De la vida desordenada que llevaba Kevin Alexis Moreno Acevedo hasta antes del 18 de febrero de 2022 no queda ni la sombra. Mientras contempla la máquina plana de dos agujas, marca Kingston, que todos los días opera para pegar bolsillos y entrepiernas en bluyines para hombre recuerda contemplativo ese día en que los agentes de la policía le llegaron en plena fiesta a capturarlo. 
 
Kevin Alexis, ahora de 25 años, estaba muy borracho como para haber experimentado el vértigo que le debe sobrevenir a un sindicado al que le leen sus derechos y le ponen las esposas delante de sus amigos de la cuadra. Los guaros que se había tomado ese sábado lo hicieron caminar dando tumbos hasta la patrulla, mientras un puñado de vecinos del barrio Villahermosa de Medellín se arremolinaban para no perderse ningún detalle del suceso que seguramente comentarían durante toda la semana. 
 
No hubo tiempo de despedidas ni de pedir perdón ni de arrepentirse de nada. El calabozo y un proceso penal por el delito de hurto lo esperaban con el rigor de una justicia que venía cargada con pruebas difíciles de refutar. Kevin recuerda su captura con algo de pena, o al menos eso es lo que dice su semblante abochornado.
 
Su mirada, sin embargo, se ablanda cuando habla de su nuevo oficio en la cárcel: el de operario de una máquina que cose bluyines que terminan exhibidos en los almacenes del Grupo Éxito. Son las 9 de la mañana en la cárcel de Yarumal, Antioquia, y Kevin, junto con veintinueve internos más, lleva una hora concentrado en ese trabajo de artesano que, según dice, le ha devuelto las ganas de enderezar los pasos, esos mismos que afuera, cuando estaba libre, lo estaban llevando hacia los límites de un abismo. 
 
La máquina de coser le devolvió a Kevin la paciencia y eso es justo lo que no suele encontrarse en una cárcel. Aprender a enhebrar una aguja y dedicarse con empeño de relojero a juntar milimétricamente pedazos de tela previamente cortados ha sido como una especie de terapia para deshacerse de la ansiedad, sobre todo esa ansiedad que ahoga los segundos, los minutos y las horas en el patio. Aunque no esté escrito en las teorías sexagesimales que miden el transcurrir de los días y aunque los relojes no lo demuestren, el tiempo dentro de una cárcel corre más despacio que en la calle, corre tan lento como los caracoles que se demoran una vida intentando cruzar un jardín. El tiempo en una prisión duele porque no se mueve. 
 
Cuando no está en el taller de confección y las puertas de la celda se abren con sus chirridos y oscuridades, Kevin se pone a tejer muñecos en macramé que terminan, cada quince días, en las manos de su novia Darly. 
 
Porque hasta el amor le devolvió a Kevin la cárcel. Antes del lío judicial, había dejado a su actual novia por otra chica que al final se alejó al enterarse de la captura. Y no fue fácil que Darly le diera otra oportunidad. Decenas de llamadas desde el penal tuvieron que pasar para que ella se decidiera a reconstruir, así fuera en la distancia, lo que algún día dejaron comenzado. Cómo no valorar lo que está haciendo Darly ahora, dice Kevin suspirando. Ella le ha demostrado firmeza en las buenas y en las malas, y eso no tiene precio. El tiempo en las visitas —otra vez el tiempo— ahora se queda es corto para hablar de todos los planes que tienen para cuando Kevyn salga: tener hijos y formar un hogar es lo que más los entusiasma, lo que los mantiene vivos en la lejura de los días.
 
Alberto Toro se llama el dueño de la empresa Galeón Textil. Es, además, el hombre al que se le ocurrió que un taller de confección de bluyines podría funcionar desde una cárcel. Todo comenzó durante la pandemia del Covid-19, cuando Toró compró en Yarumal unas máquinas de coser algo trajinadas que un confeccionista estaba intentando rematar para dedicarse a otros oficios. Mientras que en el pueblo los  operarios escaseaban, en el penal había decenas de jóvenes con exceso de tiempo para matar y la necesidad de ocupar la mente y las manos en algo distinto a solo esperar a que la vida pasara. 
 
Toro hizo cuentas y entendió de antemano que crear un taller de confecciones en la cárcel no era un negocio, pues la propia dinámica del espacio no permitiría darle vida a un modelo de producción que sacara ropa en los tiempos que se necesitan para generar márgenes de ganancia. Eso no le importó. Que los internos aprendieran un nuevo oficio y vieran en el mundo de la confección una opción de vida no resultaba poca cosa, más en un país donde las cárceles suelen ser lugares de donde uno puede salir peor de lo que entró.   

El primer paso, entonces, era arreglar las máquinas y convencer a Pablo Yamith Ramírez, el director de la cárcel, de que los internos perfectamente podrían redimir pena y recibir una compensación económica confeccionando en principio bluyines para hombres, pues los de mujeres requieren de mayor precisión en las costuras. Un bluyin para una chica no admite ni un milímetro de error, ni para arriba ni para abajo. La historia llegó a oídos de Carlos Mario Giraldo Moreno, presidente del Grupo Éxito, a quien Toro desde hace años le vendía prendas para las marcas propias. Y ahí todo fue más fácil. 
 
Grupo Éxito se comprometió a comprar toda la producción que saliera de la cárcel, así se tratara de pequeños lotes. La cadena de almacenes puso a disposición el apoyo necesario para que el taller carcelario fuera una realidad. Esta idea encajaba con un propósito de la compañía de generar un comercio sostenible con todos sus proveedores. El tema de las segundas oportunidades tampoco le era ajena a la empresa, en parte por varios proyectos que llevan años adelantando con la fundación Acción Interna, de Johana Bahamon.  En 2022, el Grupo Éxito anunció la donación de $150 millones de pesos en bonos para la libertad y tarjetas redimibles en prendas de marcas propias de la compañía para entregar a la fundación. Con esto apoyaron la reinserción de 1.000 personas que recuperaron su libertad el año pasado. Juntos también se idearon una colección de prendas que lanzaron en Colombiamoda y que buscó darles oportunidades a los internos, sus familias y también a personas pospenadas. 
 
Para que la idea de Yarumal pudiera funcionar, Toro también dio su cuota a modo de promesa: si todo funcionaba, los internos que salieran por pena cumplida tendrían la oportunidad de irse a trabajar a Galeón Textil en Medellín. 
 
El problema es que ningún interno de Yarumal, salvo uno que trabajó años atrás en Leonisa, había tocado siquiera una máquina de coser en su vida. El proceso que se venía parecía más complejo de lo que se veía en el papel. 

Se necesitaba de una profesora y ahí fue cuando aparecieron en esta historia el Sena y, posteriormente, Yudys Ospina, una mujer de 42 años, nacida en Segovia, Antioquia, que aprendió a coser desde que era niña con su mamá, en la sala de su casa. Toro le propuso ser la instructora de los internos y ella ni lo pensó: se montó en un bus y se fue para Yarumal a enseñarles a los presos el oficio de la costura. 
 
Mientras el Sena capacitaba a los muchachos que se apuntaron al programa de técnica en confección, Yudys se sentó con cada uno de ellos a mostrarles las diferentes máquinas. Eran cuarenta y dos aparatos con distintos niveles de complejidad para manejar. Las fileteadoras, cuya función es coser aletillas, laterales, costados y entrepiernas resultaban las más difíciles de operar y requerían de varios días de inmersión en ellas. 
 
Las cerradoras y empretinadoras tampoco es que fueran muy sencillas de manipular. Presilladoras y máquinas de dos y una aguja también requerían de pericia y claro, de paciencia. Lo cierto del caso es que dentro de la cárcel las máquinas eran algo más que artefactos de la industria textil. Resultaron, así como lo ideó Toro, instrumentos contra el tedio y la tribulación.
 
Yudys no creyó que los internos fueran a ser tan buenos alumnos. Se encontró incluso con que los muchachos querían aprender más rápido de lo que se había contemplado en el proceso. 
 
—Querían aprender ya, querían saberlo todo ya, nos tocó pedirles un poco de calma para que aprendieran bien —relata Yudys mientras le revisa a uno de los internos el resultado del trabajo de la mañana. 
 
Al penal comenzaron a llegar las telas ya cortadas por Galeón Textil, también los hilos y un mecánico para el mantenimiento de los equipos. El director de la cárcel hizo adecuar un amplio salón en un tercer piso al que se podía acceder después de dos filtros de seguridad con sus respectivos candados y rejas. Igual, la prisión no podía dejar de ser prisión. 
 
Adentro, sin embargo, el espacio no tenía nada qué envidiarle a ninguna fábrica. Las máquinas quedaron apostadas una tras otra y a lado y lado como si se tratara de un salón de clases. Las paredes blancas y un enorme ventanal posterior le confirieron al lugar la luz y el aire suficientes como para comenzar la producción. Y se encendieron las máquinas.   
 
Tras dos años de funcionamiento, en el taller de confecciones de la cárcel de Yarumal hoy se están elaborando 1.200 bluyines a la semana. De lunes a viernes el salón se tapiza de pequeños retazos que van cayendo de las máquinas cuyos motores Kingston y Sunset truenan a ritmo de pedales. Del penal las prendas salen cosidas y viajan hasta Medellín para un filtro de calidad. Entre un 20% y un 25% de los bluyines no pasan la prueba por milimétricos detalles y se convierten en prendas de segunda que luego son rematadas a menores precios. Los pantalones que quedan perfectos llegan a la lavandería. Después les pegan botones, marquillas y salen empacados de la fábrica. A la vuelta de pocos días aparecen relucientes, nuevos, ocupando espacios en las estanterías de los almacenes. Son bluyines que están salvando gente.   
 
A veces, comenta Yudys, no es fácil sacar la producción semanal. Y no por culpa de sus alumnos costureros. Es que la cárcel tiene sus dinámicas. Cuando hay amotinamientos, los guardias del Inpec deben desalojar intempestivamente los espacios donde los internos redimen penas. Llegan entonces las alarmas, el revuelo, la entrega de herramientas por parte de los operarios, las requisas minuciosas, el conteo de presos en el patio, el regreso a las celdas mientras se cierne de nuevo la calma.

En la cárcel sería imposible trabajar en los horarios habituales de una fábrica convencional. En este viejo centro penitenciario de enorme solar y muros de tapia levantados en 1889, los ojos se abren a las 3:30 de la mañana. En tinieblas, los 255 internos caminan en fila hacia los baños para tomar el turno de una ducha helada. En las temperaturas de Yarumal el agua cae sobre las cabezas como una electrocución a la que todos terminan por acostumbrarse.    
 
A las 6:00 de la mañana llega el conteo de internos, luego el desayuno. A las 7:00 los operarios pasan al taller, hasta las 11:30. Viene el almuerzo. A las 2:00 de la tarde regresan al trabajo y así hasta las 4:30. A esa hora los encierran en las celdas. Es en ese momento cuando Edwin Alexis Morales  —32 años, rostro huesudo, piel blanquísima— se pone a leer. Por estos días anda sumergido en El Túnel, de Ernesto Sábato.
 
Edwin cuenta que no todos los días se puede cumplir con la rutina, sobre todo por causa de los estudios: ahora está cursando octavo y noveno de bachillerato. Otras veces, la producción del taller se interrumpe porque hay grados de otros internos, cumpleaños o simulacros de evacuación. 
 
Este hombre, condenado por concierto para delinquir, es el más experto en el manejo de las máquinas en todo el penal. Por eso desde un comienzo tuvo la responsabilidad de conducir la fileteadora, una muy parecida a la que manejó cuando fue empleado de Leonisa. Llegó a la cárcel el 10 de noviembre de 2021 y aún le quedan 18 meses detrás de los muros.   
 
—¿Cómo era su vida en Bello (Antioquia) antes de caer en la cárcel?
 
—Eso era un descontrol total, para qué te voy a decir, estaba en malos pasos, vendía drogas, corrompía a la sociedad —relata. A Edwin lo consideran un experto profesor de costura. Es él quien deja constantemente su trabajo para ir hasta el puesto de algún compañero para destrabar alguna bobina de una máquina, o para revisar si un forro de bolsillo está bien pegado.  

—Me ha tocado enseñarles a los compañeros, pero con mucho gusto lo hago, quiero también que aprendan este arte —dice. Aunque resulte paradójico, para Edwin la cárcel fue una oportunidad, una especie de desintoxicación de las decisiones que estaba tomando.  
 
No es el caso de Jorge Iván Roldán Torres, un conductor de camión que durante toda su vida llevó una vida ejemplar. No tenía ni una multa de tránsito. Pero se dejó tentar. Un día le propusieron camuflar dentro del remolque un alijo de marihuana. Era un trayecto entre Medellín y Montería. Llegando a Caucasia la policía lo paró. Y fue en ese momento que entendió la magnitud de lo que había hecho, del irremediable error que había cometido. Al día siguiente, una fotografía suya apareció en las noticias. “Capturado hombre que transportaba 40 kilos de marihuana en un camión”, se leía en un portal de noticias llamado Norte Seguro. En la imagen, Jorge Iván aparece de espaldas, esposado, custodiado por dos patrulleros. Sobre el asfalto aparece la droga envuelta en bolsas plásticas.
 
—Fue demasiado duro para mí, para mi familia. A los quince días yo ni siquiera creía que estaba encerrado. Aún así mis papás y mis hermanos no me abandonaron. Siempre están muy pendientes de mí, cada ocho días me visitan. Pero ha sido muy duro, no te lo voy a negar —dice. 
 
Para Jorge Iván aprender a manejar la máquina de coser fue toda una odisea. La enhebrada de la aguja casi lo hace desertar. Muchas veces estuvo a punto de abandonar el trabajo, sentía que no había nacido con esa habilidad. Jorge Iván era un tipo que no había nacido para la paciencia. Toda su vida odió hacer filas.
 
—Y vea, aquí me tocó sacar calma de donde no la tenía haciendo filas para todo y enhebrando agujas. Me siento libre de muchas cosas. Aquí he tenido que valorar cosas que antes no valoraba. Estoy apegado a Dios, y a mi familia, eso es lo único que uno tiene.  
 
Los internos que trabajan en el taller reciben una compensación económica con la que compran minutos a celular, útiles de aseo y mecato para las horas más ansiosas. Están afiliados a una ARL y a salud. Visten uniformes y en el taller la mayoría cargan radios de pilas en los que escuchan la música que programa la emisora de la Policía.    
 
Cada uno lleva un proceso distinto, cada uno asume la cárcel a su manera. Juan Carlos Candia, de 42 años, por ejemplo, sube al taller de confección imaginando  que está saliendo a la calle para ir a cumplir sus horas laborales en una fábrica. También llegó al centro penitenciario por llevar droga en un carro. Antes de entrar a trabajar en el taller, no tenía otra opción que quedarse en el patio acariciando la  tortura. 
 
—Porque uno allá se pone a pensar, y a pensar, y a pensar, y eso es una carga muy difícil de llevar—dice. 
 
Aunque todavía le quedan varios años en prisión, el taller le distrae la cabeza. Se trata justamente de eso, de atajar los pensamientos, de aprender a domarlos. Cuando salga en libertad quiere montar su propio taller de confección. Se la pasa horas pensando cómo sería comprar la primera máquina, y luego la otra, y la otra, y la otra y así hasta el infinito. Por lo pronto, cuando se acomoda frente a la máquina siente como si estuviera cumpliendo un horario en Envigado, el barrio donde vivía, y no en la cárcel. A las 4:30 de la tarde, cuando los guardias lo llaman para que entregue la herramienta y se someta a una requisa, es que su alma se descuelga y aterriza, y se da cuenta nuevamente de que está pagando una condena. El taller al siguiente día es el aliciente que le recuerda que la cárcel también es un sitio de nuevas oportunidades. 
Esta historia se hizo con el apoyo del Grupo Éxito.

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