Linda Páramo: los retos de ser madre y sindicalista a la vez

Esta es la historia de una lideresa que aprendió que combatir los estereotipos que recaen sobre las mujeres y defender sus derechos es una lucha que empieza en casa. Con el apoyo de la Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia (Fescol).

22 de diciembre de 2020

Por: Sophía Gómez
Ilustraciones: Angie Pik

La primera advertencia que Linda Páramo escuchó sobre el sindicalismo fue la siguiente: “Usted no se va a meter en eso porque se le daña la vida y después queda vetada”. Así le contestaron sus tíos cuando ella se atrevió a nombrar, durante un almuerzo familiar, la posibilidad de acudir a la Unión Nacional de Empleados Bancarios (Uneb). Quería poner freno a los malos tratos que recibía siendo cajera principal del banco HSBC. 

Los gritos, los reclamos injustificados y las amenazas de despido que le hacía la subgerente de la sucursal de entonces, a quien prefiere calificar como ‘La innombrable’ -por temor a represalias- se intensificaron desde que ella quedó embarazada y se mantuvieron meses después de dar a luz a su hija Mariana. Linda asegura que estaba “totalmente vendada”. No sabía cuáles eran sus derechos y mucho menos tenía claro que su situación obedecía a un caso de acoso laboral. 

Viniendo de una familia de extrema derecha, en la que su tío Jorge Páramo y su esposa habían labrado su vida gracias al sector bancario, era casi un delito que Linda viera en el sindicato una opción para preservar su trabajo, por más difícil que fuera la situación. Pero ella estaba desesperada. Tenía que responder por una bebé prematura, que nació de seis meses y medio y que todavía tenía algunos quebrantos de salud. Además, su esposo Gonzalo se había quedado sin empleo. Era únicamente por ellos que callaba sus angustias y soportaba la presión en silencio. 

El acoso comenzó en 2008, cuando Linda regresó a Bogotá y pidió nuevamente la vacante. Ella había renunciado a Lloyds Bank en enero de 2005, después de casarse e irse a vivir a Villavicencio. Salió teniendo el título de mejor cajera a nivel nacional, pero cuando volvió con las manos vacías, tres años después, la entidad -ahora en manos de HSBC- le ofreció el puesto de cajera auxiliar y la condicionó a un periodo de prueba para volverla a poner como cajera principal. Las directivas desconocieron los seis años de experiencia que tenía en el cargo. “Yo dije ‘cualquier cosa es cariño’ y acepté”, afirma.

La nivelación de puesto y salario tardó nueve meses. Con sinceridad, ella reconoce que, pese a todo, fue ‘La innombrable’ quien autorizó su ascenso. Veía su potencial, aunque la tratara ‘a las patadas’.

Pero cuando Linda quedó embarazada, a mediados de agosto, el ambiente laboral propiciado por su jefa llegó a un punto crítico.

“El banco estaba repleto, yo tenía mi barrigota y trataron de meterle a la cajera auxiliar un cheque con una firma falsa. Junto a mi compañera nos dimos cuenta y alcanzamos a agarrarlo. Mientras tanto el teléfono sonaba y sonaba”, recuerda. Cuando contestó, asegura que lo primero que le dijo la subgerente fue:

¡Qué hijueputa está haciendo que no me contesta el teléfono!

El banco está lleno, trató de explicar Linda, pero la mujer no permitió que ella contara lo sucedido con el cheque y siguió diciéndole un pliego de groserías.

Ese era el trato diario que recibían Linda y sus colegas. El miedo a perder el puesto silenciaba a más de uno y cuando algún valiente se atrevía a mencionar el sindicato, la subgerente se mofaba: “Llámelos que yo los paloteo. A mí no me da miedo, a mí no se me hace así. Sale perdiendo usted”, expresa Linda al otro lado de la pantalla para recordar lo que le decía su jefa. Se nota que fue un mal momento. Frunce el ceño.

En noviembre, el cuerpo de Linda le estaba pasando factura por haberse doblado en turno durante varias semanas. Tenía tres meses y medio de embarazo y sus manos estaban más hinchadas de lo normal. Le dolían a tal punto que se le dificultaba contar los fajos de billetes. Quería cerrar la caja y volver a casa para descansar, pero no podía. 

A sus 32 años, concebir a su primera hija era un milagro. Tenía un diagnóstico de endometriosis y esterilidad, sumado a una hipertensión crónica que podía desatar preeclampsia. Y, aunque Linda conocía los peligros de someterse a jornadas tan extensas, ella seguía siendo la única fuente de ingresos en su casa. La subgerente lo sabía y se aprovechó de eso a tal nivel, que su acoso casi le cuesta la vida.

“Días antes una cajera se incapacitó y la jefa me dijo: ‘como usted se dobla en turno, porque su esposo no tiene trabajo y necesita la plata; usted se queda’. Yo le respondí que estaba muy cansada, que me sentía mal y que no quería doblarme más, pero eso no le importó. ‘No, no, no, usted se queda”, le dijo.

La decisión quedó en firme. De no ser porque a la mañana siguiente la gerente general notó el estado de salud de Linda y la acompañó a la Clínica de la Mujer, ella hubiera perdido a Mariana. Desde ese día, hasta dar a luz, el 8 de marzo de 2009, estuvo incapacitada porque la eclampsia era una nueva amenaza.

Para Linda, Mariana es su bendición, su motor. Por darle mejor calidad de vida soportó la pesadilla de volver al banco después del embarazo. Sin embargo, para cumplir con su meta tuvo que hacer caso omiso a la advertencia familiar.

Los primeros desafíos

Linda Marina Páramo Fandiño quería estudiar Arte Dramático cuando salió del colegio. “Yo debí ser dirigente de la Asociación Colombiana de Actores y no de la Uneb”, dice entre risas. Pero en esa ocasión sus tíos, quienes la acogieron en Bogotá a los 17 años, cortaron de tajo ese sueño y la metieron a estudiar un técnico en contabilidad y finanzas en el Sena. Sin saberlo, la encauzaron por el camino que la llevó a ser quien es hoy.

Desde 2010, Linda hace parte del sindicato. Aguardó un par de meses después del parto para decidirse, pero finalmente lo hizo. A sus 43 años cree que valió la pena aguantar el “bullying laboral” un tiempo más, antes de darle un giro radical a su vida. “Afortunadamente me esperé porque les hubiera echado la culpa a las hormonas del embarazo. No llegué de la manera más adecuada, lo debo decir. Busqué en Google qué es un fuero, qué es un sindicato y dije: ‘esta puede ser la solución para que no me despidan’. ¿Llegué de la manera más retorcida? Sí, pero muchos lo han hecho -reflexiona- después tomé conciencia de clase”. 

De buscar protección, pasó a velar por el bienestar de los trabajadores a ciegas. Desconocía a qué se enfrentaría desde el primer día.

Eran las seis de la tarde cuando Linda llegó a la sede central del banco, en la carrera octava con avenida Jiménez. Había sido designada para asistir a una capacitación tecnológica, con voceros de México e India, y después transmitir su conocimiento a los demás empleados. No obstante, ya en la entrada del edificio no la dejaron atravesar la puerta.

“‘Ya nos avisaron que usted es del sindicato y hay orden de no dejarla entrar’, me dijo el celador. Enseguida yo reporto eso a la Uneb y la solución que me dieron fue sacarme de permiso”.

Los permisos sindicales en Colombia son permanentes o por días. Se pactan a través de una convención colectiva, en la cual empleadores y sindicatos fijan las condiciones de uso de los mismos durante la vigencia de cada convención. En el caso del banco GNB Sudameris (en 2012, el Grupo Gilinski compró las operaciones de HSBC Colombia y por eso la entidad cambió nuevamente de nombre), la última convención tiene una duración de dos años y vence el 31 de agosto de 2021. Una vez pactado el número de permisos, es el sindicato -bajo un principio de autonomía- el que los otorga o retira a sus dirigentes o delegados.

Linda recibió un primer permiso de quince días cuando ingresó a la Uneb, destinado a cumplir actividades propias de la organización. El resto del mes trabajaba normal. Eso causó incomodidad en sus compañeros del banco, pues fue víctima del prejuicio que dicta que sindicalista es sinónimo de vago o de guerrillero. “El que se metía al sindicato era como si hubiese bajado su condición como ser humano”, dice para explicar cómo la hacían sentir. 

Su liderazgo ha crecido de tal forma en la Uneb, que desde 2012 ella no cumple propiamente su función como cajera. Tiene permiso permanente, destinado a atender las necesidades de los trabajadores desde el sindicato.

Una lucha de dos

En 1997, Gonzalo Díaz y Linda se conocieron en su primer trabajo. Ella era pasante contable y él, jefe de mantenimiento en la empresa de cerraduras Schlage Lock de Colombia. Gonzalo estaba tomando tinto en una cafetería cuando un amigo le presentó a quien sería su esposa en 2004. El préstamo de un libro que, si la memoria no le falla, era Caballo de Troya, dio pie a una relación de dieciséis años; ocho como novios y el resto, de casados.

Pese a su separación, Linda afirma que sin él no hubiera sido posible estudiar, trabajar, ser sindicalista y mamá al mismo tiempo. “Las cosas como son, tuvimos un maravilloso matrimonio. Él siempre me ha apoyado”.

Fue Gonzalo quien envió la hoja de vida de Linda a Lloyds Bank en 1998, cuando el salario mínimo que ganaba en la empresa de cerraduras no alcanzaba para cubrir sus gastos. Él también sirvió de paño de lágrimas cuando ella tuvo que abandonar su carrera de Derecho porque el banco cerró el horario adicional, que le permitía asistir a la universidad en el día. Más adelante, cuando la situación en el banco se hizo insostenible, Gonzalo le dio el impulso que necesitaba para unirse a la Uneb.

“Una de las tantas decisiones que tuvimos que tomar en ese momento fue la de que yo me quedara quieto un tiempo, por lo menos hasta que la niña tuviese una edad propia para ir al jardín. Esos primeros tres años fui amo de casa. Una labor bastante dispendiosa, pero que se hizo con todo el amor del mundo porque en esa época ella entró a estudiar nuevamente”, relata Gonzalo. 

Linda quería romper la maldición del cuarto semestre. A los 21 años, entró a la Universidad Externado de Colombia, donde tuvo que sobreponer el trabajo a la jurisprudencia. Después, probó suerte en la carrera de Administración de Empresas, pero se dio cuenta de que no era lo suyo, y como se la pagaba ella misma, renunció. Finalmente, en 2011 retomó el Derecho en la Universidad Cooperativa de Colombia en horario nocturno. La institución quedaba a dos cuadras del sindicato, en el barrio Teusaquillo, así que la dinámica se facilitó. Se graduó con honores.

“En este país se habla mal de los sindicatos. Poco se muestra que son quienes más se preocupan por los empleados y promueven unidad y mayores beneficios entre los gremios: créditos de vivienda, auxilios de estudio, servicio de salud. De no haber sido por el sindicato, Linda no podría haber sacado su carrera adelante, porque en últimas fue el banco quien le pagó su estudio”, añade Gonzalo. 

En su hogar sobró la paciencia, no hubo reproches. Los fines de semana y durante las vacaciones universitarias, Linda trataba de dedicarle el mayor tiempo posible a la pequeña Mariana y a su esposo. De lunes a viernes, ejercía como cajera, se ponía a tono con la plataforma sindical y centraba sus esfuerzos en dar garantías a los trabajadores; principalmente mujeres que llegaban a ella buscando una guía.    

De su familia en general, solo su abuela Marina la respaldó. Nunca la cuestionó y, por el contrario, le brindó una voz de aliento por asumir el reto de desarrollar varias facetas de su vida a la vez. A sus 90 años, sigue aplaudiendo los logros de su nieta.

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Poder femenino

Quienes no conocen de cerca el trabajo de Linda le reprochan que su labor es más fácil que asistir a una oficina de ocho a cinco, pero lo cierto es que sus jornadas son muy exigentes. Entre reuniones, visitas al banco, capacitaciones y conferencias, a duras penas tiene un par de horas libres al día. “Se toma tan en serio su trabajo sindical y tan personal las cuestiones de los trabajadores, que muchas veces deja de lado a su familia para solicitar a los gremios mejores garantías”, cuenta Houseman Araújo, su esposo desde 2016. 

Ha pasado una década desde que ingresó al sindicato y aún se considera una principiante que tiene mucho por aprender. Los sindicalistas de vieja data han sido su soporte, sus consejeros en formación política. Gracias a ellos, explica, entendió el valor de su trabajo. Nunca más se avergonzó de promocionar las actividades que realizaba con la Uneb, en redes sociales y reuniones con amigos. “Siempre va a haber un rechazo, sea de un compañero o familiar, eso es muy difícil, pero hay que aceptarlo”, dice.

La Uneb es un sindicato con 7.917 afiliados en todo el país, 5.261 son mujeres. Por esto, Linda siente que está en el lugar indicado para dar la pelea por lograr la paridad de género en los cargos de poder. Hace poco, su referente y colega, Sofía Espinosa, obtuvo la presidencia tras 58 años de patriarcado en la organización. Eso la impulsa y la llena de fuerza.  

Actualmente, Linda integra el Comité Nacional de Empresa del Banco GNB Sudameris. Son tres mujeres y dos hombres. 

Sumar adeptos al sindicato en el banco es una tarea difícil. “Tenemos el reconocimiento de la gente, pero también están los sindicatos de papel a los que muchos se afilian por una ancheta y una fiesta a final del año. La cosa cambia cuando tienen problemas porque ahí sí buscan a la Uneb. Esto es desmotivante -el silencio dura algunos segundos mientras habla del tema–, nosotros hacemos plantones, denuncias, acciones jurídicas que son importantes para ellos y aun así nos cuesta convencerlos”. 

Independiente de ello, y aunque no haga parte del sindicato, el comité del GNB intercede por quien lo necesite. A la fecha, cuenta con 197 afiliados, de los cuales el 54% son representación femenina.

Linda también integra el equipo de mujeres y jóvenes de la Uneb y suma su granito de arena en el equipo de comunicaciones. Además, participa en el Comité Operativo de la Mujer de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) y la Red UNI Mujeres Colombia. A comienzos de este diciembre, la Organización Internacional del Trabajo les extendió una invitación para trabajar de la mano con ellos. Linda no cabe de la dicha. 

Responder en tantos frentes es agotador, por supuesto, pero la sonrisa en su cara, al hablar de ello, demuestra que está satisfecha y contenta. 

Jorge Páramo y su esposa no hablan sobre el proceso sindical de su sobrina. Todavía les cuesta aceptar su elección, pero no por eso ella deja de recordar un sabio consejo que le dieron: “Mija, estudie para que no le toque tan duro en la vida, no para ser alguien porque usted ya lo es, sino para que le toque más suavecito”. Actualmente, Linda está metida en varios cursos virtuales y no ve la hora de tomar más para capacitar a sus compañeros.

El pacto entre padres que muchos juzgaron

En 2012, Linda se separó de su primer marido y a partir de ahí se dio cuenta de que el machismo es una ideología que trasciende a su familia, su círculo social y a los miembros del mismo sindicato al que pertenece.

 “La relación se fue deteriorando con el tiempo, ambos lo sabíamos, pero no lo queríamos decir”, explica Gonzalo. Él jamás ha creído que la actividad sindical de su exesposa haya tenido que ver con la ruptura. “Fallamos como pareja, se nos acabó el amor”, agrega ella.

Mariana acababa de cumplir tres años y, en honor al amor que sus padres le tenían, ambos hicieron un pacto que se ha mantenido hasta hoy: ninguno le hablaría mal a la niña del otro. Ella estaría fuera de las discusiones de adultos y las fechas especiales serían motivo obligatorio de encuentro.

La premisa siempre fue el bienestar de Mariana y, bajo ese concepto, Linda tuvo que dejarla ir. Gonzalo nunca quiso quitarle a la niña, pero él contaba con el apoyo de sus papás para cuidarla, mientras trabajaba como poligrafista. Ella no tenía esa suerte. Asimismo, Linda estaba a mitad de carrera y le aterrorizaba que un tercero estuviera con la pequeña durante gran parte del día.

Fue ahí cuando ella propuso que su hija se mudara con él a la casa de sus suegros en el barrio Niza, en el norte de Bogotá. Linda la recogería los viernes para llevarla a sus encuentros de scouts y Gonzalo la traería de vuelta el domingo o el lunes, en caso de ser festivo. El acuerdo era perfecto, o al menos así lo consideraron en su momento y lo siguen haciendo, sin importar las críticas. 

“Para muchas de mis tías eso fue peor que ser sindicalista. Me dijeron que cómo iba a renunciar a mi hija. Yo no lo sentía así. Solo la estoy dejando de ver cinco días a la semana y no creo que sea un pecado capital”, afirma.

Mariana ya tiene 11 años. Sigue viviendo con su papá. Pero la decisión que Linda tomó pareciera que quedó plasmada sobre su rostro con tinta indeleble. Cuando algunos adversarios, en el ámbito político, no ven forma de contrarrestar su trabajo sindical, usan su vida personal para herirla. 

Dory Capera, su amiga y dirigente de la CUT Bogotá-Cundinamarca, ha sido testigo de eso. 

“Linda ha tenido costos emocionales y afectivos fuertes por ejercer su liderazgo femenino. Hoy, ella sigue enfrentando los chistes y comentarios desobligantes sobre ‘las malas mamás’ que no asumen su maternidad. No sobra el comentario para hacerla sentir mal porque no tienen otra manera de responder al trabajo que está liderando”, cuenta. 

Juntas, han comprendido la importancia de llegar a espacios de decisión en el mundo sindical, para transformar los estereotipos que recaen sobre las mujeres. Dory aspira a que Linda llegue algún día a la Junta Directiva de la Uneb. “De ella valoro cuatro cosas fundamentales: es una mujer que se abrió un espacio en la ciudad, muestra empeño por trabajar, no deja las cosas a medio camino y, además, le gusta formarse y poner en práctica lo aprendido, direccionándolo al enfoque de género”. 

Cuando Linda se siente devastada y los juicios la inundan, revive unas palabras que le dijo Mariana. 

“Un día estábamos en la Feria del Libro con mi hija y había un stand de paz, donde los niños podían dibujar. Nunca se me va a olvidar que Mariana tenía como cinco años y me dijo: "¡Mami, mami! mira, eso es en lo que tú trabajas, en la paz… Yo casi me muero, flotaba de orgullo”. 

No es que no le duelan las recriminaciones, pero teniendo el apoyo de su pequeña, su actual esposo y hasta del propio Gonzalo, lo demás es manejable. 

Heridas familiares que no sanan

Linda no habla mucho de sus padres porque la relación con ellos involucra una mezcla de sentimientos muy difícil de digerir. 

“Yo crié a mis hermanos. Mi mamá, por sus migrañas, no podía hacer muchas cosas como mi papá, pero le acolitaba todo y siempre lo prefirió a él por encima de nosotros. Ella (Esperanza), muy enamorada de él toda la vida. Mi papá (Javier), mujeriego, toma trago, en fin”.

Linda nació en Bogotá, pero pasó su infancia y adolescencia en dos pueblos pequeños de Cundinamarca. En un acto de lucidez, Javier Páramo llevó a su familia al municipio de Tenjo cuando nacieron los gemelos Óscar y César; cuatro años menores que su primogénita. Allí, la vida era simple, humilde y con carencias, pero entre todo, menos dura de lo que pudo llegar a ser en la capital. 

Un carro de balineras, un trompo y las vías destapadas eran fuente de alegría para los tres hermanos. En eso concuerdan. Sin embargo, respecto a lo que sucedía en la vivienda, hay discrepancias. No se juzgan entre sí, pero son conscientes de que cada uno conoció a un par de papás distintos.

“Mi hermana desde su adolescencia fue muy madura, juiciosa en el colegio, siempre le gustó leer. Pero cuando salía tenía que llegar a las doce, como la Cenicienta, porque mis papás eran muy estrictos. Por la rebeldía, propia de la juventud, fue que Linda arrancó y se fue de la casa. Ellas tenían buena relación, pero mi mamá es muy terca y chapada a la antigua y fue duro para ella afrontar su ida”, cuenta Óscar; quien aún vive en la casa familiar. 

Pero su hermana no vio firmeza en el modo de crianza que recibió, sino una combinación de maltrato y falta de respeto. 

“Mi mamá empezó a dejar a mis hermanos a un lado. Yo era muy independiente y siempre tuvimos problemas. Me cuidaba en exceso, ahora se lo agradezco, pero también se le iba la mano. Me golpeaba mucho… Yo la quería de igual manera, pero todo lo que ella ha sido en su vida, es lo que yo no quiero ser”. 

Al salir de Tabio -porque después de Tenjo se mudaron a ese municipio- Linda pidió posada donde sus tíos y no recuerda que sus padres intentaran detenerla. “¿Con qué autoridad lo iban a hacer?”, se pregunta. Una vez se apartó de ellos, batalló por tener una mejor calidad de vida y se prometió a sí misma no dejar que nadie más le pusiera un dedo encima. A lo mucho, un tipo una vez le apretó el brazo y desde entonces no ha permitido que sus siguientes parejas la humillen o la condicionen, como tantas veces lo hizo Javier con Esperanza.

El contacto entre los señores Páramo Fandiño y su hija fue casi nulo mientras ella labró su trayectoria profesional y personal en la ciudad. Eso sí, cuando Mariana nació sus abuelos la conocieron y mejoró por algún tiempo la relación. Mas el amor que aún sentía Linda por ellos se quebrantó, a un punto sin retorno, cuando estuvo de por medio su otro hermano, diagnosticado con cáncer cerebral. 

En 2011, César agonizaba y lo único que pedía era que lo llevaran a su casa para morir tranquilo. “Para ella fue muy duro emocionalmente. Tuvo que volver a Tabio”, relata Óscar, el otro hermano. 

“Se portaron muy mal. Por ejemplo, allá supe qué era ver a mi papá poner el televisor a todo volumen, mientras mi hermano no podía con los dolores de cabeza”, dice Linda. Tiene los ojos encharcados. Toma un respiro para no llorar. 

César murió dos semanas antes de cumplir los 30 años. 

“Adoro a mi papá, pese a todos los errores que cometió. Ayudo a mi hermano económicamente, para sostener a mis padres, porque la moral me lo dice, pero a mí no me pidas que vaya un día de la madre a celebrar porque cuando fui mamá la entendí menos. Yo por esa niña soy capaz de hacer lo que sea y me pregunto: ¿A mi mamá qué le pasó conmigo? No lo sé, nunca lo sabré”. Hoy, tiene claro que no quiere repetir esa historia con su hija. 

Pequeñas grandes victorias

Sindicalizarse en el gremio bancario, y en otros tantos, representa que la persona se quede en el mismo cargo hasta que se retire, o sea despojada de sus funciones por incurrir en una causal de despido del Código Sustantivo del Trabajo. A Linda le ocurre lo primero. Ingresó a Lloyds Bank, vivió la transformación a HSBC, la posterior compra de GNB Sudameris y, después de 20 años en la entidad, aún sigue siendo cajera principal. Estaba perfilada para ser subgerente y tal vez mucho más que eso, pero esa opción se esfumó cuando se unió a la Uneb. 

En todo caso ella no se arrepiente. Su primer logro fue potenciar, junto al sindicato, espacios para que, uno a uno, los empleados denunciaran conductas abusivas que padecían por culpa de personajes como ‘La innombrable’ -quien salió posteriormente de la compañía- y de otros tantos que en algún momento impusieron un régimen de terror en la sucursal. 

Ya son diez años como dirigente, muchas historias y batallas libradas en conjunto con el Comité Nacional de Empresa y el equipo jurídico de mujeres y jóvenes. Después de horas de conversación, Linda enumera con emoción varios logros concretos conseguidos gracias a la lucha sindical, como evitar el despido de una colega cuando aún estaba en licencia de maternidad o impedir que echaran a otra trabajadora sin previa orden de un juez laboral para levantar su fuero sindical. En 2019 los hombres también dejaron de estar, por primera vez, a la cabeza de la Secretaría de la Mujer de la Uneb. Liliana Palacios asumió la dirección.

Y este año tan difícil, en medio de la pandemia por el coronavirus, la Uneb capacitó, en alianza con la Red de Activistas Defensores de Derechos Laborales (Redal), a 92 mujeres y 72 hombres en derecho laboral colectivo e individual, inspección de trabajo y seguridad social. Linda hizo parte de los tutores. Además, de marzo a noviembre, ocho miembros del sindicato (incluidos dos hombres) se graduaron de la Escuela de Género y Nuevas Masculinidades “Bertina Calderón Arias” de la CUT Bogotá-Cundinamarca, un trabajo en el que la participación de la Uneb fue fundamental. 

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El amor verdadero

Mariana solo ha recibido dos palmadas en su existencia: la primera, cuando tenía un año y medio de edad porque se negó a ir al baño y le lanzó un manotazo a su mamá en la cara. Y, la segunda, tras una pataleta en Medellín después de la cual la pequeña cogió un control remoto para responder al regaño.

Ambos sucesos le carcomían la conciencia a Linda porque no quería repetir lo que vivió en su infancia. En ese entonces, admite, no sabía ser mamá de tiempo completo. Gonzalo era quien le decía cómo actuar con la niña, pero si estaban a solas ella no tenía autoridad. Usar la fuerza con Mariana hacía mella en su pasado.

“Mi mayor miedo es que ella me odie como yo siento a veces que odio a mi mamá, esa es la verdad”.

Para poner un alto a ese ciclo del conflicto con su madre y no quedar condenada a repetir la misma historia, Linda abrió su mente y escuchó consejos. La esposa de un primo le enseñó técnicas para calmarse, hablarle con firmeza a su hija y corregirla de otras maneras antes de que fuera demasiado tarde. Desde entonces, el lazo maternal con Mariana se fortaleció un ciento por ciento. 

Comparten el gusto por tejer, su afición por los gatos y hablan por videollamada a diario. Durante la pandemia, las visitas han sido contadas por seguridad: cumpleaños de ambas, Halloween y la ceremonia virtual de grado de quinto de primaria. 

Si estuviera entre sus posibilidades, Linda mantendría a Mariana en una bóveda para protegerla de los peligros. Mataría por ella, no lo duda. Y por eso, como reflexión final expresa:

“La maternidad no es una opción para ser completa, respeto a las que dicen ‘no quiero tener hijos’, pero a las que sí quieren ser mamás les digo que van a conocer el amor verdadero. El que no está en un hombre o en la mamá, que es para toda la vida y no termina de comprenderse”. 

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