Aviturismo en la Serranía del Perijá, otra cara del Acuerdo de Paz

Cerca de 150 excombatientes de las Farc que firmaron el acuerdo en 2016 y viven en la antigua ETCR de Tierra Grata, en el Cesar, le apuestan a la biodiversidad de la tierra en la que viven y al turismo comunitario para decirle “no más” a la guerra. 

18 de agosto de 2022

Texto y fotos: Lina Alonso*
Voices from the Void

¿Cómo es que el avistamiento de un colibrí puede resumir el fin último del Acuerdo de Paz? A esa pregunta me llevó el Primer Festival de Aves del Perijá realizado el 10 de diciembre de 2021 en la antigua ETCR de Tierra Grata, Cesar, un lugar en el que viven cerca de 150 firmantes con sus familias, algunos de ellos miembros de lo que alguna vez fueron los Frentes 19 y 41 del Bloque Caribe de las extintas Farc, y en el que también habitan aproximadamente 120 especies de aves de las 400 que cercan la Serranía del Perijá. Advierto, lo que van a leer no son las anotaciones de una experta en los caminos del turismo o las aves.

Pongamos un dedo en el mapa. Tierra Grata se encuentra a media hora de Valledupar, en el corregimiento de San José de Oriente, y se trepa sobre la espina dorsal de la serranía que, con sus 300 kilómetros, atraviesa los departamentos de La Guajira al norte, del Cesar en el medio y de Norte de Santander hacia el sur, abarcando a su paso bosques secos -los más amenazados en el país-, bosques tropicales, sabanas y páramos en las partes más altas de la sierra. Se trata de todo un corredor biodiverso que el año pasado logró la protección legal de más de 21.000 hectáreas de bosque seco tropical en las regiones colindantes con las comunidades de El Molino, Urumita y La Jagua del Pilar. Hace parte de la punta norte de la cordillera oriental y es la ventana fronteriza con los andes venezolanos del lado del estado Zulia, donde da paso al lago de Maracaibo y convierte al país vecino en dueño también de  esta serranía, aunque para ellos sí es Parque Nacional Natural. Para las dos naciones igual seguirá siendo un laboratorio de vida, un conector biológico inigualable.

Sin embargo, el carácter de los eventos históricos que han surcado a esta serranía dentro del país y su cercanía con Venezuela la convirtieron en un espacio estratégico para la violencia y sus múltiples rostros, el contrabando, los cultivos ilícitos y, por supuesto, para el desplazamiento de cientos de personas que encontraron refugio en los laberintos verdes de sus faldas. Los conflictos a los que esta zona ha sobrevivido vienen desde mucho antes de que existieran la guerrilla de las Farc o los grupos paramilitares, su intrincada geografía carga desde tiempos de la violencia bipartidista con el peso de oleadas distintas de economías ilegales, actores armados de toda índole, luchas campesinas, migraciones forzosas y reclamos agrarios. 

Con el precedente de la zona, sus luchas, cambios y suelos, este evento no solo nos hablaría de aves y especies endémicas, nos hablaría también de un espacio de reincorporación que encontró una forma de reactivarse después del primer golpe de la pandemia de Covid-19 por medio de la conservación y el turismo comunitario, un turismo que le apuesta a la tierra, a la fauna y flora que no deberían estar en la refriega por sobrevivir. Así que esto no es solo cuestión de un ave.

El vuelo de los firmantes 

Para que toda la comitiva de biólogos, pajareros, periodistas y demás asistentes llegáramos a la ETCR, subimos por una carretera que se eleva a 600 metros sobre el nivel del mar después de pasar el municipio de La Paz, abandonando Valledupar al paso. Con un paisaje inventado por la luz del viernes a las tres de la tarde, el contrapunteo de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá nos dieron la bienvenida al lugar del festival: un samán custodiaba la entrada y la resguardaba un mural de ‘Simón Trinidad’ o ‘Simón Libertad’, quien le da a su vez el nombre al espacio. 

La entrada sin pavimentar pintó de polvo cobrizo los restos de la tarde, no éramos más de cincuenta invitados los que estaríamos los tres días del festival, y las pocas caras perladas por el sudor de los firmantes daban la bienvenida sin mucha prisa. 

Ante mi desconocimiento de las tretas del aviturismo asumí la posición de oír, escuchar con cuidado cada silbo, cada canto, cada historia que esos rostros irían dejando junto a la montaña y entre la manigua a la que tendríamos que lanzarnos de narices, con tal de escuchar el sonido así fuera de una guacamaya comiendo pepas de una ceiba lechosa (Hura creptians).

El parche se iba cuajando a medida que los jeeps dejaban más personas en el restaurante -que a su vez hizo de puerta o “aula de recepciones”-, todo en ese lugar respiraba en colores, los murales, los vestuarios, el alojamiento, el cielo salpicado de aves y leyendas. La introducción estuvo a cargo de Paola, la coordinadora y representante de Creata, una de las organizaciones que respaldaron el festival, y después de presentarnos con nombre y oficios nos abrieron el panorama de los tres días siguientes: monte arriba y monte abajo, con la guianza de los excombatientes y de los lugareños en recorridos que iban desde la reserva de los Tananeos, hasta el páramo de Sabana Rubia, donde la cara del Cerro Pintado nos recibió con su paciencia de siglos. Teníamos que dejarnos devorar por el verde espesor de la serranía para entender el potencial de una comunidad que le está haciendo el pare a la guerra desde el turismo.

Las firmantes indígenas nos dieron el primer apretón de manos en la Kankuruwa, el templo ceremonial para los excombatientes que hacen parte de alguna etnia que vive allí, y donde las mujeres venden las mochilas y artesanías elaboradas por ellas mismas. Actualmente hay seis etnias: Kogui, Arhuaca, Wayúu, Kankuama, Pojaos y Barí, sin contar que el Perijá ha sido territorio ancestral de los Yukpas, quienes aún se encuentran en los caminos. Las firmantes vestían de nuevo sus trajes tradicionales y hablaban sus respectivos dialectos con sus hijas pequeñas, algo no menor si tenemos en cuenta que en las filas solo se les permitía hablar español y, obviamente, solo portaban el uniforme fariano.

Después de la presentación y de que terminaran de llegar los invitados comenzó el recorrido por la zona, sus avances, sus casas modelo, sus jardines y los proyectos productivos que demuestran la férrea voluntad de los firmantes de apostarle a un acuerdo de paz que, en varios aspectos, les dio la espalda en el gobierno del hoy expresidente Iván Duque. Van casi 340 firmantes asesinados según Indepaz y Naciones Unidas, sin contar los que han tenido que salir desplazados de distintas ETCR por toda clase de hostigamientos.

En Tierra Grata tienen una carpintería, una fábrica de bloques de tierra compactada cuyos ladrillos ya están vendiendo a las comunidades aledañas para nuevas casas y una herrería donde forjan puertas, quicios, rejas y demás implementos para construcción, productos que también venden a las comunidades vecinas, a veces con precios más justos y asequibles que los de marcas comerciales. Óscar, uno de los firmantes que nos iba mostrando los talleres, no ocultaba el entusiasmo que le produce saber que todos en la comunidad se rotan, con su acostumbrada disciplina, las labores del cuidado y mantenimiento de los espacios y los productos, y con esa misma emoción nos presentaba a los que en ese momento estaban ‘camellando’: “Vea, José es el encargado de soldar, tal de doblar el acero, venga, mire las vigas cómo las van doblando”. Muchos de estos oficios han sido fruto de capacitaciones del SENA y otros, de aprendizajes con los que ya venían los excombatientes. El mismo día de nuestra llegada, de hecho, muchos recibieron su cartón de grado de bachilleres y luego comenzaron la construcción de algunas viviendas con los bloques que fabrican ellos mismos.

Después de los talleres conocimos “El Santuario”, que para el proyecto de turismo que también cranearon representa una de las experiencias más significativas: es la recreación de un campamento base de las extintas Farc, una especie de maqueta en tamaño real, la estampa de la vida en la guerrilla en unos pocos metros con sus caletas, el espacio de la rancha -cocina- con su horno vietnamita (construido en barro con un boquete alargado para que los aviones no rastrearan el humo desde el cielo), la enfermería, las aulas de enseñanza y reuniones y los baños, que servían también como lavadero de ropa. Toda esta puesta en escena les ayuda mucho a los visitantes, en palabras de los guías, a entender las dinámicas cotidianas de las filas, sus espacios de reunión, su división del trabajo, su cotidianidad marcada por la clandestinidad, y la férrea disciplina que seguían.

En el rostro de algunos extranjeros se dibujaba la curiosidad ante la magnitud del espacio y sus estructuras artesanales, frágiles a ojo de pájaro, pero firmes en su elaboración y materiales. Y es que los firmantes también pensaron este sitio para que los visitantes que no recibieron en sus países las noticias o las imágenes del rostro interno de la guerra, puedan partir con una idea más completa del conflicto; se estima que el 70% de estos viajeros son universitarios de Europa y los distintos países de América.

En este lugar de museo se comparten saberes y anécdotas de más de 50 años de lucha armada, historias que también se conservan en la contigua Casa de la Memoria, que construyeron para exhibir algunos objetos de su vida pasada: biblioteca (todos andaban con su lectura al hombro), uniforme, estandartes, cartillas de las conferencias, cartillas de enfermería e, incluso, algún instrumental quirúrgico para atender a los heridos en combate. Es un salón con techo de icopor que detalla su visión y alimento ideológico de los años de combate. Cuando lo recorrimos, la entrada tenía una caricatura de Matador, mientras que las paredes internas atestiguaban silenciosas una exposición de la artista fariana Inti Maleywa, cuyos cuadros hablan, en una ráfaga abrumadora de colores, sobre su visión de la violencia y el desastre ambiental que ella atestiguó en la guerrilla.

Al salir, el mismo Óscar nos resumió la importancia de estos dos espacios: “También fuimos esto y es importante no olvidarlo, no solo para no repetir lo que pasó sino para que la gente entienda cómo era nuestra vida dentro de las Farc, porque como organización teníamos todo lo que una sociedad cualquiera tiene”.

La unión por las aves 

Aterricemos con el colibrí. Finalizada la jornada introductoria siguieron las excursiones de aviturismo, una práctica que nace de la conocida biodiversidad y exuberancia nacional en un país que, irónicamente, es también el primer lugar del mundo donde más líderes ambientales asesinan. 

Colombia es el tercer país en variedad de especies animales vivas y el primero en aves y anfibios en todo el mundo, y según el Sistema de Información sobre Biodiversidad en Colombia (SIB) actualmente se cuentan 1.954 especies de aves, lo que equivaldría al 20% de todas las que existen. Además, durante cuatro años consecutivos el país ha ocupado el primer lugar en el Global Big Day, con 1.343 especies observadas en un día, muchas de las cuales duraron décadas sin ser avistadas por los colombianos a causa del conflicto. ¿Por qué?

Sucesos en la región como la bonanza algodonera en los sesenta, una marimbera en los setenta, otra cocalera en los ochenta, un paro cívico de obreros y campesinos, la estigmatización y asesinato de los líderes comunitarios que estaban a cargo de este paro y de otros movimientos sindicales, la incursión de las guerrillas de las Farc y el ELN por la misma década, las alianzas de los latifundistas con los paramilitares en los noventa y la primera década del siglo XXI, y masacres como las de Velitas y Curumaní, siguen caminando en el recuerdo de los habitantes. 

El informe Huellas de la Memoria de la ONG Prodeter, Corporación para la Protección y Desarrollo de Territorios Rurales, anota que “las violaciones sistemáticas de derechos humanos que constituyeron el repertorio de violencia paramilitar en la región fueron las masacres y el desplazamiento forzado para dar lugar al despojo de tierras”, lo que también muestra cómo este fenómeno reciente devastó a la Serranía del Perijá desde aristas agrarias que siguen sin resolverse. Y en la actualidad, el contrabando en la frontera y la minería ilegal, que modifica las formas de vida y el uso del suelo en la Serranía, hacen que la zona se mantenga en una serie de conflictos inconclusos y crecientes. 

Mientras la resistencia pacífica se eleva desde el Valle de Upar, la geografía y la riqueza natural agregan su párrafo a la narrativa conjunta del festival y, sin ser protagonistas de un cartel publicitario “marca país”, cada metro de la Serranía alberga el sustento vital de cientos de especies que día a día mutan o migran conforme el territorio se ve modificado por las poblaciones circundantes y la crisis climática. 

Catalogada en 2016 como Parque Natural Regional, la Serranía es hogar del oso andino - también amenazado- y del colibrí del Perijá (Metallura iracunda), una especie endémica que a la vista parece una esfera metalizada de rojos y verdes, cuya suspensión la hace un cuerpo vibrante y magnético, y cuyo sonido y plumaje es obsesión de los pajareros de todo el país y del mundo de los avituristas. 

El espectáculo del colibrí comparte pista con otros cientos de especies como el paujil o el tapaculo; con las más de 30 especies de mamíferos, como los jaguares, los pumas o los legendarios micos marimondas; y con las casi 70 especies de reptiles que arañan el suelo, sin contar los cientos de árboles, flores y demás vegetación endémica que tupen cada centímetro. Tanta vida, sin embargo, está bajo la constante amenaza de la minería, la agricultura no regulada, la ganadería en el páramo (donde se cortan hectáreas completas de frailejones para estas actividades) y las constantes sequías que cada vez se alargan más, tanto que hace seis años el Instituto Humboldt advirtió que si la temperatura del país se eleva cinco grados centígrados, se pondrían en riesgo de extinción especies como el chamicero de Perijá (Asthenes perijana), otra ave endémica.

Ojos reventados de paisaje

En el primer combo que salió para la ruta inaugural, la que iba por los Tananeos, yo estaba acompañada por, entre otros, un ambientalista wayúu, un historiador del vallenato, un firmante del acuerdo de paz y otro firmante que, además, es biólogo. 

José Luis Pushaina, reconocido ambientalista wayúu, fue con Eliana, su hija de 11 años, quien siguiendo a su padre llevaba sus binóculos, atenta a los más mínimos movimientos de las ramas que dieran indicio de algún ave. Con Tomás Darío Gutiérrez, el historiador del vallenato, que también es abogado y ambientalista, no paramos de conversar, cuando se podía, de Manuel Zapata Olivella y del aire mexicanizado del acordeón de Andrés Landero; digo cuando se podía porque, antes que todo, el turismo de aves es estar en la disposición silenciosa y monolítica de esperar que el ave salga para poder observarla, fijarla en la retina de la memoria, estudiarla o fotografiarla. Los firmantes eran Félix, uno de los mayores, a quien el signo montuno le daba para subir y bajar trochas y lomas cuántas veces le dictara el antojo. Y Mario, biólogo y sabio de la champeta y sus virtudes. 

Todos recibíamos con emoción la vista directa de los picos Colón y Bolívar, titanes de la Sierra, mientras cargábamos las sobras de la tarde. 

Por mi ojo inexperto, y tal vez falto de curiosidad en ese primer momento, me apresuré a concluir que el avistamiento de aves era un tipo de hobby que le interesaba, sobre todo, a hombres blancos, cisgénero, adultos, profesionales y adinerados, como el 80% de los asistentes al evento; sin embargo, para Tierra Grata y su comunidad todo ello es la consolidación del fin de la guerra, una salida económica comunal en la que niños, niñas, adolescentes y campesinos también son protagonistas, es su forma de soberanía económica.  

Con los ojos reventados de paisaje comenzaba a colarse entre las conversaciones la esperanzadora aclaración de que la comunidad encontró la vocación por este tipo de turismo por tener aproximadamente 120 especies de aves en sus alrededores, según José Luis Ropero, uno de los guías baqueanos, quien lleva seis años recorriendo el plumaje de Valledupar, Manaure Balcón del Cesar y la Serranía del Perijá y que también encabezaba la nómina del festival. 

La antigua ETCR se la jugó por este proyecto productivo al ver allí una forma de apostarle a la conservación y una salida para apalancar a las comunidades locales que se encuentran no solo en áreas protegidas, sino donde el conflicto enjauló las posibilidades de hacer de esta actividad otra forma de sustento económico para la región. Se dieron cuenta de que el conocimiento de los firmantes y lugareños se podía moldear para un fin común y que solo era necesario profesionalizar ese conocimiento para llegar a la Cámara de Comercio y ponerle nombre y razón social al proyecto. Después de horas de estudio, cada firmante y baqueano bebía de dos aguas en los recorridos: de las guías académicas de aves y de sus memorias, que las nombraban de forma coloquial.

Según el informe La paz es mucho más que palomas, publicado el año de la firma del acuerdo de paz, una actividad como esta podría representarle al país ingresos aproximados de 46 millones de dólares anuales y apoyaría alrededor de 7.500 empleos en las comunidades locales y personal relacionado al turismo. Pero más allá de las cifras, la construcción del país también pasa por tejer lazos entre las especies y los habitantes de las regiones.

También puedes leer: A vuelo de pájaro: la esperanza del turismo comunitario en Colombia

Por la noche tuvimos una muestra gastronómica de la cocina de la guerrilla: el plato consistía en la tradicional cancharina, que es una especie de arepuela o arepa dulce, acompañada de arroz con fideos y carne frita; luego nos fuimos al salón Bogotá (llamado así por el aire acondicionado gigante que enfriaba endemoniadamente cada centímetro de hormigón del lugar). Ahí habló una pareja de pajareros que dejó todo por irse a recorrer el país en busca de las aves de los 32 departamentos. A la mañana siguiente madrugamos a las cuatro para subir al páramo de Sabana Rubia, donde absolutamente todo quedaría suspendido por la incertidumbre de avistar el colibrí endémico de la Serranía (Metallura iracunda) y otras especies.

Ese día aprendí lo que es una jornada de avistamiento de aves: todas las personas iban con sus binóculos, cámaras, lentes gigantes y algunos con un parlante bluetooth que reproducía el sonido de algunas aves para llamar a otras, a esta práctica se le conoce como play back y hay varias discusiones sobre los problemas que trae. Imaginen que constantemente tocan el timbre de su casa, ustedes se asoman para ver quién es y no hay nadie, y les timbran así cada tanto tiempo durante media hora, eso es lo que hacen para que salgan los pájaros. Algunos argumentan que esto puede perturbar a las aves, otros dicen que no hay mayor impacto en reproducir sonidos que les resultan familiares. En todo caso, cuando yo estuve no hubo mejor forma de avistamiento que la que se hizo desde la paciencia, todos sentados al borde del camino esperando por el chamicero, el colibrí, un hojarasquero, lo que fuera. 

Ante las aves todos fuimos monjes, penitentes que esperaban el milagro del sonido.

Después de ver y oír y sentir en las manos el tacto del pasto de páramo o pasto crespo, como lo llaman, una especie de helecho rastrero que no había registrado en otros lugares así, emprendimos el camino de vuelta. Bajamos del frío al bosque tropical en pocas horas, el trayecto era una sinfonía de aves, de plantas que se mecían en la canícula, de agua que nos rumoraba los pasos, la jornada entera tuvo música de alas y solo se podía lamentar que tuviéramos que volver pronto.

Pajareando juntos

Esa segunda noche tuvo lugar, de nuevo en el salón Bogotá, una de las actividades más significativas del festival: la charla de Diego Calderón, biólogo y pajarero consumado, quien fue secuestrado por las Farc en medio de una investigación que realizaba para la universidad en 2004. A diferencia de las charlas que él había hecho antes -su más conocida “Pajareando con Farc”-, esta la hacía en el Perijá, el lugar donde estuvo secuestrado. 

La tensión la confesó él mismo antes de comenzar: a la acostumbrada sonrisa afable con la que se le veía siempre se le colaba una mueca de ansiedad, la idea de hablar de su amor por las aves ante los que alguna vez fueron sus captores no era un detalle menor, los firmantes que hicieron parte del Frente 41 y varios de los que viven ahí fueron quienes lo secuestraron al mando de Wilmer, alias ‘Cara quemada’. Calderón contó, con la tranquilidad de quien anda sin rencores, cómo y cuándo salió con sus compañeros para un trabajo de campo con binóculos, GPS, libretas, mapas y herramientas de análisis que les hicieron pensar a los guerrilleros que se trataba de un escuadrón de inteligencia.

Estuvo privado de la libertad durante 88 días. Hoy, Diego trabaja en proyectos de investigación con esos mismos firmantes, y adelanta expediciones y viajes con diferentes organizaciones porque, entre otras cosas, sabe que si hay alguien que conoce las montañas colombianas, sus recovecos, sus plantas y animales son los excombatientes. Este biólogo está convencido de que el origen campesino de muchos de ellos es de tremenda utilidad para la ciencia y de que poner al servicio de la investigación los saberes de aquellos que pasaron casi toda su vida en los lugares más recónditos del país, traería beneficios incalculables no solo para la academia, sino para la reconciliación y la construcción de la paz. 

Al final de la charla algunos firmantes de mayor edad levantaron la mano y en sus intervenciones se dibujaban aún formas de justificar el secuestro. ¡Qué difíciles son los caminos del perdón cuando no se entiende la magnitud del daño!, pensaba. Sin embargo, Calderón les respondía con una cordialidad apabullante: “Quitarle la libertad a alguien es de los peores crímenes que existen”, y al silencio en la sala le seguía un “pero aquí estamos, pajareando juntos”. Esta unión por la aves de la que él mismo habló es la que ha permitido que los saberes de la academia y la vida en la guerrilla se unan a favor del conocimiento; se tiene noticia incluso de orquídeas y ranas que han descubierto los excombatientes junto a otros científicos, ahora en tiempos posacuerdo.

Otros asistentes, sobre todo los que viven fuera de la antigua ETCR, también narraron sus historias, dieron vida a sus muertos en sus palabras y pusieron voz a la memoria de su propia porción de guerra, recordando cómo algunos eran simpatizantes de la guerrilla o cómo perdieron a sus padres o familiares a manos de la misma; la magnitud de esa bomba histórica aún resonaba en sus intervenciones, temblaban algunos vocablos, se atropellaba la respiración, las miradas a veces se caían a los pies de otros. Los firmantes escuchaban y reconocían la importancia de este suceso, todos en un mismo salón con sus heridas y sus voluntades de paz hablando de aves, mientras que los niños jugaban y se echaban sus buenas carcajadas. Este no fue solo un festival de pájaros, también fue una fiesta del perdón. 

¿Y si esto no es también la paz, entonces qué es?

Tierra para echar raíces

No todo fueron silbos y música de alas en la ETCR, hoy conocida oficialmente como Nueva Área de Reincorporación (NAR). En el marco del festival también se habló de algunos de los problemas de la comunidad de Tierra Grata. Después de la primera conferencia algunos nos fuimos a la cantina a jugar billar y por un par de cervezas, al rato nos sentamos y comenzaron a cuajar algunas frases recurrentes entre las conversaciones, como las de firmantes que aseguraban que los gobiernos de turno (primero el de Juan Manuel Santos, luego el de Iván Duque y habrá que ver si el que acaba de estrenarse de Gustavo Petro) le tienen la tierra embolatada a Tierra Grata y por eso la construcción de las casas sigue en veremos. 

En efecto, en la página de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización se reconoce que no se puede hacer inversión pública en el predio, lo cual ratifica el profe Moncada, como le dicen a Fredy Escobar Moncada, quien fuera parte del frente urbano Jacobo Arenas y es hoy uno de los encargados legales de la antigua ETCR. Asegura que  ellos compraron una parte del predio con un préstamo, arrendaron otra parte y tenían sus permisos y escrituras en orden, pero luego la Agencia Nacional de Tierras les dijo que el terreno arrendado era un baldío del Estado, así que no podían construir allí sus proyectos o viviendas. El asunto no se ha resuelto a pesar de que las familias siguen creciendo, de que ya hay más de 50 niños en el espacio.

En 2020, la Misión de Verificación de la ONU advirtió sobre la urgencia de que los excombatientes tengan tierra para volver a la vida civil y el año pasado varios informes periodísticos, entre ellos el de La Paz en el terreno, dejaron cifras desalentadoras: el gobierno de Iván Duque prometió la compra de tierras para titulárselas a los exguerrilleros, y destinó $16.000 millones solo para la compra de los terrenos donde están los 24 antiguos ETCR, pero antes de entregar el poder solo adquirió nueve y la propiedad sigue siendo del Gobierno, no de los excombatientes ni sus cooperativas. Sumado a esto, la Corte Constitucional declaró “la violación masiva al Acuerdo de Paz”: más de 340 firmantes han sido asesinados desde 2016, y comunidades enteras han sido desplazadas por múltiples amenazas de distintos actores armados. 

Al vuelo de los firmantes en Tierra Grata no le han dado la garantía de una tierra firme para echar raíces.

Coda

En mayo de este año Colombia ocupó el primer lugar, por quinta vez consecutiva, en el Global Big Day, el mayor evento de avistamiento de aves del mundo. Se registraron 1.538 especies y, con ellas, se fortaleció la inversión en el turismo local. Para Tierra Grata y otros proyectos productivos de excombatientes que se unen a la comunidad esta puede ser la oportunidad que les hace falta para darle vuelo a su propósito de futuro.

* Lina Alonso (1994). Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Hizo parte del equipo editorial de la Revista El Malpensante, del equipo de comunicaciones de Penguin Random House y de la redacción e investigación de La Pulla, en El Espectador. Es colaboradora de Voices from the Void (Voces del vacío), un colectivo de investigación que busca retratar el conflicto y el posconflicto desde las comunidades más remotas de Colombia.

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Manu Cortez Platz

Increíble la narración entre crónica y todo tan poético pero a la vez tan riguroso como todo lo de Vorágine. Buenísimo!!!!

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