Las víctimas de la selva: así trafican con migrantes en Necoclí

Una niña haitiana abandonada en el Darién resume la tragedia que genera el tráfico de personas en el golfo de Urabá. Allí las redes de extorsión, los abusos y las muertes continuarán mientras los gobiernos de Colombia y Panamá no faciliten pasos humanitarios. 

19 de septiembre de 2021

Por: José Guarnizo, de Vorágine, con el apoyo de La Liga Contra el Silencio. Fotografías: Pedro Anza/Cuartoscuro.com

Nadie quisiera imaginarse la descarga de terror que se habría apoderado de la niña cuando se descubrió sola, sin sus padres, en una selva remota de un país extraño para ella como Colombia. Y más, en esa parte del planeta donde resuena el eco de las fieras, los monos aulladores y los cerdos salvajes. Quien haya estado en el Darién sabrá que la jungla grita por las noches.   

Cruzar la frontera entre Colombia y Panamá, a pie, a través de esta cadena de montañas demora seis o siete días de camino. Son 70 kilómetros entre Capurganá y la población panameña de Metetí. En la zona llaman a esa travesía “el paso de la muerte”. Parecería poca distancia para tantos días de jornada si no se supiera de la inclinación de las lomas y los precipicios. Los ascensos a veces parecen paredes para escalar. Aventarse, además, implica sortear la aparición de jaguares, pumas, venados, serpientes y toda suerte de animales de monte. 

Andar por allí como andan los migrantes guiados por los ‘coyotes’ que se lucran del tráfico de seres humanos implica hacerle frente a la humedad, la sed y el hambre. Es avanzar por trochas sinuosas donde han muerto hombres y mujeres en crecidas de ríos o simplemente exhaustos. Se han visto cadáveres insepultos en descampados donde no ha habido posibilidad de un auxilio ni de una camilla. 

De estos fallecimientos pocas veces las autoridades se enteran con certeza. A veces circulan videos tomados por celular que luego son transmitidos entre migrantes. El ministro de seguridad de Panamá, Juan Pino, dijo en junio de 2021 que al menos tenían claridad de doce caminantes que habían muerto en esa parte limítrofe del Darién. 

“Ayúdame, ayúdame”, dijo la niña cuando la encontraron. La voz le salía arrugada, como si hubiese llorado toda la noche. Unos cubanos que iban avanzando por la trocha la acababan de hallar sola en un punto de la selva difícil de situar en el mapa. El acento y la voz bien podrían ser los de una pequeña haitiana. “¡Mamá, mamá, mamá!”, gritaba desorientada, mientras caminaba sobrepasando troncos, intentando no resbalar.

“Gracias, gracias”, decía en un castellano que seguro había aprendido en Chile, país del que provienen miles de haitianos que durante este año han pasado por el Golfo de Urabá. “¡Mamá, mamá!”, seguía gritando. Un migrante de Cuba la tomó de la mano e intentó darle algo de tranquilidad. “Gracias, gracias”, le respondió ella. 

Era una niña negra, de unos seis o siete años, trencitas con moños de colores en las puntas, el pelo a la altura de las orejas. Llevaba puesta una blusa fucsia. “Ayúdame, ayúdame”, seguía diciendo. Tenía las piernas embadurnadas de lodo. De un momento a otro, el cubano la alzó contra el pecho como se levanta a un hijo cuando está triste. “Mira a la cámara”, le dijo el hombre.

Ahí quedó fijada la imagen de la soledad de la selva, de una niña en la selva. Era el retrato de dos mundos que se encontraban por azar, intentando alcanzar el sueño de irse de su país a un precio muy alto. La niña y el cubano se miraron luego frente a frente, con esa cara de espanto de no saber qué va a pasar.

 Otro de los migrantes que venía caminando en la fila india habló a la cámara: “Dicen que en la selva puedes encontrar cosas malas, lo más malo que te puedes encontrar en la selva es una niña abandonada. O un muerto, más nada, eso es lo más terrible que se puede encontrar uno en la selva”, dijo con ironía. 

Más adelante en las imágenes se veía a la niña sentada a la orilla de un río. El mismo migrante cubano de hace un rato —acuerpado, de gorra, morral al hombro y sudor empapándole la cara— ahora le estaba sacando el barro de las piernas. “Vamos a esperar a ver si viene tu mamá, ¿oíste?”, le decía. “Qué pinga, brother”, se escuchaba que alguien decía fuera de cámara. Alrededor había más cubanos que tomaban un descanso. Todos con mochilas a la espalda y gestos de desencanto. Al fondo estallaba el sonido de la selva. 

***

Parado sobre el planchón del muelle de Capurganá, Chocó, en la frontera con Panamá, está un funcionario regional de la Defensoría del Pueblo. Mientras el sol le golpea la cara, escudriña con el dedo en el celular. Me está mostrando el video de la niña abandonada en la selva y diciendo que este no es un problema nuevo. Las imágenes aparecieron por primera vez en un grupo de Facebook de cubanos en junio de 2021, la noticia fue replicada por varios portales de ese país. Sin embargo, no se supo del destino de la pequeña ni del paradero de sus padres. El paso de migrantes por esta zona en condiciones inhumanas viene de hace un par de décadas. Solo que hizo crisis en 2021, en parte impulsado por la pandemia del coronavirus.

Este año Migración Colombia ha recopilado información de 51.000 migrantes irregulares que han pasado por el golfo de Urabá, con corte a los primeros días de septiembre. Son irregulares y no ilegales porque migrar sin documentos en regla no es un delito. Ni aquí ni en ninguna parte del mundo.

En 2020, cuando se cerraron las fronteras solo quedó registro de 3.922 de estos extranjeros que pasaron por el país. Este será el año con la cifra más abultada tal vez en toda la historia. Al menos si se tienen en cuenta los números oficiales. En 2006 apenas quedaron consignados 43 migrantes. Y los casos fueron subiendo vertiginosamente: 2014 cerró con 2.111; 2015, con 8.855. Y 2016 con 33.981. Esa explosión tiene que ver –dice el director de Migración Colombia en Antioquia, Wilson Patiño– con una medida que comenzó a implementar el gobierno colombiano, la de darle a cada migrante un salvoconducto para que pueda transitar libremente por el país por unos días. 

Esto ayudó a que se tuviera un registro un poco más aterrizado. Aunque no es tan exacto pues en la zona dicen que las cuentas de Migración Colombia no dan: hay sobradas razones para creer que el número es mucho más alto que el que está quedando anotado en los cuadernos del gobierno. La razón es que muchos migrantes ni siquiera se acercan a pedir un salvoconducto. Simplemente llegan, se contactan con los ‘coyotes’, y siguen su camino sin dejar rastro.

El problema es que no se trata de números, sino de personas con historias a cuestas. ¿De dónde vienen y para dónde van? ¿Por qué tratan de seguir hacia el norte atravesando Colombia? Esa es la pregunta que suele hacerse cada vez que Necoclí aparece otra vez en los medios de comunicación. 

En julio de 2021, este pueblo turístico de 70.000 habitantes, situado en el occidente de la costa Caribe colombiana, volvió a ser noticia por cuenta de unas imágenes que mostraban a migrantes apiñados en el puerto, con rostros de desespero, queriendo subirse a un bote. Este es un paso necesario para el extranjero que quiere llegar a Panamá. Desde allí la travesía es en lancha hasta Acandí o Capurganá. En ese trayecto por el mar, de unos 60 kilómetros, han muerto decenas de migrantes. Vorágine ha reconstruido al menos dos naufragios que con el tiempo han ido quedando en el olvido. 

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Esas imágenes recientes de Necoclí atiborrado de migrantes le dieron la vuelta al mundo. Se podían ver niños, adultos, mujeres, casi todos de raza negra. La mayoría eran haitianos. Unos 10.000 estaban allí atrapados a mediados de julio sin poder continuar la ruta por el mar. La historia se repitió a comienzos de septiembre. Ya no eran 10.000, sino 14.000. El alcalde Jorge Tobón habló de crisis sanitaria, crisis de servicios públicos, crisis de arriendos. 

Dos empresarias del turismo, preocupadas por el bajonazo de visitantes en busca de vacaciones, me abordaron en Necoclí para demostrar su descontento por la forma en que se estaba informando en la prensa sobre la crisis migratoria. Decían que en el pueblo había habitaciones disponibles en los casi ochenta hoteles que tienen a disposición, y que allá no había ninguna crisis, que los migrantes estaban siendo alojados en casas y que había servicios para todos. Migración Colombia inicialmente negó lo que estaba sucediendo y pocos días después, cuando a Necoclí llegaron periodistas de todo el mundo, no tuvieron otra opción que reconocer la problemática. 

¿Por qué se represaron 10.000 migrantes a finales de julio y luego 14.000 a comienzos de septiembre? Hay por lo menos dos razones que saltaron a la vista. La primera es climática. Diariamente están llegando a Necoclí más de 1.000 haitianos, cubanos y africanos. Si un día el mar amanece picado, los viajeros se van acumulando y no hay suficientes empresas de lanchas que en los días siguientes presten el servicio. 

El segundo motivo está dado por las dinámicas del negocio ilegal del tráfico de migrantes. Si quienes manejan las rutas consideran que el ambiente está tenso, como estaba ocurriendo en julio y septiembre de este año, les prohíben a los ‘coyotes’ salir con migrantes hacia la selva del Darién durante ciertos días. Esto ocurre cuando en la zona hay mucha presencia de autoridades. Y eso no es lo normal: Acandí y Capurganá son dos pequeños pueblos costeros, donde no hay más de veinte policías. Esta es una de las tantas fronteras olvidadas de Colombia.  

Lo cierto es que en los últimos años la migración haitiana ha aparecido en Colombia en desbandada. De los 51.000 migrantes que según el gobierno colombiano pasaron este año por el Urabá, 44.000 eran nacionales de esa isla, mientras que solo 4.700 venían de Cuba. Y a partir de ahí van disminuyendo los casos por nacionalidades: 431 de Senegal, 274 de Ghana, 216 de Angola y 88 de Guinea.

La mayoría de haitianos vienen de Chile. A ese país comenzaron a llegar por miles tras el terremoto de 2010. Cada año el número fue aumentando. En 2017 entraron más de 100.000. La migración no se detuvo y poco a poco estos hombres y mujeres terminaron deambulando por toda Sudamérica. Los haitianos, por ejemplo, fueron la mano de obra mal paga de toda la infraestructura para el Mundial Brasil 2014 y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, en 2016. Y Chile se benefició durante años del trabajo de los haitianos y les otorgó residencias y refugios como estatus legal. 

Sucedió que en 2018 ese país decidió comenzar a pedirles visa consular a los haitianos. Es decir, cerró las puertas de un tajo aduciendo problemas de integración. Y con la pandemia se acabaron los puestos de trabajo. Y comenzó el éxodo. Los haitianos quedaron a la deriva. No tuvieron otra opción que lanzarse a recorrer más de 8.200 kilómetros en busca de un lugar en el mapa donde sobrevivir. Esa es la distancia que hay entre Santiago de Chile y el primer punto en la frontera sur de Estados Unidos. Y Colombia está en la mitad del recorrido.

***

Salomón Pierre llevaba tres semanas hospedado en un hotel en Necoclí. Es un haitiano de piel negra brillante, musculoso, de facciones delicadas y una barba que le brotaba de la quijada como en remolinos. Parecía un modelo de revista. Sentado frente a la playa dijo algo que no suele salir publicado en la prensa:        

—El haitiano no llega aquí pobre. Cada haitiano viene con 2.000 o 3.000 dólares para este viaje. Nosotros no dormimos en la calle. Cada persona busca un hotel y lo paga. Los cubanos en cambio pasan y se van porque no tienen plata. Y aquí nos quedamos dos o tres semanas como  turistas mientras encontramos la mejor forma de irnos. Pero el sistema no quiere esto. El sistema internacional nos maltrata, nos usa como la peor mano de obra. 

—¿Hasta dónde quieres llegar en este viaje? ¿Es tan cierto eso de que vas en busca del ‘sueño americano’?

—Estados Unidos es un país de negocios y yo no quiero plata, yo quiero conocimiento, quiero saber el porqué de las cosas. Por eso intento ir a Canadá. Ese es un país que respeta la raza humana. Estados Unidos usa al migrante; Canadá, en cambio, le da oportunidades y no importa si eres negro o blanco —dice. 

Muchos testimonios de haitianos en el Urabá coinciden en que la vida en Chile no solo era dura sino indigna. El racismo es una palabra que se repite en cada testimonio. Esos 2.000 o 3.000 dólares de los que habla Salomón provienen de los ahorros que obtuvieron durante más de cinco años de trabajos extenuantes y en condiciones precarias. 

Y ese dinero es del que están viviendo las redes de tráfico de migrantes y todos aquellos policías colombianos que, durante el camino, extorsionan a estas personas por dejarlas seguir, aún cuando el salvoconducto que les entrega Migración Colombia a los extranjeros les debería permitir transitar libremente. Colombia se abre paso como la más infernal de las estaciones en toda Suramérica. 

Agbanzo Ayite Edem tiene 34 años. Nació en Togo, país subsahariano de África occidental. Venía viajando con tres amigos más. Y fue justo en Colombia donde varios policías los extorsionaron, al menos cuatro veces, según sus testimonios. Ellos también fueron presa de los traficantes de migrantes. Llegando a Cali, al parecer a las afueras de la ciudad, los bajaron del bus en el que venían desde Ipiales, y los encerraron en un cuarto en el que había por lo menos treinta haitianos. 

Allí les pidieron a cada uno 120 dólares más, aún cuando ya habían pagado el pasaje hasta Necoclí. Un haitiano le dijo a Agbanzo Ayite que era mejor dar el dinero porque esos hombres tenían armas. Los cuatro amigos africanos intentaron rebelarse, comenzaron a gritar, a pedir que los dejaran ir. Los tipos que los tenían encerrados les dijeron que debían esperar a que llegara el jefe, que era quien decidía si se iban o no. El líder de la banda apareció luego de varias horas, ordenó que montaran a los cuatro en un carro y se los llevaran. Agbanzo Ayite pensó que los iban a matar. Al final los dejaron tirados en una carretera. No sabían ni dónde estaban. Cuando tomaron un taxi, muertos de pánico, supieron que estaban en Cali, una ciudad de la que jamás habían oído hablar. 

 Lo que vino después fue una seguidilla de robos y extorsiones. Terminaron montados en un bus con varios haitianos rumbo a Necoclí. Una vez más, y a medio camino, los dejaron botados. Supieron después que estaban en Medellín. Faltaban 280 kilómetros, casi nueve horas de camino en bus. En esa ciudad otro hombre les cobró 100 dólares más a cada uno por llevarlos por fin al destino. Agbanzo Ayite y sus amigos ya no creían en la buena voluntad de nadie. Sin embargo, no tenían otra opción más que aceptar. Se subieron al vehículo. Luego de una hora de trayecto estos migrantes, extenuados y al borde del desespero, comenzaron a darse cuenta de que pasaban por los mismos lugares. El hombre les estaba dando vueltas en círculos por Medellín. 

—Todo era mentira —me dijo Agbanzo Ayite, con un dejo de frustración mezclado con risa, como si estuviera haciendo énfasis en el absurdo. Lo contó mientras se tomaba una gaseosa, sentado en la mesa de un bar que queda al frente de la playa de Necoclí. Eran las 7 de la noche y en la calle se escuchaba la algarabía de los migrantes que desde ese momento hacían fila para embarcarse al día siguiente por mar hacia Capurganá y luego a la selva. 

Ese muelle se ha convertido en un pasaje comercial de tenderetes donde es posible adquirir carpas para dormir, botas de caucho, menjurjes para las picaduras de culebra, plásticos, forros para celulares y pasaportes. Los migrantes han terminado dinamizando la economía de Necoclí. El pueblo ahora vive  más que del turismo, de las desgracias de ser migrante en Colombia. Este pequeño mercado es posiblemente el único lugar del país donde solo se reciben dólares.    

Lo que no dicen los vendedores de estos productos para la selva es que tras dos o tres días de caminata por el Darién, los migrantes, asolados por el cansancio, tienen que ir dejando prendas tiradas en el camino para aliviar el peso. A Panamá suelen llegar sin equipaje a sus espaldas y cargando apenas timbos con agua o lo que les quede de comida. 

Hay ‘coyotes’ que van montados en mulas durante todo el trayecto por el Darién esperando a que los migrantes desfallezcan de cansancio, como si fueran buitres al acecho de una presa. Cuando ven que alguien no da más por el agotamiento, les ofrecen llevar los maletines por 50, 60 o 100 dólares. Hace unos meses vi cómo un migrante se detuvo en un montículo de la jungla, cerca a la frontera con Panamá, y tiró al vacío su maleta con todo lo que allí atesoraba, luego de lo cual se acurrucó a llorar tapándose el rostro con la camiseta empapada de sudor. El ‘coyote’ de la mula vio rodar por el barranco la plata que había esperado por horas.   

***

Agbanzo Ayite y sus tres amigos finalmente lograron llegar a Necoclí a finales de julio pasado, tras haber sorteado otro robo más y haber pagado ‘vacuna’ a dos uniformados que se encontraron en el camino. Uno de esos policías les pidió 100 dólares a cada uno. Víctor Korku Tengey, uno de los amigos de Agbanzo, nacido en Ghana, ya no tenía más plata en el bolsillo. Por un momento pensó que ahí acabaría su odisea. Entre los acompañantes hicieron ‘vaca’ para sacarlo del apuro. La última vez que vi a los cuatro, estaban a la espera de salir hacia Capurganá.

En ese lado de la costa la situación migratoria parece salida de madre. Capurganá es un paraíso natural de no más de 4.000 habitantes afro, en su mayoría. Por un lado, es la puerta de entrada a la selva del Darién. Y por el otro, es una costa donde golpean las olas de un mar exuberante que destella azules cerúleos y aguamarinas. A eso de las 10 de la mañana arriban las lanchas con los turistas. Y hacia el mediodía aparecen los migrantes. Los nativos les dicen ‘los negritos’. Es fácil reconocer a uno de ellos en Capurganá. Vienen con enormes morrales, gorros y medias de lana, chaquetas, cobijas. Siempre hay niños. 

Apenas desembarcan, un grupo de jóvenes del pueblo los guía para sacarlos del muelle. Los forman en filas, como si se tratara de esclavos, y los conducen hacia un costado poco visible de la playa. Allí los espera una flota de mototaxis que más adelante los lleva hacia las afueras del municipio, a un sitio al que llaman ‘el platanal’, un potrero que parece estar sostenido sobre una caldera que hierve. El calor a 32°C es insoportable. Allí los migrantes esperan  que alguien dé la orden de entrar a la selva.

¿Quiénes cobran por estas rutas? En Capurganá entre nativos se conocen. No es difícil averiguar cómo funciona el paso de los migrantes.

—A los migrantes los explotan por todos lados. Les cobran 80 o 100 dólares a cada uno por traerlos hasta aquí. Con eso ya viene pago el transporte en mototaxi hasta ‘el platanal’. A veces incluye la quedada una noche en un hotel. Y la subida hasta cierto punto de la montaña. Hay días en que pasan por aquí entre 800 y 1.200 migrantes, imagínese la plata que circula. A eso lo llaman una línea, es como un ‘todo incluido’ —dice un hombre del pueblo. 

Este es un negocio opaco que podría considerarse tráfico de migrantes. Aún así, quienes lo manejan en Capurganá lo presentan como un servicio de guías. “Se muestran como guías pero son ‘coyotes’. Y los migrantes vienen siendo monedas de cambio”, me dijo hace unos meses monseñor Hugo Alberto Torres, obispo de Apartadó, el municipio más poblado de esa zona. 

Todos en el pueblo saben que esa supuesta “guianza” la prestan los miembros de un consejo comunitario afro llamado Cocomanorte. Emigdio Pertuz es el líder. Es un hombre de cara ancha, piel tostada, obeso. Intenté hablar con él en Capurganá. Lo vi sentado en una silla Rimax a la salida de una cafetería. Estaba en pantaloneta y chanclas, tenía puestas unas gafas oscuras tornasoladas como de esquiador. Me acerqué a él gracias a la gestión de un hombre de la zona que me estaba acompañando en los recorridos. Pertuz no me permitió hacerle preguntas.

—¿Usted responde por ellos? —le preguntó Pertuz al nativo que venía conmigo, al tiempo que nos señalaba a mí y al fotógrafo que tomó las imágenes que acompañan este reportaje.   

—Sí, yo respondo por ellos. 

—Listo —dijo Pertuz, luego de lo cual se dio vuelta y se fue.

Ahí acabó la conversación. 

Cocomanorte decide cuando hay o no paso de migrantes. Recoge dinero de ellos todos los días. Y la plata ha comenzado a verse en el pueblo. La nueva flota de mototaxis dedicada expresamente al transporte de migrantes es apenas un síntoma de la bonanza que ahora se vive allí. 

—Hay dólares lo que usted quiera. Los niños aquí ya no quieren estudiar porque saben que si se van al monte a cargar maletas vuelven con 50 o 60 dólares. Esta gente está (Cocomanorte) ahora haciendo obras, como si fuera el Estado. Construyeron un baño para que en los hoteles no se molestaran. Aquí solo hay dos funcionarios de Migración Colombia —cuenta otra persona que vive allí hace años. 

La presencia de periodistas resulta incómoda para quienes controlan el paso de los migrantes. Cuando estaba reporteando esta historia con Pedro Valtierra, el fotógrafo mexicano con el que anduve, en el muelle varios jóvenes nos hicieron fotos y nos grabaron mientras intentamos entrevistar a los haitianos que se bajaban de los botes. No nos quitaron el ojo de encima. Esa tensión fue la que hizo que buscáramos inicialmente a Pertuz.

No es claro si sienten en la prensa una amenaza. Lo que me dijeron algunas personas es que todos los que trabajan en esa cadena temen ser judicializados por la Fiscalía, que en Capurganá básicamente no existe.

—Entonces pueden pensar que ustedes son de alguna autoridad, que están haciendo inteligencia —dijo un hombre. 

Pedro se quedó unos días más en Capurganá intentando hacer más fotos. Sutilmente varias personas del pueblo le recomendaron irse.         

Nadie quiere meterse en líos en Capurganá. Todo se dice en voz baja, en parte porque esta es una zona en la que opera el Clan del Golfo, la organización criminal que más saca cocaína por las costas de Colombia. Su jefe máximo, Dairo Antonio Úsuga, alias ‘Otoniel’, nació en Necoclí y su nombre se dice aquí entre dientes. Él es patrón. Estados Unidos ofrece 5 millones de dólares por su cabeza. Y nada de lo que pasa con los migrantes ni con los asuntos cotidianos tanto en tierra como en el mar le es ajeno a esa organización. 

Sin la venia de los mandos medios del Clan del Golfo no podría pasar ningún haitiano por Capurganá. Siempre y cuando no haya prensa ni autoridades. Durante los días de la crisis migratoria de julio y septiembre, la presencia de periodistas y la visita de altos funcionarios del Estado hizo que el ambiente se tensara aún más. “No están dejando subir migrantes, los van a dejar ahí hasta que se calme la marea”, nos dijo otro habitante. 

***

En la mitad de todo este caos están esas miles de personas que huyen buscando una oportunidad en la vida. Los migrantes no están ahí por deporte o de vacaciones. De este viaje, en el que pueden perder la vida, depende una última opción de libertad. Agbanzo Ayite, con quien perdí contacto desde que lo vi en Necoclí, trabajaba en Togo en un restaurante sin descansar ningún día de la semana, sin vacaciones. Recibía un salario que acaso le alcanzaba para comer. No pudo terminar la universidad. 

Siendo más joven había intentado ganarse la vida en las playas de la ciudad de Lomé dibujando a turistas por algunos pesos. El desespero lo llevó a pensar en el viaje. Se inscribió en un grupo de danza folclórica y ensayó pacientemente durante meses varias coreografías, para ganarse un cupo y poder irse de gira con ellos a Chile. Allá llegó solo, sin hablar una jota de español. Llegó a Temuco, donde trabajó de albañil, sin documentos, de 6:30 de la mañana a 7:30 de la noche.      

—Si eres extranjero y sobre todo negro, la pasas mal. Lo más duro de estar en Chile es que no te tratan bien. No te puedes integrar. En un año y medio no conocí nada de la ciudad. Luego pude conseguir una guadañadora. Iba a las casas a cortar el césped. Pero en la pandemia nadie me contrataba, no querían que entrara a las casas. 

Agbanzo Ayite, sobre todo, se sintió muy solo. Por eso se fue y por eso terminó en Colombia con los tres amigos que hizo en el camino. No ha vuelto a aparecer en línea en su Whatsapp desde que lo vimos en Necoclí. Nos quedó su retrato, la foto que le tomó Pedro, esa mirada de un hombre cansado y noble que aún tenía arrestos y hasta buen humor para continuar el camino. Nos quedaron esos ojos enrojecidos que miran a la cámara como si estuvieran reclamando algo, tal vez solo una oportunidad.  

Pedro regresó a México. En Tapachula, estado de Chiapas, al sur del país, se encontró con varios migrantes que vimos en Necoclí. Y vio a Salomón Pierre, el haitiano que decía que quería ir a Canadá porque buscaba conocimiento, no plata.

—¿Cómo lo viste? ¿Qué te dijo?

 —Con la misma fe de siempre, pero sí un poquito desconcertado, la verdad es que el paso por el Darién y ese pinche viacrucis lo dejó extenuado. A todos. Llegan a México y  encuentran  que el gobierno le está haciendo el juego sucio a Estados Unidos. ‘Bienvenidos’, dicen los gringos, pero eso no es cierto. A los migrantes los están parando en el sur de México. La mayoría se están quedando en Tapachula. ¿Qué chingados van a hacer en Tapachula? Están muy desesperados. Es muy incierto todo. Está muy dura la situación —me contó Pedro. 

Y en Necoclí las cosas siguen igual. No se ve ninguna salida a la vista. De vez en cuando Migración Colombia y la Defensoría del Pueblo se reúnen en la frontera con sus colegas de Panamá. Pero nada cambia. No se erradicará el tráfico de migrantes si ambos países no facilitan pasos humanitarios que eviten que la gente muera en la jungla porque no está preparada físicamente para los oprobios del Darién. O que una niña quede abandonada en la selva porque no se sabe si sus padres se extraviaron o murieron. Los naufragios y las muertes en la montaña tienen unos responsables: las redes, los ‘coyotes’, los que ven en el extranjero sin documentos un negocio. Pero también son responsables los gobiernos. 

Hay más de 84 millones de personas que en todo el mundo se han visto obligadas a huir de sus países, según Acnur. Y el planeta no puede seguir girando como si nada pasara. Un migrante no pierde sus derechos solo por cruzar una frontera. Eso pensé cuando en el muelle de Capurganá vi a una familia de haitianos que acababan de bajar de un bote, con esos rostros de fatiga y, sobre todo, de incertidumbre. Llevaban a una bebé de tres meses en brazos. Le tenían puesta una pijamita blanca con estampados de cerezas con caritas felices. Una recién nacida, de ojos inmensos, pelo ensortijado. No pude hablar mucho con su padre, Joscam Desrosiers, porque los ‘coyotes’ no lo permitieron. Apenas anoté sus nombres. Kaisha Anne, se llamaba la bebé. Al día siguiente ella, tan pequeñita, tan quebradiza habría de estar en la desmesura del Darién, esa jungla que avasalla y que grita. 

FIN

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Acerca del autor

José Guarnizo
JOSÉ GUARNIZO: Es comunicador social y periodista de la Universidad de Antioquia y máster en Creación literaria de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Fue editor de Nación de la revista Semana, editor general de Semana.com, editor de investigaciones de El Colombiano. Ganador del premio Internacional de Periodismo Rey de España en dos ocasiones (en 2011 de forma individual y en 2020 como miembro de un equipo), del Premio Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa -SIP- (2020), del Premio Simón Bolívar en cuatro ocasiones (2018, 2019, 2020 y 2021), del premio Nacional de Periodismo Digital (en 2019), del Fetisov Journalism Award (2021, en trabajo colectivo) y finalista del Premio Gabo (en 2019, en colectivo), entre otros reconocimientos. Es autor de libros de no ficción, entre los que está La viuda negra, texto que fue llevado a la televisión por RTI y Televisa.
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