Cuando se apaga la cámara y baja el telón: las luchas de los actores y actrices por un trabajo digno

En el gremio de los que interpretan a los héroes y heroínas en los que muchas veces quisiéramos convertirnos hay salarios precarios, informalidad, inestabilidad laboral y vetos. Tradicionalmente desunidos, hace siete años se pusieron de acuerdo en algo: solo a través de un sindicato serán reconocidos y valorados como cualquier otro trabajador. 

10 de febrero de 2021

Por Laila Abu Shihab
Ilustraciones: Angie Pik

Cuando se piensa en el mundo de los actores y las actrices casi siempre viene a la mente la imagen de una vida ya resuelta, muy glamurosa, cenas todos los días en los mejores restaurantes, viajes en primera clase, vestidos de alta costura y desfiles en alfombras rojas. 

Es una imagen engañosa. 

La actriz que protagonizó una de las series más vistas de la televisión colombiana, por ejemplo, no tenía dónde sentarse a repasar sus libretos y descansar entre escena y escena, en unas jornadas de grabación que iban de domingo a domingo y a veces podían durar 16 o 18 horas. 

Diana Ángel se hizo famosa por su papel de Gabriela Chávez en Francisco, el matemático, una producción que fue pensada para emitirse solamente durante 10 sábados. Pero el éxito fue tanto que pasó al horario triple A de lunes a viernes, donde estuvo durante cinco años (1999-2004). Tan recordada es la serie que narraba los conflictos del colegio público Jimmy Carter, que el canal RCN decidió hacer una séptima temporada en 2017 y en octubre de 2020 comenzó a repetirla desde el principio.  

—Grabábamos domingos y festivos, era muy difícil descansar, parecíamos máquinas. Claro, mientras dura la producción podemos hacer algún dinero, pero llega un momento en que eso no sirve de nada, porque lo único que uno quiere es respirar, dormir bien. Muchas veces terminábamos de grabar a las 12 de la noche y el siguiente llamado era a las 7 de la mañana, pero tenía que llegar a mi casa a estudiar 30 escenas, entonces no dormía nada—, cuenta la actriz. 

—No teníamos dónde sentarnos y debíamos estar ahí todo el día. No te digo mentiras, cuando no estábamos en una escena a veces nos echábamos con Verónica Orozco encima de un pupitre o en el piso, para tratar de descansar algo—, añade. 

Levantar la mano para decir que necesitaban un tráiler o una sala para tomarse un café y estudiar las escenas que seguían, insinuar que grabaran las 8 horas reglamentarias, máximo 12, y que los dejaran descansar los festivos, era correr el riesgo de no volver a presentar un casting, de quedarse sin trabajo. 

Diana no tuvo más que recordar esas jornadas feroces, que muchas veces incluían una alimentación precaria y un transporte a las malas, para decir sí, claro que sí, cuando un colega dijo un día de enero de 2014, en una reunión que nada tenía que ver con el tema, que había llegado la hora de que los actores y actrices de Colombia tuvieran un sindicato. 

La noche en que no hubo miedo

Santiago Alarcón no podía creerlo. Le acababan de pasar un papelito con un número que desbordaba, por mucho, todo optimismo previo. Era la noche del lunes 26 de mayo de 2014 y en el Teatro Nacional Fanny Mikey de Bogotá había 699 personas reunidas. Aunque decir “había” no es del todo preciso. La sala solo tiene capacidad para 350 personas. Algunas se tuvieron que acomodar en el hall del primer piso y el resto se quedó de pie frente a la entrada del teatro, en la calle 71, viendo lo que pasaba adentro gracias a unas pantallas que los organizadores improvisaron a último minuto.

—¿Se aprueba el nacimiento de la Asociación Colombiana de Actores, ACA?—, preguntó Alarcón visiblemente emocionado. Su corazón latía más rápido pero eso nadie lo notaba, las manos le sudaban. 

—Sí—, respondieron las 699 personas. Y levantaron las manos. Y aplaudieron. Y se abrazaron. Y comenzaron a gritar frases como “estamos acá para defender nuestros derechos”.

—Yo no lo podía creer. Nos empezaron a decir que la gente no cabía, que habían sacado a muchos porque estaban sentados en las escaleras de emergencia. Pocas veces he vivido algo tan emocionante. Había como una euforia colectiva, la gente estaba muy arriba—, cuenta hoy Alarcón, primer presidente de ACA y a quien muchos recuerdan por protagonizar series de televisión como Garzón vive, El man es Germán y Anónima—. Yo era el encargado de enviar los correos. Teníamos 300 personas en la base de datos pero no creíamos que fueran a llegar todas, máximo irían unas 200, sobre todo por el pánico que había en el gremio, muchos tenían pavor de que los asociaran con un sindicato, no querían dar la cara. Y con razón, ya teníamos muchas historias de amenazas y vetos.

Por ley, para poder conformar un sindicato en Colombia se necesitan mínimo 25 afiliados.

Pero esa noche no hubo miedo. Allí estaban 699 actores y actrices empujados por Santiago Alarcón, Julio Correal, Ernesto Benjumea, Diana Ángel, Majida Issa, Julián Román, Víctor Mallarino, Marcela Gallego y Lucho Velasco, entre otros. Llevaban meses asesorándose con abogados de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), la Escuela Nacional Sindical y Fescol; sacando tiempo de donde no tenían para aprender de derechos laborales; enviando correos; leyendo estatutos y redactándolos. Haciendo cosas muy distintas a estudiar e interpretar un personaje. 

Al final de la jornada se recogieron casi 80 millones de pesos, que alcanzaron para mantener el sindicato durante poco más de dos años. 

—Ninguno esperaba que llegara tanta gente, sobre todo porque este es un gremio muy desunido, y el imaginario colectivo es que vivimos en mundos muy bellos. La realidad es que el nuestro es un trabajo que por momentos permite recursos económicos superiores a los que ganan muchos otros trabajadores, porque hacemos parte del mundo del entretenimiento, que recoge muchísimo dinero. El problema es que esto es muy inestable, a veces pasamos meses o años sin actuar, y la mayoría de salarios son precarios y las condiciones de trabajo son injustas—, me explica luego Diana Ángel. 

Ella comenzó siendo la tesorera de ACA, en 2016 fue elegida para reemplazar a Santiago Alarcón en la presidencia y hoy es la vicepresidenta. Julio Correal es el actual presidente del sindicato. 

De todas maneras, al principio los nombres de los cargos que cada uno ocupaba en el organigrama de la asociación eran una mera formalidad, porque en la práctica todos hacían de todo: recoger cuotas, contabilizar dinero, recibir quejas y denuncias, sentarse a negociar con productoras y canales, redactar pliegos de peticiones. 

Diana sabe de activismo desde que tiene memoria. Bogotana, hija de un arquitecto y de una maestra, se crió en un hogar donde siempre hubo espacio para hablar de las injusticias, donde se cuestionaba el lugar de la mujer en la sociedad, donde le enseñaron a pensar en nosotros y no en primera persona del singular.

—En nuestro gremio la mayoría trata de jalar para su lado y el resto que se joda. Pero yo soy terca, fui criada en un ambiente sindicalista donde me enseñaron que lo colectivo es más importante que lo individual. Creo que esa noche llegó tanta gente porque fue un momento particular en el que muchos sintieron vulnerado su derecho al trabajo y cuando eso pasa, cuando les tocan el bolsillo, pues la gente reacciona.

Nunca le ha gustado quedarse callada. Antes de ACA, ya luchaba para que la dejaran quitarse el micrófono después de 12 horas de trabajo, para que no hubiera llamado los domingos y festivos. Y perdía muchas batallas. Pero cuando ganaba alguna, todo el equipo técnico, sonidistas, maquilladores, vestuaristas, celebraba como si Colombia hubiera ganado un mundial de fútbol.

Por su primer papel en televisión en el seriado Clase aparte, a sus 20 años, se ganó una nominación como actriz revelación en los Premios TVyNovelas. Luego vendrían varias nominaciones más y unos cuantos premios. Diana Ángel no solo es actriz, también estudió música, toca saxofón y es cantante. Pero hoy está vetada por Caracol y RCN, los dos grandes canales de televisión del país, que no la contratan desde hace seis años. El mismo tiempo que tiene de creada la Asociación Colombiana de Actores. 

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Autopista para un sindicato

La mecha que encendió el sindicato, aunque el fuego venía cocinándose desde hacía rato, fue una novela brasileña que RCN comenzó a transmitir en el horario prime time de las 8 de la noche, en enero de 2014. Avenida Brasil, se llamaba.

—Aunque en realidad ese era uno de los problemas más suaves que teníamos, ya habíamos perdido las regalías, no nos consideraban trabajadores, nuestros salarios cada vez eran peores, pero es que estábamos como anestesiados. Tuvo que pasar eso para que nos despertáramos—, me dice Julián Román, actual secretario general de ACA. También está encargado de las comunicaciones. 

Dos años antes, en abril de 2012, la industria de la TV ya había sufrido un duro golpe con la implementación de una de las exigencias de Estados Unidos para firmar el TLC con Colombia: la cuota mínima de producción nacional se redujo del 50% al 30% los fines de semana. 

—Que llegara una novela extranjera al horario con más audiencia y pauta, donde siempre había producciones nacionales, era una pésima noticia no solo para actores sino para técnicos, maquilladores, libretistas, productores, para todo el sector audiovisual. Eso significaba el desempleo masivo. Entonces ahí como que nos pellizcamos. Había problemas peores, la gente cree que nos llevan y nos traen en limusina y es todo lo contrario, si nos pueden dejar tirados en la calle, lo hacen. Pero esa fue la excusa para agremiarnos—, asegura Diana Ángel. 

Problemas peores.

Actores y actrices que se ven obligados a cumplir un horario impuesto unilateralmente por las productoras, aunque legalmente no haya una relación de subordinación pues son contratados por prestación de servicios, lo que además implica que deben pagar su seguridad social y no tienen primas, vacaciones remuneradas o cesantías. Jornadas extenuantes, sin pago de horas extras. Amenazas del tipo ‘tenemos 2 millones de pesos por capítulo para este personaje y si no lo toma, hay alguien que acepta por 1,5 millones; no es un actor profesional pero es bonito y nos sirve’. El no pago de regalías, que perdieron en 1992 con el apagón de la era Gaviria, cuando los canales prácticamente les suplicaron a los actores y actrices que renunciaran temporalmente a ellas, porque se estaban yendo a pique con los televisores apagados. Pero la luz volvió en 1993. Hubo cambio de siglo, cambio de milenio. Y ese derecho no lo han recuperado. 

“Hasta 1991 los actores vivíamos de las regalías, pero en la época del apagón los canales nos pidieron que nos pusiéramos en su papel y dijimos ‘muy bien’, será algo temporal. El problema es que se acabó el apagón y no volvieron”, le dijo al diario El Tiempo la reconocida actriz Consuelo Luzardo en 2014.

“El desempleo de los artistas en todo el mundo es alto porque no es un trabajo continuo, pero en otros países los actores reciben regalías por el rendimiento de las producciones en las que participan, y esas regalías son las que les permiten solventarse cuando no están actuando. En Colombia no. Las producciones las retransmiten o las venden al exterior y por eso los actores no reciben un peso”, señaló el actor Ernesto Benjumea en una de las entrevistas que le hicieron cuando nació el sindicato. “Ya hemos perdido tanto, que lo único que nos queda por perder es el miedo”. 

El argumento de los canales es que las regalías están calculadas desde el principio e incluidas en el salario de los actores. Un salario que, por lo demás, incluye que cedan todos los derechos de autor y desde el apagón se ha venido igualando por lo bajo. Si antes se cobraban $500.000 por capítulo para interpretar un papel determinado, ahora se cobran $150.000 por hacer exactamente el mismo trabajo.  

—Los canales dicen que pagan las regalías cuando firmamos contrato, pero eso es una falacia. Nos ponen unas cláusulas donde aparece que los 2 millones de pesos de más son las regalías de ventas internacionales y se pagan una sola vez y se acabó, sin importar si durante 30 años siguen vendiendo no sabemos cuántas veces esa producción y el cálculo daba mucho más que 2 millones—, cuenta Julián Román antes de tumbar otro mito, otra imagen engañosa—. La gente cree que mientras no grabamos estamos en el jacuzzi, descansando, y nada de eso, en ese tiempo te preparas para la siguiente obra, estudias un guion, subes de peso para una película que te lo exige, escribes una obra de teatro, y eso no te lo paga nadie, pero es trabajo. Las regalías son claves para vivir dignamente hasta cuando volvamos a interpretar otro papel, en cine, televisión o teatro. El mejor ejemplo de eso es lo que pasó el año pasado por la pandemia, en un país decente donde se respetaran todos los derechos de los actores y actrices no estaríamos haciendo vacas para mercados. 

El único dinero adicional que hoy reciben es el del derecho de remuneración por emisión pública, que adquirieron en 2010 gracias a la llamada ley ‘Fanny Mikey’. Es recaudado por la Sociedad de Gestión (algo así como el Sayco y Acinpro del sector audiovisual), según unas tarifas de exhibición de acuerdo a los minutos que los actores y actrices aparezcan en las pantallas y el papel que tengan en las producciones. 

En 2012, una productora pretendió robarles ese derecho, obligándolos a firmar un contrato de cesión del mismo por una vigencia de 80 años. Pero los artistas se unieron, crearon la campaña “Estoy firme, no firmo” y echaron para atrás esa idea infame, que no se le ha vuelto a ocurrir a más productoras o canales. 

El 10% de lo que recauda la Sociedad de Gestión -que pagan los canales públicos y privados y también deberían pagar cableoperadores de la talla de Directv, Movistar, Claro y Tigo Une, aunque se niegan a hacerlo desde hace 10 años- está destinado a unos programas de bienestar social para los actores y actrices que prácticamente terminan sus días en la indigencia después de haberles dado tantas alegrías a los colombianos. 

Avenida Brasil fue la autopista que nos pusieron los de RCN para poner a rodar el carro del sindicato—, dice muy serio Julio Correal, actor, director y dramaturgo que hoy es el presidente de ACA. 

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Mentiras conocidas, verdades por conocer

El 21 de agosto de 2014, a las 8:30 de la mañana, varios miembros de ACA -entre quienes estaban actores y actrices de la talla de Vicky Hernández, Carlos ‘El Gordo’ Benjumea, Julio Medina, Pepe Sánchez, Carlos Muñoz y Patricia Ariza- llegaron al edificio nuevo del Congreso de la República. Habían sido invitados por los entonces representantes a la Cámara Ángela María Robledo y Alirio Uribe, y por los senadores Jorge Enrique Robledo, Iván Cepeda y Luis Fernando Velasco.

No estaban en el escenario de siempre, no sería fácil, pero llevaban años preparándose para un momento como ese: había llegado la hora de mostrar en una audiencia pública cuáles eran sus necesidades, por qué no tenían condiciones dignas de trabajo. 

Su discurso se llamó “Mentiras conocidas, verdades por conocer”. 

Una verdad. Hasta 2014, Colombia era el único país del continente sin una tradición sindical fuerte en este gremio. La Asociación Argentina de Actores existe desde marzo de 1919. En México, el primer sindicato nacional para actores y actrices se creó en noviembre de 1934. Estados Unidos tiene por lo menos cinco grandes sindicatos de actores, y todos están agrupados en una federación que se creó hace más de un siglo.

Una mentira. Todos los contratos por prestación de servicios son mensuales. A muchos actores y actrices, sobre todo si tienen papeles menores dentro de las producciones, les pagan por capítulo o por día trabajado. Eso implica que si algún día la grabación se suspende, por razones ajenas a ellos, no reciben ningún pago.

Una verdad. En Colombia, a diferencia de otros países, los mánager suelen cobrar comisiones de hasta el 20% sobre el sueldo total que negocien para sus artistas, quienes también deben sacar de su bolsillo el 16% de sus ingresos para el pago de pensión y el 12,5% para salud. A esto hay que restar las retenciones por impuestos. 

La tercera es la vencida

Comienza el año de 1989. El F2 ingresa de forma violenta en la sede del Teatro La Candelaria, en el centro de Bogotá. Es un operativo que tiene todos los reflectores encima, la policía judicial asegura que tiene información muy confiable, según la cual “los comunistas” del teatro esconden, entre telones y vestidos, cientos de armas que entraron al país de contrabando y que pronto irán a parar a manos de la guerrilla. El resultado es ridículo. Todo lo que encuentran son unas escopetas de plástico y unos cuantos cascos de utilería, usados por los actores en Guadalupe, años sin cuenta, una de las obras más emblemáticas de la dramaturgia colombiana.  

Es verdad que ya no hay persecuciones como las que sufrieron los artistas de la generación del maestro Santiago García, fundador del mítico Teatro La Candelaria. Pero siguen abundando los estigmas, los prejuicios. 

Aunque el ejercicio del sindicalismo es un derecho de todos los trabajadores, en las redes sociales, por ejemplo, a varios de los miembros de ACA los tachan de comunistas, mamertos, vagos que quieren todo gratis, guerrilleros.

—Incluso hay colegas que no pertenecen a ACA y usan esos términos para referirse a nosotros. Yo ya estoy acostumbrado, tengo un máster en insultos de izquierdas, un poco más y me creo Che Guevara de todo lo que me dicen—, cuenta Julián Román antes de reírse—. Pero no me importa. Lo que me importa es que la gente entienda que necesitamos unión. A mí trabajar en Argentina, México y Estados Unidos me mostró que si los canales y las productoras quieren que esta sea una industria grande, entonces deben entender que el sindicalismo es necesario. 

Todos los que trabajan desde ACA por el beneficio del gremio lo hacen ad honorem. Es como si una fuerza incontenible que viene de sus entrañas les dijera que no pueden quedarse de brazos cruzados aunque no haya plata, aunque pueda haber represalias, aunque no haya tiempo. 

Como los dos grandes canales privados no tienen camerinos -sí estudios gigantescos pero no camerinos-, en Los Reyes y Francisco, el matemático, por ejemplo, el camerino improvisado de Julián era su carro.

Él no podía ser algo distinto. Hijo de Edgardo Román, maestro del oficio, ícono, actor de más de 45 películas, 40 novelas y series de televisión y 20 obras de teatro, desde muy niño acompañaba a su padre en los escenarios. 

—Yo tendría como 4 o 5 años cuando fui con él por primera vez al Teatro Popular de Bogotá (TPB). Estaban haciendo una obra que se llamaba I Took Panama y de repente empiezo a escuchar detrás del telón un caos tremendo, martillazos, gente corriendo, pam, pum, y cuando se abre el telón me transportan a otro mundo, veo humo y un actor colgado como caminando en el aire, mi papá con otra voz y con bigotes. Ahí supe que yo lo que quería era jugar a eso, dedicarme a eso. 

De las decenas de papeles que ha interpretado, hay uno que le dejó una huella especialmente honda. Julián Román fue Santiago Nasar en la versión para teatro que Jorge Alí Triana dirigió en 2007 de Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Gracias a ese personaje, dice, se hizo consciente de cómo a diario ocurre en Colombia una historia de ese tipo, “en la que todos saben quién se va a morir pero nadie dice nada”. Además, con esa obra recorrió medio mundo: Australia, Estados Unidos, Venezuela, Argentina, Rusia. 

Para Julián, la actuación es una forma de incomodar a los demás y de obligarlos a  cuestionarse y es, sobre todo, una forma de incomodarse a él mismo. 

—El problema es que aquí nos han metido en el ADN que el sindicalismo es parte de la guerra absurda del Estado contra el fantasma del comunismo. Claro que somos conscientes de que hay algunos sindicatos que fueron permeados por la guerrilla, pero eso no significa que todos sean iguales.

Su papá, Edgardo Román, no hace parte del sindicato porque ya tuvo bastante con los intentos previos que hubo, que muchos hoy en ACA consideran fallidos. 

En 1957 se creó el Círculo Colombiano de Artistas (CICA), que comenzó siendo un sindicato para proteger los derechos de los artistas, pero hoy está más dedicado a producir espectáculos y organizar eventos. En un inicio, los canales descontaban el 5% del salario que les pagaban a los actores para entregárselo al CICA, pero la organización entró en un declive del que nunca salió en los años 80, cuando se alió con Asomedios. 

En 1994 se creó la Asociación Colombiana de Actores, Directores y Dramaturgos (ACTO), que abrió un camino importantísimo para lo que hoy es ACA pero sufrió mucho para mantenerse vigente, porque varios de sus miembros fueron vetados por los grandes canales y programadoras del momento. Armando Gutiérrez -reconocido por participar en películas como Edipo Alcalde y novelas como Los Cuervos, Las Ibáñez, Calamar, La Vorágine o En Cuerpo Ajeno- fue uno de ellos. 

ACA es un sindicato y sus miembros así lo presentan en todas partes. Son una asociación pero su carácter no solo es civil, también es político.

El nombre surgió una tarde en el café del teatro Casa E, en el barrio La Soledad, de Bogotá. Como no tenían oficina, Santiago Alarcón y Julio Correal improvisaron una en ese sitio, para reunirse todos los días y sentarse a redactar los estatutos del sindicato. Porque tenía que ser un sindicato para poder “ser reconocidos como trabajadores”. 

—¿Y por qué ACA?—, le preguntó Santiago a Julio en ese café, el día que este último propuso el nombre.

—ACÁ, es palabra aguda y lleva tilde, porque acá nos reunimos, acá combatimos, acá luchamos por nuestros derechos. Quédate acá, que estamos para defenderte—, corrigió Julio.

Una sanduchera y un horno microondas

Uno de los primeros logros concretos de la Asociación Colombiana de Actores fue negociar y firmar unos acuerdos con RCN y Caracol para “mejorar las condiciones de trabajo y/o de prestación de servicios de los actores y actrices, y hacer más productiva y eficiente la industria”. Eso dice en el papel. En palabras de ACA, para dignificar el oficio. 

Firmados en marzo de 2017, incluyeron cuestiones tan importantes como no trabajar más de 12 horas y tener descansos de mínimo 10 horas entre un llamado y otro, y asuntos aparentemente nimios como garantizar que en los lugares de grabación haya siempre una cafetera y un horno microondas para que los actores y actrices calienten su almuerzo, y una “batería sanitaria dotada y suficiente para cada género”.

—Todo empieza en el momento en que no reconoces al actor como una ficha indispensable en esta cadena, si lo único importante es ahorrar y ganar dinero, pero el equipo humano no tiene un valor, pues se da por sentado que el actor es un robot al que paran ahí, dice sus letras, llora, hace todo lo que tiene que hacer frente a la cámara pero no se alimenta bien, no descansa, no ve a su familia. Este trabajo es muy delicado, mueve los sentimientos, se hace con el cuerpo. Pueden tener la mejor locación, las mejores cámaras y luces, pero si el actor no llega al set hay un espacio vacío que no vale nada. Entonces, lo que les dijimos desde el principio fue: ‘Señores de los canales, ¿cómo es que ustedes no cuidan a su materia prima? Su materia prima merece descanso, tiene hijos con los que quiere compartir los domingos porque los lunes ellos están en el colegio’. La lucha más grande fue hacerles entender que somos seres humanos—, recuerda Diana Ángel, presidenta del sindicato en ese momento.  

Desde que se firmaron los acuerdos, los actores y actrices solo deben grabar un domingo cuando por condiciones excepcionales no hay otro camino, por la disponibilidad de las locaciones, pero para hacerlo debe haber un acuerdo previo entre el canal y el delegado de ACA en la producción. 

—Gracias a eso por fin pudimos descansar una Semana Santa entera. Y sí, se necesitaban cosas como una sanduchera o un microondas porque ni eso teníamos y si lo pedíamos nos decían que nos creíamos estrellitas, pero es que si grabamos en la mitad de un potrero, ¿cómo voy a calentar entonces mi almuerzo? Es cierto que a veces nos dan comida pero también tengo derecho a llevar mi coquita. Que no suene soberbio, pero al final somos nosotros los que ponemos la cara por el resto del equipo y no podemos estar mal alimentados o cansados—, asegura Julián.

Diana sufrió eso. Le pedían estar “flaquísima”, “sin un gramo de grasa”, “marcadita”, pero los almuerzos que servían en las grabaciones, cuando se los daban, eran papa, arroz, yuca, carne y fríjoles.  

Durante más de un año, Caracol y RCN se cerraron en la posición de que no negociaban con los actores y actrices porque no eran trabajadores.

—Sí, el comienzo fue duro y tuvimos que luchar desde lo más mínimo. Fue dispendioso, doloroso por momentos, pero luego el diálogo fue muy abierto y cordial y ellos siempre estuvieron dispuestos a escucharnos—, añade Diana. 

El mismo Dago García, rey Midas de la industria, libretista, productor, cineasta y actual vicepresidente de producción de Caracol Televisión, terminó reconociendo en alguna de esas reuniones que sin un buen trato hacia los actores, los canales serían los más perjudicados. Y desde la firma de los acuerdos, varias productoras pequeñas comenzaron a llamar a ACA para pedir que les enviaran una copia e implementarlos a partir de ese momento. 

Además de Diana, los otros miembros del sindicato que en 2017 se sentaron en esas negociaciones fueron Adriana Romero Henríquez, como vicepresidenta del sindicato; Julio Correal, como secretario de Asuntos Laborales; Ramsés Ramos, que era el secretario de Asuntos Gubernamentales, y Santiago Alarcón, que ya había entregado la presidencia y ahora era el tesorero. 

—Es que sin un lugar donde sentarnos nos toca esperar en el camión de vestuario o en la acera, en la calle. Y cuando les decíamos que necesitábamos por lo menos una carpa con unos sofás nos mandaban la carpa de Postobón del año 1935 y los sofás que usaron en Café hace como 25 años—, suelta Alarcón irónicamente—. Es una lucha, un camello. Como decía Bertolt Brecht, qué tiempos estos donde tenemos que reclamar lo que es obvio.

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¿Actores naturales vs. actores profesionales?

Colombia conoció a Antonio Bolívar en 2015 después de protagonizar El abrazo de la serpiente, primera cinta colombiana en ser nominada a mejor película extranjera en los Premios Oscar. El mundo también lo conoció entonces. Tuvo que viajar a muchas ciudades para dar autógrafos y entrevistas. Apareció en decenas de portadas de periódicos y revistas de distintos países. 

Después de tanta fama, muchos pensaron que se daba una vida de reyes. Pero la realidad de este indígena ocaina era completamente diferente. Por protagonizar una de las películas más taquilleras de la historia del cine en Colombia, Bolívar firmó un contrato por tres meses y 10 millones de pesos, que igual no le llegaron netos, por el descuento de casi 2 millones de pesos para pagar salud y pensión. 

Antes de morir en el olvido el 30 de abril de 2020 en Leticia (Amazonas), por covid-19, vivía más de la caridad que de cualquier otra cosa y su casa se estaba cayendo. 

El caso de Bolívar fue uno de los tantos que inspiraron a los miembros de ACA que lucharon no solo en el salón elíptico del Congreso sino ante los canales de televisión, la opinión pública e incluso varios de sus colegas, para que el país tuviera por fin una ley del actor, que profesionalizara su oficio y reconociera varios de sus derechos. 

—Esa ley tuvo muchos enemigos. Los sigue teniendo. Uno de los peores enemigos fueron los grandes cineastas, que se nos vinieron encima porque decían que nosotros queríamos quitarles el derecho que tienen de escoger a los actores que se les dé la gana para sus películas—, dice Diana—. Querían justificar que contraten a actores naturales pero nosotros no nos oponemos a eso. Al contrario, solo pedimos que si contratan actores naturales sean tratados como cualquier otro trabajador y se les protejan todos sus derechos. 

La ley del actor fue realidad el 24 de julio de 2019, cuando la sancionó el presidente Iván Duque, después de tres años y cientos de horas de trabajo en oficinas de representantes a la Cámara y senadores. 

—Fue muy difícil que algunos entendieran que no pertenecíamos a ningún partido político y que si aprobaban la ley no iban a ganar votos. Con la firma terminó una lucha y comenzó una nueva, mucho más compleja, para hacer realidad todo lo que dice. Y la lucha se da incluso al interior del gremio, porque todavía hay muchos colegas que no creen que esto sea importante o que tienen miedo—, reconoce Diana Ángel. 

La pelea es larga. La ley contempla, entre otras cosas, la profesionalización de la labor del actor con la creación de un censo que todavía no existe. Además, dejó por fuera el arreglo del problema de las regalías, con un artículo que dice que esos derechos se deben negociar por aparte, con cada empleador de los actores y actrices. 

—Nos tocó sacrificar varias cosas pero caramba, ya nada más el hecho de tenerla es un paso muy grande y quién sabe cuánto nos hubiera tocado seguir esperando si no la aceptábamos. Además, las leyes se van construyendo y nutriendo con los años—, asegura Diana.

ACA tiene hoy 1.284 miembros, aunque no todos están activos porque ha sido muy difícil que  algunos paguen la cuota mensual con la que se mantiene. Pero en la práctica, como dice Santiago Alarcón, “cada vez que alguien del gremio tiene un chicharrón o una duda antes de firmar un contrato, aunque no sea de ACA, inmediatamente consulta al sindicato”. Ya se volvió costumbre. 

Además, ACA ha sido fundamental para solucionar problemas concretos, como el de la deuda que el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá tuvo durante años con los grupos colombianos. 

—Esto es para las futuras generaciones, para que cuando los chicos que ahora están en las universidades y las escuelas se gradúen, no les toque como nos tocó a la mayoría de nosotros. Que sepan que hay un sindicato que los defiende, unas tarifas mínimas para cada papel que interpreten, que no van a abusar con ellos los domingos y festivos, que su trabajo no es considerado un hobby, que hacer teatro no debe significar morirse de hambre. La generación de mi papá y la nuestra son de grandes luchas pero también de grandes desencantos, así que los que realmente van a cosechar los frutos son los que vienen detrás nuestro—, dice Julián Román. 

Salvación 

La actuación salvó la vida de Santiago Alarcón. No es exagerado. No es en sentido figurado.

En 1991, cuando él tenía 12 años, asesinaron a su padre. Entró en depresión, la vida para él dejó de tener sentido. Le iba mal en el colegio, tenía problemas en la casa, no tenía amigos. 

Poco después, decidió que quería ser actor. 

—Yo quería morirme. Me acuerdo que en el colegio me encerraba en mi mundo a dibujar, no hacía nada más en clase, nunca le paraba bolas a lo que estaban diciendo, no me interesaba nada. Pero un día llegó un profesor de sociales al salón y preguntó quién quería participar en una obra de teatro. Yo levanté la mano solo por salir del ambiente de la clase. Y cuando empecé a ensayar, cuando me entregaron el texto, me sentí como en un juego que era genial porque lograba que me olvidara del drama que estaba viviendo por unos momentos—, recuerda hoy Santiago. 

La vida nunca volvió a ser la misma. Por fin tenía algo que le gustaba y lo hacía pararse de la cama todos los días para ensayar y hacer lo mejor posible el papel de payaso que le habían asignado. 

—El día de la función yo arrancaba haciendo un gag y me acuerdo perfectamente que entré y me caí, como me tocaba, y cuando escuché la risa del público eso para mí fue como una revelación y dije: ‘¿Qué es esta sensación tan deliciosa, el hecho de poder provocar eso en la gente?’. De ahí en adelante no quería salir del escenario, me hacían señas como para que me bajara pero yo no quería, era demasiado emocionante, y cuando a la gente se le olvidaba algo yo decía el texto que le tocaba. Claro, me tiré la obra pero supe que eso era para mí. 

—¿Es decir que el teatro salvó tu vida?—, le pregunto durante nuestra entrevista virtual. 

—Sí, literalmente. Así como tú lo dices—, responde con una sonrisa melancólica. 

—Si no fueras actor, ¿qué serías?

—Yo creo que sería tan solo un recuerdo. 

* Con el apoyo de la Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia (Fescol). Esta crónica es el resultado del trabajo periodístico de Vorágine. La Fundación Friedrich-Ebert-Stiftung no comparte necesariamente las opiniones vertidas por la periodista ni las fuentes consultadas.

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Acerca del autor

Laila Abu Shihab Vergara
Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia, con Maestría en Periodismo de la Universidad Torcuato di Tella y el diario La Nación de Buenos Aires (Argentina). Trabajó durante más de 10 años en la Casa Editorial El Tiempo y fue reportera y redactora de los periódicos La Nación, en Argentina, y Expreso, en Guayaquil (Ecuador). Asesora de comunicaciones del Ministerio de Educación Nacional entre 2012 y 2014 y docente de los programas de periodismo de la Universidad del Rosario y la Universidad Externado, dictando talleres de crónica, reportaje y perfil; periodismo internacional y periodismo multimedia. Fue periodista de CNN en Español entre el 2016 y el 2017 y dirigió el programa de crónicas y reportajes “Somos Región” del Canal Trece, durante el 2019.
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