Jose Hallén Rave García abusó en varias ocasiones de un estudiante del Seminario Menor que era sacristán de la parroquia La Fe, en Medellín. Después de cada abuso, le daba dinero que sacaba de la limosnas para chantajearlo y evitar que lo denunciara.
26 de octubre de 2022
Por: Equipo Vorágine #BajoReserva

Carlos es el segundo de cuatro hermanos. Creció junto a sus padres en el barrio Santa Fe, en Guayabal (la Comuna 15 de Medellín), y estudió la primaria en una institución educativa cercana a su casa. Cuando apenas empezaba el bachillerato, hasta el colegio llegaron seminaristas y sacerdotes para invitar a los jóvenes a que continuaran su formación de la mano de la Iglesia católica en el Seminario Menor de Medellín, y Carlos aceptó el llamado.

El Seminario Menor es un colegio de la Arquidiócesis de Medellín que busca “conformar una sociedad cuya brújula sean las enseñanzas que Cristo nos dejó en su Evangelio”. La familia de Carlos, específicamente su madre, vio en esa institución educativa la realización de un sueño: tener un sacerdote en la familia. 

El año siguiente, 2002, Carlos empezó de nuevo el bachillerato, esta vez en el Seminario. Uno de los requisitos para estar en ese colegio es que los estudiantes deben involucrarse en las actividades de la parroquia del sector donde viven. Así lo hizo Carlos en la parroquia La Fe, la del barrio que tiene el mismo nombre, donde vivía junto a su familia. 

En ese momento, el sacerdote de La Fe era José Hallén Rave García. El párroco era cercano a la abuela y a la mamá de Carlos porque las dos participaban de las eucaristías y otras actividades religiosas, así que con gusto aceptó a Carlos, primero en el grupo de acólitos, después como lector, catequista y, finalmente, sacristán, es decir, su mano derecha en la parroquia.

Era Carlos quien tenía las llaves de la parroquia, abría y cerraba antes y después de cada misa. El sacerdote también lo llevaba a cenas, eventos y eucaristías que celebraba por fuera del barrio. De a poco, Rave García se convirtió en lo que Carlos llama un “guía espiritual”: su consejero, su amigo y su ejemplo. A él le confiaba sus problemas, sus secretos y sus decisiones, siempre a la espera de la sabiduría de Dios que vendría por intermedio de uno de sus voceros en la Tierra, el sacerdote Rave García.

Después de cada jornada, al final de la noche, Carlos debía cumplir una rutina: cerrar la parroquia, recoger las limosnas del día y entregarlas al sacerdote en la casa cural que quedaba justo al lado. Transcurrieron ocho meses con normalidad. Un tiempo que el sacerdote usó para ganar la confianza del joven acólito y de su familia, hasta que aprovechó para mostrar sus verdaderas intenciones. 

En una de las entregas del dinero de la limosna, alrededor de octubre del 2002, el sacerdote le pidió a Carlos que entrara hasta su habitación; era domingo y no había nadie más en la parroquia ni en la casa cural. Una vez en el dormitorio del cura, este empezó una conversación sobre lo “especial” que era la relación y la confianza que había entre ambos. Y el diálogo pronto se convirtió en chantaje: todo lo que hablaran o pasara entre ambos tendría que quedar en secreto porque el cura sabía muchas cosas sobre su sacristán de doce años.

El sacerdote Rave García le decía a Carlos que todo lo que él le dijera o hiciera era un precepto de Dios, y en nombre de Dios le bajó los pantalones y abusó sexualmente de él. El joven sacristán no sabía aún qué era la masturbación, mucho menos el sexo oral. Lo que le hizo el sacerdote lo dejó pasmado y sin saber qué hacer. La excusa del cura era que le estaba enseñando sobre la sexualidad para que nadie abusara de él; pretendió hacerle creer que lo estaba protegiendo del mal que él mismo le estaba causando.

Ese episodio se repitió al menos una vez al mes durante, aproximadamente, un año y medio, siempre en las mismas circunstancias: cuando el sacristán le llevaba las limosnas de las misas al sacerdote. Ese dinero que aportaban los feligreses a la parroquia La Fe, lo utilizaba José Hallén Rave no solo como excusa para abusar de un menor de edad, sino además como chantaje. Después de cada abuso, sacaba del dinero de la comunidad para comprar el silencio de Carlos con setenta, ochenta o cien mil pesos. 

Había una razón más poderosa que el dinero para que Carlos se mantuviera en silencio y siguiera sometido al cura Rave: si dejaba de ir a la parroquia, ya no cumpliría el requisito para continuar estudiando en el Seminario Menor, y la presión de sus padres dejaba esa posibilidad por fuera del alcance de Carlos. Ya había una sentencia: de no terminar el bachillerato en el Seminario, tendría que hacerlo en un internado.

Esa encrucijada llevó a Carlos a maquinar un plan para que lo expulsaran del Seminario sin tener que contar la verdadera razón por la que no quería continuar. Cometió varias faltas al reglamento hasta que logró su objetivo con una grave: se robó el vino de consagrar y emborrachó a varios de sus compañeros.

La mamá de Carlos primero intentó que el sacerdote Rave García intercediera por su hijo para que no lo expulsaran, pero el joven, que ya tenía catorce años, no estaba dispuesto a volver al Seminario porque eso implicaba seguir sometido a los abusos del cura. Los papás de Carlos nunca se enteraron de la verdadera razón por la que, después de expulsado, nunca quiso volver a la parroquia La Fe ni a ninguna otra. 

El sacerdote seguía buscando a Carlos, lo llamaba, le mandaba razones con su mamá. La última vez que lo hizo fue hace cuatro años, cuando le mandó a preguntar por qué tanta ingratitud, por qué era tan mala persona con alguien que le había ayudado tanto. El abuso y el cinismo del sacerdote Rave García rompieron la relación de Carlos con la religión para siempre.

Pasaron casi veinte años para que Carlos contara, por primera vez, lo que le sucedió. Lo hizo durante un proceso terapéutico para tratar sus dificultades con el manejo de las emociones, un problema que, según el mismo proceso, tiene relación con el abuso del que fue víctima en la infancia.

“Este señor era una figura pública dentro del barrio, yo era un peladito, quién me iba a creer. Yo nunca quise hablar por pena, creía que me iban a ridiculizar; también por miedo, porque iban a pensar que yo era homosexual. Me daba vergüenza contar que había sido con un adulto. Nunca tomé la iniciativa de contar ni denunciar, de hecho siempre me dije que me iba a morir con este secreto”, dice Carlos a sus 32 años.

Carlos tampoco contó lo sucedido porque en los años que siguieron al abuso sentía que era su culpa, por haber dejado que el sacerdote abusara de él, por nunca decir que no, que se detuviera. Hoy comprende que tenía doce años y no podía entender lo que estaba pasando, mucho menos detenerlo.

Según el directorio de la Arquidiócesis de Medellín, José Hallén Rave García, hoy de 78 años, es actualmente sacerdote de la parroquia Nuestra Señora de la Asunción, en Copacabana, Antioquia. También trabajó en Nuestra Señora de la Asunción y en Nuestra Señora del Carmen, ambas en Medellín.

Contactamos a José Hallen Rave para que diera su versión de los hechos, pero no obtuvimos respuesta.

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