Tráfico de mercurio: de un cartel mexicano a envenenar los ríos amazónicos en Colombia
14 de junio de 2026
La Amazonía colombiana está envenenada de mercurio. Sus pobladores, en su mayoría indígenas, sufren las devastadoras consecuencias: reportan malformaciones en niños y muertos entre los más viejos. Incluso, según una investigación reciente, las comunidades que viven alejadas de la minería que se hace con ese metal ya enfrentan sus efectos. Pese a la gravedad del panorama, todavía falta mucho por entender sobre el ciclo de este envenenamiento. Investigaciones y estudios recientes han revelado hallazgos esclarecedores para establecer de dónde viene el mercurio y hasta dónde puede llegar, desde las entrañas de los carteles del narcotráfico en México hasta los rincones más profundos de la selva colombiana, afectando incluso a los pueblos en aislamiento voluntario. VORÁGINE reconstruyó la ruta de ese veneno.
Una mina en Querétaro que envenena la Amazonía
Un complejo de 19 minas en Querétaro atrajeron el interés del Cartel de Jalisco Nueva Generación, la organización criminal más poderosa, expandida y violenta de México. El tesoro escondido entre esas montañas rocosas, varias de ellas ubicadas dentro de una reserva natural, es el mercurio. Un informe de la Agencia de Investigación Ambiental (EIA), titulado “Traficantes no dejan piedra sin levantar” y publicado en julio pasado, detalló el vínculo entre las operaciones que allí sostiene el cartel mexicano y el envenenamiento de la Amazonía.
Desde 2025, en Querétaro se vive una renovada fiebre del mercurio. Como el precio del oro se disparó en todo el mundo y alcanzó picos históricos, también ha habido un boom en la explotación del metal que se utiliza para amalgamar el oro esparcido en los lechos de los ríos. Las minas de la región, que representan una de las reservas de mercurio más grandes del mundo, ahora son vigiladas por hombres armados y están rodeadas de fortificaciones de cemento, alambres de púas y cámaras de seguridad.
Los ríos, el suelo y las personas que habitan esa región minera ya sufren las consecuencias de la contaminación con ese metal. Pero su efecto es mucho más devastador lejos de allí. Casi la totalidad del material extraído de ese complejo sale ilegalmente de México. Sus principales destinos son Perú, Colombia y Bolivia. Se trata del mayor flujo de mercurio ilegal que se ha documentado. Al menos 200 toneladas se movieron entre 2019 y 2025, principalmente hacia esos tres países. Esa cantidad del metal habría servido para explotar oro por un valor cercano a los 8.000 millones de dólares, según EIA.
El control que ha asumido el Cartel Jalisco sobre las minas impulsó su producción a “niveles casi industriales”, explica la investigación. Alrededor de mil personas en Querétaro viven de la explotación minera. Los traficantes también crearon estrategias para burlar los controles de las autoridades que persiguen el contrabando del mercurio. Vierten el metal líquido en sacos llenos de grava u otras piedras, que transportan hasta los puertos de Veracruz, en el Atlántico, o Manzanillo, en el Pacífico. Allí reportan los cargamentos como material de construcción o elementos decorativos. Así llegan a los puntos de distribución intermedios, como Bolivia o Panamá, o directamente a los puertos de destino.
En Colombia se han detectado distintos puntos de entrada del mercurio, según el Centro de Investigación y Documentación de Bolivia (CEDIB), que ha estudiado esos flujos en Sudamérica. Uno de esos es el puerto de Buenaventura. VORÁGINE conoció documentos de una investigación de la Fiscalía sobre una red que introdujo el metal por ese puerto. La entidad procesó a seis personas que movían cocaína entre el Pacifico colombiano y Panamá. En los viajes de ida llevaban la droga y al regreso traían mercurio.
“Estos elementos son llevados en principio al municipio de Bahía Solano, lugar en donde son embalados en contenedores plásticos. Posteriormente, con la colaboración de miembros de tripulación de barcos de cabotaje son conducidos vía marítima a la ciudad de Buenaventura. A su llegada a puerto, el mercurio se entrega a personas que se encargan de transportarlo vía terrestre al interior del país”, dice un informe de la entidad.
Uno de los integrantes de la red contó cómo operaban: “Llegamos al pueblo de Aguadulce (Panamá) y nos estaban esperando unos panameños. Estaba un muchacho que conocí ahí, y era el encargado de transportar y cuidar ese mercurio. Comimos e inmediatamente nos devolvimos hacia el corregimiento El Valle (Bahía Solano), dejamos eso en la lancha y nos fuimos a dormir. Y de El Valle nos fuimos para Buenaventura. Ahí lo entregó al dueño que andaba en un Audi y este lo empacó y envió en un bus de Flota Magdalena. En carretera en la vía a Medellín sé que los paró la policía dos veces”, confesó el testigo.
Así como Panamá, Bolivia también es un puerto intermedio del tráfico de mercurio. En ese país, los controles sobre el comercio de ese metal son débiles. Por eso, allí se importa y se contrabandea hacia los países amazónicos vecinos, como Colombia, donde la comercialización del mercurio es totalmente ilegal.
Según el CEDIB, Bolivia es el segundo mayor importador de mercurio del mundo. Entre 2022 y 2023, el 38% del metal importado llegó desde Tajikistán, el 25% de Rusia y el 13% de China. En Colombia también se han detectado cargamentos ilegales de la sustancia provenientes de Asia. En marzo pasado, la DIAN y la Policía Fiscal y Aduanera incautaron 1.3 toneladas entre mercancías que se habían reportado como “plásticos envasados” en el puerto de Cartagena.
Según el CEDIB, además de Cartagena y Buenaventura, también hay un flujo ilegal de mercurio que pasa desde Venezuela hacia Cúcuta. Bucaramanga y Medellín, por su parte, son puntos usados para comerciar el material que luego viaja hacia los enclaves mineros. La investigación de EIA sobre el mercurio extraído de las minas de Querétaro da más luces sobre lo que pasa en este momento de la cadena del contrabando. Una vez el metal camuflado entre los materiales de construcción entra a los puertos, se le conduce a puntos específicos para purificarlo.
“Los sacos que contienen grava común son desechados y los sacos que contienen el mercurio líquido son cargados en camiones y transportados a una planta de procesamiento. Las instalaciones clandestinas de procesamiento identificadas durante esta investigación están ubicadas en Arequipa (Perú) y Medellín (Colombia)”, dice EIA.
Esa organización habló con un traficante colombiano que recibe mercurio de Querétaro, y dijo que vende el metal a grupos armados que controlan las zonas mineras. “Explicó que no puede vender el mercurio directamente a los mineros de oro porque las zonas mineras están controladas por grupos armados que supervisan el comercio tanto del mercurio como del oro”, dice el informe. Luego, desde esos lugares de procesamiento sale hacia su destino final: los ríos donde se explota el oro, muchos de ellos en la Amazonía colombiana.
Cuando el mercurio entra al cuerpo
El viejo Hermes* murió en 2022 y a su hijo Vicente* nadie le quita la idea de que lo mató el mercurio. Los médicos también le dijeron que ese pudo ser el origen de sus males: los desmayos, los temblores y los ahogamientos que padeció por años. Y, finalmente, de un tumor que se le movía por todo el cuerpo, cuenta Vicente, hasta que le llegó al corazón y mató al viejo que, aunque era un curandero, no pudo encontrar un tratamiento que lo salvara en toda la selva, ni con los médicos de afuera. El mercurio ya se había apoderado de su cuerpo, luego de tantos años de comer pescado del río Caquetá, uno de los más afectados por la minería ilegal.
Vicente recuerda que en los últimos años junto a su papá y su mamá, que también murió, tuvieron que pasar hambre. Vicente no podía salir a cazar animales -borugas, dantas, venados- porque los grupos armados que llegaron a la zona les prohibieron moverse. Tampoco podían comer pescado del río – sábalo, pintadillo, bagre-, porque ya sabían que estaban contaminados con mercurio. La situación no ha cambiado. Ahora es peor, dice Vicente, porque los hombres armados que llegan a este punto entre los departamentos de Amazonas y Caquetá, en parte para explotar el oro, ejercen controles cada vez más violentos sobre los pobladores: les revisan los celulares, los amenazan, los tienen confinados. Entonces Vicente trata de vivir de su cultivos de yuca y col, y de unos cuantos pollos que ha podido criar. Pero al final, pasa hambre junto a su familia en un lugar donde antes abundaba la comida.
Vicente también cuenta que, además de su padre, al menos otras diez personas han enfermado recientemente en su comunidad, envenenadas con mercurio. Y que cuatro niños han nacido con malformaciones o algún tipo de problema neurológico en los últimos años.
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Según un estudio publicado el año pasado en la revista científica Journal of Hazardous Materials, y titulado “Biomagnificación del mercurio y adaptación microbiana en un río amazónico afectado por la minería”, el metal ha transformado profundamente los ecosistemas en esta región.
Los datos que reúne esta investigación, que incluyó a las comunidades del resguardo indígena de Puerto Zábalo – Los Monos, son demoledores. El grado de contaminación por mercurio excede 1.8 veces los límites seguros de concentración en el suelo, 11.1 veces en el agua y hasta 5.1 en los peces. Las transformaciones son tales que las bacterias sensibles al metal están desapareciendo del ecosistema, según el trabajo hecho por investigadores del SINCHI, la Universidad de Antioquia y la Universidad de Córdoba, entre otros.
¿Qué relación pueden tener esos datos con la enfermedad de Hermes? Un informe de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) explica el ciclo del mercurio en la Amazonía. En los cientos de puntos de explotación de oro, el trabajo de los mineros consiste en extraer los sedimentos del lecho de los ríos amazónicos. Luego, lavan el material y le adicionan el mercurio para que se amalgame con las partículas de oro y facilite su recuperación. Solo alrededor del 10% de ese metal se amalgama con el oro; el 90% restante termina vertido en el río, donde empieza a acumularse en los sedimentos.
Una vez en el río, el mercurio avanza en la cadena natural. Primero lo absorben las bacterias que lo transforman en metilmercurio, su forma más tóxica. Luego pasa al fitoplancton, o las pequeñas algas, que son el alimento de peces más pequeños. Estos, a su vez, son presa de otros peces carnívoros u omnívoros más grandes que también sirven de alimento para personas que habitan las orillas, quienes empiezan lentamente a acumular el mercurio en sus organismos.
Pero el metal no sólo se mueve por la cadena trófica. El profesor Jesús Olivero Verbel, profesor de la Universidad de Cartagena, director del Instituto de Investigaciones en Cambio Climático y Desarrollo Sostenible y uno de los mayores investigadores del mercurio en la Amazonía, explica: “Tan pronto se volatiliza el mercurio del agua porque la temperatura se eleva, llega a la atmósfera y se precipita posteriormente con la lluvia unos kilómetros más arriba. Apenas sale el sol, nuevamente comienza a evaporarse. Esa evaporación hace que el mercurio se mueva un poco más adelante y caiga con la lluvia, y así sucesivamente. Entonces Colombia está recibiendo impactos del mercurio de toda la cuenca amazónica”.
Según la Organización Panamericana de la Salud, el mercurio genera efectos tóxicos en la piel, los ojos, los riñones, los pulmones y los sistemas nervioso, inmunitario y digestivo. Es especialmente agresivo con las mujeres embarazadas y altera el desarrollo de los recién nacidos, provocándoles trastornos del lenguaje, deficiencias en los sentidos y problemas cognitivos, como los que ha visto Vicente en algunos niños de su comunidad. Tal vez el trastorno más conocido y producido por este veneno es la enfermedad de Minamata, que provoca graves alteraciones neurológicas y del desarrollo fetal, incluyendo discapacidad intelectual, trastornos motores y, en algunos casos, malformaciones congénitas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el límite de presencia de mercurio que se considera seguro es de 1 parte por millón (ppm) cuando se mide en el cabello humano. Pero esos valores se exceden por mucho en la Amazonía colombiana. Lo dice el profesor Verbel, quien ha analizado el mercurio en 10 ríos amazónicos: “Es preocupante lo que hemos encontrado recientemente en niños con niveles por encima de 30 partes por millón de mercurio en casos extremos. Pero en general no bajan de 10, 20 partes por millón, en varios sitios que hemos evaluado recientemente en Guainía y el departamento del Amazonas”.
Verbel agrega otro dato preocupante: alrededor del 98% de las personas que ha evaluado en la Amazonia colombiana registraron niveles de mercurio nocivos para la salud. Por eso, dice, el problema es ya extensivo a toda la cuenca, y no se limita a unas cuantas comunidades indígenas. “Esto cambia de perspectiva cada vez que estudiamos un nuevo río, y eso nos hace pensar que el problema del mercurio en la Amazonía no cubre a ciertas cuencas, sino que es un daño generalizado que está experimentando el ecosistema amazónico. No solamente en Colombia, sino en todos los países que lo comprenden”.
Hasta los rincones más lejanos de la selva
Un estudio de la Sociedad Zoológica de Frankfurt, publicado en septiembre pasado, confirma las deducciones del profesor Verbel sobre la expansión del mercurio por toda la selva, incluso en áreas alejadas de la minería. “Lo que estamos viendo en la Amazonía es que en cualquier lugar que tomemos muestra, con minería cercana o no, hay niveles muy altos de mercurio. Lo que indica que por cualquier fuente que llegue el mercurio añadido, nuestras comunidades se están contaminando”, dice Esperanza Leal Gómez, directora de la organización.
Para el análisis, los investigadores recogieron muestras de 1.200 peces de más de 100 especies. Hicieron la tarea junto a pescadores de tres resguardos indígenas que además están ubicados en áreas protegidas: El Itilla y la Victoria, sobre el río Apaporis y en las inmediaciones del Parque Nacional Chiribiquete, y Mocagua, sobre el Amazonas y en el Parque Nacional Amacayacu. Por su ubicación, se considera que estas comunidades están apartadas de la minería, incluso salvaguardadas como reservas naturales. Sin embargo, los resultados de los análisis mostraron que no están libres del riesgo.
Hasta el 28% de las especies analizadas, que hacen parte de la dieta de los indígenas, presentaron concentraciones de mercurio por encima de las 0,5 partes por millón, el límite fijado por la OMS en peces para un consumo humano seguro. Especies como el puño (2,35 ppm), el casabe (1,75 ppm) y la corvina (1,27 ppm) estuvieron entre las que registraron los niveles más altos.
“Quizás pensábamos que en estas áreas no íbamos a encontrar mercurio, pero sí encontramos. Ahora tenemos que buscar cómo es que está llegando”, dice Leal. Después de analizar los peces, los investigadores buscarán establecer los niveles de mercurio en los organismos de los pobladores que los consumen.
Leal también explica que tienen varias hipótesis sobre la entrada del mercurio hasta sitios tan apartados: que viaja en las nubes y la lluvia que llega desde zonas más afectadas por la minería, o que lo transportan los peces que cumplen sus ciclos vitales recorriendo largos tramos de los ríos. Incluso que el mercurio liberado de los árboles que son talados y quemados en la Amazonía se está acumulando en altas proporciones.
Lo que muestran los análisis es que cada vez hay menos zonas de la Amazonía que no estén envenenadas. Para empeorar la gravedad del panorama, los grupos armados que proliferan en la selva, en gran medida atraídos por el oro, impiden que se adelanten muchas investigaciones. Por ejemplo, en el río Puré -tal vez el más golpeado actualmente por la minería en la región- no han podido hacer mediciones de mercurio desde 2018. La explotación de oro es controlada allí por grupos criminales como las disidencias del Bloque Amazonas y el Comando Vermelho de Brasil, según reportes de la Policía Nacional.
Precisamente en las riberas del Puré habitan los Yurí-Passé, el único pueblo en aislamiento voluntario confirmado en Colombia. Según registros históricos, esta comunidad se apartó de la sociedad mayoritaria y se adentró en lo más profundo de la selva hace unos 150 años, en medio de la fiebre del caucho, en la que miles de indígenas fueron esclavizados y asesinados. Hoy, por imágenes satelitales se sabe que las embarcaciones de los mineros han llegado a pocos kilómetros de las malocas de los Yurí-Passé, lo que los pone en riesgo de un contacto forzado que puede causar su exterminio.
Pero además del peligro del contacto con los mineros y los grupos armados, los Yurí-Passé enfrentan el riesgo del mercurio. En noviembre pasado, la Policía incautó 2,5 kilos del metal en un operativo sobre el río Puré. En una alerta emitida en 2024, la Defensoría del Pueblo calificó como “riesgo extremo” la situación de esta comunidad: “Las actividades mineras y maderables ilegales, a su vez, pueden modificar los determinantes ambientales que permiten la subsistencia de los pueblos en situación de aislamiento”, dijo la entidad.
Las investigaciones recientes muestran la complejidad de la cadena del mercurio en la Amazonía colombiana. Revelan hallazgos valiosos sobre la intervención de redes de contrabando que involucran los grupos criminales más peligrosos del continente, como los carteles mexicanos y las disidencias de las Farc. Los estudios también esclarecen el alcance del envenenamiento hasta la selva más profunda. Sin embargo, los vacíos de conocimiento son muchos: ¿Quiénes se benefician de todo este entramado? ¿A dónde van a parar las ganancias multimillonarias de este negocio ilegal? Lo que es más grave aún son los vacíos de acción de las instituciones estatales llamadas a frenar el envenenamiento de la selva y de sus gentes.
*Nombres cambiados por razones de seguridad