Acorralado por mineros y narcos, el único pueblo no contactado identificado en Colombia podría extinguirse
26 de enero de 2026
A mediados de noviembre pasado, la Policía Nacional y la Fuerza Aeroespacial, coordinadas con autoridades brasileñas, ejecutaron la operación Amazonas Libre II, sobre el río Puré, en zona de frontera. Alrededor de cien policías y militares colombianos se desplegaron en tres helicópteros Black Hawk y cuatro aviones. Destruyeron tres barcos remolcadores, dedicados a la minería ilegal, y 14 dragones, como se les llama a las grandes embarcaciones que extraen el oro del cauce. El operativo se llevó a cabo sobre el territorio de los Yuri-Passé, el único pueblo no contactado o en aislamiento voluntario cuya existencia se ha confirmado en el país. Una comunidad indígena que, por decisión propia y para salvarse del exterminio, se apartó de la sociedad mayoritaria hace casi 150 años.
Cuando los Yuri-Passé rompieron lazos con el resto del mundo no había pasado mucho tiempo desde la creación del primer barco a vapor, y todavía faltaban décadas para la invención del primer avión. En los últimos años, por cuenta de la extracción ilegal de oro, los miembros de este pueblo aislado probablemente han percibido la presencia intimidante de las máquinas modernas, para ellos desconocidas, que se adentran en su territorio. Por medio de imágenes satelitales, las autoridades confirmaron que las embarcaciones mineras han estado a solo 10 kilómetros de sus malocas, en la Amazonía colombiana. Lo más probable es que los indígenas aislados las hayan visto, al menos a lo lejos, que hayan escuchado sus motores, y divisado las aeronaves militares que entran a su selva para expulsar a los mineros.
¿Qué implica para un pueblo que se apartó del mundo a mediados del siglo XIX observar las máquinas del siglo XXI? ¿Qué pueden pensar sobre la naturaleza de esos objetos desconocidos? Durante 2025, por el río Puré se contaron hasta 79 dragas mineras. En 2024 fueron 167, según registros conocidos por VORÁGINE. Además del impacto cultural y social que seguramente produce la aparición de la maquinaria y los mineros en las tierras de los Yuri-Passé, lo más grave es que su presencia puede causar el exterminio de ese pueblo.
El contacto con un virus que para cualquier persona resulta inofensivo, como una gripa, puede diezmar a una población de personas cuyos organismos no tienen anticuerpos para enfrentarlo, explican a VORÁGINE los miembros de Amazon Conservation Team, una organización que lleva años tratando de proteger a los indígenas en aislamiento voluntario. La enfermedad es solo uno de los peligros que acechan a los Yuri-Passé, si se tiene en cuenta que los mineros que operan en la región están asociados a organizaciones criminales violentas, como el Comando Vermelho de Brasil y las disidencias de las Farc.
El acecho por el oro
De la vida de los Yuri-Passé hay pocas certezas. Por fotos satelitales y algunos sobrevuelos en la selva amazónica se tienen indicios de su ubicación, y quienes la conocen la guardan como el mayor de los secretos. Se calcula que quedan cientos de ellos, que incluso pueden llegar a mil. Que dejan crecer altos cultivos de chontaduro alrededor de sus malocas, tal vez con la intención de ocultarlas. Algunas comunidades indígenas que habitan alrededor intuyen la presencia de los aislados cuando se pierde alguna herramienta o hallan restos de animales cazados. A veces encuentran huellas o ramas quebradas en el bosque que delatan sus pasos.
Desde hace 30 años, los mineros ilegales se establecieron en el río Puré, que nace en la Amazonía colombiana y desemboca en el río Japurá, en Brasil. Pero en los últimos cinco años, la pequeña minería se transformó, según personas que conocen muy bien la región, pero le pidieron a VORÁGINE la reserva de su identidad. En la zona se empezó a hablar de que el Comando Vermelho, la mayor agrupación criminal de Brasil, entró al negocio. Del lado colombiano, según la Policía, operan las disidencias del Bloque Amazonas y los Comandos de Frontera, que también intervienen en la minería.
Además de esos grupos armados, llegaron máquinas de mayor envergadura que se adentraron aún más en el río, acercándose a los Yuri-Passé. “Antes, cuando uno entraba al río Puré, veía balsas pequeñas que extraían el oro del centro del río. Eso ha ido cambiando a los dragones de ahora, que son de dos pisos, de 30 metros de largo, que tienen que deforestar las orillas del río y van dejando como un paisaje lunar”, dice una fuente de la zona.
Las dimensiones del negocio crecieron. Según el informe de la operación Amazonas Libre II, las máquinas destruidas por la Policía colombiana valían más de 12.000 millones de pesos, y extraían 6 kilos de oro cada mes, que dejaban ganancias de 9,3 millones de dólares. En su reporte operacional, la Policía dió cuenta del riesgo para los Yuri-Passé: “El río Puré es el territorio ancestral de la última tribu indígena no contactada de Colombia. El ruido ensordecedor de los dragones, la presencia constante de personal armado ilegal y el riesgo de enfermedades transmitidas por foráneos representan la amenaza más directa y existencial para su supervivencia, regida por el principio de no interferencia”.
Según fuentes en la zona, la operación de los mineros creció tanto que construyeron una especie de pueblo en pleno límite entre Colombia y Brasil, aprovechando cierta inmunidad que consiguen al ubicarse en una zona de jurisdicción difusa. Para construir esa base talaron un área extensa de bosque. Allí dispusieron casas para los mineros, cultivos y hasta una especie de taller para construir las embarcaciones que extraen el oro.
Una alerta de la Defensoría del Pueblo, emitida en 2024, reconoció “el riesgo extremo de exterminio físico y cultural” de los pueblos Yuri- Passé. Esto, dijo la entidad, “debido al ingreso de balsas mineras y dragones desde Brasil, el deterioro ambiental producto de la explotación ilícita de los recursos naturales, así como por el presunto tránsito de personas armadas, lo cual puede resultar en encuentros violentos y en el contagio de enfermedades que podrían ser devastadoras para los grupos en aislamiento, dada su altísima vulnerabilidad epidemiológica”.
Además del riesgo del contacto, la destrucción de su entorno es otra amenaza para ese pueblo. “Las actividades mineras y maderables ilegales, a su vez, pueden modificar los determinantes ambientales que permiten la subsistencia de los pueblos en situación de aislamiento”, dice la Defensoría. El vertimiento de mercurio para extraer oro en el río Puré, por ejemplo, puede contaminar las fuentes de agua y alimento de los Yuri-Passé. Durante la operación Amazonas Libre II, la Policía incautó 2,5 kilos de ese metal pesado. Estudios en la zona han demostrado que en los organismos de algunos habitantes hay concentraciones de mercurio hasta tres veces mayores que los niveles nocivos, fijados por la Organización Mundial de la Salud.
El oro no es el único bien que se transa en el territorio de los aislados. Según fuentes de la zona, las organizaciones criminales se desplazan por el río Puré y sus pequeños afluentes, incluso abren trochas en la selva para transportar cargamentos de droga. Hay indicios de que los Yuri-Passé han transitado por esas vías que abren los narcos, pues allí encuentran ramas rotas y huellas de pies descalzos.
Las alertas de un posible contacto forzado empezaron a sonar con más fuerza hace dos años. A finales de 2023, un juzgado de Cundinamarca ordenó varias medidas cautelares para la protección de 1,2 millones de hectáreas en las que se mueve ese pueblo seminómada. Una de las órdenes tenía que ver con la intervención policial y militar para frenar la minería.
Según el equipo de Amazon Conservation Team, algunas entidades han empezado a actuar recientemente para brindar las medidas de protección. Sin embargo, la más urgente, que es la expulsión de los mineros, no ha avanzado. Pese a operaciones como Amazonas Libre II, en la región se sabe que los mineros vuelven a recomponer su maquinaria rápidamente, en cuestión de un mes o dos, luego de la intervención de las autoridades. Por eso, se habla de que es necesaria la presencia contínua de la Fuerza Pública en la zona limítrofe.
En octubre de 2024, el Ministerio del Interior emitió una resolución para ampliar la zona de protección de los Yuri-Passé, es decir, el territorio en el que no se pueden realizar actividades que los pongan en riesgo. Hace tres meses, la misma cartera emitió una alerta en la que calificó como “alto” el nivel de riesgo que padece esa comunidad, y delegó a otros ministerios y entidades como la Fiscalía para que tomen acciones “urgentes e inmediatas” para protegerlos.
Quienes conocen los saberes espirituales de las comunidades amazónicas guardan la esperanza de que los chamanes de los Yuri-Passé guíen a su pueblo para evitar el contacto. Para las comunidades indígenas vecinas, los aislados son sus hermanos más poderosos, a quienes admiran y consideran como los más profundos conocedores de la naturaleza. “Ellos aún manejan su parte chamánica, y en ese pensamiento ellos saben qué hacer, pueden visionar lo que ocurre si salen de su territorio. Pero a veces estas actividades que llegan de afuera son tan fuertes que esa protección es insuficiente”, dicen en la región.
El aislamiento de los Yuri-Passé
No es la primera vez que la codicia foránea pone en riesgo la existencia de los Yuri-Passé. Esta comunidad indígena lleva casi 500 años huyendo de quienes irrumpen en sus territorios para explotarlos. Antes de los mineros, los conquistadores europeos, los explotadores del caucho y los comerciantes de pieles ya habían intentado someterlos. Ese pueblo ha respondido a las amenazas con una resistencia extraordinaria. Su admirable historia quedó consignada en “Cariba Malo”, un libro escrito por el investigador Roberto Franco, el trabajo más profundo que se ha hecho sobre los Yuri- Passé.
Una de las grandes conclusiones de Franco es que, contrario a lo que se llegó a pensar, los grandes cacicazgos indígenas que dominaban el río Amazonas antes de la llegada de los europeos no se extinguieron. Los Yuri y los Passé, dos comunidades distintas que hoy conviven juntas, son los últimos descendientes directos de esos grandes pueblos.
En el siglo XVI, los españoles y portugueses entraron al Amazonas. El gran río les daba a los europeos un acceso más fácil a la selva, y eso hizo que los indígenas que ocupaban la ribera fueran los primeros en sucumbir ante la violencia, la esclavitud y las enfermedades desconocidas. Se creía que, para comienzos del siglo XVIII, esos pueblos habían desaparecido. Pero la conclusión de Franco es que algunos de sus descendientes sobrevivieron, alejándose del Amazonas, adentrándose en la selva. Así fue como los Yurí- Passé habrían llegado hasta los alrededores del Puré, su territorio actual.
Algunos naturalistas y misioneros europeos que recorrieron la Amazonía durante esos siglos de la Colonia, describieron a los Yuri y los Passé como indígenas “belicosos”, preparados para la guerra, que se resistían a entregar a sus hijos a la esclavitud. Los registros históricos dicen que se defendían con lanzas de madera, en cuyas puntas untaban venenos que extraían de especies vegetales. También envenenaban los dardos de sus cerbatanas y construían escudos con piel de animales como la danta.
Los Passé enterraban a sus muertos en grandes ollas, y luego trasladaban sus huesos a vasijas más pequeñas. Los despedían con bailes y fiestas. Esas descripciones, dice Franco, reflejan la complejidad que alcanzaron esas comunidades.
Los Yuri y los Passé sostenían relaciones comerciales y culturales con otras comunidades indígenas y con los europeos. Su grado de interacción era tal que, por ejemplo, en 1764, Guayaracare y Amaneyo, dos caciques Yuri, viajaron con un sacerdote católico a Popayán, con el propósito de conocer de cerca a los cristianos. “Para los habitantes de Popayán la llegada de estos ‘indios salvajes’ fue un gran espectáculo”, cuenta Franco.
De esos años también quedaron noticias de la esclavitud a la que fueron sometidos. Según registros de autoridades españolas de la época, para la construcción de Tabatinga, una población brasileña vecina de Leticia, los portugueses emplearon “a los infelices indios de las naciones Yumaná, Yuri, Passés y Ticuna, a unos a la cadena, a otros custodiados, sin permitirles el regreso a sus territorios”.
En el siglo XIX ocurrió el peor de los crímenes que se cometieron en la Amazonía: el holocausto del caucho. Decenas de miles de indígenas fueron esclavizados y murieron en medio de la explotación del material que se extraía de los árboles amazónicos. Muchas comunidades desaparecieron de los registros y las crónicas de los viajeros. Algunas porque fueron exterminadas, y unas cuantas, como los Yuri y los Passé, porque decidieron aislarse del mundo.
De esos dos pueblos no se supo nada durante casi cien años, hasta que, en 1969, un nuevo encuentro forzado los devolvió a la historia. Con el rumor de que en lo más profundo de la selva vivía una tribu indígena desconocida, Julián Gil, un comerciante de pieles de animales salvajes, se aventuró a buscarlos. Tenía una idea delirante: conquistarlos y usar su territorio y su mano de obra para convertirse en el zar de las pieles. El periodista Germán Castro Caycedo contó el encuentro con los aislados en el libro “Perdido en el Amazonas”.
Tras recorrer un duro camino por la selva desconocida, Julián Gil llegó hasta una maloca de los Yuri-Passé. Uno de sus acompañantes, atemorizado, lo abandonó, pues había rumores infundados de que los aislados eran “indios salvajes” y caníbales. Gil, en cambio, siguió adelante, y nunca más se volvió a saber de él. Su acompañante regresó con la noticia de la desaparición, que atrajo la atención de la prensa de la época. Finalmente, el hermano de Gil y un grupo de cuarenta personas, entre ellos varios soldados, se adentraron por la misma ruta a buscarlo.
La nueva expedición llegó a la misma maloca y encontraron pistas de que Gil había muerto. En el camino, los expedicionarios asesinaron a cinco indígenas Yuri-Passé y secuestraron a una familia —una pareja y sus tres niños— a quienes condujeron hasta La Pedrera, un municipio en Amazonas. Allí permanecieron retenidos, y contrajeron una gripa que casi los mata. Los misioneros católicos asumieron su cuidado y trataron de aprender su lengua para convertirlos forzadamente al cristianismo.
La familia de indígenas secuestrada fue liberada luego por la presión mediática, ejercida especialmente por un periodista francés. Ese episodio fue determinante para que hoy se conozca la identidad de los aislados. Al analizar el registro que los sacerdotes hicieron de las palabras pronunciadas por esa familia indígena, y compararlas con los estudios lingüísticos de la Colonia, los investigadores supieron que eran los Yuri y los Passé. Las fotos que los expedicionarios tomaron de sus malocas son las que hoy, al ser cotejadas con imágenes satelitales y de sobrevuelos, permiten establecer que los aislados del Puré son esos dos pueblos.
Los pocos registros históricos de los Yuri-Passé evidencian que cada uno de los encuentros que tuvieron con la sociedad mayoritaria terminó en una desgracia. El hecho de que no hayan buscado un contacto por su propia cuenta, durante más de un siglo, demuestra que su decisión de aislarse sigue firme. Pero hoy, esa voluntad y esa increíble resistencia están amenazadas, una vez más, por la codicia foránea que se obstina en explotar sus tierras.
Si tiene más información de este u otros temas escriba al mail: jaime.florez@voragine.co