no hay. Su madre, de 71 años, salió a visitar a una amiga. Las tres vivían en un apartamento del octavo piso de un edificio de diez, de fachada blanca y en la primera línea del mar, con vista al malecón, llamado el Ritamar Palace.
A las seis de la tarde del 24 de junio en Venezuela hubo dos terremotos con apenas minutos de diferencia. El primero, el jaque, fue de 7.2 grados, y el segundo, el mate, de 7.5, pero las personas solo se enteraron de eso al otro día por las noticias: todo se cayó de un solo golpe.
Ya estaban haciendo el inventario en la tienda de vestidos de baño antes de cerrar cuando todo se movió. Cayeron algunos pedazos del techo, pero nada más. Sofía, su amiga Naobi, y su esposo Juan, salieron de regreso en carro. La luz se había ido, pero los venezolanos llevan 20 años entrenando el ojo para ver a oscuras. A cada lado del camino veían casas caídas y otras donde la fiesta de los tambores seguía. La Guaira tiene solo una vía principal que la recorre de este a oeste, y desde esa noche está colapsada.
Cuando estuvieron a una distancia caminable, Naobi y Sofía se bajaron del carro y fueron a paso rápido hasta el edificio donde vivía la pareja y donde se estaba hospedando la familia de Juan, que había viajado desde otro estado para acompañarlos en los preparativos de la feria. Pero el concreto es de polvo y en polvo se convierte cuando se cae desde un décimo piso y aún con los ojos entrenados en la oscuridad ya era difícil ver más allá de una cuadra de distancia. Primero vieron en el piso los edificios construidos por el gobierno. Pensaron que era lo normal, cosas de la dictadura. Luego un restaurante y un centro comercial. Después un edificio caído por cada tres en pie, y con el paso de las calles la proporción terminó invirtiéndose: al final, todo parecía al nivel del mar.
Pero, “nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros”. Eso dice el primer párrafo de una novela de Javier Marías.
Por eso esperaron hasta llegar a la entrada — ¿entrada a qué o a dónde?— y solo cuando vieron que ya no había ventanas, ni puertas, ni luces encendidas, ni ascensor, ni escaleras, ni techos, ni pisos, ni agua en la piscina del edificio de Juan y Naobi empezaron a gritar y a llorar.
¿A dónde va el agua de las piscinas en un terremoto? Nadie ha hecho esa pregunta en los 10 días que llevan los geólogos apareciendo en los noticieros como si fuesen futbolistas.

Son raras las consecuencias de los terremotos: la fuerza viene desde abajo de la tierra pero las cosas no salen volando por el aire sino que se hunden como si les cayera una bomba del cielo. En el sector de Los Corales algunos edificios quedaron como si un gigante los hubiera pisado desde arriba, otros, como si desde el aire un dragón les hubiera lanzado fuego hasta derretirlos, otros, como si el brasilero Roberto Carlos les hubiera dado un balonazo, algunos, pocos, quedaron en pie con rasguños, como un edificio público después de una manifestación estudiantil.
También le falta fuerza a la palabra terremoto. Ni hablar de sismo. Ninguna se compadece con la tragedia que causa. No es como bomba, huracán, erupción, fractura, desgarro o metralleta que suenan a la catástrofe que significan. Catástrofe, esa es otra palabra que parece muy grave, pero terremoto y sismo parecen inofensivas, incapaces de aparecer sin avisar y causar 2.645 muertes en 30 segundos.
De la casa de Juan murieron la madre, la hermana y el hermano; de la de Sofía, la madre que volvió temprano de la reunión con la amiga. La hermana alcanzó a terminar la película en Caracas. La semana pasada, cuando dos conocidos de La Guaira se encontraban en el supermercado, no se preguntaban cómo estaban sino: “Chamo, ¿estás vivo?”.
Habían pasado siete días desde que el Ritamar ya no era un palace y Sofía seguía sentada en la acera de enfrente de la que era su casa esperando el cuerpo de su madre. Ella quiere creer que murió mientras hacía el sudoku o dormía la siesta. Pero los rescatistas ya habían llegado a la que era su habitación en el octavo piso y no habían encontrado nada, entonces, dice Sofía, tal vez, quizás, su madre estuviera en el baño. “Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo”.
Jesús cree que su papá murió mientras veía televisión, quizás el mundial. Ese día a esa hora empezó el partido que Brasil le ganó 3-0 a Escocia y que Marruecos le ganó 2-1 a Haití, o de pronto un capítulo de la última temporada de La Casa del Dragón, aunque la última vez que padre e hijo hablaron por videollamada, el padre dijo que prefería esperar a que terminaran de publicar todos los capítulos para verlos de un solo tirón. Su hermano, sospecha, estaba en la habitación jugando videojuegos con Héctor, el amigo de la universidad con el que vivía y que estaba durmiendo en la cama que alguna vez fue suya. Yuraima, la madrastra, podría estar haciendo cualquier cosa. Con ella había hablado el 16 de junio, el día del cumpleaños número 40 de Jesús, y le había aconsejado tomar pronto una decisión definitiva sobre si quería o no tener hijos. Ahora Jesús dice que le hubiera gustado que su padre conociera a su nieto, así este fuera hincha de los Leones de Caracas, como el padre, y no de los Tiburones de La Guaira, como el abuelo.
El martes pasado, por la pequeña montaña de escombros del antiguo palacio Ritamar ya habían pasado rescatistas y voluntarios mexicanos, estadounidenses, turcos y españoles, y ninguno había dado esperanza de vida. Ese día había un equipo de rescatistas jordanos que les daban instrucciones a los conductores de las máquinas amarillas y que cada tanto le pasaban a Sofía cosas que se iban encontrando por si alguna era de ella: una foto de un matrimonio, un cuaderno de ciencias naturales, una cartuchera con una power bank adentro.

Por el tamaño del desastre, los socorristas internacionales pasaron en los primeros días por todos los edificios que alcanzaron con perros, sensores de calor y de sonido, y solo se detuvieron en aquellos donde tuvieran indicios de que hubiera alguien vivo. Por eso Sofía y tantos otros tuvieron que esperar más de una semana hasta que los rescatistas dejaran de buscar a los vivos para por fin empezar a recuperar los cuerpos de los muertos, a quienes hay que desenterrar para volver a enterrar. La gente que muere en los terremotos queda sepultada, pero los seres queridos quieren darles cristiana sepultura y eso son dos cosas distintas.
Los familiares — a veces primos, sobrinos, nietos o parientes de segundo y tercer grado porque la primera línea es migrante en Europa o Estados Unidos— han dormido y comido en la calle porque temen que los encuentren cuando no estén y pierdan el rastro de los cuerpos, que en los primeros días pasaron horas tirados en los andenes, pero que ya fueron recogidos por el gobierno venezolano y llevados a una base militar cuya fachada cubrieron con más bolsas negras.
En un video de Tiktok, que vió desde su apartamento en Buenos Aires, Jesús reconoció lo que era su edificio dos días después del terremoto. Allí escuchó que los rescatistas hablaron con Héctor que alcanzó a decir, antes de morir, que estaba con Yuraima y con los dos jesuses. Renunció al trabajo, llamó a su hermano el Policía, que los recuperó antes de que se los llevaran a una fosa común, y por redes sociales consiguió el dinero para comprar el tiquete de ida y la antena de Starlink, que ayudó en los primeros días a que las personas que estaban sepultadas vivas debajo de los escombros tuvieran señal y pudieran avisar su ubicación.
— Dios es bueno, dijo Ozney en la pequeña sala en Táchira cuando Jesús contó lo de las donaciones.
La última persona que salió de los escombros con vida fue Hernán Gil, de 40 años, que trabajaba como portero de un edificio en Catia la mar, el barrio donde vivía Jesús padre, y fue rescatado el pasado jueves 2 de julio. Según la ONU, en la semana siguiente al terremoto, a la zona llegaron 3.000 rescatistas internacionales que alcanzaron a sacar con vida a 13 personas, incluyendo a Hernán. Con el paso de los días, en La Guaira se han reemplazado las picas y las palas manuales por las retroexcavadoras amarillas que van rompiendo y tumbado lo que el terremoto no alcanzó.
A veces, la garra de la máquina tira al suelo una losa y desde la parte alta se desprenden los cuerpos que estaban capturados entre los muros y bajan dando tumbos y caen al suelo casi al frente del buscador que lleva días esperándolo con la ilusión de que no aparezca muerto. Es el dilema del que busca al desaparecido: de día quiere encontrar el cuerpo de su ser querido en la condición que sea, pero en la noche, antes de dormir, sospecha que todavía no lo puede encontrar porque, contra todo pronóstico, puede estar con vida.
Los Corales era una zona de clase alta y media alta donde vivían comerciantes y herederos de los primeros pobladores. Había hoteles de lujo, apartamentos que se rentaban para las vacaciones en la playa y familias que habían llegado a repoblar el estado después de “la tragedia de Vargas” de 1999. El mayor desastre natural de Venezuela en un siglo hasta que llegó este en el mismo lugar.
Los estragos más graves del terremoto ocurrieron en cada uno de los extremos del estado. Al occidente, en el límite con Caracas, donde queda el sector de Catia la mar, y al oriente, donde queda Los Corales y una zona llamada Caribe. Como si las placas que se movieron por debajo de la tierra fueran dos nubes negras que no alcanzaron a encontrarse en el medio.
Hasta el 2019, el estado de La Guaira se llamó estado Vargas y allí, en diciembre de 1999 llovió tanto que los suelos se saturaron y de las montañas que miran de frente al mar — como en Santa Marta— cayeron toneladas de tierra, agua, pantanos y escombros que dejaron cientos o miles de muertos que nunca se pudieron contar —otro entierro, otra sepultura—. Esa es una diferencia importante con la catástrofe de ahora: que hasta que no saquen al último de los muertos no podrán dejar de usar tapabocas y de oler frascos de alcohol o de untarse crema de dientes en la nariz.
Tras la tragedia de Vargas, la madre de Jesús decidió irse a vivir a Maracay, en el estado de Aragua, y allí seguir su carrera como profesora. Ahí fue que Jesús se quedó a vivir con su padre en La Guaira hasta que se hizo adulto y se independizó. La madre de Jesús murió hace dos años en Buenos Aires a causa de un cáncer.
Justo al lado del Ritamar Palace queda el Luna mar. Queda, en presente, porque quedó en pie, así ya nadie pueda vivir ahí y todos los apartamentos hayan sido saqueados, especialmente en la noche del jueves, la segunda después del terremoto, cuando todavía no habían llegado las plantas eléctricas y se corrió el rumor, impulsado por las propias autoridades locales, de que se avecinaba un tsunami y todo el mundo, menos los ladrones, salió corriendo hacia la montaña para pasar la noche. Las casas de la montaña, las más endebles, las primeras que se vinieron abajo en el 99, ahora quedaron intactas.
En el Luna mar estaban Yislei Miranda y su esposo cuando tuvieron que salir corriendo escaleras abajo desde el noveno piso. Ella es agente inmobiliaria y había tenido que salir ese festivo por la tarde para arreglar un apartamento que se iba a alquilar esta semana para las vacaciones. Le pidió a su esposo que la acompañara. Empacó un ambientador y un trapo para sacudir. Dejaron a Jean Luca, su único hijo, de 22 años, en el computador de la sala y le encargaron diseñar una pieza publicitaria para un evento social que harían este mes. Las mamás piensan que uno sabe hacer de todo en el computador. No se iban a demorar, pues el Luna Mar queda apenas a dos cuadras de donde quedaba (este sí en pasado) el edificio Mar de Leva, donde vivían los tres. “Éramos los que estábamos reconstruyendo el estado luego de la tragedia”, dice Yislei, que se mantiene en pie por la convicción cristiana de que se volverá a encontrar con Jean Luca, que estaba en el primer piso y al que le cayeron ocho de encima, por lo que ahora hay que buscarlo siete hacia abajo.

Las mamás también creen que los hijos muchas veces están mejor en la casa que en la calle. Eso creía Yoscarín, que la misma tarde del miércoles de San Juan y de Carabobo se quedó sin sus tres hijos: Yuliosquer, de 10, Yulioscarin, de 12, y Yoscarín, de 18. Los dos pequeños se habían quedado solos en su apartamento, dentro de un complejo urbanístico de 12 torres. Los edificios, de 12 pisos y ocho apartamentos cada uno, estaban organizados en forma de cuadrado y habían sido regalados por el gobierno de Chávez entre 2011 y 2012, en el marco de “La Gran Misión Vivienda Venezuela”. Ella había salido hacia Caracas con su esposo a hacer unas compras y les había dejado el almuerzo: arroz, lentejas y pescado frito.
El sacudón lo sintieron cuando estaban en el bus de regreso hacia La Guaira. Se bajaron y también tuvieron que entrar corriendo y frotándose los ojos. Este se cayó, este no, este más o menos. No importa si solo veo edificios caídos, el único en pie seguro es el mío, debe ir pensando uno. De las doce torres se cayeron seis. Esa urbanización es el lugar con más rescatistas y maquinarias en todo el estado, es el escenario desde donde emiten la mayoría de los noticieros. Los escombros alcanzan la altura de unos cuatro pisos, ¿para dónde se fueron los otros ocho? ¿el suelo se abre y se los traga? Eso no cabe en la palabra terremoto.
A la niña, Yuliosquer, le gustaban los animales y lloraba cuando veía videos de perros abandonados. De haber sobrevivido le hubiera pedido a su mamá que la llevara el McDonald´s que queda a tres cuadras de su casa donde un grupo de estudiantes de enfermería y veterinaria entraron a la fuerza y pusieron un hospital de campaña para personas y mascotas. A Yulioscarín le gustaba jugar a ser Simón Bolívar y a encarcelar a su hermana y al perro cuando no le obedecían. También el béisbol: este año había pedido la camiseta con el número 95 por el Rayo Mcqueen.
Subidos en las pequeñas colinas de polvo, los rescatistas levantan el puño de la mano derecha para pedir silencio cuando creen que pueden escuchar a alguien con vida. Pero el símbolo no parece universal, al menos no tanto como la onomatopeya del shhh que es una paradoja, porque nadie que haga shhh puede hacer silencio. Pero después de mucha pedagogía, el numeroso público entiende que hay que cerrar la boca y apagar las motos y dejar de pitar. Dios santo, cuánto pitan en Venezuela.
El problema es que el silencio tampoco se rompe desde adentro de los escombros: Aló, ¿estás ahí?, ¿nos escuchas?, ya vamos por ti. Nada. Silencio. Puños arriba. Tres minutos —es todo lo que se puede mantener un puño arriba y la boca cerrada— y vuelven las palas, las motos y los pitos, siempre los pitos. Aparecen después los cuerpos que llevaban días en silencio y muy rápido una bolsa de cal que rocían encima. ¿De dónde sacan tantos bultos de cal y tantas bolsas para meter muertos? ¿La gente lleva eso también a los puestos de donación?
Yoscarlin, la hija mayor, tuvo que haber disfrutado una tarde linda: se había ido a pasar el día a la casa de su abuela materna, en un edificio cercano. Había invitado a Leonardo, un chico moreno, delgado, con el corte de pelo rapado a los lados y que pronuncia la ele en lugar de la erre. Era su primer novio, un amigo de la infancia con el que había oficializado la relación apenas 20 días antes. Él se le había declarado con un ramo de rosas junto a la piscina del mismo edificio donde se encontraban esa tarde.
Justamente, la abuela bajó a la piscina ese miércoles y los dejó solos en el apartamento. 19 y 18 años, primer noviazgo, una abuela descomplicada, y la casa sola un día de fiesta. Así estaban cuando el edificio y ellos se menearon, se abrazaron y sintieron el techo en la cabeza y la espalda. Quedaron despiertos y pasaron la noche juntos. Se grabaron un par de videos con el celular de él. Ella no se ve pero se escucha gritando auxilio. Él dice que este gobierno es una mierdaaaaa. Al otro día, a las 6 de la mañana, Leonardo salió de los escombros como pudo y fue a buscar ayuda. Ella le dijo que tenía sueño y quería dormir. Hacía falta una herramienta para quitarle una puerta que le estaba apretando la cabeza, pero la herramienta no apareció. A Yoscarlin la sacaron muerta al otro día. A la mamá de Leonardo la mataron hace dos años y a su papá no lo conoce. “Ahora me queda solo un hijo, Leo”, dice Yoscarín madre.
Otro que se salvó de la muerte fue el pequeño Lizandro, de tres años y el pelo rubio y muy crespo, que había viajado desde Bogotá con su madre, María, una semana antes para conocer el mar. Un mar azul rey, tranquilo, fotogénico, provocativo, aún en medio del apocalipsis. El miércoles por la tarde estaban los dos en casa de unos amigos en Catia La Mar cuando se vieron todos amontonados, las madres sobre los hijos tirados en el suelo. Cuando pudieron ponerse de pie corrieron escaleras abajo hacia un parque donde durmieron el resto de las vacaciones. Muchas cosas conoció el pequeño Liza en vacaciones.
María vió un video en redes sociales en el que supuestamente minutos antes del terremoto un grupo de jóvenes, en medio de la celebración de San Juan, pedían al frente de una iglesia, y en medio de un baile, que temblara la tierra. Para ella todo fue un castigo divino, la furia de Dios sobre la tierra y los pecadores. “Coño, cogen a Dios de cocheteo, se burlan. San Juan Bautista en un santo y la gente que va a los tambores ni siquiera entra a la iglesia, van a los tambores por ir al perreo, entonces Dios se arrechó y eso no fue mamadera de gallo, fue el apocalípsis mismo”, dijo. Y remató: “tengo que llegar metiendo a mi hijo al psicólogo porque anda diciendo que la tierra se mueve y que cayó un monstruo al mar. Unas cosas increíbles”.