Trabajadoras domésticas internas: los abusos de los que no se habla

En esta segunda entrega del especial sobre trabajadoras domésticas, en alianza con la Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia (Fescol), hablamos de los distintos tipos de maltrato a los que suelen quedar expuestas quienes viven en la casa de sus empleadores. 

28 de septiembre de 2020

Por Laila Abu Shihab / Ilustraciones: Angie Pik

En septiembre de 2019 Elizabeth Mosquera pesaba 95 kilos. La suya no era una vida sencilla, nunca lo ha sido, es trabajadora doméstica y madre soltera de cinco hijos, pero cada noche, cuando ponía la cabeza sobre la almohada, conciliaba con relativa facilidad el sueño. En julio de 2020 Elizabeth pesaba 70 kilos. Lloraba todos los días, tenía la mirada apagada, se le empezó a caer el pelo. Le costaba dormir y reírse. 

¿Qué pudo producir un cambio tan violento en tan poco tiempo? 

Sería fácil argumentar que fue la pandemia del coronavirus. Pero el covid-19 y sus efectos en Colombia, como la cuarentena obligatoria que el Gobierno mantuvo entre marzo y agosto de 2020, son solo la superficie. 

La pandemia simplemente exacerbó un problema enquistado en la sociedad desde hace tiempo: la empleadora de Elizabeth la obligó a trabajar interna en su casa, con la excusa de que solo así evitaría un posible contagio. Le prohibió volver a ver a su familia. La obligó a comer menos. Comenzó a vigilarla día y noche, con cámaras que instaló en su casa de dos pisos. La hizo trabajar en jornadas irracionales, de 14 o 15 horas seguidas, por el mismo salario mínimo.

Elizabeth se guarda el nombre de la que fue su jefa pero no disimula la rabia cuando habla de ella. 

En septiembre de 2019 llegó a trabajar a esa “mansión” del barrio El Poblado -porque así la describe, como una “mansión”- para evitar que sus hijos de 16, 13 y 12 años se acostaran con hambre. La alimentación y el techo de sus hijos mayores, de 18 y 20 años, dejó de ser una preocupación desde que los dos se fueron al Ejército. 

Muy pronto, Elizabeth pasó de haber resuelto lo urgente a poder preocuparse por lo importante. Se ilusionó, por fin parecía haber dado con una buena empleadora que le pagaba lo justo por trabajar de lunes a viernes de 7 de la mañana a 5 de la tarde, la afilió a salud y pensión, le dio prima en diciembre de 2019. Además, no estaba sola en sus jornadas de limpieza, tenía la compañía de Zully, la otra empleada de la casa, contratada para cocinar y lavar la ropa (Elizabeth se encargaba del resto). 

Pero la pandemia alteró esa rutina de formas impensables. En abril de 2020, la jefa, mayor de 60 años y quien vive con dos perros, obligó a Elizabeth y a Zully a que se fueran de internas, como se les conoce en Colombia a las empleadas domésticas que duermen en la casa de sus empleadores. Tendrían permiso para salir un domingo cada 15 días. Solamente. 

Elizabeth, de 40 años y manos llenas de callos porque trabaja desde que era niña, se sintió culpable de dejar solos a sus tres hijos adolescentes en Granizal, una vereda de Bello ubicada justo en los límites de Medellín donde viven más de 20.000 personas, casi todas desplazadas por el conflicto y casi todas negras, como ella. Pero se sentiría peor “si no les daba el sustento”. 

—Yo me interné por la necesidad. ¿Qué más podía hacer en una situación así, quién me iba a dar otro trabajo estando en cuarentena?—, pregunta retóricamente. Les prometió a sus hijos que volvería pronto, que los llamaría todos los días, les rogó que se portaran bien, que no fueran a salir para “no coger el virus”. 

Elizabeth no se explica qué pasó, porque es como si hasta entonces la “patrona” hubiera mantenido oculta una personalidad distinta. Les dijo a Zully y a ella que estaban muy gordas, las obligó a hacer dieta, comenzó a vigilar todos sus pasos, les puso nuevas tareas -como encargarse de los perros los domingos que no salían y eran sus días de descanso- y les exigió trabajar los sábados sin pagarles horas extras. 

—Nos dijo que nos teníamos que poner a dieta porque nos íbamos a enfermar, pero eso en verdad era para no gastar mucho mercado con nosotras—, afirma. 

Según Elizabeth, solo tenían derecho a dos comidas diarias: la primera a las 11:30 de la mañana, casi siempre compuesta por una ensalada de brócoli, zanahoria cocida, coliflor y una tortilla de huevo. La segunda y última se servía hacia las 7 de la noche y solía ser una sopa de apio o cebolla y un muslito de pollo. 

—La pechuga era para los perros, no para nosotras—, cuenta indignada por el teléfono.

En adelante, quedaban prohibidos el queso, la leche, el café y la ‘aguapanela’. Tampoco podía volver a maquillarse ni a ponerse faldas cortas o blusas con escote, y los domingos de descanso que permanecía en la casa tenía que leer la Biblia.

Fue una rutina severa, que consideró inhumana, pero la soportó con estoicismo porque cada 15 días podía salir y ver a sus hijos. Ese era el motor que la impulsaba. Sin embargo, cuando los casos de covid-19 se dispararon en Colombia, en julio, la jefa les dio un ultimátum a Elizabeth y a Zully. 

—Esto se puso muy difícil y es muy peligroso que sigan saliendo. Ya no podrán volver a sus casas sino hasta el final de esta pandemia. Es lo mejor para todas—, les dijo. 

—Pero imagínese, ¿cuánto va a durar eso? ¿Significa que si salgo a ver a mis hijos hoy, no puedo regresar? ¿Voy a perder mi trabajo? ¿Y si la pandemia se termina hasta dentro de un año? ¿Qué hago con mis hijos?—, preguntó preocupada la trabajadora doméstica. 

—Su deber es estar aquí. Tiene que escoger: sus hijos o su empleo, con el que les da de comer a sus hijos.

—Pues yo prefiero a mis hijos—, respondió Elizabeth segundos antes de estallar en llanto y comenzar a recoger sus cosas. Ese mismo día renunció. Fue el 26 de julio. 

Elizabeth Mosquera es solo una de las 55.000 trabajadoras domésticas que, extrapolando los resultados de una encuesta realizada por 16 organizaciones sociales y sindicales en mayo de 2020, se calcula fueron obligadas a internarse con la llegada del coronavirus. 

¿Por qué sigue tan extendida en Colombia la práctica de que una persona deje de cuidar a su familia para cuidar a una distinta, viviendo en la casa de sus empleadores? ¿En qué afecta eso a las trabajadoras domésticas? ¿Precariza sus condiciones laborales o, por el contrario, puede ayudarles y serles útil?

—Todo lo hicimos por la necesidad, porque la ‘situa’ estaba muy apretada—, explica Elizabeth. No quería pero le tocaba, era eso o el hambre, dice. 

“Este no es un problema colombiano sino latinoamericano, es uno de los rasgos colonialistas más simbólicos de nuestra cultura y se representa en todo, desde el hecho de que los arquitectos sigan construyendo ese cuartico oscuro y sin ventanas para la empleada, al lado de la cocina, hasta el aumento del riesgo de sufrir abusos”, asegura Andrea Londoño, coordinadora de la iniciativa “Hablemos de empleadas domésticas”. 

El trabajo interno se ha sostenido en Colombia, en buena medida, por la altísima tasa de desplazamiento interno, generado en su mayoría por el conflicto. Al llegar a una ciudad que no es la de ellas, donde no tienen vivienda y no resulta nada fácil conseguirla, para muchas mujeres la única opción es esa.

“El problema no es en últimas que sean internas, el problema es que el sistema está diseñado para que existan mujeres que necesitan ser trabajadoras domésticas internas porque no tienen más opciones”, opina Franci Corrales, investigadora de la Escuela Nacional Sindical. Según ella, hay quienes agradecen que así tienen techo y comida “pero eso no quita que sea un trabajo esclavo, porque el trabajo interno beneficia a una familia, pero significa que otra mujer no es feliz ni está pudiendo llevar a cabo su proyecto de vida, por hacerles más fácil la vida a otros”. 

Con esa reflexión surgen varias preguntas que casi nunca nos hacemos: ¿Qué pasa si la mujer que trabaja interna quiere tener su propia familia o ya la tiene? ¿Tiene la libertad de escoger otro camino? ¿Si un empleador le pide a su trabajadora doméstica que se interne es porque no la ve como un igual, como una persona que tiene los mismos derechos?

También puedes leer la historia de Claribed Palacios, la mujer que vive muchas vidas para dignificar el trabajo doméstico

Por ley, en Colombia se permiten jornadas de trabajo doméstico interno de máximo 10 horas diarias, con 24 horas (un día completo) de descanso por semana. Pero en la práctica eso casi nunca se cumple pues al tenerlas en casa, aparentemente disponibles cuando sea, es más fácil que los empleadores abusen. 

Y hay un agravante: las trabajadoras domésticas internas son de las pocas personas en el país que no están en el rango de 8 horas máximas de jornada laboral; una discriminación clara por parte del Estado que todavía no ha sido corregida. 

Elizabeth lo sufrió. Su última jefa, la de la “mansión” de El Poblado, a veces la obligaba a trabajar hasta 15 horas por día. Y aunque varios sindicatos han puesto ese problema sobre la mesa, insistiendo para que el Ministerio de Trabajo haga inspecciones rigurosas y castigue a los empleadores que explotan a sus empleadas, hasta ahora no existe una manera de vigilar y sancionar a quienes no cumplen con las normas.

Londoño, de “Hablemos de empleadas domésticas”, también cree que el debate sobre este tema tiene una arista que poco se toca. “Yo me sitúo en mis años universitarios y si estoy en otra ciudad, me dan techo, comida, me pagan lo digno y justo, me respetan la jornada laboral y me dan un buen trato, como en cualquier otro trabajo, yo no le vería indignidad al trabajo doméstico interno”, asegura la experta. 

¿Cuándo se vuelve entonces indigno el trabajo doméstico interno? Cuando no hay un piso salarial mínimo, cuando se abusa de la jornada laboral porque la empleada está en el lugar de trabajo todo el tiempo, cuando son las 3 de la mañana y apenas empieza a recoger el desorden de la comida o de la fiesta y a las 5 ya le toca estar lista para comenzar la jornada del día siguiente, cuando no se siente segura porque el empleador o alguno de sus hijos se meten en su cuarto, aprovechando que el resto de la casa duerme, para tocarla o abusar de ella sexualmente. En esos casos, el trabajo interno suele convertirse en una amenaza para las mujeres. ¿Casi siempre?

Y en este tema también hay mucha hipocresía. Si uno se guiara por los resultados de una investigación realizada en 2018, se podría decir que falta muy poco para que la sociedad considere que el trabajo doméstico es un oficio digno, un trabajo como cualquier otro. El estudio arrojó que el 75% de la gente dice valorar el trabajo doméstico y lo considera fundamental para el desarrollo de la sociedad. Sin embargo, a la hora de materializar esas palabras tan bonitas en un pago justo y en el respeto a una jornada laboral de ocho o diez horas, si es interno, la conciencia desaparece. 

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Acerca del autor

Laila Abu Shihab Vergara
Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia, con Maestría en Periodismo de la Universidad Torcuato di Tella y el diario La Nación de Buenos Aires (Argentina). Trabajó durante más de 10 años en la Casa Editorial El Tiempo y fue reportera y redactora de los periódicos La Nación, en Argentina, y Expreso, en Guayaquil (Ecuador). Asesora de comunicaciones del Ministerio de Educación Nacional entre 2012 y 2014 y docente de los programas de periodismo de la Universidad del Rosario y la Universidad Externado, dictando talleres de crónica, reportaje y perfil; periodismo internacional y periodismo multimedia. Fue periodista de CNN en Español entre el 2016 y el 2017 y dirigió el programa de crónicas y reportajes “Somos Región” del Canal Trece, durante el 2019.
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