Hijos de campesinos asesinados por el Ejército abrazaron a militares que los dejaron huérfanos. Los victimarios les respondieron las preguntas más difíciles que han hecho en sus vidas. La JEP cifró las ejecuciones extrajudiciales en 7.837.
17 de mayo de 2026
Por: Nicolás Sánchez Arévalo. / Ilustración: Angie Pik
Hijos de campesinos asesinados por el Ejército abrazaron a los militares que los dejaron huérfanos. Los victimarios les respondieron las preguntas más difíciles que han hecho en sus vidas. La JEP actualizó el número de ejecuciones extrajudiciales: 7.837.

Entre los 11 y los 13 años, Yesica Giraldo recuerda llorar todas las noches mientras rumiaba una sola idea: vengar la muerte de su papá. A los 29 tuvo enfrente al homicida y el hombre se arrodilló. Ella y su abuela lo abrazaron.

Entre el crimen de su padre, John Giraldo, y aquel abrazo pasaron 22 años. El gesto, impensable para muchos, ocurrió en medio de una audiencia de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) el pasado 24 de marzo. Allí, los militares que perpetraron ejecuciones extrajudiciales en el oriente antioqueño reconocieron sus atrocidades: secuestraron, torturaron, mataron, en algunos casos violaron, y disfrazaron de guerrilleros a cientos de pobladores de la región para fingir que el gobierno de Álvaro Uribe estaba ganando la guerra contra las Farc.

La JEP dio a conocer el pasado 28 de abril que los registros de ejecuciones extrajudiciales aumentaron. En 2020 ese tribunal reportó una cifra de 6.402. Sin embargo, desde el primer momento advirtieron que podía variar. Ahora, tras cruzar la información de cerca de 1.000 informes provenientes de entidades del Estado, procesos judiciales y organizaciones de víctimas el tribunal de paz estableció otro conteo: 7.837 personas fueron asesinadas entre 1990 y 2016 para ser presentadas falsamente como bajas en combate. El 82% de los casos se dieron entre 2001 y 2008, años en las presidencias de Andrés Pastrana (todo 2001 hasta agosto de 2002) y Álvaro Uribe Vélez (entre agosto de 2002 y el mismo mes de 2010).

Las infancias de Yésica y de Marino Mazo, otro campesino del oriente antioqueño, tuvieron en común las dolorosas marcas de la violencia. Cuando él era niño tuvo que enterrar a su abuelo, a su papá y a varios de sus tíos porque el ELN los asesinó uno tras otro en Granada (Antioquia). “De la infancia recuerdo que nosotros terminábamos una novena por un muerto y empezábamos la otra. Las viudas no hacían sino vender vacas para mandar a hacer misas a sus difuntos, hasta que el ganado se acabó”, recordó en entrevista con VORÁGINE.

Yésica ni siquiera pudo enterrar a su padre. Ella tenía seis años y estaba visitando a unos familiares en San Francisco (Antioquia) junto a su hermana de dos años y su mamá. Cuando las tres volvieron a su finca de Cocorná (en el mismo departamento), supieron que a Jhon lo habían asesinado y que tenían que desplazarse porque sus vidas estaban en peligro. Gran parte de su familia se había ido a Medellín tras el asesinato de su papá. Dejaron atrás el terruño en la vereda El Jordán, donde crecían en medio de caña de azúcar, matas de limón y plátano. Huyeron hacia la capital antioqueña.

Cocorná está entre los 10 municipios de Colombia donde más se perpetraron ejecuciones extrajudiciales: la JEP documentó que fueron asesinadas 74 personas en esas circunstancias. 

A Marino también le tocó desplazarse cuando era apenas un niño. Su mamá había sido reacia a la idea de que el “hombre de la casa” se fuera, pero un día le dijo: “Mijo, yo prefiero que esté lejos, pero que esté vivo”. Había enterrado a suficientes familiares. Entonces, lo mandó a vivir con una tía en Huila donde empezó a trabajar como jornalero en fincas. 

En Medellín, recuerda Yésica, vivían hacinados: en una habitación dormían 10 personas en colchonetas tiradas en el piso. Cuando era una niña no dimensionaba lo que había pasado con su papá, quien tenía solo 28 años cuando lo asesinaron. “A medida que fue pasando el tiempo entendí que mi papá nunca iba a volver y que había quedado un vacío”, le dijo a VORÁGINE en una entrevista. Junto a esa conciencia fue surgiendo el deseo de venganza. “Yo me quería meter a grupos ilegales para vengar su muerte”. 

La necesidad obligaba a la mamá de Yésica a dejarla junto a su hermana al cuidado de su abuela. “Nosotros crecimos prácticamente sin mamá y sin papá. Fue una adolescencia super dura porque uno veía las familias conformadas por mamá, papá y los hijos. Sentir esa ausencia es algo muy triste y doloroso. Es algo irreparable”, dijo.

Marino podía visitar a su mamá cada tres meses. Cuando iba se quedaba en la finca donde cosechaban limones y café. Al cumplir 16 años la tragedia volvió a su familia: un primo fue asesinado por los paramilitares. “Ese día yo dije: ‘No voy a llorar a ningún familiar más, vuelvo a llorar el día que muera mi madre’”. No sabía que su frase era premonitoria.

La abuela de Yésica intentaba averigüar en diferentes entidades las circunstancias que rodearon el asesinato de su hijo Jhon. “Nunca tuvimos ninguna información. No se avanzó nada, todo quedó parado”, contó Yésica. Apenas sabían que el 6 de septiembre de 2003 una emisora dio la noticia de que habían sido dados de baja tres guerrilleros en la zona rural de Cocorná. Por esos días, Jhon estaba desaparecido. La familia se acercó a la morgue y lo encontró allí. Por lo que habían escuchado, tenían la certeza de que lo habían matado unos militares, pero no sabían nada más. 

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La mamá de Marino, Blanca Gómez, se ganaba la vida trabajando en su propia finca en Granada, donde tenía un lote con caña, otro con árboles de café y había pasto para sostener a un caballo. También, complementaba sus ingresos con jornales en la tierra de sus vecinos. “Estaba próxima a cumplir los 50 años, pero por tanto sufrimiento y trabajo se veía como de unos 60”, recordó Marino. 

El jueves 20 de mayo de 2004 (apenas 8 meses después del asesinato de Jhon) una tía llamó a Marino a Neiva y le dijo que los paramilitares se habían llevado a Blanca de la finca. Él tenía en ese momento 19 años. Tres días después, la misma familiar lo volvió a llamar, esa vez estaba llorando. Le contó que unos militares habían dejado el cuerpo de su mamá en la morgue de Cocorná, junto a otro cadáver, diciendo que eran guerrilleros que habían muerto en un combate. Las maneras de operar de los paramilitares y los militares eran tan similares que los pobladores los confundían. “El Ejército en ese momento actuaba con actitudes terroristas y los campesinos le tenían mucho miedo”, contó Marino.

El asesinato de Blanca generó un gran revuelo local. “El caso de mi madre fue uno de los detonantes de los falsos positivos en el oriente antioqueño porque fue escalofriante y conmocionó a la región. Hasta ese momento el Ejército mataba jóvenes, pero no señoras ancianas. Cuando matan a mi madre, la comunidad se desplazó al ver que ya no había escrúpulos”, relató Marino. Él había cumplido su promesa de no llorar a ningún otro familiar que no fuera su madre. La atrocidad del Ejército y su orfandad por cuenta de los militares le hizo cumplir su premonición de la manera más dolorosa. 

La JEP ha podido determinar cuáles son los municipios de Colombia donde más ejecuciones extrajudiciales se presentaron. Granada es el segundo en el escalafón de casos con 163 y la cifra adquiere más gravedad cuando se pone en contexto. Si se tiene en cuenta la población de ese municipio, es el lugar del país más afectado por los “falsos positivos”: 1.288 por cada 100.000 habitantes.  

Un fiscal valiente tomó la decisión de enviar el proceso por el asesinato de Blanca a Bogotá, sabía que en Cocorná era imposible investigar con la presión de los militares. Contrario al caso del papá de Yésica, las investigaciones avanzaron. En 2008 fue destituido del Ejército un teniente llamado Andrés Mauricio Rosero Bravo, que es central en esta historia porque comandaba en terreno la banda de homicidas. Luego, Rosero y ocho militares más fueron condenados por el asesinato de Blanca y de otro campesino llamado Jairo de Jesús García. 

El Acuerdo de Paz y la JEP

Años después del asesinato de Blanca, Marino entró a la Fundación Universitaria del Areandina a estudiar Derecho. Era un sueño desde hace tiempo. En sus años como estudiante la agenda del país giraba en torno a los diálogos de paz entre el Estado y las Farc. Su voz era respetada en la facultad porque conocían que era víctima del Ejército y del ELN. “En la universidad hicieron varios debates y yo siempre defendía el proceso de paz, lo apoyaba pensando en que otros no vivieran la guerra que yo viví”, recordó. 

Por esos años, Marino sentía que había perdonado a los asesinos de Blanca. Además, la investigación que adelantó la Fiscalía había avanzado en la verdad del caso. Por ejemplo, Marino y su familia supieron que ella estaba trabajando en la finca de un vecino cuando llegó un grupo de militares y le pidieron que los acompañara. Caminó con ellos hasta llegar a otra parcela donde los soldados secuestraron a otro campesino. Luego, el teniente Rosero se robó un ganado y siguieron la marcha hasta un lugar donde había una piedra grande. 

En ese paraje Blanca pidió que la dejaran fumarse un cigarrillo. Así lo hizo y le dijo al otro vecino: “Nos van a matar”. Rosero le ordenó al soldado Edgar Sánchez que la ejecutara. Le pegó un primer disparo luego del cual ella gritó: “¡Ay, mis hijos!”. Y la remató. El otro señor, Jairo de Jesús García, también fue asesinado ahí. Ese fue el supuesto combate. 

En 2016 se firmaron los acuerdos de paz entre el Estado y las Farc en el Teatro Colón (Bogotá). El Punto 5 de ese documento ordenaba la creación de un tribunal de paz para investigar los peores crímenes cometidos en el marco del conflicto armado. De ahí surgió la JEP.

Aunque no sabía quiénes eran los asesinos de su padre, Yésica dice que también terminó perdonándolos antes de conocerlos. Hubo dos hechos que marcaron ese camino: empezó a ir a una iglesia y quedó embarazada a los 24 años. “Me pregunté para qué seguir guardando ese dolor y ese rencor si iba a criar un hijo con todo ese resentimiento y a transmitirle cosas malas. Él no tiene la culpa de lo que pasó. Entonces, empecé a sanarme y a librarme de todo eso para poder darle amor”, dijo. El deseo por saber cómo se había dado el asesinato de Jhon persistió: “Fue un momento muy lindo porque yo sentía que como que mi papá me decía que ya lo dejara descansar, que no llorara por él, que estaba bien, que yo tenía que estar tranquila para poder seguir viviendo mi vida y buscar la verdad”. Pero ese camino era infructuoso, no encontraba respuestas en la Fiscalía.

Un abogado le explicó a la familia de Yésica lo que era la JEP y les preguntó si estaban interesadas en acreditarse como víctimas. Ellas dijeron que sí. 

Marino había decidido no participar de los procesos de la JEP porque sentía que había cerrado el capítulo del asesinato de su mamá. Sabía quiénes eran los asesinos y los había perdonado. Sin embargo, desde que se graduó de la universidad se movió en un entorno de defensores de derechos humanos, periodistas y abogados. Además, tenía algunas preguntas que la justicia ordinaria no logró responder. Un día un fiscal lo llamó y le dijo que era importante que su caso llegara al tribunal de paz. Marino aceptó con la idea de poner a disposición de ese tribunal su relato como víctima y sus conocimientos de abogado. 

Los avances de la verdad

En la justicia ordinaria pocos militares habían contado detalles de los casos que los fiscales habían descubierto. En la JEP un número mayor empezó a confesar crímenes que la justicia ni siquiera tenía en su radar. El 5 de mayo de 2025 el tribunal de paz hizo una audiencia de aportes a la verdad en Granada, en la que comparecieron varios integrantes del Ejército que conformaban la banda de asesinos que mató a cientos de personas en el oriente antioqueño para presentarlas como bajas en combate. Entre ellos estaba el teniente Rosero quien, en medio de lágrimas, reconoció: “Me convertí en un monstruo al que solo le importaba dar resultados a cómo diera lugar y recibir los beneficios que eso traía consigo (…) Soy consciente de que no existen las palabras para alivianar su dolor y lo único que me queda es tratar de satisfacer su clamor y su derecho de conocer la verdad de los hechos victimizantes a los que yo y el personal bajo mi mando los sometimos”.

Aunque Yésica no pudo ir a esa audiencia, la vio por internet. “Yo escuché la audiencia de Granada, Rosero dijo que él dio la orden de asesinar a mi papá. Estaba con mi abuela y le dije ‘yo quiero hablar con él y darle mi perdón’”, recordó. Pero todavía faltaba recorrer camino para eso.

Para el momento de la audiencia de reconocimiento, Rosero llevaba años entregándole  información a la JEP. Él se había sometido a ese tribunal y por eso obtuvo la libertad condicional, pero debía hacer aportes para satisfacer el derecho a la verdad de las víctimas. Un auto de esa jurisdicción de agosto de 2023 reseñó varios de los testimonios que entregó el teniente. El militar se centró en denunciar las presiones que recibían por parte de sus superiores las unidades que él comandó para que asesinaran personas y las presentaran como muertas en combates. Un magistrado le preguntó qué era lo que le pedían los coroneles en los programas radiales que hacían para dar instrucciones, Rosero respondió: “Bajas, resultados, bajas, bajas, bajas, bajas (…). Las bajas eran las que contaban. Reportaban una caleta de cilindros, de explosivos, (y decían los superiores) ‘ah bueno muy bien’, y listo. Pero, las felicitaciones, las condecoraciones, todo eso eran (por) las bajas”.

Dentro de esas supuestas bajas, en ese macabro juego de presiones y condecoraciones, se cuentan los asesinatos de Jhon y de Blanca. Rosero fue hallado por la JEP como uno de los máximos responsables de los falsos positivos en el oriente antioqueño. 

El encuentro privado

Yésica se confundió y pensó que iba para una audiencia como la de Granada en Medellín. Era martes 24 de marzo, cuando llegó a la Casa de la Cultura citada por la JEP y se encontró con un equipo psicosocial y de abogados de víctimas. Hicieron un taller de preparación y les dijeron a las víctimas que, si era su voluntad, lo que seguía era encontrarse cara a cara con los asesinos de sus familiares. “Quedé como en shock porque no iba preparada para eso. Yo dije, ‘pero, pues no había tenido la oportunidad de tenerlos frente a frente, de hablar con ellos, de escucharlos’”. A la sorpresa inicial sobrevino la aceptación. En el mismo encuentro estaba Marino, quien sí era consciente del encuentro que podía darse ese día. 

Las víctimas que aceptaron la reunión llegaron a un salón rectangular. Había sillas a lado y lado, en un costado se harían ellas y en el otro los militares. Ninguna víctima quería hacerse en la primera fila, la que quedaba más cerca de los soldados, entonces una funcionaria le pidió a Marino que él ocupara una de esas sillas. Él es reconocido por su capacidad oratoria y su liderazgo. Aceptó e invitó a otros a hacer lo mismo. “Cuando yo me siento adelante, me doy cuenta que de frente, en la primera fila, a dos metros de distancia tengo a Rosero y a Sánchez, el asesino de mi madre”, contó. 

Desde otra posición, Yésica también identificó a Rosero como el hombre que reconoció en la audiencia de Granada que dio la orden de asesinar a decenas de campesinos. “Me generó mucha incertidumbre, me dio mucho susto”, dijo. “Después pensé, ‘bueno, voy a tranquilizarme porque si me altero, no voy a poder estar tranquila para tener una conversación tranquila’”.

La dinámica de la conversación era que los militares hablaban, les revelaban detalles a las víctimas sobre los asesinatos de sus familiares y, luego, ellas tenían derecho a hacer preguntas. Era un momento que Yésica y Marino habían esperado por décadas. 

Aunque Yésica y Marino estaban seguros que habían perdonado a los victimarios, verlos cara a cara puso a prueba esa convicción. “Una cosa es perdonar virtualmente y otra es hacerlo en persona, mirándolos a la cara, a los ojos (…). Es muy duro porque cuando uno los mira empieza a imaginárselos asesinando a la mamá de uno. Uno mira sus manos y piensa, ‘Estas manos fueron las que la asesinaron’”, dijo él. 

En un momento Marino salió a tomar agua. Ya había escuchado cómo los militares confesaban varias de las atrocidades que cometieron: secuestros, torturas, asesinatos, entre otros crímenes. Junto al lugar donde estaba, se encontró con una funcionaria de la JEP que le preguntó cómo se sentía y él contestó: “Doctora, yo nunca en mi vida había estado rodeado de tanto asesino”. Y añadió: “Yo creo que esa compañía Bombarda asesinó más de 100 personas en esa vereda donde mataron a mi mamá. O sea, ellos en el Oriente antioqueño asesinaron más de 300 personas”. 

Al volver al salón, Marino tuvo que hacer las preguntas. Antes Rosero se comprometió con él a decirle la verdad: “Mire, Marino, yo ante Dios como testigo hoy voy a decir la verdad, así me cueste hasta mi vida”. Solo formular los interrogantes era complicado porque las posibles respuestas eran brutales. Le preguntó al teniente si él o los soldados bajo su mando habían violado a su mamá o la habían torturado antes de asesinarla. “No, no, ese día nosotros no hicimos nada de eso. Ni los torturamos, ni hubo violaciones”, contestó el militar. “Me quité una incertidumbre que me había rondado en mi cabeza durante 22 años”, contó Marino en la entrevista con este medio.

A lo anterior se sumó que Rosero le reconoció a Marino la importancia que había tenido el caso de su mamá para que se hiciera justicia contra asesinos como él: “El teniente Rosero me dijo que fue el caso de mi mamá el que mandó a toda la compañía presa”.

Llegó el turno de Yésica. Durante todos los años de impunidad ella había escuchado el rumor de que a su papá, junto a dos hombres más, los hicieron caminar prisioneros por todo Cocorná. Ella no entendía por qué someterlo a semejante humillación antes de matarlo. Rosero le negó eso, dijo que no había pasado. 

Yésica supo que en el momento en que los soldados fueron a secuestrar a su papá, él intentó huir por una ventana. Un soldado disparó y la bala le rozó la cabeza, le causó una herida dolorosa, pero que no representaba un riesgo para su vida. En la compañía iba un enfermero que nunca atendió a Jhon para intentar alivianar el dolor. Por eso, ella les preguntó por qué no lo ayudaron. “La respuesta que dieron es que ya sabían que los iban a matar. Entonces, que para qué le iban a prestar brindar los primeros auxilios (…) Era tanta la crueldad que ellos no se compadecían ante el dolor y el sufrimiento de las personas. Para mí ese fue un momento doloroso”, contó. 

El soldado Sánchez también le dijo a Marino que de todos los asesinatos que cometió, el de Blanca es el que más cargo de consciencia le genera. Además, Rosero relató que tiene pesadillas con las caras de las personas que dio la orden de matar. A Marino una funcionaria de la JEP le dijo que el teniente había dicho varias veces que anhelaba que siquiera una víctima lo perdonara. 

Los días de las audiencias

Al día siguiente del encuentro privado, Marino debía acudir a una audiencia pública que iba a ser transmitida en vivo. También era en Medellín. Él llegó temprano y cruzó frente a una tienda donde estaban los comparecientes tomando tinto. Los saludó. “Se siente extraño saludar a los asesinos de los seres queridos. Todos me contestaron”, dijo. 

El día anterior le habían dicho que en esa audiencia no podía hablar, pero él pidió permiso para agradecerle a la JEP por su trabajo y para pronunciar un mensaje de reconciliación. Logró que la magistratura aprobara su intervención. Como en muchas otras ocasiones, le pidieron que su caso fuera uno de los primeros que se expusiera ese día. “Yo hasta ahí pensaba darles la mano, solo la mano”, contó. Con su gesto buscaba darle algo de tranquilidad a los militares, transmitirle fortaleza a otras víctimas y demostrarle a Colombia que se podían reconciliar. 

En la audiencia los militares comenzaron a hablar de los crímenes que cometieron. Marino dijo que lloró mucho, pero que la cámara no lo mostró. Incluso, su abogada lloraba a la par de él. Luego de escuchar a Sánchez, Marino se levantó a dar sus palabras. El asesino de su madre se arrodilló ante él y le pidió perdón. Le contestó que ya lo había perdonado y que no le guardaba rencor. “Quiero estrechar su mano, sé que es la misma mano que asesinó a mi madre”. Segundos después de soltarse, Marino alargó su brazo y rodeó al militar. “También quisiera estrechar la mano del teniente Rosero que fue quien dio la orden de asesinar a mi madre”. El oficial se paró y entre sollozos apretó la mano de su víctima y luego se abrazaron. “Valió la pena porque eso aportó a que otras víctimas también perdonaran”, le dijo a VORÁGINE. 

La audiencia de Yésica fue un día después. Antes de empezar la diligencia, ella le dijo a su abuela que quería buscar el espacio para abrazar a Rosero. “Quiero hacer eso para estar más tranquila y superar el duelo”, le comentó. La mamá de Jhon estuvo de acuerdo, era un escenario sobre el que habían hablado juntas varias veces antes. Pero ellas no sabían si Rosero iba a aceptar.

Llegó el momento de la diligencia en el que Yésica iba a tener la palabra. Tomó el micrófono y le pasó el brazo sobre el hombro a su abuela, una mujer mucho más baja vestida con un saco de lana de franjas negras y grises. “Como muestra de nuestro perdón real y sincero queremos brindarle un abrazo si lo permite y si lo desea”, dijo. Rosero se derrumbó de rodillas tapándose la cara con las manos y se atacó a llorar. 

—Este es un momento que nosotras necesitábamos para poder sanar y dejar salir este dolor.

—Yo también. Yo también lo necesitaba. 

El abrazo, mientras los tres lloraban, se extendió por un minuto. “En ese momento pensaba, ‘Dios, solo tú sabes por qué estoy haciendo esto. Llévate lo que te tengas que llevar de mí’”, le contó Yésica a VORÁGINE. 

Intentamos, por vía de la JEP, contactar a Rosero y a Sánchez, pero no fue posible.

Le preguntamos a Marino y a Yésica por el gran dilema que encarna ese tribunal de paz: ver a los asesinos libres a cambio de verdad. “La mayoría de las víctimas pedimos que nos digan la verdad. Si el costo es que ellos no sean condenados y estén en libertad, aceptamos el precio. Preferimos ver al victimario libre pero conocer la verdad, a verlo podrirse 40 años en prisión mientras nosotros morimos con incertidumbres”, dijo él. “Muchos de ellos han manifestado que por haber estado inmersos en esos crímenes perdieron el cariño de sus familias, de sus hijos y muchas cosas que para su vida eran importantes. Entonces, en medio de la ignorancia y sin desearle el mal a nadie, ellos están pagando lo que nosotros vivimos con nuestros familiares, nos los quitaron, pero Dios también se los quitó a ellos”, concluyó ella. 

La JEP debe imponerle una pena alternativa a Rosero y a varios hombres que bajo su mando cometieron crímenes. También sigue investigando a los superiores del teniente que pedían “bajas, bajas, bajas, bajas”. Coroneles y generales que todavía le deben verdad al país. 

Por su parte, Marino, Yésica y muchas víctimas más han podido esclarecer los detalles de los asesinatos de sus familiares. Lo hicieron gracias a que se abrieron los espacios para hacer las preguntas, a su valentía y al compromiso de los perpetradores con la verdad. “En el momento en que me tenga que ir de este mundo, siento que me voy más tranquila porque es una carga y es un odio que liberé”, dijo ella.

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