Las últimas horas de Julián, el periodista hallado muerto en un bosque en Antioquia
7 de octubre de 2026
En Anorí, un municipio del nordeste antioqueño enclavado en la cordillera central, todavía sobrevive el antiguo oficio de la arriería. Su sistema montañoso es tan denso y sinuoso que hay caminos que no transitan los carros, y por entre las lomas más escarpadas se transportan las cargas a lomo de mula. En la mañana del pasado 2 de octubre, un arriero tuvo que desviar su ruta habitual cuando le perdió el rastro a un par de bestias. Entonces se metió a buscarlas en un bosque de árboles altos, tan tupidos y espesos que bloquean la entrada del sol y ensombrecen la tierra. Aunque queda en las cercanías del casco urbano, a una media hora de recorrido, es un paraje que nadie suele transitar. Allí, entre rastrojos y hojas secas, encontró un cadáver.
El cuerpo estaba muy descompuesto y resultaba imposible distinguir cualquier rasgo físico. Sin embargo, el aterrado arriero supuso de inmediato su identidad. Durante los 22 días previos, desde que desapareció, los familiares de Julián Hincapié lo habían buscado sin tregua por todo el pueblo, que tiene 57 veredas y es casi tan extenso como el departamento del Quindío. Zenaida*, una pariente, se había encargado de distribuir su foto entre tantos vecinos como le fue posible. Fue ella quien recibió el aviso del arriero.
Después de una breve cadena de chats, una fotografía del cuerpo abandonado en el bosque llegó al celular de Tatiana*, la novia de Julián. En la imagen, ella reconoció las prendas que llevaba la última vez que lo vio, el pasado 10 de septiembre. Ese día se despidieron en la puerta de la casa donde vivían juntos. Él salió con una bufanda roja amarrada al cuello, un pantalón verde y una camiseta negra. “Ya regreso, no me demoro”, fue lo último que le dijo.
Julián Hincapié tenía 25 años y era el menor de los tres hijos de una profesora del pueblo. Él y su familia provenían de Caucasia, un municipio cercano del que salieron desplazados hace 17 años. En esa época, la región estaba sumida en una guerra entre varias bandas criminales, como los Urabeños y los Rastrojos, que habían surgido tras la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia.
En 2009, Caucasia fue el tercer municipio más violento del departamento, con 126 personas asesinadas. Una de esas víctimas fue Julio Ernesto, el padre de Julián, que apenas tenía ocho años. El hombre, taxista, salió una mañana en su carro y lo balearon a pocas cuadras de su casa. Entonces la familia tuvo que huir.
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Comenzaron un viacrucis por varios municipios de Antioquia, hasta que fueron a parar a Anorí, un pueblo con una vieja tradición minera que se remonta a los tiempos de la Colonia. Allí, Julián se hizo adulto y aprendió el oficio del barequeo. Se sumergía en las aguas del río Porce para tratar de arrebatar del lecho las partículas diminutas de oro. Un día de 2024, mientras trabajaba en un entable, el motor de una de las máquinas que se usan para revolver el río le cayó sobre la espalda y le fracturó la columna y la cadera.
Tuvieron que llevarlo de urgencia a Montería. En la misma clínica donde le operaron los huesos, se contagió de tuberculosis. La enfermedad se expandió rápidamente y le infectó el cerebro. Julián entró en estado de coma. Los médicos alcanzaron a decirle a sus familiares que se prepararan para lo peor. Pero Julián sobrevivió y regresó a Anorí.
Después del accidente, trató de buscar un nuevo rumbo para su vida. Empezó a trabajar como periodista empírico. Julián tomaba fotos, grababa videos, escribía comunicados y participaba en programas de radio. Se interesó especialmente en las crisis sociales del municipio, como el desplazamiento de los campesinos de las veredas y las intervenciones que las autoridades hacían en los enclaves de la minería artesanal.
También empezó a estudiar Sociología en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia, y a trabajar en las comunicaciones de la Asociación Campesina del Norte y Nordeste de Antioquia, una organización social que defiende derechos humanos y ha denunciado los padecimientos de los pobladores en medio de la violencia que rodea al municipio.
En Anorí hay presencia del frente 36 de las disidencias de las Farc, bajo el mando de alias ‘Calarcá’, y de guerrilleros del ELN. En los últimos años, el conflicto se recrudeció con la arremetida del frente Jorge Mario Valle, del Clan del Golfo, que avanza en la zona rural del municipio y sostiene combates con los otros grupos.
Decenas de desplazados de esa guerra llegaron al casco urbano de Anorí y se ubicaron en un predio de la Alcaldía, conocido como El Refugio. Allí levantaron cambuches con tablas y plásticos. Tal vez porque también fue un desplazado, Julián se preocupaba especialmente por las personas de ese asentamiento. Cada tanto recogía alimentos y ropa entre sus vecinos para llevarles. “Era un muchacho de muy buen corazón, le gustaba ayudar. Era prácticamente el único que estaba pendiente de colaborarle a la gente de El Refugio”, dice una habitante del pueblo.
En noviembre pasado sufrió otro accidente. Julián iba en una moto, por una vía de entrada al municipio, cuando un bus invadió su carril y lo atropelló. Una de sus piernas quedó afectada de gravedad. Tuvieron que operarlo para reconstruirla, y durante meses viajó a Medellín para recibir terapias. Desde entonces, Julián cojeaba un poco y se quejaba de dolores en las noches. Tras el accidente, se concentró más en sus labores como comunicador y en sus estudios universitarios.
También le gustaba la literatura y escribía cuentos. El año pasado trabajó en el diseño del “Diccionario de los mineros barequeros del Cañón del Río Porce”, un libro que registra la tradición de la minería artesanal en la región. Julián apareció en la foto de la portada, acurrucado sobre el agua, en busca de oro: las cejas pobladas, la fina barba, la piel trigueña y una sonrisa leve. En las manos sostenía una batea, una especie de recipiente cóncavo que se usa para revolver la arena.
Un par de meses antes de su desaparición, un desconocido en el pueblo llegó a vivir a la casa contigua a la de Julián. En la mañana del 10 de septiembre, ese hombre tocó a la puerta y le pidió al periodista que lo acompañara hasta una mina cercana a vender mercurio, el metal que se usa para amalgamar el oro que se extrae de los ríos. Julián no lo conocía bien, pero con esa dificultad que tenía para negar un favor, aceptó acompañarlo. Se alistó, agarró un morral y, hacia el mediodía, salió con su nuevo vecino. Hasta ahí hay certeza sobre su destino.
En adelante comienzan las especulaciones. Habitantes de la vereda La Lomita, a media hora del pueblo, dicen que los dos hombres pasaron por ahí, pero que solo uno de ellos, el vecino desconocido, regresó.
El vecino, por su parte, alcanzó a entregar una versión confusa. Dijo que antes de llegar a la mina, Julián empezó a quejarse de que le dolía la pierna, y se devolvió en una moto con un hombre moreno y alto que se cruzó en el camino. Según su relato, él siguió solo hasta su destino. Un par de días después, cuando se dió el aviso de la desaparición, el vecino de Julián se fue del pueblo, y desde entonces no lo han vuelto a ver.
La Gobernación de Antioquia aseguró que desde que recibió la denuncia de la desaparición, se puso en marcha el mecanismo de búsqueda. Sin embargo, algunos familiares de Julián aclaran que la atención de las autoridades fue escasa.
El 17 de septiembre, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) emitió una alerta por la desaparición de Julián, y enfatizó que se trataba de un periodista comunitario y defensor de derechos humanos. La Fundación también advirtió que ha registrado 47 agresiones contra comunicadores en Antioquia en lo que va del año. En mayo pasado, el joven periodista Mateo Pérez fue secuestrado y asesinado en Briceño, un municipio cercano a Anorí. Según la Fiscalía, alias ‘Chalá’, jefe del frente 36 de las disidencias, ejecutó el crimen. Esa misma estructura ilegal hace presencia en Anorí.
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Veintidós días pasaron en medio de los angustiosos esfuerzos de la familia y el desespero de Frida, la perrita de Julián que lo buscaba sin tregua por cada rincón de la casa. Hasta que llegó el aviso del arriero que lo encontró en el bosque. Zenaida llegó al lugar para tratar de confirmar que fuera él. Por fotos que ella tomó, sus familiares reconocieron las platinas en las vértebras y la prótesis en la cadera que le pusieron después del accidente en la mina. También identificaron una de esas manillas que suelen llevar las parejas de enamorados. Su novia, con quien tenía la idea de casarse, lleva una igual. “Pero la guerra no respeta los planes de los mortales”, había escrito Julián en un cuento breve que leyó en un emisora local, en el que mencionaba a un muerto abandonado en las montañas, y narraba un amor truncado por la violencia.
Con la certeza de que el cuerpo que encontró el arriero era el de Julián, sus familiares llamaron a los bomberos, los encargados de levantar los cadáveres en Anorí. Pero no pudieron rescatarlo ese día porque ya estaban recogiendo a otro muerto en una vereda lejana. El cuerpo de Julián permaneció un día más en aquel bosque donde no alcanzan a colarse los rayos del sol. “Me dio mucho pesar que tuviera que pasar otra noche ahí tirado”, dice Zenaida.
*Nombres cambiados por razones de seguridad.