A Yaneth Valderrama le llovió glifosato, tenía 12 semanas de embarazo… sufrió una agonía de 6 meses. Su caso fue admitido por la CIDH y acaba de ser citado en el Informe Final de la Comisión de la Verdad.
27 de agosto de 2022
Por: Pacho Escobar. / Ilustración: Angie Pik

Yaneth Valderrama escuchó venir el estruendoso ruido de la muerte. Segundos después sintió su olor y hasta vio el color de aquel final venenoso. Al sentir el rugido a sus espaldas, Yaneth volteó a mirar al horizonte y vio que aquel sonido mortal lo producían tres avionetas que se dirigían hacia donde ella estaba. El miedo se incrementó al ver que esos pájaros de aluminio venían expulsando de sus picos una borrasca química, parecían culebras escupiendo veneno. La mujer, en el acto, dejó la ropa que estaba lavando y se echó a correr. Buscó guarecerse de aquel vendaval, pero poco pudo hacer. En segundos quedó empapada, cubierta por un líquido de color ámbar que tenía un ligero olor aminado, un olor a pescado seco; ese es el color y el olor del glifosato.

Eran aproximadamente las nueve y treinta de la mañana del veintiocho de septiembre de mil novecientos noventa y ocho. El cielo del municipio de Solita, en el Caquetá, estaba despejado, ni Yaneth ni nadie creía que fuera a llover, y mucho menos glifosato. Y se podría decir que ese día diluvió veneno porque la Policía Antinarcóticos reportó la aspersión de trescientos noventa y nueve galones de ese químico.

Impregnada hasta en la planta de los pies, Yaneth de inmediato se bañó, sin saber que sería la última vez que lo haría sola y que empezaría un largo padecimiento, una agonía sin tregua. Aunque lo que menos le preocupaba era su propia humanidad, realmente lo que más la angustiaba era el bebé que estaba esperando. El primer día se le metió un dolor hasta en la médula de los huesos y pequeñas ronchas le aparecieron en las comisuras de la nariz. Su esposo salió con afán hasta el centro de salud a traer a Aidaly Ramón, la profesional que cada ocho días le hacía el control prenatal, seguimiento que iba en la semana catorce.

Aidaly volvió a bañar con agua y jabón a Yaneth, pero al finalizar la noche le apareció un brote de ronchas en todo el cuerpo, con una rasquiña que se iba incrementando. Pensaron que podría ser una alergia pasajera y se acostaron a dormir. Todo el día siguiente la pasó mal. «Yo no estoy bien», fueron las pocas palabras que le escuchó decir su esposo ante el desánimo en el que ella también cayó. Pero el precipicio era aún más hondo.

A la una y media de la mañana del treinta de septiembre a Iván lo despertó el movimiento constante de su mujer. «Siento como cólicos», le dijo Yaneth. La tragedia llegó a los pensamientos de Iván: «mija, el bebé», le respondió intuyendo que podían perder a la niña o al niño que esperaban. En el noventa y ocho, un trayecto en carro entre Solita y la capital del Caquetá duraba mínimo seis horas, pero al saberse perseguidos por la muerte, Iván le rogó al chofer que se desplazara lo más rápido posible, a esa velocidad llamada: no la quiero perder. Contaron con suerte, o tal vez no, porque llegaron a las cinco y treinta de la mañana al Hospital Departamental María Inmaculada de Florencia.

A pesar de que en esa historia clínica no quedaron consignados los síntomas que presentaba su esposa, Iván los recuerda como si los hubiera sentido él. A la erupción cutánea y el dolor en los huesos y músculos se le sumaron una severa dificultad para respirar y manchas en la piel.

***

Lo que sí quedó consignado es que la criatura había muerto. El legrado uterino al que debieron someterla fue otro dolor, pero ni ese, ni el de los huesos, ni el de los músculos era comparable con el dolor indecible por la pérdida del ser que anhelaban. La instrucción médica siguiente fue glacial: regresar a casa y una incapacidad de cinco días. A pesar de los síntomas, tampoco consta en los documentos de esa atención médica un exámen de toxicología, que era lo mínimo que le podían hacer.

Sin saberlo, la vida de Yaneth estaba apenas en el inicio del precipicio. Dolores, brotes, apneas, tos, caída del pelo, pérdida de peso, disminución motora y ese vacío en el pecho de sentirse morir. En las semanas siguientes los análisis fueron exiguos: examen para la osteoporosis, fisioterapia y hasta un dictamen en que se diagnosticó que «el problema era mental». Fueron seis meses en los que tampoco se le hicieron evaluaciones respecto de la lluvia de glifosato que le empapó el cuerpo, pese a que era lo primero que Iván y ella informaban al pasar de mano en mano.

En marzo de mil novecientos noventa y nueve todo empeoró. El día tres de ese mes Yaneth no aguantó más y debió ser hospitalizada, de nuevo Iván la llevó al Hospital Departamental María Inmaculada de Florencia a la velocidad de: no te me vayas a morir. El cuatro de marzo se le diagnosticó «intoxicación exógena» y se solicitó remitirla en el acto a un hospital de cuarto nivel. El cinco de marzo debieron atravesar cuatrocientos kilómetros hasta Cali para que la atendieran en la Clínica Valle del Lili, lugar al que llegó sin poderse mover, con la respiración al límite, tan solo negando o afirmando con la cabeza. Además, con bultos en la piel, úlceras y «escaras en la región sacra».

Su desvanecimiento fue como el de una libélula pero sin alas, peor aún, sin aire. Fueron dieciocho días más de tormento. El toxicólogo pudo determinar que la debilidad muscular y la pérdida de masa se debía a que Yaneth dejó de producir una enzima, específicamente la colinesterasa, lo cual también podría conducir a una deficiencia respiratoria. Y así fue: quiso resistir pero el oxígeno le faltó al punto de que tuvieron que sedarla, realizarle una traqueostomía y ayudarla con ventiladores a respirar. Por esos días le hicieron un examen que fue el primero en el que se dijo de manera oficial que las «dificultades de salud en la paciente, sí pudieron tener relación directa con exposición a agentes tóxicos» y además en el que se sospechaba que había sufrido una intoxicación por arsénico, mercurio, talio y cromo.

Antes de sedarla, Iván pudo decirle a su esposa que todo estaría bien. Quién sabe si ella se fue con el recuerdo de sus palabras o con el rugido de esas avionetas que hicieron llover veneno; quién sabe si ella se fue con el recuerdo del olor a campo de su marido o con el olor fétido del químico que la empapó; quién sabe si su último recuerdo fueron los ojos miel de su gran amor o ese color ambar del glifosato que la mató. Su muerte se produjo el veintitrés de marzo de mil novecientos noventa y nueve, Yaneth tenía veintisiete años y dos hijas, Claudia y Érika.

El duelo es eso que pesa en el corazón. Ese lastre que no deja pensar y muchas veces se queda ahí para siempre. A Iván le tocó regresar con el cuerpo de su esposa en un carro funerario y cruzar el país de occidente a oriente durante más de dieciocho horas. Un agricultor como Iván no tenía porqué saber que antes de dejar que los profesionales de la salud metieran en un ataúd a su esposa, era necesario que le hicieran una necropsia en la que quedaran consignadas las causas de su fallecimiento. Eso también le pesa hoy, pero Iván para lo único que tenía cabeza era para buscar las palabras precisas a la hora de decirles a sus hijas que no iban a volver a ver a su mamá nunca más, que no iban a saber de su boca cuál era su comida preferida, los colores de vestidos que más le gustaban o los animales que quería tener en casa. Aunque han pasado dos décadas y tres años, Iván Medina no la ha olvidado ni por un segundo, tal vez por eso emprendió una lucha jurídica que juró dar hasta que la vida le alcance.

***

La batalla judicial empezó ipso facto. Iván Medina la inició pocos días después de la muerte de Yaneth Valderrama. El treinta de marzo del noventa y nueve puso la denuncia penal en la Fiscalía, el acto pasó por tres oficinas hasta que llegó a un juez penal militar, porque la causa era contra la Policía Antinarcóticos. Su señoría pidió todas las historias clínicas, Iván las remitió. Finalizando ese año el juez le pidió al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses el acta en la que se constatara que la muerte había sido por glifosato, pero el ente no pudo entregar nada debido a que los profesionales en Cali omitieron un paso fundamental: hacer la necropsia. Ese fue el argumento para abstenerse de seguir con la causa, según el juez por «falta de exámenes toxicológicos o una necropsia».

Respecto del tema disciplinario, Iván fue a la Procuraduría el cinco de abril de mil novecientos noventa y nueve, para que determinaran la responsabilidad de quienes iban en las avionetas y de sus jefes. El caso pasó a la Dirección Antinarcóticos de la Policía Nacional, allá le pidieron las pruebas y él envió todas las historias clínicas. Ellos ordenaron que se inspeccionara la finca, pero adujeron problemas de orden público y no acudieron al lugar. La Personería de Solita sí fue y determinó dos cosas: que los Medina Valderrama no tenían cultivos ilícitos y que la finca sí había sido fumigada.

Antinarcóticos dilató el tema con una leguleyada, tal vez un error de tipeo en la denuncia. Decidieron no abrir la investigación porque Iván puso que la aspersión fue el (8) ocho de septiembre y no el (28) veintiocho. Incluso, en la argumentación llegaron al punto de la humillación, pues en uno de los apartes se lee: «el citado ciudadano aprovechó el aborto y posterior muerte de su esposa, por causas totalmente ajenas a los efectos del glifosato, para culpar de este hecho a las operaciones de erradicación de cultivos ilícitos que viene adelantando la Policía». Pero Iván siguió firme en su lucha a pesar de ese nuevo escupitajo que le hería su dignidad con esas palabras venenosas. ¿Hay una prueba de amor más grande que pelear practicamente solo contra el Estado?

Iván tampoco se quedó quieto en lo que respecta a una demanda administrativa. En junio del año dos mil, la interpuso ante la Jurisdicción Contencioso Administrativa, esta vez con la ayuda de un abogado. En ella advirtieron que el Estado tenía responsabilidad en la aspersión indiscriminada del glifosato que Antinarcóticos hizo llover en su pequeña finca, hecho por el cual Yaneth primero debió abortar y por el que meses después falleció. Un mes más tarde le contestaron que «el glifosato es considerado “ligeramente tóxico” y no es cancerígeno, teratógeno, mutagénico, ni abortivo».

En el año dos mil dos, el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) le informó al Tribunal Administrativo de Caquetá que dentro de las condiciones de uso y utilización que recomendaba la marca Roundup sobre el glifosato, este no podía ser suministrado «por vía aérea en ninguna dosis». El caso, como miles de causas administrativas en Colombia, siguió lento, más que a paso de tortuga, a paso de cangrejo. Al final de ese año nueve testigos, vecinos de los Medina Valderrama, reconfirmaron todo lo expuesto por Iván y su familia: que tres avionetas fumigaron aquella finca, que vieron cómo Yaneth no alcanzó a protegerse y que presenciaron la caída física a la que se vio sometida hasta morir.

Un juez de primera instancia del Tribunal Administrativo de Caquetá, en el año dos mil siete, concluyó que no había responsabilidad del Estado frente al deceso de Yaneth Valderrama. Iván apeló y casi un año después, en el dos mil ocho, el Tribunal confirmó la sentencia. Tras nueve años de ires y venires en entidades judiciales, oficinas institucionales y hasta regresando a los hospitales donde agonizó la mujer, Iván no se rindió. No dejó que el río revuelto de la justicia se llevara la verdad.

En diciembre del dos mil ocho, los Medina Valderrama elevaron su caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), dos años después entró en etapa de estudio, en el dos mil catorce se le solicitó al Estado colombiano que diera una respuesta, el aparato se movió y la dio dos meses después, argumentando que no había responsabilidad. Tuvieron que pasar otros cuatro años más para que la CIDH decidiera, de manera formal, admitir el caso para realizar un análisis de fondo.

Los juicios en estos tribunales internacionales son extensos, pero tal vez Iván Medina y sus hijas Érika y Claudia tengan varias pruebas fácticas a su favor. En el dos mil quince la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud determinó como probable que el glifosato es un elemento cancerígeno. Ante este dictamen, ese mismo año el Consejo Nacional de Estupefacientes suspendió el uso de este químico en Colombia, en una decisión que incluso fue celebrada por el ministro de Salud de entonces, Alejandro Gaviria. Dos años más tarde la Corte Constitucional ratificó esta decisión.

Pero además, esta podría ser la mejor ayuda para todas las personas que se encuentran en la misma situación de los Medina Valderrama. En el año dos mil veinte, la ONG Centro de Derechos Reproductivos y el Grupo de Epidemiología y Salud Poblacional de la Universidad del Valle llevó a cabo un sesudo estudio que concluyó, con evidencias, que «la exposición al glifosato puede tener impactos negativos en la salud reproductiva de las personas, por ejemplo: efectos nocivos en la fertilidad, causar abortos involuntarios y posibles problemas en el embarazo».

El caso de Yaneth Valderrama ha vuelto a tomar relevancia porque este trabajo de más de cien páginas fue estudiado por la Comisión de la Verdad en el año dos mil veinte, pero además fue incluído hace dos meses en su Informe Final. Con base en toda la documentación científica y jurídica que aportaron la Universidad del Valle y el Centro de Derechos Reproductivos, la Comisión le recomendó al Estado colombiano abstenerse de utilizar el glifosato para combatir los cultivos ilícitos. Tal vez eso, sumado a que es la primera vez que la CIDH estudia a fondo un caso de muerte por este químico, sirva para que la familia Medina Valderrama por fin obtenga justicia.

Hay una foto familiar en la que están Yaneth, su esposo Iván, sus hijas Érika y Claudia y una sobrina. A Yaneth se le ve plena, quizás no quería nada más para su vida, solo eso, la tranquilidad de una familia que se ama, en la que se adoran. La foto está en blanco y negro. Claudia dijo en una entrevista que una de las tantas cosas que le dolían de la muerte de su madre era no poder saber qué canción le gustaba, cuál era su día favorito o con cuál color consideraba que se veía más bella. Vorágine pasó la foto por una aplicación que la colorea con los tonos reales que en ese instante captó la cámara.

Érika, Claudia, Iván, es posible que el color favorito de Yaneth haya sido el rojo. El rojo del amor, el calor, el poder, la fuerza, la emoción y la pasión. Gracias por no dejar morir su memoria.

Twitter del autor: @PachoEscobar

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