Una niña bajo fuego y un asesinato: la denuncia contra el Ejército en Meta
4 de octubre de 2026
Cuando Yuli Motta escuchó a su hijo de 10 años llamarla a lo lejos, se acrecentó su angustia y empezó a llorar. Estaba amarrada de pies y manos entre un tupido grupo de árboles que le impedían al niño verla y ella responderle. Los hombres armados que la habían amarrado no le permitían hacer cualquier movimiento sin su autorización. Ella temía por la vida de su hijo y de su hija, de 7 años: ellos estaban justo en la casa hacia donde vigilaban los militares.
—¡Mamá!, gritó tres veces el niño. Ella tuvo que mantenerse inmóvil, solo lloraba.
Luis Carlos Guerrero, esposo de Yuli, recibió a su hijo de la escuela, y decidió contarle que su mamá estaba desaparecida hace unas tres horas. Por eso el niño empezó a llamarla a gritos. Al mediodía la pareja había salido a separar unos terneros de sus madres para poder ordeñar las vacas la mañana siguiente. En un momento de esa labor se separaron, ella se fue tras un becerro que se desvió del camino y se metió al pequeño bosque que está dentro de su finca. Desde ese momento Guerrero no supo nada de ella.
Yuli, a unos metros del animal, vio que el ternero dio un brinco y retrocedió. Ella, que ha sido campesina toda su vida, supo que esa era una señal de miedo y fue a mirar qué había alterado al animal. Apenas entró al paraje tupido cuando vio unas 15 trompetillas de fusiles apuntándole.
—¿Usted cómo se llama?, le preguntaron de manera severa.
—Yo soy Yuli, respondió ella con un hilo de voz.
El presidente Abelardo de la Espriella celebró la operación del pasado 22 de septiembre en medio de la cual quedaron Yuli, su esposo y sus hijos. El mandatario trinó una foto de un cadáver envuelto en una bolsa blanca, un arsenal de armas y varios pertrechos. Por su parte, el Ejército ha negado cualquier abuso de fuerza contra civiles. Ante el choque de versiones, VORÁGINE llegó a la finca de la familia para hablar con ellos, ver la escena de los hechos, escuchar a testigos y reconstruir lo que pasó ese día en que la muerte visitó la casa de los Guerrero Motta, una morada campesina de dos plantas construida en madera. Aunque Yuli está afiliada a la Junta de Acción Comunal de la vereda Nueva Esperanza de La Macarena, el Ejército asegura que los hechos se dieron en Itilla de Calamar (Guaviare). En este sector las confusiones por las delimitaciones municipales son comunes y dificultan el acceso a derechos básicos de las comunidades.
Las horas previas
Después de musitar su nombre mientras los fusiles le apuntaban, a Yuli se le detuvo la lengua. “Casi se me sale el corazón y empecé a temblar”, contó la mujer que habló con VORÁGINE, sentada en una silla plástica en medio de una pequeña estructura de madera en la que tiene pilas de maíz amarillo para las gallinas. Ella tiene los ojos achinados, el cabello negro y cogido con un moño, y mira más hacia el vacío que hacia su interlocutor intentando disimular la afectación que le dejó el hecho.
En medio de lo que asegura que fue un secuestro, un militar le ofreció agua, pero ella no le quiso recibir. Estaba muy asustada como para tomar algo. “Yo digo que se enojó por eso”, contó mientras hablábamos resguardándonos de un pertinaz aguacero. El lugar donde nos sentamos a conversar era usado para apilar coca. Cuando la familia Guerrero Motta llegó hace tres años, la pareja de esposos decidió arrancar las dos hectáreas de esa mata que había en la parcela y dedicarse a otros cultivos.
—Usted es una hijueputa guerrillera, concluyó el militar ante el desplante.
“Me apuntó con el fusil y me dijo ‘acuéstese ahí’. Yo me fui a sentar suave y él me puso la mano en la nuca y me empujó”, contó Yuli.
—Amarrela, amarrela, dijo otro soldado.
Así lo hicieron: Yuli quedó con las manos en la espalda y las piernas juntas. “Cada nada se enojaban porque me preguntaban muchas cosas y yo no era capaz de responderles”.
Los militares vigilaban su casa y le preguntaban que cuántos guerrilleros había y que por qué estaban ahí.
La noche anterior, hacia las 10, llegaron dos motos hasta el hogar familiar y desde ahí empezaron los problemas. Del vehículo se bajaron dos mujeres de unos 28 y 30 años. A la familia le informaron que ellas se iban a quedar ahí y que luego las recogerían. Aunque iban de civil y sin armas, Yuli y Luis Carlos sabían que eran guerrilleras. Pero, en esa zona que controla Alexander Díaz, alias “Calarcá”, es mejor obedecer con resignación. “Si llega el Ejército o llega la guerrilla uno como campesino no les puede ordenar que se vayan”, explicó Luis Carlos mientras hablábamos solos junto a la cocina de la casa. Al otro día ellas le pidieron a la Yuli que les vendiera el desayuno y el almuerzo. No interactuaron más. Quien ha vivido en zonas de guerra sabe que abstenerse de preguntar puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Cuando el aire volvió a fluir con la fuerza necesaria para articular palabras, Yuli empezó a contarles a los militares lo poco que sabía para intentar alivianar la presión que ejercían: que había dos guerrilleras, que la noche que estuvieron ahí tendieron hamacas a unos metros de la casa para dormir y el color de la vestimenta de ambas. Hubo una pregunta crucial para el resto de la historia.
—¿Usted tiene hijos?
—Sí, una niña de 7 años y un niño de 10. Ellos llegan hacia las 2 que los trae la ruta de la escuela.
Luego la grabaron tirada en el suelo, la obligaron a decir su número de cédula y le advirtieron que si ella era guerrillera le iba a ir mal. Poco después llegó un militar con unos papeles en los que había fotos de personas que Yuli no reconoció. El hecho de que ella no supiera quiénes eran los personajes, volvió a exaltarlos y le preguntaron si conocía a Rogelio Benavidez. Ella dijo que no. Ese es el sobrenombre de un excomandante de las Farc que ahora está en las disidencias. En 1999 el Ejército desplegó un operativo en Santander y Norte de Santander para capturarlo, la acción fue bautizada como la Operación Berlín. En ese hecho de guerra murieron 28 niños que habían sido reclutados por las Farc, pero Benavidez escapó. Pasaron 16 años, se firmó el Acuerdo de Paz entre el Estado y esa guerrilla, pero ahora se sabe que Benavidez volvió a la guerra, esta vez de la mano del grupo de “Calarcá”.
“Al ratico llegó uno muy enojado y me clavó el fusil debajo del mentón y me hizo doler mucho el cuello. Me decía que cuántos guerrilleros había, que yo estaba mintiendo”, dijo Yuli. “Yo le juraba por la vida de mis hijos y por Dios que no le estaba diciendo mentiras”. Según su testimonio, durante unos cuatro días tuvo hinchazón y un hematoma en el lugar donde el soldado presionó su arma.
Uno de los momentos en que Yuli tuvo más miedo se dio cuando estaba amarrada en el suelo. Un soldado se acercó a ella y se agachó. “Me empezó a bajar el pantalón de sudadera por la parte de atrás”, dijo. Ella relató que como tenía las manos amarradas en la parte posterior, alcanzó a agarrar la pretina para evitar que le bajara la prenda completamente. “Yo pensé que iban a abusar de mí”. Su angustia bajó cuando se dio cuenta que el militar estaba buscando un tatuaje o una marca.
La campesina cuenta que cada tanto llegaba un soldado a pegarle patadas y a maltratarla:
—Usted me está mintiendo, hijueputa perra. Si usted no colabora aquí la matamos y su familia la va a tener que recoger así sea en pedazos o en bolsas.
“Yo temblaba, estaba muy atemorizada. Solamente pensaba en mis hijos y mi esposo y creía que no iba a volver a verlos. Dijeron que si el guerrillero que estaban buscando no llegaba, que me iban a llevar con ellos”. El estado de exaltación de los hombres armados era evidente. Había empezado a llover y el miedo de Yuli se convertía en agotamiento. Ella vio a uno de los soldados que estaba tomando líquido y le pidió. “Me contestó que no era agua, sino ron”, dijo. También recordó que los vio consumiendo chimú, un producto de tabaco con nicotina.
Luego de eso, contó Yuli, llegó otro soldado con un papel en el que estaban fotos de otras personas. Ella reconoció a uno que había ido esa mañana a hablar con las mujeres, conversación que ninguno de los integrantes de la familia escuchó. Los soldados le dijeron que estaban esperando a un tal “Willinton”.
El choque de los vecinos con los militares
Luis Carlos empezó a llamar a varios familiares para saber si Yuli estaba en la casa de ellos, pero todos le dijeron que no. Su hijo de 10 años sacó una bicicleta y se fue a donde un vecino a alertarle sobre la situación. Llegó a la finca de Yubernei Rúgeles y le contó que su mamá no aparecía. Pasaron apenas unos minutos cuando Cristián Múñoz llegó al mismo lugar. Otro habitante del sector que pasaba por la vía principal se detuvo en su casa y le dijo que había escuchado unos disparos. Entonces Muñoz, rollizo, de unos 40 años, cogió su moto y se fue adonde Rúgeles. “Nosotros hablamos mucho y yo me fui a mirar que estuviera bien”.
Mientras eso pasaba, Yuli estaba desesperada. Ella escuchó que un carro se acercó a su casa, luego oyó el primer disparo de la tropa y siguió un grito desgarrado de su hija. Para dimensionarlo hay que ubicarse espacialmente: la casa está a unos 150 metros del lugar donde estaba la campesina y ella no sabía que su hijo había salido de la vivienda. En el lugar se encontraba la pequeña y Luis Carlos. Los pensamientos de Yuli preveían una tragedia.
Cuando Múñoz llegó donde Rúgeles, este le dijo que estaba bien, pero que los disparos podían ser en la casa de los Guerrero Motta. Rúgeles distrajo al niño poniéndolo a jugar con su hijo de 9 años y le prometió que volvería por él, que no se moviera de ahí porque iba a buscar a su mamá. Los dos campesinos cogieron sus motos y se fueron a la casa de sus vecinos.
Cuando avanzaron algunos metros sobre la vía rojiza y polvorienta, se encontraron con varios soldados que les apuntaron. Así lo relata Múñoz con su acento arrastrado.
—Quieto, hijuetantas, tirénse al suelo—dice evitando pronunciar la grosería— Prumm, prummm.
Los sonidos que hace el hombre corresponden a disparos que, según los dos testigos, les hicieron los militares. Eran tiros que tenían la intención de que se detuvieran y no de herirlos. “Apuntaban con los fusiles hacia nosotros, pero cuando iban a disparar los desviaban y se levantaba el polvo del borde de la carretera”, explicó Múñoz.
—¿Mano, usted por qué nos apunta si nosotros somos civiles? Vamos a mirar qué es lo que está pasando porque sabemos que ahí viven Luis Carlos, Yuli y dos niños. Nosotros los conocemos.
Múñoz dice que cuando él se bajó de la moto, Rúgeles no alcanzó a frenar y le pegó en un pie. Aún así se acostó sobre la tierra, como le ordenó el militar que hacía los tiros. “Cuando ya estaba tendido me hizo unos disparos como a 40 centímetros de la cabeza”. “Yo me asusté mucho porque cuando llegamos ahí vimos a otro vecino que estaba andando por la vía y también se encontró con los soldados, pero como estaba en el piso pensé que estaba herido”. “Ahí nos humillaron y nos trataron mal”, dijo. Pronto se percató de que el otro campesino que estaba boca abajo no tenía ninguna herida.
“Mi hijo de 15 años iba conmigo y cuando llegamos también lo hicieron tender, le dijeron que si se movía le daban”, recordó Rúgeles. “Él quedó en una mata donde había unas hormigas bravísimas de acá, y le empezaron a picar la cara, cuando se fue a sacudir el soldado le dijo ‘¿Qué es lo que va a hacer, gran jijueputa?’”. Múñoz les advirtió que era un menor de edad. “Había un soldado encapuchado que nos apuntaba detrás de un tronco y nosotros le decíamos que para qué hacía eso si nosotros somos civiles”.
Múñoz y Rúgeles, entrevistados por este medio frente a la casa de los Guerrero Motta, coincidieron en un dato que va a ser importante para la historia: le dijeron a los soldados que ellos lo que querían era verificar el estado de la familia. “A la mujer la tenemos nosotros”, les respondió un uniformado.
La balacera sinsentido
La balacera se extendía. Sonaban disparos de fusil y explosiones. Los temores de Yuli se acrecentaban. Luis Carlos vivió toda la escena de horror. Según cuenta, él se estaba preparando para salir cuando llegó una camioneta blanca de platón. Del vehículo se bajó Luis Carlos Mojica, un hombre que el Ejército señala de guerrillero y la comunidad dice que era un labriego. Según coincidieron los esposos iba desarmado y de civil.
Mojica y Guerrero estaban casi hombro con hombro porque uno iba llegando y el otro iba a darle la vuelta a su moto para salir a buscar a Yuli. Ahí fue cuando se escuchó el disparo. La bala alcanzó a Mojica en la espalda baja, lo hizo girar y quedó tendido boca arriba. El dueño de casa se alejó y la niña, después de gritar, se escondió debajo de una cama.
“Él me pidió que lo ayudara, pero si me acercaba me mataban”, explicó Guerrero. Entonces, intentó meterse debajo de la cama con la niña para protegerla con su humanidad, pero no cupo. Las balas zumbaban tan cerca del padre y la hija que unas esquirlas de madera alcanzaron el omóplato izquierdo de Guerrero, las heridas todavía son visibles. Unas balas atravesaron la camioneta que manejaba Mojica, otras perforaron el tablado de la vivienda y las tejas de zinc. En la cortina que estaba en la habitación donde se resguardaba la niña hay por lo menos cuatro impactos.
Los esposos aseguran, por separado, que en el lugar nunca hubo un combate. Según su relato, las dos mujeres que estaban en el lugar salieron corriendo con lo que tenían puesto, sin armas. Dicen que los militares iban rotando de posiciones alrededor de la vivienda y disparando hacia la casa. Esa versión la respaldan la cantidad de vainillas que hay regadas. Ellos no entienden por qué hicieron eso y muestran uno a uno los daños: una manguera que habrían roto de manera intencional, una lavadora que quedó inutilizable, unas 15 goteras, un retrato de la niña con toga y birrete atravesado por una bala.
Yuli había contenido el llanto durante toda la entrevista, pero cuando habla de los daños que le dejaron y de lo que le tocó vivir a sus hijos no aguanta más. Entre sollozos dice: “Vea como me dejaron la lavadora, mi esposo llevaba casi un año bregando para comprarme la lavadora. Yo quería una casa grande y la compramos, quería mi cocina aparte y ahorita vea con esa pela rotos que me la dejaron. Es muy duro, muy duro, porque uno hace las cosas con esfuerzo para que venga otro a acabar con las ilusiones”.
La muerte de Mojica puede constituir un crimen de guerra. Según cuenta Guerrero, él vio todo: “Estaba herido en el piso, llegó un soldado y lo remató”. El Derecho Internacional Humanitario indica que si hay una persona herida, el actor armado que llega adonde está le debe brindar auxilios médicos. Ejecutar a un indefenso es un crimen. Tampoco hubo un combate, y según testigos el hombre estaba desarmado.
Además, ambos esposos señalan que vieron a los soldados celebrando la muerte.
—Por fin matamos a este hijueputa, decían, según nos contaron. Los hombres armados se chocaban las manos entre ellos y se empezaron a tomar fotos con el cadáver.
Los soldados soltaron a Yuli y la acompañaron hacia su casa. La campesina agarró a su hija que estaba llorando y le prometió que ese momento iba a pasar. Ella relata que un militar le preguntó si ese era el hombre que ella había reconocido.
—No, respondió ella sin dudarlo.
Luis Carlos Mojica y las tres versiones
Un helicóptero aterrizó cerca de la casa de los Guerrero Motta, personas del CTI hicieron el levantamiento del cuerpo. Unos soldados se embarcaron y los que estaban afuera empezaron a caminar hacia atrás mientras le seguían apuntando a los campesinos. Todos se fueron en el vehículo. El presidente Abelardo de la Espriella trinó una foto en la que se ve una bolsa blanca que contiene un cadáver: quien estaba ahí era Mojica. La Junta de Acción Comunal de la vereda Guaduales Nueva Esperanza aseguró que se trataba de un campesino afiliado a la vereda de Puerto Cachicamo y que llegó a ayudar a la familia. Múñoz contó que él había jugado billar en las fiestas con Mojica, por lo que lo reconocía como una persona del sector. Heiner Rivera, de la vereda Alto Cachicamo, también aseguró que era un jornalero de la región. VORÁGINE conoció otra versión.
Después de que Mojica murió, los militares inspeccionaron la camioneta blanca en la que había llegado. En el asiento trasero llevaba un bulto azul con comida. Una hipótesis en la región es que Mojica pudo haber llevado esa remesa para las guerrilleras que estaban en el lugar. Si eso es verdad se abren dos caminos que las autoridades deben investigar: que él lo hizo sin conocer los detalles del envío que llevaba o que hacía parte de la guerrilla y tuvo eso como misión. De cualquier manera, si los militares lo ejecutaron rendido en el suelo, desarmado y herido, cometieron un crimen de guerra.
Otra pregunta que sigue abierta es si había armas alrededor de la casa. El Ejército y el presidente aseguran que se decomisó un arsenal en medio de esa operación. Una fuente le dijo a este medio que era probable que cuando el hombre de la mañana visitó a las guerrilleras, les hubiera entregado radios y armas. Guerrero dice que nunca vio armamento.
Otro hecho llamativo es que ninguna persona ha ido a recoger la camioneta en la que se movilizaba Mojica. El vehículo está en la casa familiar con más de una docena de impactos de bala y la llanta delantera izquierda totalmente desinflada.
La versión del Ejército
VORÁGINE conoció un oficio firmado por el coronel Luis Enrique Correa Martínez que contiene algunos detalles de los hechos. La operación fue ejecutada por la Fuerza de Despliegue contra Amenazas Transnacionales, que es comandada por dicho oficial. En el documento el Ejército se pronuncia sobre los señalamientos de Yuli. “Se deja constancia de que en ningún momento fue objeto de captura, retención o cualquier medida de privación de la libertad (…) Se precisa que durante el desarrollo de la operación la mencionada ciudadana ingresó voluntariamente al área donde se encontraba la tropa, motivo por el cual se le informó que se encontraba en condición de persona protegida, con el fin de salvaguardar su vida, integridad personal y demás derechos fundamentales”, se lee.
El comunicado se torna intencionalmente confuso más adelante. El oficial Correa Martínez, aunque había negado que retuvieron a Yuli, escribió: “El sacrificio temporal y mínimo de la libertad de movimiento por 120 minutos es un costo ínfimo comparado con la pérdida irreparable de la vida de la persona”.
Al leerle fragmentos del oficio, Yuli fue tajante: “Si me hubieran respetado no me habrían puesto un fusil en la cabeza. Para mí eso no es respetar los derechos de un campesino”.
Hay otro pasaje del documento que Yuli desmintió. “Una vez finalizada la operación, la ciudadana fue puesta a disposición del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la Fiscalía General de la Nación del municipio de San José del Guaviare con el propósito de verificar la inexistencia de vulneraciones a sus derechos y descartar la comisión de conductas punibles en su contra”, escribió el coronel. Sin embargo, VORÁGINE conoció la denuncia que interpuso la campesina y la fecha que tiene es del 29 de septiembre, siete días después de los hechos. La familia se desplazó con sus propios medios hasta San José del Guaviare.
Las inconsistencias más notorias del oficio del coronel Correa Martínez tienen que ver con el lugar donde sitúa a la niña. En el documento dice: “A la menor que se encontraba en el lugar en el que se consolidó la operación no le fueron vulnerados sus derechos, puesto que esta permaneció en compañía de su madre, la señora Yuli Andrea Motta”. Eso contrasta con todo el relato que hacen la pareja de esposos: que la niña estaba en la escuela cuando su mamá desapareció, que gritó cuando se escuchó el primer disparo y que varias balas pasaron cerca adonde ella se resguardó.
Yuli interpuso una denuncia por secuestro agravado por tortura. El escenario dibujado por el coronel Correa Martínez sitúa a la niña justo en el lugar donde, según la campesina, fue torturada de varias formas. Entonces, hay dos escenarios: el Ejército casi mata a la niña con las balas que atravesaron la casa o los militares la pusieron junto a su madre mientras presuntamente la torturaban.
Según el oficio del coronel, hay una investigación disciplinaria en curso. Pero, esa acción sumió a la comunidad en una desconfianza hacia los organismos de seguridad que seguramente arrastrarán durante años. Ese hecho aleja cada vez más al Estado del control territorial que dice que quiere garantizar. “La Fuerza Pública es para proteger a los campesinos, a los ciudadanos, pero lo que viene a hacer es atropellarnos”, dijo una lideresa de la zona que pidió no ser identificada.
Yuli trata de ser reservada cargando su cruz, pero la comunidad sabe lo impactada que está. Varias veces durante nuestra visita se acercó una amiga que le acariciaba las manos y le daba su apoyo para caminar cogidas de gancho, una forma de acompañar muy similar a la que se le da a alguien que está viviendo un duelo. A Yuli se le pierde la mirada mientras hay un gran alboroto por los niños y los campesinos que están en su casa respaldándolos ante la llegada de los foráneos. Aunque dijo que no era capaz de acercarse al lugar donde la tuvieron los militares, decidió ir para mostrar el punto exacto donde sucedieron los hechos. Ahí habló durante más de 10 minutos, hasta cuando un aguacero nos obligó a resguardarnos.
La familia Guerrero Motta, aterrorizada, se desplazó durante siete días. Solo volvieron a su casa el 30 de septiembre. Yuli le dijo varias veces a sus vecinos que llevaba días sin dormir y contó que la noche que volvieron solo pudo conciliar el sueño dos horas. Ella vuelve a llorar cuando hace un recuento de lo que le pasó a sus animales con la acción de los soldados: un ternero y una gallina fueron baleados y murieron; una perra que estaba dando a luz el mismo día tuvo todos sus cachorros muertos. “Cuando estoy sola me sobran lágrimas para llorar, pero tengo que ser fuerte delante de mis hijos”, contó. Además, también le pidió a su esposo que vendieran el terreno y se fueran para otro lado. Al preguntarle a Luis Carlos qué pensaba sobre lo sucedido dijo que necesita que atendiendan a su esposa y a sus hijos para disiparles el miedo: “Yo no tengo pa’ dónde más coger”.
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