Sobrevivió a 20 años de amenazas por investigar a las mafias de Cúcuta. Su asesinato deja a la prensa local aterrorizada, huérfana y en cuidados intensivos.
20 de junio de 2026
Por: Viviana Yanguma y Cristian Mora J. / Ilustración: David Giraldo @giraldocdavid
Sobrevivió a 20 años de amenazas por investigar a las mafias de Cúcuta. Su asesinato deja a la prensa local aterrorizada, huérfana y en cuidados intensivos.

Aún era de mañana cuando nos reunimos con Cristian Herrera en agosto de 2024; la cita fue en un restaurante recomendado por el propio periodista en el sector de Barrio Blanco en Cúcuta. El motivo de nuestra visita: una investigación sobre Jaime Alonso Vásquez, veedor ciudadano asesinado tan solo unos meses atrás y que, si bien no se definía como periodista, denunciaba los hechos de corrupción y los entramados de la política local. 


De gran altura y contextura ancha, Cristian descendió de la camioneta de su esquema de seguridad y entró al local mientras sus escoltas lo esperaban afuera. Saludó con un tono de voz dotado  de carácter, derivado de su origen cucuteño. Su apretón de mano fue fuerte, pero cálido. Pidió agua y nos acompañó a desayunar. Herrera habló con propiedad, como si tuviera un mapa de la ciudad dibujado en su mente; nos explicó cómo se movían las esferas de poder en la capital de Norte de Santander, cómo funcionaba el crimen organizado y las bandas locales y cómo su combinación desembocaba en las múltiples amenazas contra la prensa.

“Les voy a dar una frase: Cúcuta es una olla de presión, porque usted pone en la olla a cocinar un pedazo de carne y si usted no está pendiente, se le puede explotar, y eso es Cúcuta,  aquí se cocinan muchas cosas criminales”, dijo en aquella ocasión para luego referirse al caso del veedor asesinado. Hoy, dos años después, al escuchar su voz, encapsulada en el tiempo, sus declaraciones son casi premonitorias, como si al detallar las circunstancias de la muerte de Jaime, sin saberlo, también describiera las de su propio destino.

“Él tenía muy buena información, tenía mucha gente que le pasaba cosas muy certeras y se arriesgaba a sacar todo eso”, mencionaba Herrera sobre Jaime en aquel entonces. Hoy es como si hablara de sí mismo en tercera persona.

Los paralelismos entre el asesinato de Vásquez y el de Herrera son evidentes.  Ambos sucesos ocurrieron  a la luz del día, ejecutados por un gatillero movilizándose en motocicleta, probablemente tras un sigiloso seguimiento y sin un esquema de protección presente. 


Cristian Hernando Herrera Nariño, de 50 años, fue asesinado el 6 de junio de 2026 por un sicario que le disparó por la espalda mientras caminaba para entrar  a la casa de su suegra. No estaba con sus hombres de protección porque les había dado permiso para que descansaran. Su hija y su esposa lo vieron desplomarse; su hijo, que estaba dentro de  la vivienda, escuchó los disparos. Aunque el periodista fue trasladado a urgencias, los esfuerzos fueron infructuosos. 

El 9 de junio a las siete de la noche, el coronel Libardo Ojeda, comandante de la Policía Metropolitana de Cúcuta, anunció la captura de tres presuntos responsables del homicidio: alias “El diablo” o “Demonio”, señalado  autor material, y a dos de sus supuestos cómplices, quienes realizaron labores de planificación e inteligencia. De acuerdo con la Policía, el sicario estaría vinculado a la banda criminal denominada Familia P, esa misma que, según  la Fiscalía General de la Nación, está liderada por Evert Carreño Corredor, alias “Porras”, el mismo que ya había amenazado a Cristian y a otros periodistas de la ciudad por nombrarlo en las denuncias que hacían y quien pese a estar tras las rejas desde hace una década, conservaría la capacidad de mando y control sobre la estructura criminal.

Cúcuta, la olla a presión que describía Cristian, es una ciudad de la que el reportero reconocía dos cosas: la primera, que no se sentía seguro al caminar por entre sus calles y, la segunda, que existía (y existe) mucha información relevante que nunca suele salir  a la luz por miedo. “Hay mucha información que se queda ahí en la nebulosa, que nadie, o a veces ni uno la quiere hacer, y entonces le dicen: no, mejor quédese quieto, no hable nada, y toca dejarlo pasar”, dijo  Cristian durante ese encuentro en agosto de 2024.

Herrera fue uno de los primeros periodistas en Cúcuta que decidió investigar quién y qué había detrás de los más de 20 grupos criminales que tienen el control de la ciudad. Entre ellos los denominados Porras, el Tren de Aragua y los AK47, todos dedicados al microtráfico y con antecedentes de amenazas contra periodistas en la ciudad. “Hace dos o tres años no se conocía quiénes estaban detrás de ellos; yo me di a la tarea de buscar quiénes son y quiénes eran los que dirigían, mostré hasta las fotos y no les gustó. Comenzaron entonces a mandar los mensajes y las llamadas”, aseguró el periodista.

El trabajo periodístico de investigación, como el mismo Cristian decía, no les gustaba ni a los bandidos ni a los políticos ni a las mismas autoridades. La labor de informar era mucho más que compleja. “Porque aquí uno está con Dios o con el diablo. Y si uno es el que va por la mitad, entonces le toca estarse cuidando por todo el mundo”, decía.

La capacidad de Cristian para moverse entre Dios y el diablo radicaba en que, si bien dialogaba con múltiples fuentes, supo establecer límites claros con los grupos criminales. Según la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), estas estructuras suelen enviar material a los periodistas para forzarlos a publicar y, de paso, encasillarlos arbitrariamente en un bando. Pese a recibir ofertas económicas a cambio de difusión, él siempre recalcó que jamás aceptó el dinero. “O usted es un man que es incorruptible o usted es un man que con 5000 pesos lo compran”, sentenció.

Acostumbrado a las intimidaciones, las amenazas ya no eran una novedad para Cristian; comenzó a recibirlas desde 2004. Ese año, dos hombres lo interceptaron junto a su esposa para advertirle sobre la existencia de una orden para matarlo. A raíz del episodio, se vio obligado a exiliarse en Chile por ocho meses. Regresó en 2005, impulsado por el deseo de acompañar a su padre y de seguir ejerciendo el periodismo. Su esposa recuerda que, cuando el papá de Cristian enfermó, él le dijo: “Yo me devuelvo para Cúcuta, me hace falta escribir, mi papá está solo y yo soy su única compañía”.

Las presiones y amenazas  nunca cesaron, solo había temporadas más álgidas que otras. Solo  en 2014 la Unidad Nacional de Protección (UNP) le otorgó un esquema de seguridad. Para 2017 había sobrevivido a un atentado y para 2026 contaba con un historial de 17 agresiones en su contra, entre amenazas, hostigamientos, agresiones físicas y obstrucciones para hacer su trabajo. Los autores fueron diferentes: bandas criminales, delincuencia común, disidencias, fuerza pública y funcionarios públicos.

Desde 2024, la FLIP venía alertando sobre las amenazas de estructuras criminales a periodistas locales, incluido Cristian. Cúcuta emergió como  la ciudad más peligrosa para ejercer el periodismo en Colombia: 70 ataques a la prensa, 35 amenazas de muerte y un asesinato en solo ese año. En 2026, la peor expresión de la violencia contra la prensa se materializó de nuevo. Esta vez dio justo en el corazón de la FLIP. Cristian era corresponsal de la Fundación para el Norte de Santander desde el año 2019. Dedicó siete años de su vida a defender la libertad de prensa en su región y desde hacía dos años era parte del consejo directivo de la organización como representante de la red de corresponsales.

Para Daniel Chaparro, subdirector de la FLIP, Cristian era el puente que conectaba a la organización con la realidad local. “Contar con él era absolutamente necesario para hacer una lectura adecuada de lo que pasa en Norte de Santander, y específicamente en Cúcuta”, explica. Aunque la fundación ha sumado esfuerzos para visibilizar la violencia y abrir espacios de incidencia en la región, Chaparro lamenta la pérdida de su mayor aliado territorial: “Lo doloroso es que aquel con quien íbamos de la mano en muchos de esos procesos, ya no está”.

Asimismo, Ana María Saavedra, corresponsal de la FLIP en Valle del Cauca, coincide en la importancia de Cristian en la defensa de la prensa. Ella voló a Cúcuta para despedir a su amigo y acompañar a su familia. Estando allí, evidenció de primera mano el impacto de su silenciamiento. Reconoce que su voz siempre estaba dispuesta para los periodistas, y declara  que la reiterada pregunta sin respuesta es: “¿Quién hablará por nosotros?”.

La esposa de Cristian, Karla Niño, pide que se le recuerde como un defensor de la libertad de prensa y la libertad de expresión. “Siempre en todos lados hablaba de eso, que no debía haber censura, que por decir la verdad, [los periodistas]  no tendrían que ser objetos de amenazas”.

Destinado al periodismo

Si la libertad de prensa era una de sus pasiones, también lo fue el periodismo judicial, lo empujaba  todo lo que tenía que ver con orden público, sangre, terror. Era quizás de esperarse si se tiene en cuenta que , era hijo de Hernando Herrera, el primer reportero gráfico del diario La Opinión. El “hijo de Herrerita”, como lo conocían en los comienzos  de su carrera. De joven, Cristian  le pedía a su padre que, en lugar de llevarlo a un partido de fútbol, le permitiera ir  a los casos que debía cubrir en el periódico.

Para bien o para mal, podría decirse que el periodismo le dio todo a Cristian: la vida, el reconocimiento, la muerte y el amor. Su esposa, Karla, lo conoció en 2002, ella trabajaba para la Registraduría Nacional mientras él cubría las elecciones para el Congreso de la República. Karla supo casi de inmediato que si se comprometía a amar a Cristian, tenía que comprometerse a amar, de igual forma, el periodismo que él hacía. “Conocí a Cristian en su ejercicio. Lo amé con todas sus locuras, de cubrir las notas, de estar pendiente de la noticia”. 


Amante de la crónica, Cristian llegaba a las escenas del crimen incluso antes que las autoridades. “Si había que subirse a un tejado, él se subía y cuando estaba ahí se imaginaba cómo iba a ser su escrito y las imágenes que necesitaba para su titular”, recuerda Karla.  Como fiel periodista regional, “no se varaba por nada y vivía en constante movimiento”, agrega.  Si él tenía que tomar las fotos, escribir y editar, lo hacía”.

Fue este compromiso lo que probablemente lo convirtió con el tiempo en el editor judicial de La Opinión, su casa durante más de 20 años, y también en el editor general del periódico El Tochazo, medios que dejó en 2024. Ante el auge de los medios digitales, Cristian encaminó su trabajo a fortalecer sus propios medios de comunicación: Cúcuta al Rojo Vivo, un portal de periodismo digital enfocado en noticias judiciales, orden público y política; y Cúcuta Real, una comunidad de noticias en redes sociales que cubre temas de la misma índole que el primero. 

Si tuviéramos que hablar de escuderos, quien lo acompañó en esta tarea fue su colega, José Ignacio Arango, conocido en el gremio cucutense como Nacho, aunque quizás es más reconocido a nivel local y nacional por llevar sobre sus espaldas el escalofriante y osado título del periodista más amenazado de Colombia. En 2024 recibió ocho amenazas; en 2025, diez más.

Nacho y Cristian se conocieron cinco años atrás; se encontraban en cubrimientos y escenas del crimen de la ciudad. Si bien el negocio de los medios digitales en Colombia simboliza todo un reto de sostenimiento, un equipo en total de cinco personas logró hacer de Cúcuta al Rojo Vivo un medio popular, acumulando alrededor de 36.000 seguidores. Mucha de esa notoriedad  fue gracias a  la pasión de Nacho y de Cristian por el periodismo: “Si salía una noticia a las dos de la mañana, o era él o era yo, nos acompañábamos los dos para ir a cubrir, no importaba la hora.  Incluso con el desplazamiento que hubo en el Catatumbo, nosotros decidimos alquilar un carro  e ir hasta allá para hacer la reportería”, recuerda Ignacio sobre las incontables horas que pasaron juntos en búsqueda de noticias.

Para Nacho, el asesinato de Cristian no solo significa la pérdida de su socio y maestro, sino la de su gran amigo. Apenas una semana antes del crimen, habían comprado un barril para asar una carne que nunca llegaron a compartir; incluso soñaban con viajar juntos a alguna playa del país, lejos de tantos problemas. La voz se le entrecorta al confesar una realidad desoladora: sin Cristian, ya no sabe a quién acudir ni en quién confiar.


Mientras aguarda a que la Unidad Nacional de Protección y la Policía Metropolitana refuercen su esquema de seguridad, solicitud que sigue sin respuesta, Nacho sigue confinado. “Actualmente no puedo salir del apartamento donde estoy”, explica. Además, ha denunciado seguimientos y movimientos sospechosos fuera de su hogar y, aunque cuenta con un esquema de protección, la línea entre la seguridad y el aislamiento es muy delgada. Como si no fueran suficientes las recomendaciones de mantenerse escondido, los colegas de Nacho prefieren no acercarse a él por miedo, porque saben que puede ser el siguiente.

Periodismo en cuidados intensivos 

Tras recorrer Cúcuta en los días posteriores al crimen, Daniel Chaparro relata que el miedo ha silenciado a la prensa local, al punto de que temen hablar siquiera sobre la captura de los responsables. El subdirector de la FLIP enfatiza la gravedad de la situación: “En este momento no hay periodista que no perciba, que no sienta la vecindad de la muerte por hacer su oficio”.

A esta violencia se suman la inoperancia institucional y la profunda desconfianza hacia los funcionarios públicos. Este escenario deja al periodismo debilitado y huérfano, sin nadie que se atreva a retomar las investigaciones que Herrera adelantaba. “Los temas están ahí y la gente lo sabe, pero nadie les quiere meter el diente. Hacerlo requiere de un coraje y una valentía como la que tenía Cristian”, concluye Chaparro.

Cristian era consciente de los riesgos a los que se exponía y reconocía su propia vulnerabilidad: “El periodista jamás será Dios y jamás será Superman. Nos entran las balas, no somos superhéroes […], pero sí hay que saber manejar la información. Saber que si uno se va a meter en un hueco con alacranes, en cualquier momento lo pueden picar. Eso es lo que tiene que saber uno como periodista”.

Fue un hombre reservado que no mezclaba su familia con el trabajo. Esto implicaba, incluso, no hablar de las notas que hacía con su esposa; ella tenía que enterarse de los temas que cubría, leyéndolos en el medio cuando se publicaban, así lo recuerda Karla, “es más, a veces era super odioso. Y yo le decía:  ‘amor, ¿qué fue lo que pasó?’. Y me respondía: ‘lea mañana el artículo para que se entere’”. Pese a su sátira, detrás de ese hombre corpulento y de sangre fría para cubrir y narrar los sucesos más violentos de la ciudad, había otro mucho más sensible que confiaba en su esposa al final del día para contarle aquellos casos que podrían afectar a su familia, en especial a sus hijos.

“Hace dos años, en Cúcuta, asesinaron a un veedor y abogado. El hecho provocó revuelo y prendió las alarmas entre los periodistas. Hubo unas capturas de los presuntos autores materiales y hasta ahí llegó la fuerza de la Fiscalía, como siempre suele suceder”, decía Cristian al referirse al crimen de Jaime Vásquez. Durante años hizo especial énfasis en este caso para denunciar la parálisis de la investigación judicial. Hoy, es un escenario que amenaza con repetirse tras su propio asesinato, sobre todo si las autoridades de Cúcuta mantienen la indolencia que ha desamparado a la prensa local.

“Lo de Cristian de alguna manera se conecta con lo que le pasó a Jaime Vázquez hace dos años, siendo ellos muy diferentes en su ejercicio periodístico.  Ambos eran, sin embargo, eran personas con trayectoria, con reconocimiento y por decirlo de una manera, pesos pesados dentro del periodismo”, dice  Chaparro, quien además señala que cuando estas figuras son atacadas, la vulnerabilidad del gremio es aún más evidente.

A Karla la reconforta la pronta captura de las personas implicadas en el asesinato y lo reconoce como un avance de la justicia, pero confiesa que también tiene miedo por ella y su familia, pues estas personas no operan solas, y declara  que lo más importante es que las autoridades puedan llegar a los autores  intelectuales del asesinato de su esposo.

Karla hace un llamado sereno, pero firme: pide que la indignación del momento no se esfume y que el homicidio de su esposo no termine en el mismo letargo que oculta la mayoría de los otros 170 asesinatos de periodistas en Colombia. Su mensaje para los colegas de Cristian es que asuman la veeduría y mantengan vivo su nombre. “Eso es lo que yo les pido a todos […], para que la muerte de él no quede impune y se haga justicia”.

Daniel se suma a la advertencia y urge a tomar medidas inmediatas para rescatar a la prensa local antes de que sea tarde. “El periodismo en Cúcuta está en una unidad de cuidados intensivos y hay que hacer todo lo posible para esclarecer quiénes estuvieron detrás del asesinato de Cristian […]. Esa ciudad no aguanta un asesinato más de un periodista, porque ya no va a haber periodismo”, dice.

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