Páramo de Las Tinajas: belleza natural y conflicto territorial
30 de abril de 2025
En el suroriente del Valle del Cauca, en la cordillera Central, se erige, alto y solemne, el páramo de Las Tinajas. Las montañas son un refugio de bambúes, bromelias, orquídeas y árboles cubiertos por musgos que almacenan gran cantidad de agua. Es un paraíso de biodiversidad con frailejones y lagunas cristalinas donde las nubes y el cielo azul se reflejan.
Pero detrás de su encanto, Las Tinajas es el epicentro de un conflicto social entre comunidades indígenas y campesinas. En este territorio la lucha por la tierra, el agua, la identidad cultural y la amenaza del desarrollo se entrelazan con la vista del paisaje.
El páramo, que hace parte del complejo de Las Hermosas, es más que un ecosistema vital. Para los indígenas del pueblo nasa del Resguardo Triunfo Cristal Páez es un lugar sagrado, un espacio donde la tierra y el cielo se comunican, donde los rituales ancestrales conectan con su cosmovisión. Para los campesinos de la vereda Ebenezer, el páramo es sinónimo de vida: de él obtienen el agua para sus cultivos y con sus tierras fértiles han sostenido a sus familias por varias generaciones.
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Sin embargo, esas dos visiones del territorio están en conflicto. Las tensiones por la propiedad y el acceso a la tierra han crecido con el tiempo. Las intenciones de ampliación del resguardo indígena han generado incertidumbre entre los campesinos, que sienten que sus derechos sobre la tierra están en peligro. Ambas comunidades han establecido puntos de control en la parte media y alta de la montaña. VORÁGINE estuvo en la zona y recogió el sentir de los habitantes de esta zona rural de Florida, Valle del Cauca.
Para entender las raíces de este conflicto hay que saber que el 10 de marzo de 2022, la Sala Civil de Restitución de Tierras del Tribunal Superior de Cali falló una acción de tutela presentada por Luz Mery Gutiérrez Garzón contra la Sociedad de Activos Especiales (SAE). La decisión, que favoreció a la mujer, se centraba en la solicitud de restitución y formalización de unas tierras del Resguardo Indígena Triunfo Cristal Páez.
En otras palabras, el alto tribunal dio lineamientos para que se restituyan y formalicen tierras a favor del resguardo. También estableció que personas no autorizadas han utilizado terrenos en zona campesina que deberían pertenecer a la comunidad indígena. El fallo es concreto en decir que cualquier venta o acuerdo de uso de esas tierras, que no cuente con el consentimiento del resguardo, sería considerado ilegal. También determinó que actividades de exploración y explotación de recursos mineros en el área deberán cumplir con el procedimiento de consulta previa y contar con el consentimiento libre, previo e informado de las comunidades afectadas. En el documento judicial queda claro que los nasa han sido víctimas del conflicto armado.
Por eso, dice Jhon Jaime Herrera, secretario de Gobierno de Florida, es esencial abordar las disputas territoriales desde diversas perspectivas, tanto legales como históricas. El funcionario enfatiza en la necesidad de contar con un análisis histórico del proceso de asentamiento de las comunidades en esta zona del Valle del Cauca, ya que este contexto es vital para entender las reivindicaciones culturales y sociales de los campesinos e indígenas. “El tema territorial está tenso en el municipio de Florida y no queremos que se vaya a mayores el tema territorial. La idea es que se ponga de parte y parte de las comunidades y de todas las instituciones del municipio”, relata Herrera.
Es de recordar que en el fallo judicial se le ordenó a la Agencia Nacional de Tierras, en concertación con la Comisión Nacional de Territorios Indígenas (CNTI), llevar a cabo los trámites necesarios para sanear la constitución y ampliación del resguardo en tierras hoy habitadas por campesinos.
Miguel Sánchez es uno de los líderes de la comunidad campesina Ebenezer, conformada por 28 familias. Cada mañana echa un vistazo a sus cultivos de maíz, fríjol y hortalizas que consume su propia familia. También suele vender en el pueblo lo producido. Algunas de las familias de Ebenezer, agrega, tienen entre 20 y 30 vacas. Asegura que esta actividad se da en el contexto de una ganadería responsable y sostenible.
Otros de sus paisanos se dedican a la producción de lácteos a través de una planta industrial que transforma leche en yogur, que luego comercializan en el casco urbano Florida. En este proceso, el trabajo comunitario es crucial, dice Sánchez. Cuenta que a diario envían pedidos en neveras portátiles que aseguran la cadena de frío del yogur.
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Sánchez asegura que revisa el pastoreo de los animales en las áreas designadas, cerciorándose de que el ganado no interfiera con la biodiversidad del entorno. También dice que recorre el páramo, siembra árboles y está pendiente de la limpieza del territorio.
El líder menciona que su comunidad ha estado presente en el páramo desde hace unas cuatro generaciones. Recuerda que sus abuelos y bisabuelos llegaron a trabajar en fincas, muchos de ellos venían del Tolima, departamento que limita con Las Tinajas. Relata que algunas de las propiedades que ahora habitan se obtuvieron antes de 1995, año de la constitución del resguardo indígena.
Sánchez es insistente en hablar de la legítima presencia de los campesinos en el páramo. Al menos esa es su versión. Señala que hay personas que “tienen una compraventa, otros llevan una posesión de terrenos de 30 a 40 años”, lo que para él es evidencia de la larga conexión de las familias con la tierra.
En la parte alta de la carretera que serpentea hacia el páramo, los campesinos de Ebenezer levantaron un puesto de control. Unos kilómetros más abajo, los indígenas nasa tienen una vigilancia similar. Desde la entrada del resguardo cualquier persona que quiera pasar debe ser autorizada. Para ellos, permitir que personas ajenas ingresen a su territorio es poner en riesgo no solo sus tierras, sino su cultura y espiritualidad. El acceso se abre de 5:00 a.m. a 8:00 p.m.
Estas medidas de seguridad han incrementado la tensión entre las comunidades. Lo que para los nasa es un acto de protección cultural, para los campesinos es una limitación a la libertad de moverse por una tierra que consideran suya. En este tira y afloje, el conflicto ahora es por el reconocimiento de los derechos y la identidad.
Otra persona que habla es Diego Pinzón, un líder campesino que viste camiseta roja, jean y tenis. Su rostro, curtido por el sol, refleja la sabiduría de años de lucha por los derechos de su pueblo. Vive en el Resguardo Triunfo Cristal Páez, territorio que hace parte del páramo y que es una fábrica de agua con numerosas lagunas y nacimientos que alimentan el río Santa Bárbara. Este último desemboca en el río Fraile, recurso muy importante para los municipios de Florida, Candelaria y Palmira.
La vida en su resguardo es un constante vaivén de trabajo y colaboración, donde cada habitante juega un rol importante en la preservación de su cultura y en la defensa de sus derechos. Su comunidad no está exenta de desafíos, pero la resiliencia de Diego y su comunidad es palpable, y su compromiso por un futuro mejor para sus hijos es lo que los impulsa a seguir adelante, a pesar de las adversidades.
Relata que la economía del resguardo es autosuficiente y comunitaria. Los nasa dependen, en gran medida, de los cultivos de maíz, fríjol, plátano y yuca. También producen panela orgánica, uno de los productos más comercializados fuera del resguardo. Pinzón argumenta que los pueblos indígenas tienen un vínculo profundo con la tierra y que, por eso, es trascendental que se preserven sus derechos en Triunfo Cristal Páez. Dice que, a pesar de las diferencias, es importante mantener conversaciones entre comunidades para abordar los conflictos territoriales y encontrar soluciones que beneficien a ambas partes para evitar enfrentamientos.
Actualmente, según la Secretaría de Gobierno, en la zona rural hay presencia de disidencias de las Farc en tránsito por el territorio. Uno de los eventos más recordados ocurrió el 9 de junio del 2000 cuando integrantes del Movimiento Jaime Bateman Cayón y del VI Frente de las Farc incursionaron en esa localidad, atacando el puesto de policía y causando graves daños en entidades bancarias y comercios. Desde entonces, comunidades indígenas no han dejado de hacer denuncias sobre las afectaciones de seguridad a sus territorios, hoy por parte de las disidencias de las Farc en zona rural de Florida.
En 2001, el Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) estableció su control en la zona, perpetrando masacres y generando desplazamientos forzados en las áreas rurales de Florida. A pesar del proceso de paz con las Farc en 2016, Florida ha seguido siendo un punto estratégico para actores armados ilegales.
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El megaproyecto que desafía al páramo
Como si las tensiones territoriales no fueran suficientes, un nuevo factor ha entrado en juego: el desarrollo. El proyecto de construcción de una carretera 4G que cruzaría el páramo ha generado una nueva ola de inquietudes. Para los campesinos, esta obra representa la promesa de mejores condiciones de vida: un acceso más rápido a los mercados, nuevas oportunidades económicas. Para los indígenas, la vía es una amenaza directa a la madre tierra y a su forma de vida.
La carretera que se planea construir es parte del megaproyecto conocido como Conexión Pacífico-Orinoquía (CPAO). El tramo 3 de este proyecto comenzaría desde el municipio de Florida y conectaría con la Ruta 45, una carretera que atraviesa el departamento de Putumayo y termina en Ciénaga, Magdalena. Este tramo busca unir el Valle del Cauca con los departamentos de Tolima, Huila, Meta y Vichada, con el objetivo de establecer la primera conexión directa desde Buenaventura hasta Puerto Carreño, cruzando de occidente a oriente las tres cordilleras para facilitar el transporte de productos agroindustriales de la Orinoquia hacia el puerto de Buenaventura.
La vía implicaría una alteración del ecosistema, dicen los líderes indígenas con los que VORÁGINE habló. Ese espacio natural es clave para la regulación hídrica de la región. Tanto así que advierten del riesgo de que la construcción altere el curso de ríos como el Frayle y el Santa Bárbara, con posibles repercusiones en el suministro de agua para las comunidades. Además, una intervención de esta magnitud en el territorio, dicen los nasa, podría generar la pérdida de flora y fauna endémica.
Según el informe de conflictos territoriales de la Comisión Nacional de Territorios Indígenas (CNTI), la intervención planeada con la megaobra podría acarrear daños irreparables a importantes ecosistemas, como bosques y ríos, que son vitales no solo para la biodiversidad, sino también para la cultura y la espiritualidad de las comunidades indígenas.
En ese estudio se advierte que la CPAO podría facilitar el avance de economías extractivas en la región, alterando de manera profunda la dinámica social y cultural local. La apertura de nuevas carreteras y la llegada de colonos pueden desencadenar transformaciones drásticas en el uso del suelo, promoviendo actividades como la ganadería extensiva y los monocultivos, que no solo impactan negativamente el medio ambiente, sino que también amenazan la pervivencia cultural de pueblos indígenas como los Nasa.
La CNTI también incluye en su informe diversas alertas sobre las implicaciones de los megaproyectos en los territorios indígenas y ecosistemas frágiles, destacando las observaciones planteadas por la Defensoría del Pueblo, que ha señalado el impacto negativo que tienen estos proyectos sobre la biodiversidad y los medios de vida de las comunidades locales, enfatizando la necesidad de proteger sus derechos y garantizar un enfoque sostenible en la planificación de infraestructuras.
A pesar de las preocupaciones manifestadas, el proyecto cuenta desde 2015 con vía libre de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para llevar a cabo estudios de impacto de la obra, instalación de torres de energía y otros componentes del megaproyecto.
Mientras esa carretera continúa siendo un proyecto, en las alturas del Valle del Cauca las tensiones sociales siguen formando un complejo nudo que parece difícil de desatar. Viviana Castaño, otra líder campesina de Ebenezer, comparte la perspectiva de los demás líderes sobre la situación actual de su comunidad en relación con la restitución de tierras y las tensiones con los grupos indígenas. La líder enfatiza que su gente está dispuesta a luchar por sus derechos y que están organizándose a través de la junta de acción comunal.
Castaño señala que los campesinos se sienten injustamente acusados de haber colaborado con grupos armados y de haber despojado a los indígenas de sus tierras, cuando en realidad, asegura, han sido ellos quienes han vivido en la región durante mucho tiempo y poseen escrituras que respaldan su presencia.
Para Mauricio Zúñiga, licenciado en Historia de la Universidad del Valle y autor del libro “Florida y su Tradición: Orígenes y Raíces de un Pueblo”, los registros de presencia indígena en Florida, Valle, se remontan a los siglos VI y VIII d.C. Durante este periodo, dice, se produjeron importantes cambios estructurales en los patrones de asentamiento y en las costumbres de las comunidades indígenas que habitaban ese territorio, como las culturas sonso temprano y tardío, sachamates, tinajas, buga, bolo, pichande y quebrada secas, sociedades agroalfareras que existieron hasta el siglo XVI d.C. Sin embargo, menciona que estas comunidades fueron total o parcialmente extinguidas por la llegada de los españoles en el siglo XVII, lo que marcó un cambio significativo en la historia de la región.
Zúñiga deja claro que en Florida existe una falta de evidencia y escaso conocimiento sobre la historia indígena y campesina del municipio, lo que refleja un problema más amplio de desconexión entre las comunidades actuales y su historia.
A su vez, el autor señala que a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la región experimentó cambios significativos en su estructura agraria, lo que llevó a la aparición de nuevas formas de organización laboral. Los registros de campesinos en Florida, Valle, según él, comienzan a documentarse a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
De la misma manera, afirma que durante este periodo se inició un proceso de fragmentación de grandes propiedades de tierra. Esto permitió la consolidación de nuevos núcleos urbanos y la aparición de una clase campesina diversa. Hace referencia a la existencia de haciendas y estancias en el territorio desde comienzos o mediados del siglo XVII, aunque el desarrollo significativo del campesinado, de acuerdo con su investigación, se acentúa en el siglo XIX con las nuevas relaciones de trabajo y cuando se modificó la estructura agraria de la región.
El páramo de Las Tinajas alberga un complejo sistema de nueve lagunas principales que actúan como fuentes abastecedoras de agua para las cuencas de los ríos Amaime, Bolo-Fraile y Desbaratado. Estos espejos cristalinos, rodeados por una espesa vegetación adaptada a la alta montaña, cumplen un papel fundamental en la regulación hídrica de la región. En otras palabras, aseguran el suministro de agua tanto para los ecosistemas locales como para las comunidades que dependen de estos afluentes.
En sus orillas crecen frailejones, plantas emblemáticas de los páramos andinos, cuyas hojas cubiertas de finas vellosidades capturan y retienen la humedad del ambiente. A su alrededor, musgos, líquenes y arbustos tapizan el suelo, formando una esponjosa alfombra natural que contribuye a la conservación del agua en este frágil ecosistema.
Además de su riqueza vegetal, el páramo es refugio del oso andino, el escurridizo venado conejo y una variedad de aves, algunas de ellas endémicas y en peligro de extinción. Una de las más comunes en ese lugar es el copetón, un pajarito que habita entre los 1.000 y 3.700 metros sobre el nivel del mar, esto sin contar que el páramo alberga especies de aves migratorias que utilizan este hábitat durante sus desplazamientos estacionales.
Este mosaico de vida convierte a Las Tinajas en un espacio de gran valor ecológico y cultural para las comunidades que lo habitan y protegen. Su importancia como regulador climático quedó en evidencia en enero de 2018, cuando, después de dos décadas, una inusual nevada cubrió sus tierras.
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Diálogos
Ante la creciente tensión, el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) ha trabajado para mediar en el diálogo entre comunidades, integrando su labor territorial con el fortalecimiento de la gobernanza y la articulación de actores locales. Como lo señala la investigación “Contribuciones del diálogo desde el paradigma de transformación de conflictos a la paz cotidiana en la experiencia de las comunidades indígenas y campesinas de Florida (Valle del Cauca) entre 2019 y 2022”, del investigador social del Cinep, Diego Bulla, este tipo de procesos permite cambiar narrativas que normalizan la violencia y, en su lugar, fortalecer lazos de sociabilidad, reciprocidad y solidaridad.
Además, para el proceso de diálogo en Florida, ese centro de estudios ha realizado diversas sesiones con las comunidades para acordar las reglas del proceso, generar confianza, acercar las distintas subjetividades, intercambiar experiencias y visiones personales para entender las distintas aristas del conflicto social entre pueblos indígenas y campesinos. La tarea no es fácil. Sentar a dos grupos con visiones opuestas sobre el futuro del páramo es un reto. Las reuniones, aunque tensas, han generado espacios de escucha, lo que ha permitido mantener un canal de comunicación abierto y fortalecer los vínculos de confianza.
Jhon Sebastián Trochez dice que en la comunidad campesina de Ebenezer hay familias que han residido en la región por más de 50 años. Y hace una advertencia que preocupa: intentar desplazar a los campesinos de sus fincas en cumplimiento de la sentencia es correr el riesgo de desatar un conflicto social significativo.
Una de las personas que cuestiona la sentencia emitida hace dos años por el Tribunal Superior de Cali es Kelly Johana Yonda, quien ha ejercido su liderazgo en la organización campesina en Ebenezer durante 16 años. Junto a su esposo cultivan frijoles y tienen ganado para la producción y comercialización de yogur como parte de su asociación.
“Nosotros no estamos de acuerdo en que esa sentencia sea de esa manera porque de una u otra forma no se hizo la caracterización que se debía de haber hecho por parte de la Agencia Nacional de Tierras”, afirma la líder campesina, que cuestiona la no realización de un proceso de concertación, lo cual desencadenó un conflicto que podría haberse evitado si se hubiera escuchado a las partes involucradas.
Ella cuenta que ha participado activamente en mesas de diálogo con diferentes actores, incluyendo el resguardo indígena y organizaciones como el Cinep, para abordar temas sociales y territoriales que afectan a su comunidad. Menciona que la sentencia es “dura y dolorosa” para la comunidad por el arraigo emocional e histórico con la tierra. Yonda fue representante de Ebenezer en los años 2019, 2020 y 2021.
En medio del conflicto social entre indígenas y campesinos en el Valle del Cauca, el concejal José Alfredo Cayapú resalta el respeto y el diálogo como pilares esenciales para una convivencia pacífica. Su labor, asegura, se ha centrado en trabajar por el bienestar de ambas comunidades, buscando puentes de entendimiento en medio de las tensiones.
Cayapú enfatiza en la necesidad de unidad entre indígenas y campesinos para afrontar los desafíos que comparten, desde el acceso a la tierra hasta la lucha por sus derechos. Por ello, insiste en la importancia de abordar las diferencias culturales con una mirada conciliadora. Y para hacerlo dice que es necesario promover espacios de diálogo que fortalezcan la confianza mutua. Además, señala la falta de representación real de estos sectores en el gobierno municipal de Florida, lo que, según él, profundiza las desigualdades y dificulta la búsqueda de soluciones justas y equitativas.
Colombia ha sido escenario de múltiples conflictos sociales en los que comunidades indígenas y campesinas han disputado el control de la tierra y los recursos naturales. En el norte del Cauca, por ejemplo, el pueblo Nasa ha llevado a cabo lo que ellos llaman “liberación de la Madre Tierra”, ocupando haciendas cañeras para recuperar territorios ancestrales, lo que ha generado tensos enfrentamientos con propietarios y fuerzas del Estado. De manera similar, en la Serranía del Perijá, el pueblo Yukpa ha reclamado tierras históricas, chocando con ganaderos y campesinos. Mientras tanto, en la Amazonía, los Nukak han visto su territorio ancestral invadido por colonos y cultivos ilícitos, desplazándolos y amenazando su supervivencia.
El páramo de Las Tinajas, convertido en el epicentro de un conflicto social entre comunidades indígenas y campesinas, por estos días sigue siendo el escenario de una lucha por el control de la tierra y el acceso al agua. Los indígenas nasa exigen el reconocimiento de su territorio como parte del plan de expansión del resguardo Triunfo Cristal Páez. Por otro lado, los campesinos de la vereda Ebenezer defienden su derecho a cultivar la tierra que han sostenido a sus familias durante años, con escrituras y promesas de compraventa en mano.
* Este texto fue elaborado gracias a la colaboración entre Vorágine y el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep/PPP), organización que se dedica a la defensa de los derechos humanos. Cinep/PPP trabaja en los territorios colombianos para garantizar que las voces de las comunidades sean escuchadas y sus derechos sean respetados.