¿Cómo sobreviven los pescadores artesanales de Bahía Solano? ¿Cómo ejercen su oficio? ¿Cómo no dejarse tentar por la ilegalidad? Esta es la historia de los hermanos Chica, dos pescadores que hoy proveen el mejor pescado fresco del país, gracias a la ayuda y confianza del Grupo Éxito.
25 de abril de 2023
Por: Equipo Vorágine

Una pesca ardua

Gonzalo Chica ha salido de pesca. Son las cuatro y treinta de la mañana. Va acompañado de los hermanos Wilmar y Nilsón Zuñiga. Se transportan en una lancha corvina de 22 pies y un motor de 15 caballos de fuerza. Wilmar ha bautizado a la nave como ‘La fortuna’, ¿habrá un nombre con más fe? Llueve. «Es lo de menos», dicen. «Lo de más es la luna llena». Cuando se presenta este fenómeno la pesca disminuye, es casi un milagro.

La experiencia de algunos pescadores reza que es por la luz que emite aquel satélite natural y como este es el juego de pescar y no ser pescado, los peces se esconden. Otros aseguran que la luna magnetiza el agua y los peces se inmovilizan. Todo es un misterio, lo fáctico es que parece que en esta madrugada las aguas están vacías.

El día anterior hacia las cuatro de la tarde, los hombres se adentraron en el mar, exactamente frente a un punto conocido como Mecana. Allí dejaron instalando un espinel. Este tipo de pesca artesanal consiste en dejar suspendido en el agua un ingenioso artilugio: se trata de una una línea de nylon (en este caso de cincuenta metros de extensión) que en cada punta lleva boyas para que flote. De esta línea madre se desprenden en rama otras líneas con anzuelos para que los peces piquen.

La lluvia no cesa. Antes de llegar al punto donde dejaron el espinel, en medio de la oscuridad, los pescadores hacen sus apuestas de la cantidad de peces que pueden haber capturado teniendo en cuenta la luna. Gonzalo dice que pescarán 100 kilos, Wilmar dice que 70 y Nilson, incrédulo asegura que serán apenas 50. Con sigilo apagan la nave. Es el momento de la paciencia. El espinel no se recoge de inmediato. Es mejor esperar a que empiece a despuntar el amanecer. El sol aún dormido, envuelto entre nubes, escasamente se asoma, entonces el grupo inicia el rito de la fuerza.

Un hombre se encarga de halar el pesado espinel, calcula que por la inercia del agua es como arrastrar 200 kilos de peso muerto. Otro comienza a subir al bote cada una de las líneas con anzuelos. El tercer hombre verifica si hay pescados que desanzuelar, así le dicen, a pesar de que el verbo suene tan reforzado. El arduo trabajo se repite minuto a minuto: halar, subir, cero, halar, subir, cero, halar, subir, ¡una merluza!, halar, subir, cero, halar, subir, ¡un pargo!… y así hasta las siete de la mañana que se regresa, esta vez sin un gran botín, pero al menos no se perdió la salida.

La pesca es de 17 piezas: 5 pargos y 12 merluzas. Todas se sumergen en la cava con hielo. Se llevan a la costa. Allá las recoge un tricimoto carpado en los que se transportan todos los habitantes de Bahía Solano. El producto llega a la pesquera, se lava y se pesa: los pargos suman 27 kilos, las merluzas 30. La apuesta la gana Nilson, no fue un gran día pero al menos se repone lo de la gasolina y algo para echar al bolsillo.

Los pescados inmediatamente son embalados en bolsas especiales y se llevan al aeropuerto donde son enviadas en el vuelo que salga más rápido. Es probable que este mismo día, o a más tardar en la mañana siguiente los pargos y las merluzas estén en las góndolas de varios almacenes.

Aquí es donde entra uno de los eslabones más importantes de esta cadena, se trata del Grupo Éxito., que desde hace más de veinte años le apuesta al comercio sostenible. En primera instancia esto es llegar con un equipo interdisciplinario a zonas olvidadas como Bahía Solano, identificar proveedores responsables y crear con ellos una relación de confianza y de valor.

Lo que sigue es fortalecer prácticas sostenibles, e incluirlos en programas de aprendizaje, educación y formación en áreas afines a sus trabajos. Todo lo anterior contribuye a su crecimiento y a fortalecer la compra local y directa y el apoyo a sectores productivos y poblaciones vulnerables.

Unos hermanos

El viejo Darío Chica llegó a Bahía Solano buscando langosta. Eran los años setenta. Paisa él, se trajo desde Quimbaya, Quindío, a su esposa Ayde y a sus dos hijos, Gonzalo y Jorge, el primero tenía treinta meses de nacido y el segundo veinte. Bahía Solano era un pueblo con cuatro calles de barro y seis carreras de fango. Aterrizaron en un DC3 en Salsipuedes, como le decían al aeropuerto que ahora lleva por nombre José Celestino Mutis en honor al único botánico que se atrevió a recorrer a caballo y en mula los espesos parajes del Litoral Pacífico. 

El viejo Darío Chica lo primero que tuvo que aprender fue a navegar aquellas aguas bruscas. De Buenaventura a Punta Ardita. Lo hizo junto a sus niños, a quienes después les enseñó a pescar con caña, arpón, línea de mano, espinel, palangre, curricán, potera, trasmallo y hasta con dinamita. Los niños entraron a estudiar a la institución Luis López de Mesa. Llegaron tan pequeños que, incluso, comenzaron a hablar con el acento y los dichos de los niños solaneños.

El viejo Darío Chica aguantó solo diez años en Bahía Solano. Lo aburrieron dos cosas: primero, la lluvia eterna, vivir mojado, salir a pescar y saber que, así el sol sofoque, en cualquier momento lloverá. Segundo, las dificultades para sacar la langosta por mar y aire (por tierra, imposible). O se demoraba un día entero en llegar por barco a Buenaventura, o si el clima andaba de mal genio, podría pasar una semana sin que aterrizara un avión.

Sin embargo, Ayde no se quiso ir. Ella se enamoró de cada grano de arena de aquella ensenada. Con lo que tenía montó un pequeño restaurante y se quedó con sus hijos, quienes tan solo se fueron pero para terminar el bachillerato en Medellín. Allá hicieron amigos que más tarde les corresponderían en sus proyectos.

En 1990 los vientos del Pacífico trajeron de vuelta a Gonzalo: «para mojarme una década más porque antes de empresario fui pescador», recuerda. En ese mismo año se reglamentó la Ley de Pesca, que después fue introducida en la Constitución. Jorge también regresó para hacer estudios en tecnología pesquera. Tras titularse, una empresa del Valle del Cauca lo contrató como administrador en un cultivo de trucha en el Lago Calima, entonces se volvió a ir.

Llegado el 2000, Gonzalo, quien iba a cumplir treinta años, entró en esa edad de la crisis existencial. Como un pez marlin enredado en un trasmallo, una pregunta le chapoloteaba en la cabeza: ¿qué me voy a poner a hacer? En Bahía Solano había cinco formas de emplearse: la pesca, el comercio, los entes territoriales, la madera o el casi inexistente mundo agrícola. Gonzalo se decidió por lo primero pero escalando un peldaño. Se puso en la tarea de montar otra pesquera en ese pueblo sin vías terrestres.

Bajo el caleidoscopio de los años, Gonzalo recuerda los tres momentos más complicados de parir semejante empresa: el primero fue el día en que convenció a su hermano de dejar las aguas tranquilas del Lago Calima para regresar al aventurado oleaje del Pacífico. Lo logró cuando le dijo que no había vida más aburrida que aquella que solo sabe nadar en aguas mansas.

Una vez hecho todo el montaje de la empresa, llegó el segundo momento tenso: se quedaron sin plata para comprar pescado. Entonces apareció esa persona que tenía como lema «es mejor enseñar a pescar que regalar el pez», su mamá. La señora Ayde les arrojó la vara de pescar que necesitaban y les hizo el préstamo necesario con el que comprarían el primer lote de pescado.

Lo tercero que faltaba era a quién venderle el producto. Medellín, que por esos días era la única ciudad con conexión aérea directa, fue el objetivo. Los dos caminaron la ciudad de montaña a montaña, pero nadie creía en la promesa que los iba a diferenciar: poner en sus vitrinas pescado fresco con menos de dos días de captura.

Curiosamente ese primer cliente no lo encontraron en esa ciudad sino en su propio pueblo. Al lugar llegó a vacacionar el propietario de Vitamar, una de las comercializadoras más grandes de pescado del Valle de Aburrá, quien confió en los hermanos Chica. Así, pescado a pescado, envío a envío, fueron creando un voz a voz con el que consolidaron distintos clientes.

Una bahía

Registra la Fundación Aquae, que el país más lluvioso del mundo es Colombia. También que la parte donde más llueve es en el Chocó. Y nadie puede negar que dentro de ese departamento uno de los municipios con más precipitaciones al día es Bahía Solano. Un estudio de Giancarlo Corsseti da cuenta de que de los 365 días del año, en esta bahía al menos llueve 264.

Esta naturaleza climatológica comporta dos situaciones para los forasteros: o que se enamoren y nunca más se vayan de este pueblo; o que se queden por un par de días y crean que es imposible montar empresa ante semejantes vicisitudes. Por el momento que pasa Bahía Solano, parece que lo que más ocurre es lo segundo. Muy pocos son los que se quedan para generar alguna actividad económica en el municipio.

Bahía Solano sigue siendo un municipio con caminos de herradura. Ya no hay cuatro calles sino doce, de las cuales apenas dos tienen trescientos metros pavimentados. Las carreras siguen siendo las mismas seis, aunque solo una ha sido pavimentada, la que va desde el aeropuerto hasta la cabecera del barrio Mutis.

Para un municipio de 9.600 habitantes según el censo del 2015 (aunque el exconcejal Jorge Chica asegura que ya son 14.000), la pausa del tiempo se percibe en su infraestructura: apenas tienen un hospital de nivel 1, un colegio de educación básica media, dos institutos técnicos, un centro universitario y un banco.

Las 11 entidades del Estado, por mucho, dan 500 empleos directos y no hay ni una sola empresa privada instalada. «Las únicas fuentes de ingreso son la pesca, el turismo, el comercio y el traqueteo (narcotráfico), en ese orden», asegura un funcionario de la alcaldía. Hoy en Bahía Solano se pueden contar 7 pesqueras de gran tamaño, la más grande es la de los hermanos Chica. Así mismo, existen 15 pequeños puntos de venta de pescado que proveen a los habitantes del municipio de su principal proteína.

Suena a contrasentido que un lugar con una costa tan providencial tenga tantas carencias, revele tanto atraso, grite tanta miseria, tanto abandono. Comparada con la zona costera que le sigue hacia el sur, el pacífico colombiano supondría un mayor desarrollo, pero no. No hay una sola bahía, puerto o ciudad comparada con el desarrollo económico de lugares como Bahía De Caraquez, Guayaquil y Salinas en el Ecuador; Paita, Callao, o Ilo en Perú; y ni hablar de los 17 puertos y ciudades costeras importantes de Chile.

A manera de dato, las aguas colombianas son más providenciales dada sus condiciones climáticas: hay que recordar que desde Chile sube la corriente de Humboldt, aguas heladas que solo se comienzan a calentar en el norte del Ecuador. En tal virtud, las especies de peces más importantes por su peso y tamaño buscan las aguas cálidas de nuestras costas.

La razón por la que en el pacífico colombiano llueve tanto es simple: las aguas calientes del océano se evaporan más rápido creando nubes que terminan por devolver las aguas a donde corresponden, el mar. Sin embargo, la desidia de los gobiernos pasados y de turno, han echado al olvido a una costa abundante, de ahí la importancia de organizaciones como el Grupo Éxito, que desde hace un par de años le apuestan a los emprendimientos comerciales como los de los hermanos Chica.

Una defensa

«La providencia años atrás era más providencial», dice Gonzalo mientras fuma con un placer envidiable el décimo cigarrillo del día. Apenas son las once de la mañana. Sentado junto a otros pescadores recuerdan que finalizando los años noventa e iniciando los dos mil había pescado hasta el hartazgo. Aseguran que un trío de trabajadores podía hacer una salida en la mañana en la que traían 500 o 600 kilos de pescado y regresar en la tarde por otros 500.

Merluzas, chernas, atunes, robalos, pargos rojos, lenguados, pargos lunarejos, sierras, toyos, corvinas y bravos, llegaban por toneladas. Lamentan, entonces, que se hubiera dejado avanzar de manera rapaz la pesca industrial hasta ahogar la pesca artesanal. Dan por sentado que permitir la pesca con trasmallo sin especificaciones inició el exterminio.

El trasmallo es una barrera hecha en monofilamento de nylon transparente. Estos artefactos se hacían o se hacen de al menos 20 metros de alto por 200 metros de largo. El daño estaba en el ojo de malla. Pescadores irresponsables financiados por transnacionales dejaban los ojos de malla muy reducidos, así que peces que apenas si tenían semanas de nacidos se quedaban enredados en sus trampas. Este método detenía la cadena de desarrollo natural de las especies afectando finalmente el ecosistema marino.

Al tiempo llegaron los grandes saqueadores del mar, es decir los barcos de arrastre y su pesca industrial a mayor escala. Estas naves piratas tiraban sus inmensas redes con cadenas de hierro para llegar a lo más profundo, sin embargo las cadenas arrasaban con el sistema marino, convirtiéndolo más tarde, vaya la paradoja, en un desierto.

A su vez llegaron los barcos de cerco. Estos aparatos tiraban kilómetros de red haciendo un inmenso círculo sobre gigantes bancos de peces. Todo ser vivo que cayera en la excesiva trampa, moría. Ante la inminente catástrofe, pescadores artesanales como los hermanos Chica se unieron con el objeto de evitar una crisis ambiental en sus costas.

Era el 2004 cuando los pescadores artesanales, pero además, la propia población comenzó a sentir la falta de peces en el día a día. La evidencia navegaba en sus aguas. Desde Nariño hasta el Chocó, decenas de transnacionales anclaron sus barcos para iniciar la pesca industrial. Gonzalo Chica asegura que, incluso, se puso en riesgo la seguridad alimentaria de la región.

La valentía parece que fue de pocos. Los pescadores de los municipios de Bahía Solano y Juradó fueron los únicos que pelearon durante nueve años por la protección de sus aguas. A punta de derechos de petición con evidencias fácticas lograron que se implementara la Zona Exclusiva de Pesca Artesanal (Zepa), mediante la resolución 899 de 2013, la cual creó una franja de 2.5 millas náuticas de ancho y 12 millas náuticas de largo en las que ahora solo se puede realizar pesca artesanal.

El éxito de pescar

Las cuentas de Gonzalo y Jorge Chica sobre la cantidad de pescadores artesanales que hoy trabajan en las aguas de Bahía Solano y Juradó son las siguientes: aseguran que carnetizados hay un poco más de 1.000, pero que existen otros 2.000 que no han sido registrados. También que en esta franja del litoral pacífico hoy funcionan 75 asociaciones de pesca.

Pero uno de los datos más importantes que arroja este número es el siguiente: todos, pescadores y asociaciones, están comprometidos en pescar con anzuelo en sus diferentes modalidades. Es decir que ninguno pesca con trasmallo, red de cerco, red de arrastre, red de pared, o cualquier técnica industrial. Incluso, varias veces se ha puesto sobre la mesa prohibir el uso del palangre, que es una técnica parecida al espinel pero a mayor escala, casi que industrial. Mientras en un espinel se ponen máximo 500 anzuelos, en un palangre se instalan hasta 5.000.

Tal vez por ello es que ‘Merluza’, la asociación de los Chica, en época de subienda puede llegar a comprarle pescado a más de 100 pescadores artesanales, beneficiando de esta manera a sus familias, que es favorecer colateralmente a más de cuatro mil personas. Pero esto solo lo han podido hacer desde que se convirtieron en proveedores del Grupo Éxito en el 2005, organización que se ha comprometido no solo con abrir las cadenas de comercio en regiones azotadas por la violencia sino también en mantenerlas activas, como lo han hecho con los Chica en una de las regiones donde el narcotráfico y la desidia estatal le quieren ganar la partida a la legalidad.

Pescar exige esfuerzo y llevar el pescado fresco al interior del país, también. Por ejemplo, un trío de pescadores (que casi siempre es el número en el que salen a pescar), deben tener al menos una lancha con un motor de 15 caballos de fuerza, un equipo de pesca que consiste en el espinel con más de cincuenta anzuelos, las carnadas, una cava con el hielo suficiente para conservar el pescado, trajes impermeables, y dependiendo del punto, al menos 20 galones de gasolina, vale la pena recordar que mientras en Bogotá un galón de gasolina corriente cuesta $9.500, en Bahía Solano vale $14.000.

Dependiendo de la época, también se debe tener en cuenta la alimentación. Hay hombres que salen a pescar durante tres o cuatro días, 36 o 48 horas detenidos en medio del mar. Se quedan allí instalados, vigilando y revisando sus carnadas hasta realizar una captura que valga la pena. Comen y duermen en las lanchas durante todo ese tiempo. En una buena jornada de pesca pueden regresar con 150 0 200 kilos de diferentes especies de pescado, en una mala, con 5 o 10 kilos que no alcanzan ni para pagar la gasolina.

Pescan en Delgado, Punta Ardita, Coredó, Morroquemado, Juliancito, Cerro Águila, Cabo Marzo, San Felipe, Punta Piña, Cupica, Punta Limones, Nabugá, Vidales, Mecana y Huina, entre otros puntos que se extienden por este corredor natural. Pescan, teniendo en cuenta la temporada y el tiempo, o donde les dice su experiencia. A algunos les gusta salir a las 4 de la mañana, a otros a las 6 de la tarde, los de mayor esfuerzo salen a las 4 de la mañana y también a las 6 de la tarde. Si hay que dormir en el océano lo hacen, todo por traer pescado fresco a tierra firme.

Un pescado fresco

La coordinación de la pesquera de los Chica es milimétrica. Una vez el pescado es pesado, lavado y empacado (hay que anotar que lo empacan por piezas, pescados completos, no los filetean), el producto de inmediato es enviado al aeropuerto. Estos empresarios tienen un lema que funciona casi que como ley: «nuestros congeladores y nevecones siempre deben estar vacíos». Lo anterior quiere decir que entre menos congelen y guarden los productos, mejor. Si en el día le compraron a sus pescadores 300 kilos de pescado de 8 variedades, al Grupo Éxito es al primero al que le ofrecen todo porque es quien le puede llegar de manera pronta a más colombianos; como segunda opción, se la ofrecen a un minorista, la idea es tratar de no quedarse con pescados que pierdan su frescura.

En Bahía Solano quien despacha es Jorge y en Medellín quien recibe es Gonzalo. Este último lo traslada a su bodega de acopio, allá lo separa por almacén y lo lleva al centro de distribución nacional de la organización. Se han hecho pruebas y el resultado es que un pescado que llega de Bahía Solano a Medellín o Bogotá, puede conservar su frescura durante 15 días; pero el reto, que lo cumplen a carta cabal, es que en las vitrinas de estas grandes superficies, el pescado que se vende tenga menos de dos días de haber sido capturado en el mar. Un éxito.

En los mejores meses los Chica le pueden entregar al Grupo Éxito hasta 5 y 6 toneladas de pescado. La especie más cara es el pargo platero, por su escasez; la que más gusta es la merluza; y el más difícil de atrapar es el atún, por su fuerza e inteligencia; pero para estos catadores de mar el que mejor sabe es el pez bravo, así se llama, tal vez porque su carne es de sabores fuertes y porque en la boca se deshace en segundos.

Un reto

Un trío de pescadores ha salido con una misión clara. Lo hacen a las cuatro de la mañana. El día anterior se adentraron en el mar por más de dos horas. Dejaron instaladas dos líneas de espinel donde saben que picará uno de los peces más apetecidos por los colombianos en el interior: pargos plateros.

A las 6 de la mañana que llegan, ven que las líneas están ligeramente sumergidas. No se han equivocado. Lo han logrado. Entonces inician el arduo rito laboral. En otras dos horas logran subir al bote cerca de 100 kilos de aquel pescado tan apetecido. Hacen sumas y restas, saben que esa captura, vendiéndose por lo bajo, les dejará $2.000.000. En Bahía Solano el kilo de esta especie cuesta $20.000, en el interior el consumidor final lo paga en al menos $36.000.

Aunque a su regreso algo inesperado les sucede. El mar está tranquilo. El cielo está un tanto nublado, pero ofrece un buen clima. Van camino al este. Van de vuelta a la bahía. Por la proa divisan algo extraño. Parece un cuerpo flotando en el agua. Entre más se acercan la forma humana se transforma. Es un bulto. Es un paquete negro del tamaño de una caja fuerte mediana. Ya muy cerca, intuyen lo que es. Un par de días atrás se escuchó que la Guardia Costera persiguió a unos narcos y estos se desprendieron de la millonaria y perversa evidencia.

Uno de los pescadores se tira al mar. Calcula que el alijo pesa unos cien kilos. Es casi del tamaño de la cava con hielo y pargos plateros que llevan en la pequeñísima lancha. No saben qué hacer. Si suben el alijo de cocaína deben botar la cava con los pescados. Las dos cosas no caben. Vender en tierra ese alijo de cocaína les supone cerca de 600 millones de pesos. Eso creen. La tentación los vence. Deciden botar los peces capturados. Deciden donarle la providencia del mar a la rapiña. El diablo los ahoga en codicia. Creen que han cambiado $2.000.000 por $600.000.000. Eso creen. Se juran millonarios, pero subieron al bote un problema. Días más tarde los dueños de la droga los obligan a devolverla. No hay pago. Hay engaño y derrota. Ahora ellos son los pescados. Cambiaron una cava llena de peces por una ilusión que casi les cuesta la vida.

Ese es el reto. Empresarios como los Chica, junto a organizaciones como el Grupo Éxito cada día luchan por quitarle hombres y mujeres a la violencia y a la ilegalidad. Ese es el reto, por ejemplo para el Grupo Éxito, sostener programas sociales donde se sostenga una cadena de comercio que brinde empleo y pagos justos a sus proveedores en sitios tan apartados como Bahía Solano. Y ese es el reto para hermanos como Gonzalo y Jorge Chica, poder seducir a jóvenes chocoanos para que salgan a pescar paz y no violencia.

* Está historia se hizo con el apoyo del Grupo Éxito.

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