Para financiar su revista, vendía jugos en Yarumal. Buscando retratar el conflicto, fue asesinado por el Frente 36 de alias “Calarcá”, nombrado gestor de paz. Su crimen refleja el profundo desamparo de la prensa regional en Colombia.
10 de mayo de 2026
Por: José Guarnizo / Ilustración: Angie Pik
El futuro asesinado: la historia de Mateo, el joven reportero

Para mantener a flote su revista El Confidente, Mateo Pérez Rueda llevaba meses vendiendo jugos naturales en el garaje de su casa en el barrio Epifanio Mejía, en Yarumal. Apoyado en el marco de una puerta verde que sobresalía del viejo hogar donde también vivían sus padres, el joven saludaba, conversaba y despachaba los vasos rebosados de fruta a su clientela: casi todos eran niños de la escuela de enfrente. Así transcurrían últimamente los días del reportero que más incomodaba a los poderosos en este municipio del norte de Antioquia.

Esa vida fue truncada por hombres del Frente 36 de las disidencias de las Farc, estructura que pertenece al Estado Mayor de Bloques y Frentes (EMBF). El máximo comandante de esta facción es Alexánder Díaz Mendoza, alias “Calarcá”, quien fue nombrado gestor de paz a finales de 2023, razón por la cual no tiene orden de captura vigente. Esto, pese a que la fiscal general de la Nación, Luz Adriana Camargo, le pidió al presidente Gustavo Petro revocar la resolución que impide a las autoridades buscarlo y capturarlo. Sobre el cabecilla guerrillero hay una imputación pendiente por delitos de lesa humanidad cometidos, precisamente, en los tiempos de la Paz Total.

Mateo era un muchacho de veinticinco años que además estudiaba Ciencia Política en la Universidad Nacional, sede Medellín, ciudad en la que también lo vieron haciendo domicilios para costearse sus gastos. La mañana del lunes 4 de mayo de 2026, se despidió de sus padres sin darles mayores detalles del lugar que iba a pisar. Era un silencio habitual en él: una mezcla de reserva y terquedad que adoptaba siempre que el olfato lo arrastraba hacia una nueva historia.

Se montó en el lomo de una Boxer 100 que lo acompañaba en las travesías. La moto lo amoldaba al paisaje, lo deslizaba por el barro de las trochas, lo sacaba airoso de los riachuelos que atravesaban las carreteras veredales, lo esperaba en las largas entrevistas con los campesinos y presidentes de las juntas de acción comunal. Ese día emprendió camino hacia Briceño, un territorio asfixiado por la guerra a unos 50 kilómetros de Yarumal. Mateo iba a hacer su trabajo: meterse en los recodos del conflicto para contarlo.

Ese instinto fue el que lo llevó a fundar El Confidente desde que estaba en el colegio. Pese a su juventud, Mateo se comportaba como un reportero de la vieja guardia: no publicaba desde un escritorio, sino que iba al lugar de los hechos con grabadora en mano, en busca de los testimonios y los documentos que después sustentaran sus escritos, según lo recuerda Jorge Rueda, su primo.

El abogado Sergio Mesa guarda en la memoria un episodio que retrata a la perfección sus métodos. En noviembre de 2025, Mateo supo de una cumbre secreta que se estaba celebrando entre miembros de la administración municipal de Yarumal y la oposición. Llegó al restaurante El Parador Regional, y consiguió hasta la factura de los comensales para probar el encuentro. Así lo escribió él mismo en su revista. La noticia dio de qué hablar en el pueblo y generó revuelo.

Esa agudeza investigativa la completaba con una capacidad asombrosa para redactar textos en caliente. Óscar Danilo Pérez Mazo, escritor y amigo suyo, rememora que en una ocasión, mientras conversaban en la sede de la Nacho en Medellín, le sugirió escribir sobre los temas que estaban discutiendo. Mateo se despidió y, a la media hora, ya le había enviado al correo un texto casi listo para publicar. “Por eso, rompí mi vínculo con ese mundo imaginario y ahora pertenezco a las calles, (…) donde los humanos que no tienen su disfraz de civil te explican la fórmula más fiel y exacta para entender la vida: todo es sufrimiento, miseria, injusticia, corrupción e indiferencia y nadie hará algo para cambiarlo”, decía.

Mateo incomodaba al poder local, y no daba un paso atrás. Su aspecto jovial y su trato noble confundían a los detractores. “A él de pronto lo vieron frágil, creían que era fácil de amilanar y era todo lo contrario”, recuerda Óscar Danilo sobre el acoso que desataba su oficio. “Así las cosas, en Yarumal nos están asesinando nuestros adolescentes por razones cada vez más absurdas y las autoridades no están investigando con celeridad. La administración debe poner más de su parte para evitar estos homicidios porque en el municipio ya es muy fácil matar sin consecuencias”, escribió Mateo en El Confidente en enero pasado, tras el asesinato de Jhon Alexander Tabares, un artista del municipio.

Mateo era el hijo menor de una familia yarumaleña muy unida: doña Gloria Rueda, maestra jubilada, y don Carlos Pérez, un comerciante que durante años administró el emblemático Café Montecarlo en el parque del pueblo. Cristian Hernández, uno de sus grandes amigos, dice que era un pelao irreverente, de mirada afilada, que chocaba de frente contra los moldes de su entorno.

Esa rebeldía encontró una salida: la literatura. Siendo un adolescente, se inscribió en “El sueño del pino”, un taller de larga tradición en Yarumal. Allí, entre copas de vino, descubrió a los rusos y a los poetas malditos. En las madrugadas, cuando el alcohol reverberaba, asomaba su otra religión: la salsa. No la romántica, sino la brava, la de la vieja escuela. La de Ismael Rivera, Ray Barretto, la Sonora Ponceña. Óscar Danilo cuenta que Mateo habría dado la vida por estar en aquel mítico concierto de Héctor Lavoe en Lima, en agosto de 1986, uno de los eventos más legendarios en la historia de ese género.

Antes del periodismo y la poesía, su obsesión fue el ciclismo. Era un vicio que abandonaba y retomaba por temporadas; en su bicicleta pedaleó por Antioquia, La Guajira, Santa Marta e incluso alguna vez atravesó la frontera con Ecuador. “No había forma de mantenerlo quieto”, resume su primo Jorge.

Los crímenes del frente 36

A las tres y cuarto de esa misma tarde, Mateo llegó al casco urbano de Briceño. En algún bolsillo llevaba su credencial de prensa. Se instaló en un hotel del pueblo. En la habitación abandonó el morral y el casco de la moto. En esa zona, bajo el dominio estricto de las disidencias, la regla es esa: está prohibido llevar cualquier prenda en la cabeza que oculte el rostro. Se supone que nadie puede entrar a las veredas con celular. A ese punto ha llegado la presión contra los civiles.

El norte de Antioquia es, en palabras de varias personas consultadas para esta crónica, un hervidero constante de la guerra. Tras el espejismo de paz que se vivió entre 2016 y 2017, Briceño volvió a quedar secuestrado por los fusiles. El control territorial se lo disputan el Clan del Golfo, el Frente 18 —de la línea de alias “Mordisco”— y los frentes 36 y 5 del EMBF, bajo el mando de “Calarcá”. 

La tensión en Briceño es asfixiante. En pleno Viernes Santo detonaron una motobomba en el parque principal. La autoridad civil está diezmada: el personero Wilner Sánchez renunció en abril pasado acusando falta de apoyo del gobierno Nacional y garantías para su seguridad. El alcalde Noé de Jesús Espinosa se vio forzado a despachar desde Medellín, después de haber sido declarado objetivo militar  por el frente 36. “A la gente la vigilan con drones”, describe el abogado Mesa para ilustrar el asedio. En el pueblo nadie se atreve a cruzar palabra con extraños, y después de las seis de la tarde las vías rurales quedan clausuradas. El que se atreva a circular, lo más probable es que no salga vivo, es lo que dicen.

Quienes conocieron a Mateo puertas adentro sabían que, detrás de su obstinación por el oficio, había un amigo leal con un humor mordaz. Óscar Danilo recuerda un episodio de 2019: había viajado de Yarumal a Medellín ilusionado por verse con una novia que terminó dejándolo plantado. Despechado, llamó a Mateo, que apareció de inmediato en el Jardín Botánico. No le importó que Óscar Danilo bromeara diciéndole que lo había llamado porque era su “segunda opción”. Pasaron la tarde conversando, y leyendo a Porfirio Barba Jacob. Ese era su talante: disfrutaba asumiendo una postura existencial marginal, casi relegada, riéndose a carcajadas cuando sus amigos, por afecto, lo bautizaban con apodos que él mismo alimentaba.

El martes 5 de mayo, Mateo avanzó hacia la zona rural buscando una entrevista. De acuerdo con el relato del comandante de la estación de Policía de Briceño y efectivos del Ejército, las autoridades le advirtieron explícitamente de los riesgos de continuar el camino. Él siguió adelante, pasó por el corregimiento Las Auras, donde almorzó, cruzó Pueblo Nuevo y llegó a la remota vereda Palmichal. Desde ese punto, a unas dos horas de trocha del pueblo, intentó comunicarse telefónicamente con un contacto de la alcaldía para que lo enlazaran con algún presidente de Junta de Acción Comunal.

Fue allí donde se topó de frente con las disidencias. Según reportes humanitarios, la Defensoría del Pueblo y el testimonio de un familiar de Mateo, guerrilleros del frente 36 lo interceptaron. Aunque Mateo se identificó plenamente mostrando sus credenciales de periodista, los armados lo obligaron a caminar hacia la espesura de la montaña. Fuentes de la zona indican que fue sometido a torturas antes de ser asesinado a tiros. Lo acusaron de ser un informante. 

Para huir del lugar, los verdugos pidieron otra motocicleta, y dejaron abandonadas en la carretera la Boxer 100 de Mateo, su billetera, sus llaves y el celular. Finalmente, sepultaron su cadáver en una zanja cerca de la escuela de Palmichal. Un par de días después, cuando fueron al hotel a recoger las pertenencias que Mateo había dejado, la mujer que atendió la visita estaba espantada. Entregó el casco y el morral temblando, y solo alcanzó a murmurar: “Es que ya vinieron”.

Para evitar que el crimen quedara en el silencio, el fotógrafo Jesús Abad Colorado y el abogado Mesa viajaron de urgencia a Yarumal. Fueron a la casa de los padres de Mateo y encendieron la cámara para grabar un ruego: necesitaban recuperar el cuerpo. El clamor buscaba sacudir a los medios y enviarles un mensaje directo a la guerrilla y a las autoridades. Se trataba de evitar que el cuerpo del joven periodista se perdiera en las montañas entre Briceño e Ituango; lograr, en palabras de Jesús Abad, “que no tuviéramos un desaparecido más en un país donde estamos cansados de ver humillada y ofendida a nuestra gente”.

La presión mediática y humanitaria fue tal que el caso escaló hasta las altas esferas del grupo armado. A través de una delegada del gobierno, se buscaron gestiones que incluyeron a la cárcel de máxima seguridad de Cómbita, donde se está recluido alias “Firu” (o “Leo”). El Frente 36 que opera en Briceño pertenece a la línea comandada a nivel nacional por alias “Calarcá”. Fueron precisamente este último y “Firu” quienes delegaron el control de este territorio a los sanguinarios cabecillas locales alias “Primo Gay” y “Chalá”. 

Se buscaba conseguir que, desde la cúpula disidente, se ordenara a los hombres en el terreno el cese de hostilidades. De esta forma, y tras conseguir también frenar las operaciones militares del Ministerio de Defensa, se logró que una caravana del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y la Defensoría del Pueblo entrara a las coordenadas exactas en Palmichal.

Según detalla Mesa, en Briceño la población vive hoy literalmente secuestrada. Las disidencias han impuesto un régimen que asfixia la cotidianidad: obligan a los campesinos a portar un carné que funciona como salvoconducto para movilizarse y les cobran vacunas hasta por la producción de panela. El hostigamiento armado es tan milimétrico que los movimientos en la ruralidad son vigilados desde el aire con drones, y después de las seis de la tarde impera un toque de queda absoluto que prohíbe el tránsito por cualquier vía. Ningún extraño puede internarse en sus dominios sin permiso. El Estado parece haber claudicado frente a esta gobernanza criminal. La Policía no se atreve a patrullar más allá de las fronteras invisibles del área urbana. En esa inmensa cárcel a cielo abierto, dominada por las rentas ilegales de la pasta base de coca y la minería de oro, fue donde Mateo quiso entrar para retratar la crisis.

Hubo una época en la que Mateo solía escaparse de Yarumal caminando por la vía que va al municipio de Campamento. Llevaba siempre consigo un librito de bolsillo y avanzaba a pie por la carretera. Según Óscar Danilo, ese era su plan perfecto: caminar para leer y, sobre todo, para ser libre. Esa misma búsqueda innegociable de libertad fue la que lo empujó a ejercer el periodismo hasta las últimas consecuencias. 

Al repasar lo ocurrido en una entrevista con RTVC, Jesús Abad, un veterano que ha recorrido el país como ningún otro reportero, no pudo evitar verse reflejado en Mateo. “Yo también a mis 25 años quería devorarme el territorio”, dijo. Sin embargo, su mirada sobre el presente es amarga: los grupos armados hoy imponen una gobernanza criminal tan absoluta que ya no hacen preguntas ni verifican identidades. Ven a un extraño con una cámara o un celular, le cuelgan el estigma de “sapo” o informante, y lo asesinan. “No hay reglas claras”, dice. Si no existen garantías para la prensa, mucho menos las hay para la población civil. 

Cristian Hernández prefiere recordar a Mateo como un muchacho audaz que lo único que buscaba en la vida era poder contar una buena historia. Este crimen absurdo es el reflejo de la orfandad en la que sobreviven los reporteros de provincia, periodistas que trabajan en condiciones de vulnerabilidad, que se la rebuscan para financiar su oficio, incluso vendiendo jugos como Mateo, a expensas de los grupos armados, los políticos corruptos y sus aliados. Y todo, en medio de un Estado y un gobierno que no protege a nadie. Esta es una tragedia que Óscar Danilo condensa en una súplica desesperada para todo el gremio: “A estos buenos periodistas no los dejen solos. Si no lo hacen ustedes mismos, a nadie más le va a importar”.

En memoria de Mateo Pérez, paz en su tumba y solidaridad para todos sus familiares y amigos.

Artículos Recientes

El futuro asesinado: la historia de Mateo, el joven reportero
Para financiar su revista, vendía jugos en Yarumal. Buscando retratar el conflicto, fue asesinado por el Frente 36 de alias “Calarcá”, nombrado gestor...
Según varios documentos, esos grupos económicos financiaron a Carlos Cuenca Chaux, condenado en 2025 por la Corte Suprema de Justicia. Los apoyos de Cambio Radical y de los cacaos han sido cruciales para su carrera política. Ahora, Postobón lo niega.
Según varios documentos, esos conglomerados financiaron a Carlos Cuenca Chaux, condenado en 2025 por la Corte Suprema de Justicia. Los apoyos de Cambio...
¿Qué secretos guardan las bóvedas de un cementerio? En Fuentedeoro (Meta), la antropología forense trabaja para identificar a quienes el conflicto armado intentó borrar.
Las ciencias y técnicas forenses son muy útiles para ayudar a encontrar a los ausentes, desde el reporte del caso de desaparición hasta la identificación...
En medio de amenazas y hostigamientos, líderes y organizaciones lograron un hito histórico en La Calera: que se priorice el consumo humano del agua sobre el negocio de embotellamiento que tiene Coca Cola en la zona. Ahora, piden garantías.
En medio de amenazas y hostigamientos, líderes y organizaciones lograron un hito histórico en La Calera: que se priorice el consumo humano del agua sobre...