Obispo dice que los jueces son ignorantes cuando condenan a la Iglesia

Ocurrió en las confirmaciones de los jóvenes de Santa Ana, en Manrique Oriental. La misma parroquia en la que fue párroco y rector Roberto Antonio Cadavid Arroyave, un pederasta expulsado en 2017 por denuncias de la comunidad.

31 de enero de 2021

Por: Equipo Vorágine

La Iglesia católica colombiana, que tiene en sus filas a cientos de sacerdotes pederastas, se niega a reconocer que el abuso sexual a menores de edad es real y que en el mundo ya hay, al menos, más de cien mil víctimas. La cifra podría ser cinco veces mayor porque la gran mayoría de víctimas de violencia sexual nunca denuncia o se toma su tiempo para hacerlo.

Desconectado del discurso del papa Francisco de tolerancia cero con la pederastia, el obispo auxiliar de Medellín, monseñor Mauricio Vélez García, dijo en una misa que quienes denunciaban a la Iglesia eran ignorantes.

Ocurrió en las confirmaciones de los jóvenes de la parroquia Santa Ana, en Manrique Oriental. La misma parroquia en la que fue párroco Roberto Cadavid Arroyave, un sacerdote pederasta expulsado en 2017.

Cadavid Arroyave violó a decenas de niños en varias parroquias y colegios con la anuencia de sus dos jefes: el anterior arzobispo de Medellín, Alberto Giraldo Jaramillo, y el actual, Ricardo Tobón Restrepo, quien lo suspendió en febrero de 2012, cuando Cadavid era párroco de Santa Ana y fue denunciado por haber abusado de varios monaguillos y estudiantes del colegio Pablo VI. Sin embargo, a los 6 meses lo recomendó y autorizó para que se fuera a trabajar a la Diócesis de Brooklyn, en Estados Unidos. El periodista Daniel Coronell escribió sobre esta historia en una columna tituladaEl reportero y el arzobispo.

Fue ante la misma comunidad en la que trabajó el pederasta Roberto Cadavid, expulsado de la Iglesia pero sin ninguna investigación penal, donde el obispo auxiliar de Medellín dijo que quien denuncia a la Iglesia es un ignorante.

¿Por qué la Iglesia se preocupa de la formación cristiana de todos sus miembros?, preguntó monseñor Vélez en su predicación a los adolescentes que iban a ser confirmados.

Porque la Iglesia con i mayúscula es divina, está instituida por Dios, se respondió el mismo obispo, y repitió “La iglesia es divina”.

Luego vino el insulto  a las miles de víctimas de sacerdotes pederastas que en todo el mundo se han atrevido a denunciar, algunos de ellos feligreses de la comunidad en la que estaba dando su homilía: “Cuando uno escucha en los medios de comunicación que se demanda a la Iglesia, eso es pura ignorancia, porque ¿quién demanda lo divino?”.

Por la pandemia, el obispo auxiliar celebró las confirmaciones en dos tandas consecutivas que fueron transmitidas por las redes sociales de la parroquia y luego publicadas para el acceso de todos los ciudadanos. En la segunda misa, la del 22 de diciembre de 2020, el obispo elevó el tono para explicar, según sus palabras, en qué consiste el verdadero abuso a los niños:

Aquí nos hablan de abusos a menores, en muchos frentes y muchos escenarios, pero yo sí les digo, para mí un abuso a un menor de edad es pararlo en una esquina a las 5 de la mañana con una maleta de 7 kilos en la espalda para que lo recoja un transporte. ¿Qué estamos haciendo con nuestros niños, por Dios?, exclamó el obispo auxiliar para compadecerse por los niños que tienen que ir a estudiar y no por los miles que han sido víctimas de sacerdotes pederastas.

Luego, como si estuviera describiendo el comportamiento de la Iglesia católica frente al abuso sexual de menores por parte de curas, Vélez García citó al papa:

Cuando Francisco visitó Colombia dijo que hay cuatro cosas que secan al hombre por dentro: la mentira, el ocultamiento, la manipulación y el abuso. Es un efecto dominó, el que miente, oculta; el que oculta, manipula, y el que manipula, abusa.

Cuatro elementos que definen a monseñor Mauricio Vélez, quien no solo ha encubierto a sacerdotes pederastas y abusadores sexuales desde su época de párroco, sino que también ha defendido a sacerdotes acusados de paramilitares.

Monseñor Vélez se va contra los jueces de la República

La cruzada del obispo auxiliar de Medellín contra las víctimas de pederastia y la prensa incluyó también a los jueces de la República. Y al parecer no fue solo en Santa Ana sino en varias parroquias que visitó durante 2020 para celebrar la confirmación de niñas, niños y adolescentes. 

En las confirmaciones del 11 de noviembre en la parroquia San Martín de Porres en La Estrella, según los videos publicados por la parroquia en sus redes sociales, monseñor Mauricio Vélez ya les había dicho a los menores que estaba confirmando lo que para él significaba denunciar a la Iglesia: “Para mí es un acto de profunda ignorancia cuando un periodista o cuando un juez o cuando alguien enmarcado en la ley dice: se condena a la Iglesia. ¡Por Dios! Eso es pura ignorancia, porque la Iglesia es divina. Y lo que es divino no puede ser juzgado por los hombres”.

La historia del niño esperando un transporte escolar también la contó en La Estrella, exclamando: “Eso es un abuso. Eso no tiene nombre”.

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La defensa de un sacerdote señalado de paramilitar

Las palabras de monseñor Mauricio Vélez para minimizar el abuso sexual del que han sido víctimas miles de menores, van en la misma línea de las que usó para despedir con honores al sacerdote señalado de pertenecer al grupo paramilitar Los Doce Apóstoles.

“Un sacerdote transcurre su ministerio impartiendo justicia”, dijo monseñor Vélez en las exequias del padre Gonzalo Javier Palacio Palacio, quien falleció el 25 de septiembre de 2018, a sus 87 años.

Palacio Palacio fue despedido al día siguiente en la que fue su casa los últimos 22 años, la parroquia San Joaquín, en la comuna 11 de Medellín (Laureles Estadio). Ocho sacerdotes acompañaron al obispo en una muy sobria ceremonia, pero llena de halagos para el fallecido cura. Además de decir que el ministerio de un sacerdote es impartir justicia, monseñor Vélez manifestó que por ese ministerio “comienzan momentos de injusticia”, haciendo clara referencia a Palacio Palacio, protegido en Medellín desde 1998 por el obispo auxiliar de la época y ahora arzobispo de Cali, monseñor Darío Monsalve Mejía.

“El padre Gonzalo creyó, fue consagrado a la Iglesia y lo entregó todo al servicio de Dios”, agregó el obispo en su homilía. “Este hombre que sirvió en su ministerio sacerdotal durante 60 años a Dios, podrá vivir en carne propia la gloria del cielo”, puntualizó.

Un panegírico dedicado a un sacerdote señalado de haber sido miembro de un grupo paramilitar que causó terror en el norte de Antioquia y que lograba sus objetivos criminales gracias a la información que recibía de sus feligreses en el confesionario.

Palacio fue capturado en 1995 por sus presuntos nexos con grupos paramilitares que perpetraron asesinatos, masacres y desapariciones forzadas. En el allanamiento a la casa cural de la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes, en pleno parque principal de Yarumal, las autoridades encontraron un revólver calibre 38 de propiedad del cura.

Tras el arresto, fue enviado a un seminario por cárcel y a los 10 días fue dejado en libertad gracias a los altos prelados de la Iglesia católica que entraron con toda su maquinaria en su defensa. El cura quedó libre pero siguió vinculado a la causa judicial, investigado por “su posible responsabilidad en la conformación de un grupo armado que entre los años 1993 y 1994 dio muerte a 35 personas en Yarumal, Antioquia”, según registros de El Tiempo. Las víctimas eran, según los indicios, militantes de la UP, homosexuales, habitantes de calle y consumidores de drogas, entre otras personas consideradas objetivo de desaparición por este grupo ilegal.

A los pocos días, el cura Palacio terminó en Medellín, protegido por el arzobispo Alberto Giraldo Jaramillo y su obispo auxiliar, Darío Monsalve Mejía, quien a pesar de los señalamientos contra Palacio, dijo que este ya estaba “exonerado de toda responsabilidad frente a la conformación de grupos de limpieza social”, como lo reportó El Tiempo en junio de 1998, añadiendo que: “La Fiscalía no encontró indicios serios para mantenerlo privado de la libertad, pero tampoco halló elementos concluyentes que permitieran desvincularlo definitivamente del proceso”.

En el mismo expediente contra el cura Palacio aparecen varios agentes de la policía, entre ellos Juan Carlos Meneses Quintero, condenado por la conformación de este escuadrón de la muerte y uno de los testigos clave contra Santiago Uribe Vélez, hermano del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

El 28 de mayo de 2010, María Eugenia López, una mujer a la que le asesinaron seis familiares en 1990, confrontó al cura en la parroquia de San Joaquín, pero este “se puso notoriamente nervioso y le dijo que él no sabía nada y que preguntara en la Fiscalía, que él era inocente”.

La periodista Andrea Aldana fue testigo de este incidente y luego publicó la investigación en 2010 en el portal de la Corporación Jurídica Libertad, para hacer memoria de los 20 años de la masacre de la familia López por parte de Los Doce Apóstoles, nombre con el que se conocía a este grupo paramilitar gracias al cura Palacio: “No obstante, María Eugenia le recordó que a él lo habían arrestado el 22 de diciembre de 1995, y que le habían encontrado un revólver calibre 38 dentro de una Biblia, fue cuando el cura, debido a su nerviosismo, primero lo negó, pero a los pocos segundos, algo desconcertado lo reconoció diciendo: ‘¿Y es que yo no puedo tener un arma? ¿Acaso el que yo tenga esta navaja significa que la voy a matar?’, haciendo ademán de sacar la supuesta navaja de los bolsillos del pantalón. El párroco dio por cerrada la conversación poniéndose la sotana y diciendo que el arma en cuestión se la había regalado ‘el general Pardo’. Para el momento de la masacre, el comandante de la IV Brigada era el general Gustavo Pardo Ariza, el mismo que fue destituido de su cargo por haber desobedecido la orden de tomarse la cárcel de La Catedral el día de la fuga de Pablo Escobar”.

Las acusaciones contra el cura no impidieron que sus colegas sacerdotes lo despidieran con bombos y platillos. El obispo auxiliar de Medellín dijo en su predicación que ponía al padre Palacio en manos de Dios: “Por la gratitud por su ministerio sacerdotal, su servicio incansable al evangelio, su testimonio de vida y fidelidad a Dios”, y dirigiendo su mirada al féretro, exclamó: “Un sacerdote habla con su vida […] La vida de un sacerdote es la búsqueda continua de Dios para ser bienaventurado”.

En la ceremonia hizo presencia el padre Luis Alfonso Urrego Monsalve, en representación de todos los sacerdotes de la diócesis de Santa Rosa de Osos, jurisdicción a la que pertenecía el cura Palacio. También asistió el padre Alberto Elías Palacio Palacio, hermano del difunto. A la derecha del obispo se encontraba Luis Humberto Arboleda Tamayo, párroco de San Joaquín y simpatizante de grupos paramilitares, al menos desde 1995, cuando fue párroco en el barrio La Sierra, comuna 8 de Medellín. Arboleda Tamayo es ahora el nuevo párroco de San José del Poblado.

Monseñor Vélez terminó su sermón pidiéndole a Dios que acogiera en su “reino” al padre Gonzalo Javier, pues “en un sacerdote se plasma la promesa de Dios del reino de los cielos, de su salvación”.

Palacio Palacio fue protegido desde 1998 en la arquidiócesis de Medellín por los entonces obispos Alberto Giraldo Jaramillo y Darío Monsalve Mejía. En mayo de 2010 llegó como arzobispo de Medellín Ricardo Tobón Restrepo, oriundo de Ituango y ordenado sacerdote en 1975 para la Diócesis de Santa Rosa de Osos, la misma a la que pertenecía el difunto sacerdote. Monseñor Tobón, también vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, ratificó la decisión que tomó su antecesor, Alberto Giraldo Jaramillo, y mantuvo a su hermano diocesano viviendo en la cómoda parroquia de San Joaquín hasta el día de su muerte.

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La Arquidiócesis de Medellín y su complicidad con paramilitares

 El difunto sacerdote no ha sido el único señalado en Medellín de tener nexos con grupos al margen de la ley. A finales de los 90, otro cura de la comunidad de los Misioneros de Yarumal, pero que trabajaba en la Arquidiócesis de Medellín, también con el permiso de los obispos Giraldo Jaramillo y Monsalve Mejía, hizo parte de un grupo paramilitar en el corregimiento de San Antonio de Prado, al tiempo que ejercía como párroco. A diferencia del cura de Los Doce Apóstoles, Óscar Albeiro Ortiz Henao está purgando una condena de 19 años, a pesar de que la Iglesia lo defendió e incluso logró que lo enviaran a una casa cural por cárcel mientras se desarrollaba el juicio, que terminó en 2010 con su condena y envío a una prisión.

La historia del cura Ortiz, sin embargo, no se compadece con los señalamientos contra el difunto cardenal Alfonso López Trujillo y que recoge el periodista francés Frédéric Martel en su bestseller Sodoma: “Ese tren de vida trasnochado iba a la par con una auténtica caza al cura progresista. Según Morgain, cuyo testimonio confirman otros curas, Alfonso López Trujillo, durante sus tournées de diva, localizaba a los curas simpatizantes de la teología de la liberación. Extrañamente, algunos de ellos desaparecían o eran asesinados por los paramilitares justo después de la visita del arzobispo”.

Martel va más allá, asegurando que “el prelado estuvo vinculado a ciertos grupos paramilitares próximos a los narcotraficantes. Se cree que estos grupos —puede que directamente Pablo Escobar, quien se declaraba católico practicante— le pagaron generosamente y él les mantuvo informados de las actividades izquierdistas en las parroquias de Medellín”.

Concluye la investigación de Martel: “Hoy se cree que López Trujillo fue directa o indirectamente responsable de la muerte de obispos y decenas de sacerdotes, eliminados por sus convicciones progresistas”.

López Trujillo y Palacio Palacio murieron en la impunidad. Ambos protegidos por una estructura poderosa que no iba a permitir que la Fiscalía avanzara en ninguna investigación que terminara en una condena. Como en la pederastia eclesial, la Iglesia cree que se trata de pecados y no de delitos, y por eso antepone el concordato y el derecho canónico para evitar que la justicia ordinaria actúe.

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