“Llévame contigo, amor”: la noche oscura de Sandra, la madre de Santiago Murillo

Santiago Andrés Murillo tenía apenas 19 años. No murió, lo mató la Policía en Ibagué, la noche del 1 de mayo. Relato del grito desesperado de una madre a la que le arrancaron el amor de su vida.

5 de mayo de 2021

Por: José Guarnizo @JoseGuarnizoA / Ilustración: Angie Pik

Sandra Milena Meneses Mogollón gritó y lloró del modo en que solo se puede gritar y llorar cuando te arrancan un pedazo del cuerpo. El grito le salió roto y estridente. Se escuchó de fondo como un quejido desavenido mezclado con llanto. Fue una reacción inconsciente, un estallido de aire que entró a los pulmones, pasó por las cuerdas vocales y salió con una fuerza que habría sido capaz de hacer volar una hoja si la hubiese tenido en frente. 

A la salida de la clínica Nuestra, de Ibagué, cuando eran las 9:15 de la noche del 1 de mayo, Sandra Milena estaba recibiendo la noticia: su hijo adolescente, su único hijo, el que planeó con su esposo durante dos largos años antes de quedar encinta, estaba yéndose en ese instante de este mundo y para siempre con un disparo en el pecho. 

“¡Me lo mataron hoy, entonces que me maten porque me voy con mi hijo!”, gritaba. 

“¡Me voy con mi hijo, me voy con mi hijo, es mi único hijo!”, gritaba.

“¡Me matan a mí, me tienen que matar a mí, a mí me tienen que pegar un tiro también, ¿dónde están? ¿dónde están?!”, gritaba, como si quisiera que la llevaran adonde los asesinos.

Su lamento se escuchó a varios metros de distancia y se filtró de reojo en la cámara y muy decididamente en el micrófono que tenía encendido el periodista Miguel Ángel Figueroa, de la emisora Ecos del Combeima. En ese momento él estaba entrevistando a Laura Fonseca, de la Red de Derechos Humanos del Tolima, quien, con la voz quebrada, denunciaba los excesos del Esmad de la Policía en las marchas de protesta que habían transcurrido por el Día del Trabajo y por la reforma tributaria que el gobierno de Iván Duque pretendía hacer pasar en el Congreso.

Segundos antes de que se escuchara el grito de Sandra Milena, muy cerca lloraba una jovencita de 19 años. Era de pelo crespo abundante y negro, menudita. Sostenía en las piernas un morral rosado. Estaba siendo atendida por una enfermera en el andén:

—Unos policías me cogieron a pata cuando estaba en el suelo, y yo sufro de epilepsia—decía—.

—¿Hace cuánto te diagnosticaron epilepsia?

 —Desde los 11 años.

—Tienes un golpe contundente y un hematoma de diez centímetros, ¿vale?—le decía la enfermera.  

Estaban en esa conversación cuando, a dos pasos de allí, Sandra Milena dejó salir su primer grito de dolor. Le acababan de decir que Santiago no había sobrevivido a una bala que le entró por el tórax y que encontró una salida en el brazo derecho.  

“¡Llévame contigo, mi amor, hijo, hijo, llévame mi amor, hijo, bebé, llévame contigo, mi amor, hijo mío, llévame contigo, por favor, llévame contigo!”, gritaba fuera de sí y en estado de shock.

El camarógrafo, por un pudor instintivo, desenfocó a Sandra Milena y puso el lente sobre la puerta de entrada de la clínica. Solo se veía la fachada del hospital. En las imágenes apenas aparecía un frío ventanal opaco con manubrios de metal. Y atrás, muy cerca pero sin que se pudiera ver en la pantalla, estaba quedando grabado el sonido del llanto áspero y ahogado de Sandra Milena. Era la escena más fiel y exacta de lo que significa la desolación.

Dicen que los seres humanos gritamos y lloramos al nacer porque es la única forma de plantarnos en el mundo como alguien que existe y que necesita de los demás. Sandra Milena había escuchado el primer grito de su hijo Santiago Murillo justamente en una clínica el 24 de diciembre de 2002, el día que lo parió hace 19 años. Pero luego los gritos aparecen en otras edades como una forma de expresar lo inexpresable. Es un mecanismo de defensa que indica que hay algo más allá de las palabras, algo que sobrepasa la capacidad de entender. Alguien me diría al día siguiente que el grito de Sandra Milena le parecía tan desgarrador como insoportable. Y tal vez tenía razón. No se puede soportar porque va en contra de la naturaleza que una madre asimile que a su hijo lo acaban de matar. Los gritos de Sandra Milena —los gritos de una mamá por un hijo que recién fallece—, bien podrían venir del útero, ese lugar sanguinolento y perfecto donde comienza la gestación del bebé que luego llora y grita. Y es por eso que resuenan, por eso ensordecen, por eso retumban, por eso exprimen el alma, por eso son insoportables.

**

A eso de las 8:30 de la noche del 1 de mayo, Santiago iba de regreso a su casa cuando se encontró de frente con un grupo de policías. Venía solo, caminando en sentido sur-norte por la carrera quinta, una de las principales avenidas de Ibagué y si acaso la más concurrida. Muy pocos carros circulaban. A esa hora la ciudad aún vivía los restos del caos de las marchas que habían tenido lugar durante el día. La Red de Derechos Humanos del Tolima, departamento del que es capital Ibagué, estaba denunciando al cierre de la jornada que la policía había reprimido la protesta con violencia, que habían acorralado y gaseado a los veedores y que, como saldo que le agregaba un manto de zozobra a la noche ya de por sí oscura, se contaban en 25 las personas desaparecidas. Eso decía Laura Fonseca, la vocera de la red.

En la esquina a la que había llegado Santiago había poca luz. Las lámparas chorreaban algunas manchas amarillas sobre el asfalto. Una decena de uniformados estaban dispersos sobre la arista donde se ubica la librería Panamericana, justo por donde Santiago tenía que pasar para llegar a su casa. Es probable que se haya sentido atrapado al otro costado de la calle y que haya dudado varias veces si cruzar o quedarse ahí unos minutos. Quizás el miedo de pasar por el separador lo mordió por dentro unos instantes. Una tanqueta del Esmad con protección balística avanzaba lenta hacia el sur en contravía.

Santiago tenía una gorra negra, un buzo oscuro de manga larga, un maletín Totto de esos que se abren con candado. Se había ido caminando desde la casa de su novia, Estefanía Silva, que vive muy cerca del Estadio Manuel Murillo Toro. La última caminata de Santiago pudo haber demorado 29 minutos, un poco más, un poco menos, a lo largo de 2,4 kilómetros. Santiago se había asegurado de dejar su bicicleta verde Trek en la casa de Estefanía para evitar que se la fueran a robar. La tenía hacía un año y era un objeto preciado para él, casi al punto de rendirle culto.

Antes de salir llamó a su papá para que lo recogiera en el taxi en el que trabaja y lo llevara a la casa. Sin embargo, a don Miguel Murillo, que estaba rodando a esa hora por la ciudad haciendo carreras, se le había descargado el celular. Santiago no vio otra opción que emprender el camino a pie. Hasta que llegó a esa esquina donde su vida estaba a punto de ser fulminada.

A dos cuadras, en un edificio de fachada de ladrillo sobre la calle 62, Santiago había vivido sus 19 años de vida. Los amigos con los que creció siempre lo llamaron Pirry y a él no le molestaba el apodo. Nunca andaba en grupos, se la pasaba con la novia, a veces en bicicleta, o sacando a una perrita llamada Violeta que había adoptado de una veterinaria. Juan Rojas, su primo, su mejor amigo, compinche y hermano de vida me dijo que Santiago no era de seguir modas, siempre quiso llevar la contraria en los asuntos más elementales de la vida. Mientras todos los amigos se inclinaban por la onda del reguetón, él prefería escuchar The Weekend; si los pelaos del barrio se vestían de negro, él prefería las camisetas blancas. Y no le importaba lo que pensaran de él.

Juan tiene 17 años. Estaba algo nervioso cuando lo llamé. Tenía la voz hecha pedazos de tanto llorar. Me dijo que el día de las protestas del 1 de mayo Santiago no estaba marchando: su presencia allí fue trazada por el azar. Pero sí habían ido juntos a las calles el jueves 29 de abril. A pesar de que sus padres lo instaron varias veces a no salir por los peligros y las historias de desmanes y violencia que campeaban en las calles, Santiago quiso estar allá con Juan haciendo presencia en el paro. Caminaron, se rieron, gritaron, conversaron, y se devolvieron a la casa. A Santiago lo atravesaba una intuición genuina de reclamarle al gobierno por algo que no consideraba justo. Su último post de Facebook demuestra que sus propósitos nunca fueron violentos. Habló de usar pinturas con el Esmad, como método “no ofensivo, no es violencia porque no hace daño físico”, escribió.

En Ibagué los jóvenes tienen muchas razones para protestar. Crecí en esa ciudad que ahora bordea los 600.000 habitantes y que está a tres horas y media de Bogotá. En el barrio Jordán séptima etapa, que se ve en el paisaje como un puñado de casas que se esparcen alrededor de un hoyo formado por montañas, pensar en llegar algún día a la universidad siempre fue un imposible. Era como una especie de muro con el que crecías y escalarlo no parecía un derecho sino una utopía. La opción era irse, buscar suerte en otro lado. Según los últimos números del Dane, 236.696 personas viven en Ibagué en la pobreza, esto es más de una tercera parte de los habitantes. Sin contar que durante la pandemia del coronavirus la pobreza extrema aumentó en un 300% y ahora hay 72.675 ibaguereños en ese cruel rango de medición. Ibagué es la cuarta ciudad con más desempleo en Colombia. Aunque a Santiago nunca le faltó nada, tampoco es que viviera en la abundancia. Sandra Milena es esteticista y se la rebusca con clientas que recibe en su apartamento. El papá, Miguel, maneja taxi. Santiago varias veces dijo que quería montar su propia empresa de ropa, soñaba con tener una línea de chaquetas. Esa fue la razón por la cual Sandra Milena entró al Sena a estudiar patronaje. Era un plan, era lo que seguía después de que Santiago terminara el bachillerato.

Sandra Milena intenta capturar en su cabeza la última imagen que tiene de Santiago en vida. Lo ubica en el apartamento, ya casi listo para irse a la casa de su novia:

—Mami, ¿me puedo comer los cueritos del pollo?—fue lo último que le preguntó. Y ella, mientras le hacía las uñas a una clienta en la sala, le dijo de reojo que sí, que claro, que tuviera mucho cuidado en la calle porque la cosa estaba maluca, que se quedara donde  Estefanía, con la que andaba para arriba y para abajo. No se alcanzaron a despedir de beso. Solo se dijeron adiós. Don Miguel montó la bicicleta en el baúl del taxi y llevó a su hijo. Quedaron de hablarse más tarde por chat.

—Mijo, me escribe para venir a recogerlo—le dijo por última vez. El celular se estaba descargando y Miguel no se había dado cuenta.

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**

Los testigos inmediatos son trascendentales a la hora de investigar un crimen. Janer Andrés Galindo no conocía a Santiago, pero estaba ahí. Lo vio todo. Es un muchacho moreno, alto, de 20 años, al que le sobresale un piercing en la parte alta de la nariz, ahí en la mitad de la entreceja. Cuando le dispararon a Santiago, Janer se acercó a la clínica Nuestra. Estaba con un tinto en la mano, sudoroso, preocupado. Su relato es muy importante:

“Mal hecho que la policía accione sus armas contra el pueblo, nosotros no tenemos la misma capacidad de fuerza que ellos. Encontré a una chica primero, estaba sola, la acompañé, le dije que estuviera conmigo para que no andara sola en el momento en que algo pasara, veníamos bajando por la quinta, encontramos a un grupo de pelaos solos, yo los halé también, ‘ey muchachos, están solos, vamos bajando para donde están los otros’. Cuando llegamos a la calle 60 iba bajando la tanqueta y llegó un grupo de policías en moto y pararon ahí en la esquina de la Panamericana”, dijo.

En ese momento Santiago ya debía estar en la esquina y se alistaba a cruzar la calle.

Janer continúa:

“Nosotros veníamos del carril opuesto bajando, sin nada, sin hacer bulla, sin pelear, sin protestar y pasa la tanqueta subiendo de nuevo, un chico tira una roca, suena, cuando la golpea se escucha el accionar del arma. Un pelao que iba cruzando grita, pega el grito, ‘¡ayuda, muchachos, mi brazo!’, asustado porque no se sabía si era en el brazo o dónde lo habían impactado. Cuando más adelantico, el pelao cayó. Yo fui directo hacia el policía que estaba ahí presente, le hice el reclamo, que por qué usaba las armas contra nosotros, que nosotros no tenemos nada”. Según Janer y otra joven de la que omito su nombre, a Santiago le disparó un policía motorizado.

Un video publicado por el portal El Olfato.com muestra lo que estaba ocurriendo minutos antes de que llegara Santiago. Un grupo de encapuchados se había enfrentado a piedra allí mismo con unos policías. Rocas fueron y vinieron de parte y parte. “Policías lanzando piedras, vea”, dice en el minuto 2:23 el hombre que está grabando. Y sonaron 20 disparos. Pudo haber corrido mucha más sangre de la que se derramó. Los ánimos estaban al borde del cataclismo.

Lo decisivo en el video viene después, casi al final cuando ya se habían disipado un poco los desmanes anteriores. No se ve cuando le disparan a Santiago, pero las imágenes sí sirven para mostrar los elementos de la escena, que coinciden con el testimonio de Janer. La presencia de la tanqueta, la roca y el disparo se hacen evidentes -aunque no se vean- cuando las nombra la voz femenina que está con el hombre que graba el video.

—¡Le dieron, lo mataron, le dieron, no, le dieron al muchacho!—dice la mujer, mientras el celular enfoca al grupo de muchachos que llegó a auxiliar a Santiago.

—Lo mataron—dice la voz masculina.

—¡Qué llamen a una ambulancia!—dice ella.

Alrededor de Santiago se ven muchachos que gritan y piden auxilio. 

—No terminaron fue haciendo nada—dice el hombre que graba con el celular. 

—¡No! Le tiraron fue a la tanqueta, ¡ni siquiera fue a ellos!—espeta la voz femenina.

Y es precisamente esa frase la que no desmiente a Janer. Habla de que algo le lanzaron a la tanqueta y no a los policías. Y Santiago estaba ahí, solo, como encarcelado en el andén sin poder cruzar la calle. El video se termina. Lo que pasó después podría resumirse en una sola palabra: desespero. La ambulancia llega y se lleva a Santiago, quien en ese momento aún daba señales de vida. Unos policías llegaron al hospital y pidieron el maletín de su víctima. Rasgaron el candado, esculcaron y no encontraron nada. Ese hecho lo denunció don Miguel.  

Termino de escribir este relato cuatro días después de que mataran a Santiago y aún no se conoce el nombre del policía que le disparó en el pecho. El inspector de esa institución, el general Luis Ramírez Aragón, viajó a Ibagué el 2 de mayo y desde allá anunció el comienzo de una investigación interna. Fiscalía y Procuraduría también tienen el caso en sus manos. Mientras escribo estas líneas leo que, según la Defensoría del Pueblo, en las jornadas de protestas del 28 de abril al 4 de mayo 10 personas más habrían muerto a manos de la la Policía en las calles. La ONG Temblores, una organización independiente, habla de 31. Hay razones para desconfiar de las cifras oficiales. Tanto la Defensoría del Pueblo, como la Fiscalía y la Procuraduría están hoy en cabeza de personas afines al gobierno, ese mismo en contra del cual la gente está protestando, y no se ve a la vista un proceso de verificación internacional que pueda dar al menos garantías alrededor de las investigaciones.

Sandra Milena dice que va a defender la memoria de hijo como una leona.   

—Estamos contra una institución muy poderosa y ya hemos recibido llamadas amenazantes—me dice por chat antes de conversar.

Lleva varios días sin dormir y el cansancio se le nota en la voz siempre quebrada. Ni ella misma sabe de dónde ha sacado tantas y tantas lágrimas. Su único hijo y su mamá, fallecida hace tres años, eran los dos grandes amores de su vida. Santiago incluso presenció la muerte de su abuelita, que murió arrollada por un carro también en una calle de Ibagué. Él nunca se pudo reponer de haber sido testigo de un evento tan traumático.   

A Sandra Milena le angustia pensar  que otro joven pueda salir a la calle y no regresar.

—Les rogamos, por favor, que en el nombre de mi hijo no haya vandalismo, porque esto se presta para muchas cosas. Hay muchos infiltrados que quieren usar el nombre de mi hijo para hacer daño. A los chicos que están protestando sanamente les doy un consejo, como se lo pude dar a mi hijo, no les demos argumentos, eso es lo que ellos quieren, no escucharlos y dejarlos sin argumentos. Ellos quieren argumentos para usar las armas contra ustedes y limpiarse sus manos—dice.

No dejo de pensar en las palabras de protesta de Janer a la salida de la clínica antes de que se conociera el fallecimiento de Santiago:

“Estoy aquí preocupado con el chino porque no es familia mía pero sé que tiene familia al igual que yo, que se preocupa, o como la familia de cualquiera de ustedes. Y estoy aquí para declarar ya que se presentó esto, es una situación muy delicada y no vamos a descansar, queremos que se nos retire este presidente y toda esta dictadura asquerosa que está gobernando el país, que ya llevamos mucho tiempo en miseria (…) somos los jóvenes los que la estamos viviendo.  Reformas tributarias, presidentes mediocres que le dan la espalda al pueblo, así no es viejo”. 

Unos minutos después la clínica confirmó la muerte de Santiago. Sandra Milena sintió que también se quería morir en ese preciso instante. Y entonces se deshizo en llanto y dejó escapar ese grito lacerante e insoportable. 

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Acerca del autor

José Guarnizo
JOSÉ GUARNIZO: Es comunicador social y periodista de la Universidad de Antioquia y máster en Creación literaria de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Fue editor de Nación de la revista Semana, editor general de Semana.com, editor de investigaciones de El Colombiano. Ganador del premio Internacional de Periodismo Rey de España en dos ocasiones (en 2011 de forma individual y en 2020 como miembro de un equipo), del Premio Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa -SIP- (2020), del Premio Simón Bolívar en tres ocasiones (2018, 2019 y 2020), del premio Nacional de Periodismo Digital (en 2019), del Fetisov Journalism Award (2021, en trabajo colectivo) y finalista del Premio Gabo (en 2019, en colectivo), entre otros reconocimientos. Es autor de libros de no ficción, entre los que está La viuda negra, texto que fue llevado a la televisión por RTI y Televisa.
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