La autora de esta columna de opinión vive desde hace varios años en una ciudad ubicada en los territorios palestinos de Cisjordania, ocupados por Israel. El nombre fue cambiado por solicitud de ella, pues teme represalias de las autoridades israelíes cuando vaya a viajar o cuando viaje su familia. 
12 de noviembre de 2023
Por: Laura Osorio* / Ilustración: Angie Pik

Cada día, cuando me despierto, me golpea la realidad. El sonido de la alarma me saca de ese estado de feliz inconsciencia y lo primero que pienso es: Gaza. Mi instinto es acurrucarme, quedarme acostada en posición fetal, volver a sustraerme allá donde no se siente, pero tengo obligaciones. Abro las persianas y miro el horizonte, sabiendo que detrás de las últimas colinas que se ven en la distancia está Gaza. Ese minúsculo territorio de 365 kilómetros cuadrados en el que viven hacinadas 2,2 millones personas y que, según Human Rights Watch, es una “prisión al aire libre” desde 2007, cuando Hamas tomó el control de la Franja e Israel decidió restringir la libre movilización de sus habitantes -con contadas excepciones-, además de “impedir a las autoridades palestinas que operen un aeropuerto o un puerto y de controlar drásticamente la entrada y salida de mercancías”.

El aire se siente denso. Nadando contra la corriente, me levanto con dificultad y pongo las noticias. ¿Qué pasó mientras dormía? ¿Cuánta gente murió? ¿Cómo sería la noche de las mamás y los papás en Gaza, teniendo que tranquilizar a sus niños empavorecidos, incapaces de dormir por los estruendos de las bombas, preguntándose en qué momento será su turno de quedar bajo los escombros? ¿Habrán podido comer algo? ¿Habrán encontrado qué tomar? ¿Dónde pasarían la noche? ¿Quién cuida a  los huérfanos? ¿Y los heridos, cómo pueden soportar las operaciones sin anestesia, los dolores sin calmantes? ¿Cómo entra la gente al baño si no hay agua? ¿Hay pañales y leche para los bebés? ¿Hay toallas higiénicas para las mujeres? Todos tenemos la atención puesta en Gaza, pero así es fácil perder de vista que esta guerra no se está librando sólo contra Hamas sino contra toda la población palestina, como parte del proyecto colonizador israelí de lo que queda de la Palestina histórica.

Desde el 7 de octubre, la mayor ofensiva se ha concentrado en lanzar bombardeos indiscriminados en Gaza a raíz del ataque de Hamas a las bases militares y las comunidades israelíes ubicadas en la frontera con la Franja, que dejó casi 1.400 muertos y tras el cual siguen secuestrados 239 israelíes. Según las últimas cifras del Ministerio de Salud de la Franja de Gaza, los bombardeos israelíes ya han dejado más de 10.800 personas asesinadas, incluidos más de 4.300 niños y niñas. Otras 2.650 personas están desaparecidas y se cree que pueden estar muertas o atrapadas bajo los escombros. Pero a la sombra mediática de esa ofensiva, Israel ha incrementado sus medidas opresivas contra la población palestina en Israel mismo y contra Cisjordania (que también conforma a Palestina junto con la Franja de Gaza, aunque están separados territorialmente por Israel y están gobernados por poderes distintos). Todo con el fin de evitar la sublevación de los más de tres millones de personas que allí viven.

En Israel, el comisionado de la policía israelí Yaakov Shabtai expidió un comunicado el 17 de octubre prohibiendo cualquier demostración de solidaridad con Gaza, y amenazando con tomar represalias contra quien así se exprese. “Cualquiera que se quiera identificar con Gaza en este momento será puesto en un bus y llevado a Gaza inmediatamente”, dijo el comisionado. 

Desde el comienzo de la guerra se ha creado en Israel un clima de persecución e intimidación a todo aquel que muestre su apoyo por la población de Gaza; muchos académicos palestinos que viven en Israel están siendo sometidos a procesos disciplinarios por las instituciones educativas para las que trabajan, y muchos empleados, también palestinos, están siendo despedidos por sus empleadores. La policía israelí ha detenido a por lo menos 170 personas, entre ellas la cantante palestina-israelí Dalal Abu Amneh, quien fue arrestada el 17 de octubre en su casa en Nazaret por publicar un mensaje en sus redes sociales en favor de Gaza

Según la organización de derechos humanos israelí Adalah, la gente está siendo citada y llamada a interrogatorio incluso por darle ‘like’ a cualquier información propalestina en redes sociales. “Cualquier expresión de solidaridad con las víctimas civiles palestinas, cualquier oposición a la guerra o denuncia de crímenes de guerra es considerado como apoyo al terrorismo”, aseguró hace unas semanas el director de Adalah, Hassan Jabareen

En Cisjordania, prácticas que han sido comunes por décadas se han exacerbado en estos últimos días: redadas del ejército israelí, allanamientos, arrestos tanto de adultos como de menores, demolición de viviendas, establecimiento de retenes, bloqueo de pueblos y carreteras, y ataques de los colonos judíos que viven en asentamientos ilegales por todo el territorio palestino.

Las redadas militares, muy frecuentes en los territorios palestinos, han aumentado considerablemente desde el 7 de octubre. Como resultado, hasta el viernes 10 de noviembre un total de 167 palestinos habían sido asesinados, 45 de ellos niños, y más de 2.490 habían resultado heridos, incluyendo a 253 niños. ¿Pero qué son 167 personas contra las más de 10.800 que han muerto en Gaza en el transcurso de cuatro semanas? ¿Qué son 45 niños contra los más de 4.300 que han perecido bajo los bombardeos? Ante tales cifras se pierde la perspectiva. 

La prensa israelí muestra todos los días fotos e historias de las víctimas de los ataques de Hamas. En Palestina son tantos los muertos y heridos que a duras penas se alcanzan a contar. La vida palestina vale tan poco que nos hemos acostumbrado a hablar de ellos en números, siempre exorbitantes, sin entender que detrás de cada número hay un ser humano único e irrepetible que deja tras de sí a familias destrozadas.   

El número de arrestos también ha aumentado sustancialmente. De los cerca de 7.000 palestinos que se encuentran actualmente presos en cárceles israelíes, más de 2.000 han sido capturados en estas últimas semanas. Según la organización de derechos humanos israelí HaMoked, 2.070 de estos presos se encuentran bajo lo que Israel llama “detención administrativa”, que es definido por Amnistía Internacional como “el procedimiento que utiliza Israel contra la población palestina para mantener recluidas a las personas detenidas por períodos de hasta seis meses, prorrogables indefinidamente, incluso durante varios años”. A los detenidos administrativos no se les comunican los cargos, no se les da acceso a un abogado y no se les permite comunicarse con su familia. Muchos de esos presos son menores de edad. 

Según las órdenes militares que rigen los territorios ocupados, niños de 12 años en adelante pueden ser procesados en las cortes militares israelíes. Cada año, el número de niños palestinos detenidos por Israel varía entre 500 y 1.000. El cargo más común contra ellos es el de tirar piedras. El proceso de captura generalmente ocurre de noche e incluye maltrato físico y psicológico por parte del ejército israelí durante el arresto, traslado e interrogatorio. Muchos de ellos son transferidos a cárceles adentro de Israel, donde sus familias no tienen fácil acceso, lo que también implica una violación de las normas del derecho internacional humanitario.  

Además de las incursiones, redadas y detenciones, Israel ha sellado pueblos y ciudades de Cisjordania y ha levantado retenes adicionales para restringir el movimiento de bienes, productos y personas. Esto ha llevado a la parálisis comercial de una economía que ya estaba en crisis antes de la guerra debido a las restricciones impuestas por Israel.  

Pero tal vez lo más preocupante en Cisjordania sea la incitación a la violencia por parte de este gobierno de ultraderecha israelí, y en particular de su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, un colono fundamentalista que ha sido condenado por apoyar a la organización judía terrorista Kach, incitación al racismo y destrucción de propiedad. Muchos de los colonos que habitan en asentamientos ilegales andan armados y atacan frecuentemente a las comunidades palestinas circundantes. Ahora Ben Gvir ha dicho que va a distribuir diez mil armas más entre ellos de manera gratuita, incluidos 300 fusiles de asalto. 

Los ataques por parte de colonos a pueblos y agricultores palestinos son frecuentes y desde que empezó esta última guerra se han duplicado. Los medios reportan al menos 7 ataques diarios, muchos con armas de fuego. En estas semanas comunidades enteras han sido desplazadas por la violencia de los colonos y son múltiples los casos de ataques a agricultores que están cosechando sus olivas. Eso sin contar los asedios a las comunidades cercanas a la ciudad de Nablus, como Qusra, Urif, Burqah o Huwara, donde los hostigamientos son constantes. La impotencia de los palestinos ante estos asedios es agravada por la certeza de que estos ataques quedan en la impunidad, como lo ha señalado por años la organización de derechos humanos israelí Yesh Din.

El panorama es desolador. Mientras arrasa con la población de Gaza, Israel pretende que el resto de palestinos se siente a mirar con los brazos cruzados y la boca cerrada mientras les matan a su gente, su familia, sus amigos. Para eso emplea no sólo la intimidación y la fuerza militar, sino también las milicias de los asentamientos, con los que trabaja en equipo para mantener a la población palestina de Cisjordania bajo control. Israel no quiere librar la guerra en más de un frente, y ya hay amenaza también al norte, en el Líbano, con Hezbollah. Hay que evitar el frente de Cisjordania a toda costa y, como siempre lo ha demostrado, está dispuesto a todo para lograrlo, bajo la protección de las potencias mundiales y su mayor proxeneta: Estados Unidos.    

¿Cómo es posible tal deshumanización? ¿Cómo pueden llamarse “civilizados” y “democráticos” los países que llevan a cabo, apoyan y financian estas atrocidades? ¿En qué distopía vivimos? Palestina ha pagado por los pecados de Inglaterra, Alemania, el resto de Europa y Estados Unidos. Palestina no persiguió a los judíos. Palestina no estableció guetos ni campos de concentración. Musulmanes, cristianos y judíos convivieron en paz en Palestina hasta 1917, cuando el ministro británico de Relaciones Exteriores  Arthur Balfour escribió las siguientes palabras que cambiarían la historia del Medio Oriente y sellarían el destino trágico del pueblo palestino:

“El gobierno de su Majestad ve favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y usará sus mejores esfuerzos para facilitar el logro de este objetivo, quedando claramente entendido que no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

La comunidad “no judía” era el 90 por ciento de la población de Palestina. Hasta entonces habían convivido todos cultivando sus olivas, exportando naranjas de Jaffa, llevando una vida sencilla en las zonas rurales, mientras que la élite gozaba de un nivel alto de vida y educación, y participaba de las funciones de gobierno durante el imperio otomano. Pero Balfour entregó lo que no le pertenecía y todo se fue al carajo.

Palestina no pidió que le mandaran los judíos a su tierra. Esto le fue impuesto por imperios que, en vez de recibir a los refugiados de las guerras que ellos mismos produjeron, se deshicieron de ellos enviándolos a un lugar que no tenía velas en ese entierro. En su afán de que “nunca jamás” se repitiera el exterminio, las víctimas se han convertido en victimarios. 

* La autora de este texto vive desde hace varios años en una ciudad ubicada en los territorios palestinos de Cisjordania, ocupados por Israel. El nombre fue cambiado por solicitud de ella, pues teme represalias de las autoridades israelíes cuando vaya a viajar o cuando viaje su familia. 

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